Inciso
La montaña siempre vuelve
Una columna del editor sobre la desmemoria como forma de gobierno. La montaña vuelve porque el olvido la invita.
INCISO
AUTOR: Alfredo Yánez Mondragón
Hay una frase que en Venezuela se ha vuelto casi un chiste amargo, y que sin embargo lo explica casi todo. La dijo Simón Bolívar en 1812, sobre las ruinas de Caracas: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». La repitió Hugo Chávez, palabra por palabra, el 15 de diciembre de 1999, mientras la montaña se venía abajo sobre Vargas y él se negaba a suspender un referéndum. Dos siglos separan las dos frases. El resultado fue el mismo: la tierra no obedeció, y los muertos los pusieron los de siempre.
Escribo esto sabiendo que el número de fallecidos del 24 de junio sigue subiendo. Y sabiendo también algo más incómodo: que dentro de veinte años, cuando la tierra vuelva a temblar sobre La Guaira —porque volverá—, alguien escribirá una columna parecida a esta, con cifras nuevas y las mismas preguntas viejas.
Venezuela no es un país con mala suerte geológica. Es un país que decidió no recordar. En 1967, el terremoto cuatricentenario de Caracas dejó algo raro para nosotros: una lección aprovechada. Nació Funvisis, se reescribió la norma sismorresistente, se construyó distinto. Fue la excepción. Después vino el largo olvido: se levantaron barrios enteros sobre laderas y cauces secos, se ocuparon los abanicos aluviales que el mar y la montaña habían construido precisamente para volver a inundarse. Cada casa nueva en el lugar equivocado era una apuesta contra la memoria.
La desmemoria tiene una función política. Un país que no recuerda no exige. No pregunta cuántos murieron de verdad en 1999 —nunca lo supimos, y esa es la más brutal de las cifras—. No pide cuentas por los desaparecidos sin nombre. No reclama mapas de riesgo, ni normas, ni simulacros. La tragedia se convierte en efeméride, la efeméride en silencio, y el silencio en terreno libre para que todo vuelva a ocurrir.
Este especial no busca la lágrima fácil. Busca lo contrario: poner en fila los desastres, verlos juntos, obligar a la memoria a hacer lo que un país entero se ha negado a hacer. Porque la montaña siempre vuelve. La pregunta no es si temblará otra vez. La pregunta es si esta vez, por fin, vamos a estar mirando.
Alfredo Yánez
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El país que se reconstruye con lo que ya no es suyo
El día después del acuerdo petrolero de 25 años anunciado por Trump y agradecido por Delcy. Dicen que es un renacimiento; la cuenta que no deja dormir dice otra cosa.
Escribo esto el día después de que Trump anunciara, y Delcy agradeciera, el acuerdo petrolero. Dicen que es un renacimiento. Quiero creerlo. Pero me senté a hacer una cuenta, y la cuenta no me deja dormir.
Veinticinco años. Ese es el número que no logro sacarme de la cabeza. No el cincuenta y cinco por ciento, aunque también pesa. El veinticinco. Veinticinco años es una generación entera. Es un niño que hoy nace y llega a los veinticinco preguntándose todavía —si es que para entonces se puede renegociar— qué fue lo que se firmó esta semana en un despacho al que ningún venezolano de a pie fue invitado a opinar. Firmamos un cuarto de siglo. Firmamos el petróleo con que crecerá una generación para pagar los terremotos de la generación que acaba de morir.
Porque de eso se trata, cuando uno quita el papel de regalo. El 24 de junio la tierra se abrió y se llevó a más de seis mil compatriotas. El país quedó de rodillas, y hay que levantarlo: eso nadie lo discute. La pregunta es con qué se levanta. Y la respuesta que nos dieron esta semana es: con nuestro propio petróleo, sí, pero un petróleo cuyo control mayoritario, por veinticinco años, ya no es del todo nuestro. Reconstruimos la casa con la hipoteca de la casa, y el banco se queda una parte de la escritura. A eso, en Miraflores y en Washington, lo llamaron «renacimiento».
Y lo llamaron, además, «sin coste alguno para el contribuyente estadounidense». Esa frase la dijo Trump, y hay que agradecerle la franqueza, porque en ocho palabras explicó toda la doctrina de estos meses mejor que cualquier análisis. Sin coste para el de allá. ¿Y para el de acá? El coste para el de acá es el control mayoritario de lo único que nos quedaba en abundancia, durante veinticinco años, a cambio de unos diecinueve dólares por barril. El de allá no paga nada porque pagamos nosotros. Siempre pagamos nosotros. Cambió el cobrador, no cambió el que pone la espalda.
Sé lo que me van a decir, porque me lo digo yo mismo cada mañana para poder seguir. Que sin este acuerdo no había reconstrucción. Que las reservas estratégicas gringas estaban por el piso y la guerra con Irán no terminaba, y que en ese apuro Venezuela consiguió al menos que llegara inversión, empleo, doscientos nueve mil millones en tributos. Que peor era el vacío. Puede que sea verdad. En la Venezuela real, la de las correlaciones y no la de los himnos, quizá esto era lo único que se podía arrancar. No lo descarto. Pero que sea lo único que se podía no lo vuelve un renacimiento. Lo vuelve una rendición negociada con buenos modales. Y una rendición se puede aceptar por necesidad; lo que no se puede es celebrarla como si fuera una victoria.
Eso es lo que me duele, al final. No que hayamos tenido que ceder —ceder es a veces lo que queda—. Me duele el verbo con que lo adornaron. Renacimiento. Como si entregar el control del subsuelo por una generación fuera volver a nacer y no exactamente lo contrario. Un país renace cuando vuelve a decidir sobre lo suyo, no cuando firma que otro decidirá por él hasta el año dos mil cincuenta y uno. Renacer es lo que hará, algún día, la gente; no lo que se firmó esta semana.
Delcy insistió en que Venezuela «conserva la propiedad y la soberanía sobre sus recursos». Quiero creerle esa frase más que ninguna otra. Pero la propiedad sin el control es un título que se enmarca y se cuelga en la pared mientras otro decide cuánto se produce, a qué ritmo y para quién. Uno puede ser dueño del nombre de la casa y no tener llave del cuarto principal. Veinticinco años son muchos cuartos.
Guardo, con todo, una terquedad. El petróleo se firmó por veinticinco años, pero la dignidad no se firma por ningún plazo, porque no es de nadie que pueda venderla. Los contratos se vencen, se renegocian, se rompen cuando la correlación cambia; veinticinco años pasan, y un país que no olvidó lo que es suyo llega al final del plazo de pie. Lo que no se recupera es el hábito de creer que uno no puede decidir por sí mismo. Ese hábito es el verdadero yacimiento que hay que cuidar. Que no nos lo concesionen también. Que cuando el niño que hoy nace lea, hecho un hombre, que el control de su petróleo fue de otros durante su juventud entera, pueda al menos agregar, de su puño: pero nunca dejamos de saber que era nuestro. Esa frase no está en ningún contrato. Y es la única reserva probada que de verdad importa.
— Alfredo Yánez Mondragón, INCÍSOS
Inciso
Nadie puede escandalizarse con tres cosas a la vez
Ya no hace falta censurar un tema. Basta con ponerle al lado otros cuatro del mismo tamaño.
INCISO
El jueves 27 de agosto de 2026 pasaron cinco cosas.
Se reportó que Estados Unidos negocia una participación en campos petroleros venezolanos con un arrendamiento que se mide en siglos. La Asamblea Nacional aprobó, sin un voto en contra, la reforma de la ley que decide quién escoge a los magistrados del máximo tribunal. El presidente de esa Asamblea acusó a las organizaciones que defienden presos políticos de cobrarle a los familiares. El Departamento de Estado suspendió, en todo el mundo y sin fecha de reanudación, las citas para solicitar visado. Y se entregó un informe que documenta el cierre de doscientas noventa y siete emisoras de radio.
Cualquiera de esas cinco, sola, ocupa una semana de conversación pública.
Juntas ocupan una tarde.
No voy a afirmar que alguien las coordinó. No tengo cómo probarlo y sería exactamente el tipo de afirmación que critico cuando la hacen otros. Lo que sí puedo afirmar es que el resultado es el mismo, se haya diseñado o no.
Y ese resultado tiene un nombre viejo, aunque las herramientas sean nuevas: ya no hace falta impedir que un tema se publique. Basta con ponerle al lado otros cuatro del mismo tamaño. El lector tiene una cantidad finita de indignación disponible por día, y esa cantidad no crece porque el día traiga más motivos. Se reparte. Y repartida, no alcanza para nada.
Hay una prueba doméstica de esto que cualquiera puede hacer. Piense en cuál de los cinco asuntos que enumeré arriba recuerda mejor sin volver a leer el párrafo. Probablemente recuerde uno. Quizás dos. Los otros tres ocurrieron igual.
Lo que me interesa no es lamentarlo. Es proponer un criterio, porque un lector con criterio es más difícil de saturar que un lector bien informado.
El criterio es el plazo.
De los cinco asuntos del jueves, dos comprometen decisiones que sobreviven ampliamente al ciclo de atención que las cubrió. Un arrendamiento de cien años, si existe en los términos reportados, vence en 2126. Una magistratura dura doce años en un solo período. Los otros tres son graves, algunos son urgentes, y todos son reversibles en plazos humanos: una suspensión de citas consulares se levanta con un anuncio, una acusación contra una organización se desmiente con documentos, un espectro radioeléctrico se reasigna.
Eso no jerarquiza el sufrimiento. Jerarquiza la irreversibilidad, que es otra cosa y es la que conviene mirar cuando el día trae más de lo que se puede sostener.
La pregunta útil no es cuál titular es más indignante. Es cuál de estos hechos seguirá produciendo efectos cuando ya nadie recuerde la semana en que ocurrió.
Casi siempre, ese hecho es el que menos ruido hizo. No porque lo hayan escondido. Porque los asuntos de plazo largo son aburridos por naturaleza: un artículo de una ley orgánica, una cláusula de duración, un comité de veintitrés personas. Nada de eso compite con una acusación lanzada en voz alta.
Quien tenga algo que enterrar no necesita enterrarlo. Le basta con que la superficie esté ocupada.
Por eso escribo esto un viernes, cuando la conversación del jueves ya se enfrió y quedan en pie exactamente dos asuntos que van a durar más que todos nosotros.
Uno decide quién administra el subsuelo de un país durante un siglo. El otro decide quién imparte justicia durante doce años.
Los dos se aprobaron o se reportaron el mismo día, en medio de otras tres cosas, y ninguno estaba en la conversación a las nueve de la noche.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el viernes 28 de agosto de 2026
Inciso
Agustín es el más humano de los santos
No salgas fuera, entra en ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad. Todo lo que Agustín escribió después cabe en esa instrucción.
INCISO
Hubo un tiempo en que pensé seguir ese camino. La vida dio unas cuantas vueltas y no lo seguí. Pero hay decisiones que uno no toma del todo, y el hombre que se celebra cada 28 de agosto me ha acompañado desde entonces con una insistencia que no depende de haber perseverado.
Agustín es, para mí, el más humano de los santos y el más santo de los humanos. Y la segunda mitad de esa frase no se entiende sin la primera.
Empecemos por las peras. En el segundo libro de las Confesiones cuenta que de muchacho asaltó con unos amigos un peral vecino. No tenían hambre. Las peras ni siquiera eran buenas. Se las tiraron a los cerdos. Lo que a él le quita el sueño décadas después no es el hurto, que es una travesura de barrio: es haber descubierto que robó por el gusto de robar. Que el mal no siempre necesita un motivo. Que a veces basta con la compañía y con las ganas.
Un hombre que a los cuarenta años sigue dándole vueltas a unas peras que no se comió es un hombre que entendió algo sobre sí mismo que la mayoría prefiere no mirar.
Después vino todo lo demás. Nueve años en una doctrina que terminó abandonando. Un hijo fuera del matrimonio, con una mujer cuyo nombre no escribió nunca, y a la que dejó cuando le convino. Una carrera de retórico que consistía en enseñar a hablar bien a quienes querían mandar. Engañó a su madre en un puerto para poder embarcarse sin ella.
Con ese expediente hoy no lo dejarían dar una charla. Y es doctor de la Iglesia.
Lo que cambia no es la biografía. Es el lugar desde donde mira. En algún momento escribe la instrucción que ordena todo lo demás: no salgas fuera, entra en ti mismo, porque en el interior del hombre habita la verdad.
He pensado mucho en esa frase. Tiene, evidentemente, una carga espiritual inmensa. Pero también tiene una carga humana, sencilla, cotidiana, que no exige creer nada para funcionar. Entrar en uno mismo no es un ejercicio de introspección de manual. Es el único sitio donde uno se reconoce. Donde se entera de lo que realmente tiene, de lo que realmente siente, de lo que ha estado evitando. Uno se pasa la vida administrando la versión de sí mismo que ofrece afuera, y esa versión no sabe nada.
Agustín lo dijo de la manera más desarmada posible: tú estabas dentro de mí, y yo estaba fuera.
Ahí está la doble cosa que hace que esta frase no sea patrimonio exclusivo de los creyentes. El que entra encuentra a Dios, si cree. Y se encuentra a sí mismo, crea o no crea. Y solo después de eso puede ponerse a hacer lo que le toca hacer, que hasta entonces estaba buscando en el lugar equivocado.
Lo otro que dejó escrito, y que a mí me parece la frase más honesta que se ha escrito sobre la condición humana, es que el corazón anda inquieto hasta que descansa. La inquietud no es un defecto de fábrica. Es el motor. El problema no es andar buscando: el problema es buscar donde no está.
Y hay una tercera cosa, que es la que me toca de cerca esta semana. Tarde te amé, escribió. Tarde. Lo dice un hombre de más de cuarenta años que ya había gastado media vida probando de todo. La santidad, en su versión, no es un expediente limpio ni un temperamento apacible. No exige haber llegado temprano.
Pero conviene decir la parte que casi siempre se omite. Agustín no llegó solo.
Detrás hay una mujer que rezó por él durante décadas sin ver un solo resultado. Que lo siguió de África a Italia. Que murió en un puerto, lejos de su tierra, sin volver a ver su casa. A Mónica un obispo le dijo, cuando ya no daba más, que era imposible que se perdiera el hijo de tantas lágrimas. Y el calendario, que en estas cosas es más sabio de lo que parece, la conmemora el 27 y a él el 28. Primero la madre.
Nadie llega a ninguna parte por la sola fuerza de sus convicciones. Se llega también por la insistencia de alguien que no se rindió.
Eso me lleva al final, que es lo que quería escribir desde el principio y da varias vueltas antes de dejarse escribir. Agustín dejó dicho que no pierde a quienes ama el que los ama en Aquel que no se pierde.
Escribo esto para una audiencia en la que hay cientos de miles de personas que dejaron a alguien del otro lado de una frontera. Gente que sabe lo que es enterarse por teléfono. Que no llegó a tiempo. Que tiene una madre rezando en otro país, o una madre que ya no está en ninguno.
Un hombre que robó peras sin hambre, que se equivocó de doctrina durante nueve años y que le mintió a su madre para irse de viaje escribió, dieciséis siglos antes de que existieran los aeropuertos, la frase exacta para eso.
Por eso sigue vivo. No porque fuera impecable. Porque no lo fue, y aun así llegó.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el viernes 28 de agosto de 2026
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