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Reconstruir sin repetir el error que mató
La pregunta no es solo cuándo se reconstruye La Guaira, sino con qué normas. Levantar rápido y mal es preparar el próximo derrumbe.
Muchos edificios de La Guaira no colapsaron solo por la fuerza del sismo, sino por cómo y dónde estaban construidos. La reconstrucción enfrenta una decisión técnica que es también moral: levantar con norma sismorresistente certificada, o repetir la vulnerabilidad que costó vidas.
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | La reconstrucción material de viviendas, escuelas e infraestructura destruidas por el terremoto, y la decisión sobre con qué normas técnicas se levanta. |
| Quién | Damnificados, autoridades, ingenieros y urbanistas, y los actores públicos y privados que financiarán la reconstrucción. |
| Cuándo | A partir del 24 de junio de 2026 y durante los años que tomará reconstruir. |
| Dónde | La Guaira y los estados afectados por el doble sismo. |
| Por qué | Parte del colapso se explica por construcción vulnerable; reconstruir igual reproduciría el riesgo. |
| Cómo | Mediante normas sismorresistentes certificadas, control técnico de obra y decisiones de uso del suelo, frente a la presión de reconstruir rápido. |
Los edificios no se caen solos
Un terremoto no mata a todos por igual. Mata más donde se construyó mal, donde se construyó en terreno inadecuado y donde no se respetó norma alguna. La sismología tiene una frase dura y exacta para esto: no matan los terremotos, matan los edificios. La fuerza del suelo es la misma para una estructura bien calculada y para una levantada sin control; lo que cambia es si se mantiene en pie.
La Guaira concentró el mayor número de colapsos del 24 de junio de 2026, con más de cien edificaciones caídas según los reportes disponibles. Entender por qué cayó cada una —antigüedad, calidad de los materiales, tipo de suelo, ausencia de criterio sísmico en el diseño original— no es un ejercicio académico. Es la condición para que la reconstrucción no sea una repetición programada de la tragedia.
Reconstruir rápido es la tentación. Reconstruir bien es el deber
Después de un desastre, la presión por levantar todo cuanto antes es enorme y humanamente comprensible: la gente quiere su casa de vuelta. Pero esa urgencia es justamente el mayor enemigo de una reconstrucción segura. Levantar rápido suele significar levantar barato, sin estudio de suelos, sin cálculo estructural riguroso, sin inspección. Y un edificio mal reconstruido no es una solución temporal: es una sentencia diferida para el próximo sismo.
La alternativa tiene nombre técnico: norma sismorresistente certificada, aplicada sin excepción y verificada por control de obra independiente. No basta con escribirla en un reglamento; hace falta que alguien con competencia y autonomía compruebe que cada estructura la cumple. Ese control es caro y lento comparado con construir sin él. Es también la única diferencia real entre reconstruir un futuro y preparar un duelo.
No solo viviendas: escuelas y hospitales primero
La reconstrucción material no es solo casas. Son las escuelas donde volverán los niños, los hospitales que deberán resistir el siguiente evento, los servicios de agua y electricidad cuya caída multiplica cualquier emergencia. La edificación pública tiene una exigencia sismorresistente todavía mayor que la vivienda, porque es el refugio de la comunidad cuando todo lo demás falla. Un hospital que colapsa en el próximo sismo no es solo un edificio perdido: es la capacidad de respuesta del sistema entera.
La pregunta del suelo: dónde se reconstruye
Hay una decisión previa al cómo: el dónde. Parte de la vulnerabilidad de La Guaira tiene que ver con la ocupación de terrenos de alto riesgo, una herencia que el deslave de 1999 ya había expuesto y que la presión demográfica y la informalidad nunca terminaron de corregir. Reconstruir en los mismos puntos de riesgo, con o sin buena ingeniería, traslada el problema a la próxima generación. La planificación del uso del suelo —qué se reconstruye in situ y qué debe relocalizarse— es tan determinante como la calidad del concreto.
El punto donde esto se cruza con el dinero
Quién paga la reconstrucción condiciona con qué normas se reconstruye. Las propuestas que han comenzado a circular —incluida la del exministro Roberto Smith Perera, que plantea capital privado y reconstrucción con certificación antisísmica internacional— coinciden en un punto técnico: no reconstruir para que el próximo sismo lo destruya de nuevo. Esa coincidencia es bienvenida. Pero la garantía sismorresistente no depende de quién financie, sino de quién controle. Un financista privado, un organismo multilateral o el Estado pueden, todos, reconstruir bien o mal. Lo que asegura la calidad no es el origen del dinero, sino la existencia de control técnico independiente y de rendición de cuentas. Esa será una de las pruebas de fuego de la reconstrucción que viene.
- Reportes de daños y colapsos en La Guaira: El Tiempo, El Colombiano, BBC News, 24-26 de junio de 2026.
- Literatura de ingeniería sísmica sobre vulnerabilidad estructural y normas sismorresistentes.
- Antecedente de la tragedia de Vargas de 1999 y ocupación de terrenos de riesgo en el litoral central.
- Propuesta pública de reconstrucción de Roberto Smith Perera difundida el 26 de junio de 2026.
Disclaimer: Esta nota tiene fines informativos y de análisis. No constituye asesoría técnica de ingeniería ni recomendación sobre proyectos de inversión o construcción específicos.
COBERTURA EN VIVO
Esta pieza forma parte del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Sigue la cobertura de emergencia en «El país que tembló».
Alfredo Yánez
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Chile y Japón conviven con sismos. Venezuela puede aprender
Un país no elige si tiembla, pero sí cuántos mueren cuando tiembla. La diferencia tiene nombre: prevención, institucionalidad y cultura de riesgo.
Chile y Japón están entre los países más sísmicos del planeta y, sin embargo, sus terremotos matan proporcionalmente mucho menos. La diferencia no es geológica: es institucional. La reconstrucción de Venezuela es la ocasión para construir lo que faltó.
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | La institucionalidad y la cultura de prevención sísmica que reducen el impacto de los terremotos, y su ausencia relativa en Venezuela. |
| Quién | Chile y Japón como referencias, sus organismos de gestión de riesgo, y las autoridades y sociedad venezolanas ante la reconstrucción. |
| Cuándo | La fase de reconstrucción posterior al 24 de junio de 2026 como ventana para instalar prevención. |
| Dónde | Venezuela, con lecciones de Chile y Japón. |
| Por qué | La mortalidad de un sismo depende menos de su magnitud que de la preparación previa. |
| Cómo | Mediante marco legal, organismos técnicos autónomos, normas de construcción, sistemas de alerta y simulacros periódicos. |
El terremoto no decide cuántos mueren
Hay una idea que conviene desmontar: la de que un terremoto es una fatalidad ante la cual solo cabe lamentarse. La sismología y la experiencia comparada dicen lo contrario. La magnitud la fija la naturaleza; el número de muertos lo fija, en buena medida, lo que se hizo antes del temblor. Dos países que conviven con sismos intensos —Chile y Japón— lo demuestran: sufren movimientos de gran magnitud con una mortalidad proporcionalmente mucho menor que la de países peor preparados.
Esa diferencia no cae del cielo. Se construye con instituciones, normas y hábitos. Y todo eso puede aprenderse.
Japón: ley, tecnología y cultura
Japón organiza su respuesta alrededor de una Ley Básica de Medidas contra Desastres que define con precisión quién hace qué antes, durante y después de una emergencia, y que promueve la creación de organizaciones vecinales de gestión de desastres para reforzar la solidaridad comunitaria. A esa arquitectura legal suma tres capas: infraestructura resistente —estructuras de aislamiento sísmico, edificación antisísmica—, sistemas de alerta temprana como el J-Alert y el Earthquake Early Warning que permiten reaccionar en segundos, y una cultura de prevención sostenida con educación y simulacros regulares en escuelas y comunidades. El resultado es una población que conoce el plan de emergencia antes de que ocurra la emergencia.
Chile: una institucionalidad que aprendió del golpe
Chile ofrece una lección quizá más cercana a la realidad venezolana, porque partió de menos y avanzó. Tras el terremoto de 2010, el país reforzó su cooperación con Japón —iniciada en 1960— y trabajó en fortalecer su Oficina Nacional de Emergencia (ONEMI) y su Sistema Nacional de Protección Civil. Programas como «Chile Preparado» buscan instalar una cultura preventiva y de autocuidado mediante simulacros nacionales masivos. El enfoque chileno insiste en algo clave: delimitar responsabilidades políticas, legales, técnicas y operativas en cada etapa del ciclo del riesgo, y formular planes locales de gestión de desastres en los gobiernos municipales. La prevención no se concentra solo en la capital ni en un organismo central; se distribuye hasta el nivel local.
Lo que la reconstrucción venezolana puede instalar
El contraste con Venezuela es la parte incómoda, pero también la oportunidad. La respuesta al terremoto del 24 de junio de 2026 expuso una brecha entre el riesgo geológico real y la capacidad institucional: ausencia de un plan claro por fases, coordinación improvisada, voluntarios civiles supliendo lo que el Estado no tenía organizado. El experto Ángel Rangel, exdirector nacional de Defensa Civil, lo resumió en una idea que trasciende la emergencia: la voluntad sola no salva vidas sin mando único, equipos y plan.
Esa frase, pensada para el rescate, sirve igual para el largo plazo. La reconstrucción es la ventana —quizás la única en una generación— para instalar lo que faltó: un marco legal de gestión de riesgo con responsabilidades claras, un organismo técnico con autonomía y recursos, normas de construcción sismorresistente que se cumplan y se fiscalicen, sistemas de alerta, y una cultura de simulacros que llegue a cada escuela. Nada de eso es exótico ni inalcanzable: Chile lo construyó partiendo de una realidad difícil. La pregunta, en clave INCÍSOS, es la de siempre: qué falta, exactamente, para que pase.
- Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (Observatorio Asia Pacífico): sistema japonés de manejo de desastres y Ley Básica de Medidas contra Desastres.
- ONEMI / Sistema Nacional de Protección Civil de Chile: programa «Chile Preparado» y Política Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.
- JICA y Cancillería de Chile: cooperación Chile-Japón en reducción de riesgo de desastres desde 1960 y tras el terremoto de 2010.
- Declaraciones de Ángel Rangel, exdirector nacional de Defensa Civil de Venezuela, junio de 2026.
Disclaimer: Esta nota tiene fines informativos y de análisis comparado.
COBERTURA EN VIVO
Esta pieza forma parte del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Sigue la cobertura de emergencia en «El país que tembló».
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Quién controla el dinero de la reconstrucción
Miles de millones de dólares entrarán para reconstruir. Sin veeduría independiente, la historia venezolana advierte cómo puede terminar.
La reconstrucción tras el terremoto del 24 de junio de 2026 movilizará miles de millones de dólares en cooperación internacional, donaciones y crédito multilateral. Cómo se administren esos recursos, y quién los fiscalice, será la diferencia entre una recuperación y un nuevo capítulo de opacidad.
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | La administración y fiscalización de los fondos destinados a reconstruir las zonas afectadas por el terremoto. |
| Quién | El Estado venezolano, organismos multilaterales, donantes internacionales, la sociedad civil que reclama veeduría y economistas que proponen un ente independiente. |
| Cuándo | Desde la emisión de la Licencia General 60 de OFAC el 25 de junio de 2026, vigente hasta el 23 de octubre de 2026, y durante los años de reconstrucción. |
| Dónde | Venezuela, con recursos que provienen de EE.UU., organismos internacionales y la diáspora. |
| Por qué | El volumen de recursos y los antecedentes de opacidad hacen del control una condición central de la reconstrucción. |
| Cómo | Mediante mecanismos de transparencia, auditoría independiente y estándares internacionales de rendición de cuentas todavía por definir. |
La cifra que nadie termina de fijar
Cuánto costará reconstruir es, todavía, una pregunta con respuestas dispares. La CEPAL estimó el costo en torno a 6.800 millones de dólares. Otras estimaciones lo ubican por encima de los 2.800 millones. El economista José Guerra, exdiputado y exasesor del Banco Central de Venezuela, sostuvo que una recuperación integral podría requerir más de 50.000 millones de dólares, y planteó activar la cooperación internacional a una escala comparable a la de reconstrucciones tras conflictos. La distancia entre esas cifras no es un detalle técnico: refleja que aún no existe un catastro consolidado de daños, y sin ese catastro cualquier presupuesto es provisional.
Lo que sí está claro es el orden de magnitud: se trata de miles de millones que provendrán de una mezcla de recursos públicos, crédito multilateral y donaciones. El Banco Mundial ya anunció conversaciones con el gobierno para evaluar mecanismos de financiamiento.
La licencia que lo hizo posible
El financiamiento internacional tiene un habilitador jurídico concreto. El 25 de junio de 2026, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Tesoro de EE.UU. (OFAC) emitió la Licencia General 60, que autoriza transacciones vinculadas a la ayuda para el terremoto y busca que las sanciones no impidan la asistencia. La licencia expira el 23 de octubre de 2026.
Ese instrumento reveló, de paso, una tensión de fondo. Hasta el 24 de junio de 2026, el Estado venezolano estaba impedido de realizar buena parte de las transacciones necesarias para responder a un desastre, precisamente por el régimen de sanciones. Analistas señalaron que la necesidad de emitir una licencia específica puso en evidencia hasta qué punto las capacidades estatales de respuesta dependían de decisiones tomadas fuera del país. Es un dato del contexto que cualquier lectura seria de la reconstrucción debe incorporar, sin convertirlo en consigna en ningún sentido.
Por qué la veeduría no es un lujo
La insistencia en la transparencia no nace de la desconfianza abstracta, sino de la memoria. La reconstrucción de La Guaira tras el deslave de Vargas de 1999 dejó preguntas nunca resueltas sobre el destino de presupuestos millonarios. El historiador Rogelio Altez ha señalado que algunos balances de aquella tragedia pudieron magnificarse para atraer recursos y financiar procesos de reconstrucción manejados por entidades estatales. Ese antecedente es la razón por la que hoy voces técnicas reclaman que los fondos no pasen por la caja discrecional del Estado.
La propuesta de José Guerra apunta en esa dirección: un fondo administrado por un ente independiente, dado que se mezclarán recursos de la República, de organismos multilaterales y donaciones. En el plano de la cooperación, los estándares internacionales —como los del Comité Permanente entre Organismos y las buenas prácticas de la OCDE— contemplan informes periódicos y auditoría de los programas financiados. El reto es que esos estándares se apliquen a la totalidad del esfuerzo, y no solo al tramo que gestionan las agencias internacionales.
El riesgo político que agrava todo
Hay un factor que eleva las apuestas. Según datos del proyecto ACLED, en el primer semestre de 2026 se registraron más de 1.400 protestas en Venezuela, más del doble del total de todo 2025. Analistas advierten que cualquier percepción de mala gestión de la respuesta —corrupción, retrasos o politización del reparto de la ayuda— podría desencadenar disturbios en una población ya agotada. Dicho de otro modo: la transparencia en la reconstrucción no es solo una exigencia ética o de eficiencia. En el clima actual, es también una variable de estabilidad.
Las preguntas abiertas
La reconstrucción se medirá por cómo responda a interrogantes que hoy no tienen respuesta cerrada. Quién administra el fondo principal y con qué grado de independencia. Qué mecanismo de auditoría se aplica, cada cuánto rinde cuentas y ante quién. Cómo se garantiza que la sociedad civil pueda ejercer veeduría real y no decorativa. Y qué pasa cuando la Licencia General 60 expire el 23 de octubre de 2026, si para entonces la reconstrucción apenas comienza. De esas respuestas depende que los miles de millones anunciados lleguen a quien los necesita.
- Departamento de Estado y Departamento del Tesoro de EE.UU.: Licencia General 60 de OFAC, 25 de junio de 2026.
- CEPAL: estimación de costo de reconstrucción, 2026.
- Efecto Cocuyo: declaraciones del economista José Guerra sobre el fondo de reconstrucción.
- El Colombiano: declaraciones del historiador Rogelio Altez sobre la reconstrucción de Vargas 1999.
- ACLED: registro de protestas en Venezuela, primer semestre de 2026.
- Wikipedia y reportes de prensa: conversaciones del Banco Mundial sobre financiamiento.
Disclaimer: Esta nota tiene fines informativos y de análisis. Las cifras de costo de reconstrucción son estimaciones de distintos organismos y no constituyen datos oficiales consolidados ni recomendación financiera.
COBERTURA EN VIVO
Esta pieza forma parte del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Sigue la cobertura de emergencia en «El país que tembló».
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El duelo también se reconstruye: salud mental tras el sismo
El trauma de un terremoto no termina cuando deja de temblar. Y para la diáspora venezolana, el duelo llega por pantalla, a miles de kilómetros.
El daño psicológico de un desastre puede ser tan profundo y duradero como el material. La Organización Mundial de la Salud estima que una parte significativa de la población afectada por una emergencia desarrolla un trastorno de salud mental. Y hay un duelo que esta tragedia multiplica: el de los venezolanos que la viven a la distancia.
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | El impacto en la salud mental del terremoto: trauma agudo, duelo, estrés postraumático, y su sostenimiento en el tiempo. |
| Quién | Damnificados, niñez afectada, personal de primera línea, y la diáspora venezolana que vive el duelo a distancia. |
| Cuándo | Desde el 24 de junio de 2026 y a lo largo de los meses de recuperación, pues el daño psicológico se extiende más allá de la emergencia. |
| Dónde | Las zonas afectadas de Venezuela y, simultáneamente, los países donde reside la diáspora. |
| Por qué | Las emergencias generan sufrimiento psíquico que, sin acompañamiento, puede cronificarse. |
| Cómo | Mediante primeros auxilios psicológicos, apoyo comunitario y derivación a atención clínica especializada cuando es necesaria. |
El daño que no se ve en las fotos
Las imágenes de un terremoto muestran escombros, no heridas psíquicas. Pero la Organización Mundial de la Salud sostiene que el daño psicológico provocado por desastres como tsunamis y terremotos puede ser tan devastador como el físico. No es una metáfora compasiva: es una constatación clínica con consecuencias de política pública.
La mayoría de las personas afectadas por una emergencia experimenta ansiedad, tristeza, insomnio, irritabilidad o dolores físicos sin causa orgánica aparente. La OMS señala que ese sufrimiento suele mejorar con el tiempo de forma natural. El punto crítico es el resto: el organismo internacional estima que alrededor del 22% de las personas afectadas por una emergencia puede desarrollar depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, trastorno bipolar o esquizofrenia. Uno de cada cinco. Esa cifra es la que convierte la salud mental en una urgencia de salud pública y no en un asunto privado.
Primeros auxilios psicológicos: no hace falta ser psicólogo
Existe una idea extendida de que la salud mental en un desastre es competencia exclusiva de psicólogos y psiquiatras. Es falsa, y esa creencia retrasa la ayuda. Los primeros auxilios psicológicos (PAP) son una intervención de apoyo que cualquier miembro de la comunidad, debidamente orientado, puede ofrecer: escuchar sin presionar, acompañar, cubrir necesidades básicas, transmitir calma e información útil, y conectar a la persona con recursos.
Las guías de la Organización Panamericana de la Salud y de la OMS insisten tanto en lo que se debe hacer como en lo que no: no aconsejar, no minimizar los hechos, no obligar a hablar a quien no quiere, no presionar con un optimismo vacío, y no generar dependencia. El acompañamiento respeta el ritmo de cada persona. Lo que excede a los PAP —cuando aparecen síntomas de estrés agudo persistente o de trastorno postraumático— requiere derivación a atención profesional. Saber distinguir una cosa de otra es, en sí mismo, parte del cuidado.
La niñez vive el trauma distinto
Niños y adolescentes procesan el desastre de forma diferente, y a menudo silenciosa. Un retroceso en conductas ya superadas, un sueño alterado, un aferramiento ansioso o un juego que repite el derrumbe son formas en que la niñez expresa lo que no sabe nombrar. La experiencia de brigadas universitarias de apoyo tras el sismo de México de 2017 mostró que reactivar rutinas, espacios seguros y recursos psicosociales en la propia comunidad es una de las vías más eficaces para sostener a los más pequeños. El regreso a la escuela no es solo educación: es terapia.
El duelo de la diáspora: llorar por pantalla
Hay una dimensión de esta tragedia que golpea de lleno a buena parte de quienes leen INCÍSOS: el duelo a distancia. Para millones de venezolanos fuera del país, el terremoto no se vivió en la calle sino en la pantalla del teléfono —la llamada que no entra, el mensaje que no llega porque las telecomunicaciones cayeron, la noticia de un familiar bajo los escombros recibida a miles de kilómetros, sin poder hacer nada.
Ese duelo tiene rasgos propios. La impotencia de no estar, la culpa del que se fue, la imposibilidad de despedirse en persona, el funeral seguido por videollamada. La psicología de las migraciones lo conoce como duelo migratorio, y un desastre lo agrava hasta volverlo agudo. No es un dolor menor por ocurrir lejos; en algunos aspectos es más difícil de tramitar, precisamente porque le falta la presencia física que el cuerpo necesita para cerrar una pérdida.
Reconocer ese duelo —nombrarlo, validarlo, no exigirse entereza por estar a salvo— es el primer paso. Buscar apoyo donde uno vive, sostener el vínculo con los que están allá sin caer en la sobreexposición a imágenes que retraumatizan, y aceptar que ayudar a distancia también es una forma legítima de elaborar la pérdida, son caminos que los especialistas señalan para quien acompaña desde fuera.
Una urgencia que dura años
La diferencia entre una respuesta de salud mental que funciona y una que fracasa está en el tiempo. El acompañamiento psicosocial no puede durar lo que duran las cámaras. El estrés postraumático no aparece siempre en la primera semana; a veces se manifiesta meses después, cuando la atención colectiva ya se mudó a otro tema. Sostener líneas de apoyo, formación comunitaria en PAP y servicios clínicos accesibles durante el largo plazo es lo que separa una población que se recupera de una que arrastra el trauma por una generación.
- Organización Mundial de la Salud: hoja informativa «La salud mental en las situaciones de emergencia» y guía de primeros auxilios psicológicos (OMS, Fundación de Traumas de Guerra, Visión Mundial Internacional).
- Organización Panamericana de la Salud: Guía práctica de salud mental en situaciones de desastres.
- Experiencia de brigadas de apoyo psicológico universitarias tras el sismo de México del 19 de septiembre de 2017.
- Literatura sobre duelo migratorio y salud mental de poblaciones desplazadas.
Disclaimer: Esta nota tiene carácter informativo y no sustituye la atención profesional de salud mental. Si usted o alguien cercano presenta sufrimiento psíquico intenso o persistente, busque apoyo de un profesional o de los servicios de salud disponibles en su lugar de residencia.
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