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Inciso

Los muertos no votan

Hay una obscenidad particular en la manera en que las tragedias se vuelven, casi de inmediato, materia de disputa política. Un Inciso de Alfredo Yánez Mondragón.

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Sillas vacías con flores en memorial de víctimas del terremoto de Venezuela

Hay una obscenidad particular en la manera en que las tragedias se vuelven, casi de inmediato, materia de disputa política. No había terminado Venezuela de contar sus primeros muertos cuando ya el terremoto se había convertido en otra cosa: un tablero. Un escenario donde cada actor calcula qué gana, qué pierde, cómo queda en la foto. Y mientras tanto, bajo los escombros de La Guaira, seguía habiendo gente. Gente real, con nombre, que no le importaba a nadie del tablero.

Lo he pensado estos días, viendo cómo se movían las piezas. Cómo el Gobierno de Delcy Rodríguez encontró en la catástrofe una inesperada fuente de legitimidad, un abrazo internacional que seis meses atrás habría sido impensable. Cómo Washington, que en enero entró a Caracas a capturar a Maduro, quien usurpaba la presidencia, ahora descarga ayuda en el mismo puerto y calcula, con la frialdad de siempre, cuánto le conviene la estabilidad y cuánto el petróleo. Cómo la oposición, y en particular María Corina Machado, intentó estar presente, volver, encarnar el momento, y se topó con puertas cerradas que no siempre estaban donde ella decía.

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Sobre esto último se ha escrito mucho, dentro y fuera del país. La prensa estadounidense ha dedicado reportajes a desmenuzar el pulso: que si Machado quería regresar, que si la CIA la frenó, que si Rubio la respaldaba, que si el espacio aéreo, que si el pasaporte. Todo cierto, probablemente. Todo, también, profundamente revelador de una cosa: que hasta en el peor momento, la política no descansa. Que mientras unos excavaban con las manos, otros median el impacto electoral de una fotografía.

No escribo esto para repartir culpas por igual, porque no son iguales. Un gobierno que restringe el paso de la ayuda no es lo mismo que una dirigente que quiere acompañar a su pueblo. Una potencia que calcula no es lo mismo que un voluntario que maneja toda la noche para llevar agua. Pero sí escribo para señalar algo que me incomoda por encima de las simpatías: la velocidad con que el dolor ajeno se vuelve argumento. La facilidad con que una tragedia se convierte en munición.

Porque hay una verdad simple, casi grosera de tan obvia, que la política tiende a olvidar: los muertos no votan. Los dos mil y pico de venezolanos que murieron bajo el concreto no van a agradecer un gesto ni castigar un cálculo. No están para nadie. Y los que quedaron —los que perdieron a su madre, a su hijo, su casa, su vida entera— no necesitan que su desgracia sea leída como una oportunidad. Necesitan agua. Necesitan un techo. Necesitan que les devuelvan a sus niños. Necesitan, para empezar, que los dejen enterrar a los suyos con dignidad.

Entiendo que la política es inevitable. Que en un país en transición, cada gesto pesa, cada movimiento cuenta, y que sería ingenuo pedir que el poder se suspenda porque tembló la tierra. La reconstrucción de Venezuela será, quiérase o no, un proceso político, y está bien que lo sea. Lo que no está bien es el apuro. La indecencia de convertir el cadáver todavía caliente en capital. La tentación —de todos los bandos— de preguntarse «y esto a mí cómo me sirve» antes de preguntarse «y a esta gente cómo la ayudo».

He visto en estos días lo mejor y lo peor de mi gente. Lo mejor, en las calles: en los que llegaron antes que el Estado, en los que compartieron lo poco que tenían, en los que se disfrazaron de payaso para hacer reír a un niño en un refugio. Lo peor, en las pantallas: en los que ya estaban sacando cuentas. Y me quedo, para no perder la fe, con los primeros. Con los que entendieron, sin que nadie se los explicara, que frente a una madre que busca a su hija entre los escombros no hay tarima que valga, ni relato, ni bandera.

A los que gobiernan, a los que aspiran a gobernar, a los que miran desde el norte con la calculadora en la mano, les debería caber una sola certeza estos días: que la historia, que sí tiene memoria, no va a preguntar quién quedó mejor en la foto del terremoto. Va a preguntar quién ayudó. Lo demás —los cálculos, las tarimas, las fotos— es ruido sobre una fosa. Y los muertos, que no votan, tampoco perdonan el olvido.

Fuentes principales: Columna de opinión del editor. Los hechos referidos (respuesta oficial, papel de Estados Unidos, gestiones en torno al regreso de María Corina Machado) han sido documentados en la cobertura de INCÍSOS y en reportes de prensa nacional e internacional.

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Inciso

La montaña siempre vuelve

Una columna del editor sobre la desmemoria como forma de gobierno. La montaña vuelve porque el olvido la invita.

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Tierra agrietada en ladera venezolana — La montaña siempre vuelve · INCÍSOS

INCISO



AUTOR: Alfredo Yánez Mondragón

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Hay una frase que en Venezuela se ha vuelto casi un chiste amargo, y que sin embargo lo explica casi todo. La dijo Simón Bolívar en 1812, sobre las ruinas de Caracas: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». La repitió Hugo Chávez, palabra por palabra, el 15 de diciembre de 1999, mientras la montaña se venía abajo sobre Vargas y él se negaba a suspender un referéndum. Dos siglos separan las dos frases. El resultado fue el mismo: la tierra no obedeció, y los muertos los pusieron los de siempre.

Escribo esto sabiendo que el número de fallecidos del 24 de junio sigue subiendo. Y sabiendo también algo más incómodo: que dentro de veinte años, cuando la tierra vuelva a temblar sobre La Guaira —porque volverá—, alguien escribirá una columna parecida a esta, con cifras nuevas y las mismas preguntas viejas.

Venezuela no es un país con mala suerte geológica. Es un país que decidió no recordar. En 1967, el terremoto cuatricentenario de Caracas dejó algo raro para nosotros: una lección aprovechada. Nació Funvisis, se reescribió la norma sismorresistente, se construyó distinto. Fue la excepción. Después vino el largo olvido: se levantaron barrios enteros sobre laderas y cauces secos, se ocuparon los abanicos aluviales que el mar y la montaña habían construido precisamente para volver a inundarse. Cada casa nueva en el lugar equivocado era una apuesta contra la memoria.

La desmemoria tiene una función política. Un país que no recuerda no exige. No pregunta cuántos murieron de verdad en 1999 —nunca lo supimos, y esa es la más brutal de las cifras—. No pide cuentas por los desaparecidos sin nombre. No reclama mapas de riesgo, ni normas, ni simulacros. La tragedia se convierte en efeméride, la efeméride en silencio, y el silencio en terreno libre para que todo vuelva a ocurrir.

Este especial no busca la lágrima fácil. Busca lo contrario: poner en fila los desastres, verlos juntos, obligar a la memoria a hacer lo que un país entero se ha negado a hacer. Porque la montaña siempre vuelve. La pregunta no es si temblará otra vez. La pregunta es si esta vez, por fin, vamos a estar mirando.

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Inciso

En emergencia: siguiente nivel

La emergencia del rescate empieza a ceder, pero detrás asoma otra menos visible y igual de urgente: la de reconstruir las vidas privadas de quienes lo perdieron todo. Un inciso sobre las preguntas que parecen fuera de tiempo, pero que la gente ya se está haciendo.

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INCISO · ESPECIAL EL PAÍS QUE TEMBLÓ

La emergencia se mantiene. Pero conviene decirlo con precisión: una emergencia, aun la más dolorosa, ocurre por capas, por etapas. Hoy seguimos en la primera, la del rescate, la de sacar gente con vida de entre los escombros. Y está bien que toda la atención esté ahí, porque cada hora todavía cuenta. Pero detrás de esa capa, casi sin que nadie la nombre, ya se asoma la siguiente. Y de esa, hasta ahora, se habla poco y se planifica menos.

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Voy a formular las preguntas que la acompañan, aun a riesgo de que parezcan fuera de tiempo, y que alguno dirá que están fuera de tono. No lo están. Son, exactamente, las preguntas que la gente ya empezó a hacerse en voz baja. Es muy fácil decir «tranquilo, estás vivo, lo material se recupera». ¿Pero cómo se recupera, en concreto, desde lo privado, desde lo doméstico, desde lo propio? Cuando se perdió el apartamento, cuando se perdió el carro, cuando se perdió la casa que daba techo, cuando se perdió al familiar o al amigo. ¿Cuáles son, hoy, las instituciones que están trabajando sobre ese tema, sin descuidar lo inmediato y lo urgente? Porque lo urgente y lo importante tienen que ir caminando de la mano.

Pongo un ejemplo que me inquieta. Se acaba de suspender, una semana más, la actividad académica. Y la pregunta es sencilla: ¿está suspendida solo para las zonas afectadas, o para todo el país? Si es para todo el país, habría que preguntarse por qué. La angustia y la incertidumbre ya sobran; no hace falta exponer constantemente a niños y adolescentes al ruido permanente de esta información. En las zonas que no fueron afectadas, quizá lo sano sea lo contrario: permitirles ir a la escuela, ganar conocimiento, ocupar la mente en otra cosa. Lo digo como un inciso dentro del inciso, porque revela el problema de fondo: estamos respondiendo a la emergencia de hoy sin pensar en la de mañana.

Y la de mañana es enorme. La reconstrucción invita a pensar en mucho más que un refugio inmediato, una cobija y una colchoneta. Hoy hay instituciones, organismos, voluntarios, ayudas nacionales e internacionales en función de combatir la emergencia presente. Pero la emergencia que va a ser continuada, la de los próximos meses y años, ¿quién está a cargo de ella? ¿Existe una autoridad única, una sola, definida y con nombre, para ese tema? Porque eso es lo que hace falta: pensarlo, planificarlo, definirlo y dar respuesta.

Pongo sobre la mesa lo más difícil, lo que nadie quiere mirar de frente. ¿Cómo se va a activar el tema sucesoral para esa enorme cantidad de fallecidos que no van a tener un acta de defunción, porque no habrá manera de identificarlos? ¿Quién quedará como encargado, como tutor, como depositario de esos bienes? Esa gente tuvo vida, tuvo propiedades, tuvo deudas, tuvo dinero en el banco. ¿De qué manera se le va a responder a quienes quedaron? Esos niños que hoy son huérfanos, ¿quién va a velar por ellos, y por lo que les corresponde? Son muchísimas interrogantes, y por ahora más preguntas que respuestas inmediatas. El tema de los cementerios, el de la identificación, el de los registros. En lo genérico: la respuesta que hay que dar, ¿quién la está pensando?

Da la impresión —y ojalá esté equivocado— de que no hay nadie planificando esa respuesta que es tan necesaria. Y esa es la pregunta de fondo, la que importa: ¿dónde está el Estado que responda a los ciudadanos que viven en la incertidumbre? Porque están pasando de una emergencia urgente, la de sobrevivir al derrumbe, a otra emergencia también urgente: la de volver a vivir. No la de sobrevivir en sentido literal, sino la de recuperar el día, el trabajo, la universidad, la dimensión entera de una vida. Esa es la emergencia del siguiente nivel. Y a esa, todavía, nadie le ha puesto nombre ni responsable.

Para quienes ya están en esa segunda emergencia, hemos publicado una guía práctica sobre actas de defunción, sucesión y trámites ante el fallecimiento de un familiar. Y una guía sobre documentos, propiedades y seguros tras el terremoto.


Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe de INCÍSOS

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Inciso

El Estado que no apareció

Veinte países mandaron rescatistas. Adentro, alcaldes prohibían centros de acopio y la policía retenía insumos. La catástrofe no creó la orfandad del venezolano: la desnudó.

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INCISO · ESPECIAL EL PAÍS QUE TEMBLÓ

Cualquiera pensaría que lo hacen a propósito. Que la seguidilla interminable de desaciertos, de ineficiencia, de cálculo politiquero, de pequeñez, está diseñada con esmero para ponerle en bandeja de plata el argumento a quienes los critican. Que la retahíla de trabas, permisos y obstáculos es deliberada, casi una venganza contra no se sabe qué trauma viejo. Uno busca la explicación racional y no la encuentra, porque no la hay. Es, sencillamente, inexplicable.

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Y lo es más todavía si se piensa en el momento. Porque estos personajes están en una encrucijada que cualquiera con un mínimo de instinto sabría aprovechar. Tienen enfrente la oportunidad de hacer algo medianamente bien, aunque sea por cálculo: mostrarle a su tutor que pueden sostener la administración, que merecen la confianza que les prestaron. Llevan semanas maquillando su imagen, empeñados en una campaña que los pinte presentables. Y ni siquiera por eso, ni siquiera por puro interés propio, atinan a acercarse a eso que llaman servicio público. Tenían el momento servido para parecer un gobierno. Y eligieron seguir siendo lo que son.

No hace falta inventar nada para probarlo; basta con mirar estas horas. Mientras una veintena de países enviaba rescatistas —El Salvador despachó trescientos, el Reino Unido mandó perros de búsqueda, Suiza ochenta especialistas, y hasta Siria, que apenas sale de su propia tragedia, formó un equipo y lo subió a un avión hacia Caracas—, adentro, en el país que ardía, el aparato oficial se dedicaba a estorbar. En Aragua, las autoridades exigieron que la gente les avisara antes de atreverse a recolectar donativos. En Charallave, una alcaldesa prohibió los centros de acopio y ordenó que las donaciones se entregaran solo en la sede del partido. En Campo Elías, en Mérida, otro alcalde prohibió que la sociedad civil instalara sus propios puntos de recolección. Y se denunció que funcionarios policiales retuvieron insumos ya recolectados, exigiendo que pasaran por el canal oficial. Que quede claro el contraste, porque es de una obscenidad difícil de digerir: el mundo entero corriendo a ayudar, y el poder local corriendo a controlar quién ayuda y cómo.

Esto no es solo cosa del triunvirato que se reparte la cúpula. Hay un capítulo aparte que duele nombrar, y es el de los de uniforme. Esos que durante años repitieron como salmo que el honor era su divisa, que se llenaban la boca con la palabra patria, fueron exactamente los que dejaron esa divisa olvidada, bastante más abajo de los escombros y las ruinas. En la hora en que un soldado existe para una sola cosa —socorrer al pueblo, sacar gente de entre el concreto—, ahí, justo ahí, no estuvieron donde debían. Y conviene que entiendan algo: con las acciones de las últimas horas, no perdieron una batalla de imagen. Cursaron, con su propia mano, la invitación a su desintegración definitiva. Las instituciones no mueren cuando las atacan desde afuera; mueren cuando se vacían de sentido desde adentro, y un cuerpo armado que no acude cuando el suelo se traga a su gente ya se vació de todo.

Hay quien lo ha dicho mejor y más corto. El analista Jesús Peñalver escribió que la forma en que el interinato enfrentó la tragedia evidencia su ineficiencia y su incapacidad probada durante años, y reclamó apresurar la transición con ayuda exterior, dejando de lado el chovinismo delirante y las consignas patrioteras. La politóloga Colette Capriles fue al hueso con una imagen que cuesta sacudirse: hay que reconstruir, dijo, las capacidades públicas que desaparecieron en una sola generación, devoradas por la corrupción, la arrogancia, las lealtades mal puestas y la irresponsabilidad. Y remató con una sentencia que vale por todo un tratado: el piloto, cualquiera que sea, no tiene barco que pilotear.

Y esa misma analista, Capriles, dejó otra reflexión que conviene citar porque desarma la queja fácil. Proclamar a gritos la incapacidad manifiesta del gobierno —escribió— es inútil: en nada ayuda, salvo como catarsis. Los venezolanos están huérfanos desde hace años y ya reorganizaron su mundo particular para compensarlo; la naturaleza, vino a decir, no hizo más que metaforizar esa orfandad. La frase es exacta, y de una lucidez incómoda: porque los venezolanos llevan tanto tiempo sin Estado que hace rato se volvieron su propia ambulancia, su propio bombero, su propia red de auxilio. El terremoto no creó esa orfandad. Solo la puso a la vista de todos, la volvió literal, la convirtió en metáfora de carne y escombro. La tierra no hizo más que decir en voz alta lo que ya era cierto en silencio: que ahí donde debía estar el Estado, hace mucho que no hay nadie.

Y sin embargo —porque siempre hay un sin embargo cuando se habla de esta gente, la de verdad, la que no viste de rojo ni de uniforme— el país se sostuvo. Lo sostuvieron los vecinos, los voluntarios, los rescatistas que llegaron de veinte naciones, los que cavaron con las manos. Esa es la única institución que no falló: la gente. Y mientras esa siga en pie, habrá país. Aunque el Estado, una vez más, haya llegado tarde, mal, y empeñado en estorbar.

Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe de INCÍSOS

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