Política
La esperanza que quedó en pie: lo que Venezuela rescató del terremoto
Una semana después, casi 20.000 personas fueron rescatadas con vida. Un análisis de lo que resistió: la solidaridad, la autoorganización y la dignidad de una sociedad civil extraordinaria.
Ficha 6W
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | Entre el dolor de la tragedia, emergen señales de esperanza y resistencia colectiva. |
| Quién | Los sobrevivientes, los rescatistas, los voluntarios y la diáspora venezolana. |
| Cuándo | Al cumplirse una semana del terremoto del 24 de junio de 2026. |
| Dónde | En las zonas afectadas del norte de Venezuela y en la diáspora que se movilizó. |
| Por qué | En medio de la catástrofe, la respuesta humana ofrece motivos para la esperanza. |
| Cómo | Con rescates extraordinarios, solidaridad masiva y gestos de humanidad cotidiana. |
—
Una semana después del terremoto, el balance de Venezuela se mide en cifras que duelen: más de dos mil muertos, decenas de miles de damnificados, un país golpeado en su geografía y en su alma. Sería deshonesto endulzar esa realidad. Pero sería igualmente incompleto contar solo la mitad de la historia. Porque en estos mismos siete días, entre los escombros y el llanto, Venezuela también produjo otra cosa: gestos de humanidad, actos de coraje y una solidaridad tan vasta que merece ser nombrada. No para minimizar el dolor, sino para honrar lo que, pese a todo, quedó en pie.
Las vidas que se salvaron
El primer motivo de esperanza es el más concreto: la cantidad de gente que sobrevivió gracias al esfuerzo colectivo. Según los balances oficiales, cerca de 20.000 personas fueron rescatadas con vida en los días posteriores a los sismos. La gran mayoría logró salir de las zonas afectadas por sus propios medios o con la ayuda de familiares y vecinos; el resto, gracias a las labores de los equipos de emergencia nacionales e internacionales. Detrás de cada una de esas cifras hay una vida que continúa, una familia que no tuvo que llorar.
Y hubo, además, rescates que parecieron milagros. En los días de la emergencia, los equipos lograron extraer con vida a personas que llevaban horas —a veces más de un día— atrapadas bajo toneladas de concreto. Se contó el caso de un bebé de apenas 18 días rescatado tras 32 horas sepultado, y el de un niño hallado con vida por socorristas extranjeros cuando ya habían pasado varios días. Cada uno de esos rescates, celebrado con lágrimas por quienes los presenciaron, fue un recordatorio de que la esperanza, por delgada que fuera, valía la pena.
La solidaridad que desbordó
El segundo motivo de esperanza es colectivo. La tragedia despertó en la sociedad venezolana una ola de solidaridad extraordinaria. Desde las primeras horas, vecinos y voluntarios se volcaron a rescatar a los suyos; luego, caravanas de ciudadanos comunes —estudiantes, médicos, comerciantes— cargaron sus vehículos con agua, alimentos y medicinas y viajaron hacia las zonas devastadas. En los campamentos, el flujo de organizaciones, universidades, gremios y vecinos que reparten insumos ha sido constante.
Esa solidaridad tuvo también una dimensión conmovedora en su atención a los más pequeños. En medio de la incertidumbre de los refugios, artistas y voluntarios se han disfrazado, han llevado cuentos y juegos, han inventado maneras de arrancarles una sonrisa a los niños que lo perdieron todo. Y la respuesta trascendió las fronteras: la diáspora venezolana, repartida por el mundo, se movilizó para enviar ayuda, y decenas de países y organizaciones tendieron la mano. Un funcionario de la ONU lo resumió al recorrer La Guaira: en un momento en que solemos fijarnos en lo malo del mundo, dijo, aquí había un gesto de solidaridad de todo el planeta para apoyar a los venezolanos.
La esperanza como acto de resistencia
Conviene ser honestos sobre lo que significa hablar de esperanza en este contexto. No es negar el dolor, ni pasar página, ni disimular las fallas en la respuesta. La esperanza de la que aquí se habla es otra cosa: es la constatación de que, incluso en el peor momento, la respuesta humana ofreció motivos para no rendirse. Es la vecina que excavó con las manos, el rescatista que no durmió, el desconocido que compartió su agua, el niño que volvió a reír en un refugio.
Venezuela enfrenta ahora una reconstrucción larga y difícil, y los desafíos por delante son enormes. Pero lo que estos siete días demostraron es que el país cuenta con un capital que ninguna catástrofe pudo derrumbar: la capacidad de su gente para sostenerse mutuamente. Esa es, quizás, la esperanza más sólida de todas, porque no depende de un anuncio ni de una promesa, sino de algo que ya quedó demostrado en la práctica. En medio de los escombros, lo que se mantuvo en pie fue la humanidad. Y sobre esa base —no sobre otra— tendrá que levantarse todo lo demás.
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Nota: Esta nota recoge aspectos de la respuesta a la emergencia a partir de información disponible en la fecha indicada. Las cifras de la tragedia corresponden a los balances oficiales y pueden variar. Este es un tema sensible; las personas afectadas pueden buscar apoyo en los servicios de atención habilitados para la emergencia.
Fuentes principales: Balances oficiales sobre rescates con vida; reportes sobre rescates extraordinarios y sobre la movilización solidaria en los campamentos; declaraciones de funcionarios de la ONU, recogidas por CNN, El Tiempo, Noticias ONU y agencias (24 de junio a 1 de julio de 2026).
Alfredo Yánez
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Doscientos catorce años sin prevención
De 1812 a 2026, la misma tierra ha vuelto a temblar sobre los mismos pueblos. En Venezuela, la desmemoria no es distracción: es política de Estado.
Ficha 6W
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | La ausencia de una cultura sostenida de prevención frente a los desastres naturales. |
| Quién | El Estado venezolano y la población asentada en zonas de alto riesgo sísmico. |
| Cuándo | A lo largo de más de dos siglos, de 1812 a 2026. |
| Dónde | El norte de Venezuela, sobre las fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar. |
| Por qué | El olvido de cada tragedia deja el terreno libre para que la siguiente repita el patrón. |
| Cómo | Con normas incumplidas, ocupación de zonas de riesgo y ausencia de memoria institucional. |
Puestos en fila, los desastres revelan un patrón evidente. 1812: un terremoto arrasa Caracas y el litoral. 1967: otro sismo derriba edificios en la misma ciudad. 1999: el deslave sepulta Vargas. 2026: el doble terremoto convierte a La Guaira, otra vez, en zona cero. Doscientos catorce años, las mismas fallas, el mismo suelo, y cada vez la misma sorpresa. Esa sorpresa repetida es el verdadero desastre venezolano.
Un país que se sabe sísmico y construye como si no
Venezuela se ubica entre las placas del Caribe y Sudamericana, atravesada por los sistemas de fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar, algunos de los más activos del continente. No es un dato oculto: es geología conocida y documentada. Se calcula que más del 80 % de la población vive en zonas de amenaza sísmica alta. Y sin embargo, el país ha construido durante décadas como si esa amenaza no existiera.
La reglamentación sismorresistente seria no llegó hasta después de 1967, y aun entonces convivió con una expansión urbana informal que la desbordó. Se levantaron barrios sobre laderas inestables y sobre los abanicos aluviales del litoral, es decir, sobre el terreno que la propia naturaleza había marcado como zona de paso de futuros deslaves. Cada vivienda mal ubicada fue una apuesta contra la memoria, y la memoria perdió.
La excepción que confirma la regla
El terremoto de 1967 demostró que Venezuela sí puede aprender. De sus escombros nacieron Funvisis y una norma más exigente. Fue la prueba de que la voluntad institucional existe cuando se ejerce. Pero fue una excepción. Después vino el largo olvido: la lección de 1967 no se tradujo en control urbano sostenido, ni en mapas de riesgo aplicados, ni en simulacros, ni en una política de Estado que atravesara gobiernos.

Vargas 1999 lo dejó dolorosamente claro. El desastre generó estudios técnicos detallados sobre por qué había ocurrido y dónde no debía reconstruirse. Buena parte de esas recomendaciones no se cumplió. El litoral se repobló sobre el mismo riesgo. Y la incapacidad de siquiera contar a los muertos reveló un Estado que no quería, o no podía, mirar de frente a su propia catástrofe.
La desmemoria como política
El olvido cumple una función. Un país que no recuerda no exige rendición de cuentas, no reclama prevención, no pregunta por los desaparecidos sin nombre. La tragedia se convierte en efeméride anual, la efeméride en silencio, y el silencio en terreno libre para que todo vuelva a ocurrir. Así, cada generación venezolana entierra a sus muertos por la naturaleza y hereda a la siguiente el mismo riesgo intacto.
El terremoto de 2026 llega, por primera vez, con toda esta historia disponible y a la vista. Ese es el matiz esperanzador y a la vez la mayor exigencia. La geología no se puede cambiar: la tierra volverá a temblar sobre La Guaira. Lo que sí se puede cambiar es lo que un país hace con esa certeza. La diferencia entre 214 años de tragedia repetida y un futuro distinto no está en las fallas del subsuelo. Está en si, esta vez, Venezuela decide finalmente recordar.
Fuentes principales: Funvisis; Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS); Anexo de terremotos históricos de Venezuela; estudios sobre gestión de riesgo del litoral central; Academia Nacional de Ingeniería y el Hábitat.
Política
La Guaira, zona cero otra vez
El mismo territorio, la misma falla, veintisiete años después. El doble terremoto de 2026 volvió a convertir a La Guaira en zona cero.
Ficha 6W
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | Un doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 devastó el norte de Venezuela. |
| Quién | Los habitantes de La Guaira y el litoral central; equipos de rescate nacionales e internacionales. |
| Cuándo | El 24 de junio de 2026, con los dos sismos separados por unos 39 segundos. |
| Dónde | El norte del país, con epicentro cercano a Morón y máxima destrucción en La Guaira. |
| Por qué | La interacción de las fallas de Boconó y San Sebastián, las más activas de la región. |
| Cómo | Dos sismos superficiales y consecutivos multiplicaron la capacidad destructiva sobre el litoral. |
El 24 de junio de 2026, a las 18:04 hora local, la tierra tembló en el norte de Venezuela con una magnitud de 7,2. Treinta y nueve segundos después, a pocos kilómetros, un segundo sismo aún más fuerte, de magnitud 7,5, terminó de derribar lo que el primero había dejado en pie. Fueron los terremotos más potentes registrados en el país en más de un siglo. Y su zona cero volvió a ser la misma: La Guaira.
El mismo suelo, dos veces golpeado
La coincidencia geográfica no es casualidad, sino geología. El litoral central venezolano se asienta sobre la interacción de dos de las fallas más activas del continente: la de Boconó y la de San Sebastián, la más cercana a Caracas. Es el mismo sistema que provocó el terremoto de 1812 y el de 1967, y el mismo territorio que en 1999 quedó sepultado bajo el barro del deslave de Vargas.
El estado que en 2026 concentró la mayor destrucción es exactamente el que en diciembre de 1999 desapareció bajo el lodo. Solo que entonces se llamaba Vargas. En 2019, la Asamblea Nacional Constituyente controlada por el chavismo cambió su nombre oficial a La Guaira, recuperando la antigua denominación indígena. El cambio de nombre no cambió la geografía del riesgo: las mismas comunidades del litoral, reconstruidas sobre el mismo terreno vulnerable, volvieron a ser las más golpeadas.
Un doblete que multiplicó el daño
Los especialistas calificaron lo ocurrido como un «doblete»: dos sismos de gran magnitud en rápida sucesión. Ambos fueron muy superficiales, especialmente el segundo, una característica que amplifica la destrucción en la superficie. El epicentro se ubicó a unos 21 kilómetros al oeste de Morón, pero la onda golpeó con fuerza toda la franja costera densamente poblada del centro-norte del país.

El Servicio Geológico de Estados Unidos advirtió desde las primeras horas que el número final de víctimas podría contarse por miles y que los daños económicos alcanzarían decenas de miles de millones de dólares. También alertó sobre el riesgo de réplicas fuertes y fenómenos asociados como deslizamientos y licuefacción del suelo, los mismos que agravaron los desastres de 1967 y 1999.
La memoria como advertencia
Lo que distingue a 2026 de las catástrofes anteriores es que ocurre con toda esa historia a la vista. La Guaira no es un lugar sorprendido por la naturaleza: es un territorio que ha sido advertido, una y otra vez, durante más de dos siglos. El deslave de 1999 dejó estudios, mapas de riesgo y recomendaciones. El terremoto de 1967 dejó una institución dedicada a estudiar los sismos. La pregunta que este especial persigue es qué se hizo con todo ese conocimiento, y por qué el mismo suelo pudo volver a convertirse en zona cero.
La cobertura en desarrollo del terremoto del 24 de junio se mantiene actualizada en el especial El país que tembló, con cifras verificadas y seguimiento de la respuesta humanitaria.
Fuentes principales: Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS); declaraciones de geólogos a El Tiempo y La Nación; Funvisis; cobertura verificada de INCÍSOS en el especial El país que tembló.
Política
El referéndum bajo la lluvia
La frase de Chávez y la política que no quiso detenerse ante la tragedia de Vargas.
Ficha 6W
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | El referéndum constitucional se realizó el mismo día del pico del deslave de Vargas. |
| Quién | El gobierno de Hugo Chávez, los electores y las víctimas del litoral central. |
| Cuándo | El 15 de diciembre de 1999. |
| Dónde | En todo el país, mientras el litoral central se hundía en el barro. |
| Por qué | El referéndum aprobaba la nueva Constitución, prioridad política del momento. |
| Cómo | La consulta se mantuvo pese al desastre, acompañada de una frase que evocó a Bolívar. |
Hay una coincidencia en el calendario venezolano que resume, mejor que cualquier análisis, la relación entre el poder y las catástrofes en el país. El 15 de diciembre de 1999 —el día que la historia recuerda como el más mortífero del deslave de Vargas— fue también el día en que Venezuela acudió a las urnas para aprobar, mediante referéndum, la nueva Constitución de la República Bolivariana.
Dos hechos, un mismo día
Mientras en el litoral central los ríos crecidos arrastraban pueblos enteros hacia el mar, en el resto del país se desarrollaba la consulta que refundaría el Estado venezolano. La primera alerta de Defensa Civil en la zona se había declarado el 5 de diciembre, diez días antes. Para el 15, el desastre ya era imparable.
La decisión de mantener la votación pese a la magnitud de la emergencia quedó registrada con una frase que ató simbólicamente 1999 con 1812. Al negarse a suspender el proceso, el entonces presidente Hugo Chávez citó las palabras atribuidas a Simón Bolívar sobre las ruinas del terremoto de aquel Jueves Santo: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca».
El peso de una frase repetida
La reaparición de esa frase, casi dos siglos después y en circunstancias tan parecidas, no es una anécdota. Es la evidencia de una continuidad: la de un poder que, frente a la tragedia natural, elige la afirmación de la voluntad política por encima de la pausa, el duelo o la evaluación del riesgo. En 1812 la frase justificó seguir la guerra; en 1999 justificó seguir la consulta.
La discusión sobre si el referéndum debió o no aplazarse acompañó durante años el recuerdo del desastre. Para unos, mantener la normalidad institucional era una señal de fortaleza. Para otros, fue el primer síntoma de un patrón que se repetiría: la subordinación de la gestión del desastre a la agenda política.
La tragedia como escenario
Lo que Vargas 1999 dejó como lección política no fue solo la magnitud del deslave, sino la manera en que la catástrofe quedó entrelazada con un momento fundacional del proyecto de poder. La reconstrucción del litoral, los planes anunciados y las promesas de recuperación se leyeron después bajo esa luz. Y la ausencia de una cifra de víctimas, de un duelo nacional articulado, de una política sostenida de prevención, se explica en parte por esa subordinación original de la tragedia a otra prioridad.
Veintisiete años después, con la tierra abierta de nuevo sobre La Guaira, la pregunta que dejó aquel 15 de diciembre sigue vigente: cuando la naturaleza golpea, ¿el país se detiene a contar a sus muertos, o sigue adelante como si la montaña, en efecto, tuviera que obedecer?
Fuentes principales: Registros del referéndum constitucional de 1999; hemerografía de la época; crónicas de aniversario del deslave de Vargas; archivo de Defensa Civil.
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