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Inciso

La paciencia de los 23 años

El precio de la paciencia política se mide en años de vida ajena. Tres policías metropolitanos. Veintitrés años. Una columna sobre el costo que rara vez se nombra.

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La noche del martes 19 de mayo, tres hombres salieron del Centro Penitenciario Fénix en el estado Lara, en Venezuela. Erasmo Bolívar, Héctor Rovaín y Luis Molina. Fueron policías de la Policía Metropolitana de Caracas. Estuvieron veintitrés años presos por hechos del 11 de abril de 2002 en el Puente Llaguno, en una causa que Foro Penal y todas las organizaciones serias de derechos humanos venezolanas consideran un proceso político.

Veintitrés años. Pongamos el número en la mesa antes de seguir.

Veintitrés años son más de ocho mil días, ni uno menos. Un hijo que entró siendo bebé al cuarto de visitas hoy es adulto. Una esposa que entró en sus treintas hoy peina canas. Un padre que esperaba en la puerta murió hace años sin volver a abrazar a su hijo. Un país completo cambió de moneda, de gobierno, de modelo económico, de generación. Ellos no cambiaron. Ellos esperaron.

Hay una palabra que se repite mucho en estos días de transición tutelada: paciencia. Paciencia política, paciencia estratégica, paciencia con los plazos del proceso. La palabra está bien usada cuando se aplica a quien decide. Está mal usada cuando se aplica a quien soporta. Erasmo Bolívar, Héctor Rovaín y Luis Molina no tuvieron paciencia. Tuvieron condena. La paciencia, en sentido propio, supone capacidad de moverse y decisión de no hacerlo. La condena no es paciencia. Es ausencia.

Me detengo aquí porque creo que el lenguaje de la transición venezolana está pidiendo una limpieza. Cada vez que un cuadro político habla de «los tiempos que requiere el proceso», está hablando con vocabulario que no es neutro. Está midiendo el tiempo desde una mesa con café caliente y wifi, no desde una celda. Las dos perspectivas no son comparables y, sin embargo, son tratadas como equivalentes en el discurso público. Una de las dos debería tener más peso. Es la del que esperó sin opción.

María Lourdes Afiuni escribió este lunes, antes de la liberación de los policías metropolitanos: «Los que tenemos la pena cumplida tres veces y un poquito más, los olvidados a nuestra suerte, ¿no contamos para nada?». Es la jueza que en 2009 cumplió una recomendación del Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Detención Arbitraria y por eso pasó los siguientes catorce años bajo las distintas variantes de privación de libertad que el régimen consideró pertinentes. Su pregunta no es retórica. Es una pregunta práctica sobre qué hace la transición con los rezagados de las olas.

Y luego está Juan Carlos Caguaripano. Capitán de la Guardia Nacional, detenido en agosto de 2017 después de un alzamiento en Fuerte Paramacay. Recluido en al menos cinco centros: La Tumba, DGCIM Valencia, DGCIM Boleíta, El Helicoide y ahora El Rodeo I. Dos años incomunicado durante una fase del proceso. Su esposa y su hija de doce años viven en Costa Rica desde hace siete. Su padre, de ochenta años, lo espera en Puerto La Cruz. Tiene una hija que está creciendo sin él. Eso no es paciencia. Eso es vida confiscada.

Pongo los tres nombres juntos —los policías metropolitanos, Afiuni, Caguaripano— porque su yuxtaposición revela algo del momento. La transición está liberando casos. Lo está haciendo. Es un hecho favorable. Lo dice Foro Penal, lo dice JEPVzla, lo dicen las propias familias que reciben en la puerta del Fénix a quienes salen. Pero también es un hecho que la liberación está siendo administrada con una lógica que no termina de ser pública. ¿Por qué Bolívar, Rovaín y Molina salieron ahora y no hace tres años? ¿Por qué quedan más de cuatrocientos cincuenta presos según Foro Penal? ¿Cuándo le toca a Afiuni y a Caguaripano? ¿Hay criterio, hay cronograma, hay método? ¿O es discrecionalidad?

Aquí, en este punto, vale la pena nombrar lo que me incomoda como periodista hispano que vive y escribe desde Estados Unidos, lejos del territorio donde ocurren los hechos. Lo que me incomoda es la facilidad con la que el lector promedio acepta el ritmo de la liberación como si fuera el único ritmo posible. Aceptamos la lentitud porque no la padecemos. Aceptamos la falta de cronograma porque no es nuestro padre el que está adentro. Y los liderazgos políticos, por su parte, encuentran cómodo administrar el tiempo del otro porque no es el tiempo propio el que se administra.

La paciencia política tiene un precio. El precio no lo paga quien la pide. El precio lo pagan los que esperan sin opción.

Los policías metropolitanos salieron veintitrés años después. Para ellos, eso no es justicia. Es supervivencia. Y la diferencia entre las dos palabras es lo que la transición venezolana, si quiere serla en serio, va a tener que aprender a nombrar.

Mientras tanto, queda el conteo. Veintitrés años para tres hombres que ya están afuera. Dieciséis años y contando para Afiuni. Casi nueve años y contando para Caguaripano. Más de cuatrocientos cincuenta nombres en una lista que todavía espera.

Si hay paciencia, que la administre quien decide. No quien soporta.

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Alfredo Yánez

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Inciso

Cédula chimba

Diosdado Cabello dice que la cédula de Saab no es legal. La declaración abre una ventana sobre cómo el chavismo y ahora el rodrigato han manejado los documentos públicos en Venezuela. Acta de defunción de Chávez, acta de nacimiento de Maduro, actas del 28J, actas parlamentarias: un catálogo de opacidad documental.

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composición de @soyarepita

El lunes 18 de mayo, mientras Alex Naím Saab Morán comparecía esposado ante la Corte Federal del Distrito Sur de Florida, Diosdado Cabello se paró frente a un micrófono en Caracas y dijo algo que merece registro: la cédula que Saab portaba en Venezuela como ciudadano venezolano, dijo Cabello, no era legal. No la reconocía el régimen del que él mismo es número dos. La V-21.495.350 que aparece en el sistema desde 2004, según el portavoz del chavismo histórico, no debió haber existido.

Un detalle marginal en medio de una jornada cargada de noticias. Salvo que se lo mire con cuidado.

Porque la frase de Cabello pertenece a un patrón. Es la última pieza de un catálogo largo en el que los documentos públicos venezolanos —los que en cualquier país democrático certifican identidad, propiedad, residencia, parentesco, vida y muerte— han funcionado, durante más de dos décadas, como cualquier cosa menos eso. Como cualquier cosa menos un certificado.

Las actas que no aparecen

Hagamos el inventario sin adornos.

El acta de defunción de Hugo Chávez Frías, fallecido oficialmente el 5 de marzo de 2013 en el Hospital Militar de Caracas, nunca fue publicada en su forma completa. La causa exacta de muerte, los responsables del parte médico final, las firmas certificantes, los detalles técnicos que en cualquier país constan en un registro civil ordinario, en Venezuela permanecen bajo reserva. Lo que existe es el acto político de la muerte, no el acto administrativo. La diferencia importa porque el acto administrativo es el que un funcionario certifica con su firma personal y su responsabilidad jurídica; el acto político es el que se anuncia ante cámaras de televisión.

El acta de nacimiento de Nicolás Maduro Moros, expresidente desde 2013 hasta el 3 de enero de 2026 (cuando fue capturado por fuerzas estadounidenses), ha sido objeto de impugnación durante toda su vida política. Sus opositores sostuvieron, en distintos momentos, que el documento que acredita su nacimiento como venezolano por nacimiento —requisito constitucional para ejercer la Presidencia— presenta irregularidades de origen. La sala constitucional del Tribunal Supremo de Justicia jamás permitió que la objeción fuera examinada por mecanismos ordinarios. La validez del documento se sostuvo, en definitiva, por el peso del poder que lo emitía, no por la transparencia de su contenido.

Las actas de escrutinio del 28 de julio de 2024 —el día de la elección presidencial en la que el candidato opositor Edmundo González Urrutia obtuvo, según las copias que la oposición logró rescatar mesa a mesa, alrededor de siete millones de votos contra unos tres del oficialismo— nunca fueron publicadas por el Consejo Nacional Electoral. El órgano que en cualquier democracia es responsable de la transparencia del voto, en Venezuela se atrincheró durante meses en el argumento técnico de un supuesto «hackeo» que ninguna auditoría independiente respaldó. Las actas siguen, oficialmente, en algún lugar que la institucionalidad chavista nunca quiso señalar.

Las actas parlamentarias de 2025 —de los procesos legislativos que produjeron, entre otras cosas, la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos sobre la que hoy se sostiene parte de la apertura petrolera— tampoco están disponibles en versión completa. Las versiones taquigráficas, los registros de votación nominal, los actos de la mesa directiva: hay extractos, hay menciones en gaceta, hay declaraciones de prensa, pero no hay archivo público accesible con la integridad que cualquier parlamento democrático ofrecería.

Y ahora, en mayo de 2026, una cédula que aparentemente fue emitida en 2004, que figura en el Registro Electoral, que aparece en el RIF activo del Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria, que está en los registros del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, que dio derecho a votar el 28J, y que sirvió para tramitar pasaporte diplomático, resulta no ser legal según el portavoz del propio régimen.

Lo que el patrón dice

El patrón es estable. Cuando un documento conviene, existe. Cuando un documento incomoda, no existe, está bajo reserva, fue alterado por un sabotaje, o aparece de pronto declarado ilegítimo. Lo que en términos técnicos se llama «certificación documental» —ese acto sencillo y profundo por el cual un funcionario afirma, bajo su responsabilidad personal y jurídica, que un hecho ocurrió tal como se describe— en Venezuela bajo el chavismo se convirtió en otra cosa. En el ejercicio cotidiano del poder político.

Una cédula no es solo un trozo de plástico con una foto. Es la afirmación administrativa de que una persona existe, tiene un nombre, una fecha de nacimiento, una nacionalidad. Sobre esa afirmación se construye todo: el derecho a votar, el derecho a propiedad, el derecho a viajar, el acceso a salud, la apertura de cuentas bancarias, el matrimonio, la herencia. Es la pieza más banal y más fundamental de cualquier sistema de derechos modernos.

Cuando una persona durante veintidós años utilizó esa cédula —porque la V-21.495.350 fue emitida en 2004, según los registros— y el régimen que controlaba el sistema de identificación durante esos veintidós años no encontró nada irregular en ella hasta el día en que esa persona se volvió un activo de inteligencia para una potencia extranjera, lo que se está diciendo no es que la cédula sea ilegal. Lo que se está diciendo es que la cédula es lo que el régimen necesita que sea en cada momento.

La doctrina

Llamémosle, sin solemnidad, doctrina de la documentación útil. El documento sirve al poder, no a la verdad. El acta de defunción sirve mientras certifica que el comandante murió como héroe, no mientras explique los detalles. El acta de nacimiento sirve mientras habilita la Presidencia, no mientras admita la verificación. Las actas de escrutinio sirven mientras coronan al ungido, no mientras revelan la voluntad popular. Las actas parlamentarias sirven mientras visten de legalidad la decisión política, no mientras documentan la deliberación. La cédula sirve mientras el portador es ministro, no mientras se convierte en problema.

Esta doctrina, conviene decirlo, no la inventó el chavismo. La heredó de prácticas mucho más antiguas de la política latinoamericana, donde el documento ha sido con frecuencia un instrumento de inclusión o exclusión política antes que un certificado de verdad. Lo que el chavismo agregó fue la escala, la sistematicidad, y la coordinación entre instituciones. Lo que el rodrigato hereda es ese mismo sistema, ahora puesto al servicio de una agenda distinta —apertura económica, deportación selectiva, diálogo con Washington— pero con la misma lógica de fondo.

Por eso lo de Diosdado del lunes no es un dato judicial. Es una confesión institucional.

Lo que viene

Una transición democrática real —no la operación diplomática actual, no la negociación de cuotas de poder con Washington, no la apertura petrolera que rinde frutos sin tocar la matriz— tendría que comenzar por algo aparentemente menor: reconstruir el archivo público. Publicar el acta de defunción de Chávez. Permitir el examen independiente del acta de nacimiento de Maduro. Liberar las actas del 28J. Publicar los registros parlamentarios. Y revisar, una por una, las cédulas otorgadas, alteradas, revocadas o inventadas durante el chavismo, no para hostigar a los ciudadanos comunes que viven con un documento de buena fe, sino para devolver al sistema su función certificatoria.

Es un trabajo aparentemente burocrático. Sin discursos, sin marchas, sin titulares. Pero es el trabajo sin el cual ninguna democracia se reconstruye. Una sociedad en la que los documentos no dicen lo que ocurrió, sino lo que el poder necesita que digan, no es exactamente una sociedad. Es un escenario.

Saab volverá a una corte en Miami el 24 de junio. Lo que dirá, lo que callará, lo que negocie con la fiscalía estadounidense, marcará el siguiente capítulo. Mientras tanto, una cédula que fue legal durante veintidós años acaba de dejar de serlo. Por orden, no de un juez, sino del portavoz del régimen.

En cualquier país eso sería el escándalo del año. En Venezuela es martes.

Alfredo Yánez Mondragón
Editor de INCÍSOS

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Columna

Magnifica Humanitas: la primera vez que la Iglesia se sienta a la misma mesa que la inteligencia artificial

El lunes 25 de mayo el Papa León XIV presenta personalmente Magnifica Humanitas, primera encíclica del pontificado y primer documento magisterial dedicado específicamente a la inteligencia artificial. Junto a él, Christopher Olah, cofundador de Anthropic. Lo que está a punto de cambiar para la comunidad hispana en Estados Unidos.

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Por Alfredo Yánez Mondragón

El lunes 25 de mayo, dentro de seis días, el Aula del Sínodo del Vaticano va a ser escenario de algo que no había ocurrido nunca antes en la historia de la Iglesia católica. Por primera vez, un Papa va a presentar personalmente una encíclica. Y por primera vez, un Papa va a hacerlo acompañado en la mesa de un técnico de la propia industria sobre la que está escribiendo. León XIV va a estar sentado al lado de Christopher Olah, cofundador de Anthropic e investigador en interpretabilidad de redes neuronales. Entre los dos van a presentar Magnifica Humanitas, primera encíclica del pontificado y primer documento de magisterio papal dedicado específicamente a la inteligencia artificial.

Esa imagen merece detenerse en ella. Es densa. Por un lado, un Pontífice que viene de Chicago, que pasó dos décadas en Perú, que firmó el texto el 15 de mayo de 2026 —el 135 aniversario exacto de la Rerum Novarum de León XIII— precisamente para inscribir su intervención en la línea de la doctrina social que la Iglesia construyó frente a la primera revolución industrial. Por otro lado, un científico de 33 años que pertenece a una de las cinco empresas que actualmente definen el rumbo técnico de los modelos de lenguaje en el mundo. Las dos personas en la misma mesa, en la misma fotografía, presentando el mismo documento. Eso no es una conferencia de prensa. Es una declaración estructural sobre quién tiene voz cuando se habla del futuro de la persona humana.

Lo importante de esta encíclica no es lo que está dispuesta a decir. Lo importante es lo que está dispuesta a hacer públicamente. El Papa no se va a limitar a publicar un texto y mandarlo a los párrocos. Se va a poner de pie en el aula sinodal y va a sostener una conversación con la industria a la que el documento interpela. La Iglesia católica, sin que muchos lo hayan notado todavía, acaba de cambiar el método de su intervención en el debate global. La doctrina ya no se publica desde arriba para que abajo la apliquen. La doctrina se enuncia en presencia de los actores que la van a tener que cumplir o desobedecer. La presencia de Olah en la sala no es decoración. Es interlocución.

A esto se le añade un dato que vale la pena leer junto al primero. El subtítulo de la encíclica es preciso: Sobre la protección de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial. La frase es claramente leoniana. La Rerum Novarum de 1891 no se llamó «contra los empresarios» ni «a favor de los obreros». Se llamó «sobre la condición de los obreros». La encíclica de León XIII trabajó desde la categoría —el obrero como sujeto teológico y económico— y desde ahí desplegó la doctrina. Esta encíclica trabaja desde otra categoría: la dignidad humana. Y la sitúa frente a un fenómeno —la inteligencia artificial— al que no condena ni canoniza. La fórmula doctrinal ya conocida del Vaticano sobre tecnología es siempre la misma: aceptación de la herramienta, exigencia ética sobre el uso. La encíclica probablemente reitere ese marco. Pero lo va a hacer con peso magisterial pleno, no en una nota de comisión.

Hay tres preguntas que esta encíclica está a punto de poner sobre la mesa global y que conviene formular, desde la diáspora hispana en Estados Unidos, antes de que llegue el documento el lunes.

La primera. ¿Qué pasa con los trabajos? El propio León XIV planteó la pregunta el día siguiente de su elección, ante los cardenales: «en una economía dominada por algoritmos, plataformas y automatización, ¿cómo puede hacerse realidad este principio cuando millones de empleos corren el riesgo de desaparecer?». La frase no es retórica. Es exactamente la pregunta que la Universidad de UCLA documentó este año al cuantificar que 7,1 millones de trabajadores hispanos están en empleos de alto riesgo de automatización en los seis estados con mayor presencia latina del país. Es la pregunta que dejó abierta Walmart hace seis días al recortar mil empleos corporativos sin atribuirlo a IA aunque el ejecutivo firmante del memorando tenga «AI Acceleration» en su título. Es la pregunta que los hispanos sin acceso a programas de upskilling se están haciendo en silencio en cada cocina del país. La encíclica va a hablarle a esa cocina. La autoridad con la que va a hablarle marca una diferencia.

La segunda. ¿Qué pasa con la desigualdad de acceso? La doctrina social de la Iglesia, desde León XIII, se construyó sobre la idea de que las herramientas de la producción no son neutras: que quien las posee define el destino de quien las usa. Esa misma estructura aplica, sin metáfora, a la inteligencia artificial. Los modelos los desarrollan, hoy, un puñado de empresas en California, Texas y Nueva York. Quienes diseñan los pesos, los datasets, los sesgos, los gobiernos corporativos, son una población homogénea y geográficamente concentrada. La pregunta que la encíclica probablemente formule no es si los hispanos deben aprender a usar IA. Es quién decide cómo se entrena, qué valores se le inscriben y a quién se le explica el resultado cuando una decisión algorítmica lo afecta. Las leyes estatales de Colorado, Texas y Nueva York que regulan la IA están dispersas y son insuficientes. La encíclica va a hablar globalmente sobre eso, y va a hacerlo en un momento en que la regulación federal estadounidense está congelada desde que la administración Trump revocó la orden ejecutiva de Biden en enero de 2025.

La tercera. ¿Qué pasa con la verdad? León XIV ya dio una señal en el ángelus del domingo previo: instó «a comprometerse a promover formas de comunicación que respeten siempre la verdad del ser humano» frente a la inteligencia artificial. Esa frase, casi pasada por alto en la prensa internacional, anticipa probablemente uno de los ejes del documento. La generación de imágenes sintéticas, los deepfakes, la suplantación de identidad por modelos generativos, la manipulación de información política, el contenido pornográfico no consentido, la creación masiva de noticias falsas con sello editorial inventado: todo eso es parte del paisaje digital del lector hispano en Estados Unidos en 2026. El magisterio papal nunca había intervenido formalmente sobre este territorio. Va a hacerlo el lunes.

Hay una cosa más, menos doctrinal pero no menos significativa. La elección de Christopher Olah como interlocutor en la presentación tampoco es casual. Anthropic, la empresa que cofundó, es la única de las grandes compañías de IA que ha hecho de la seguridad y la interpretabilidad técnica el centro declarado de su misión. Es decir: la Iglesia, al elegir a Olah, no está condenando la IA ni bendiciendo a Silicon Valley. Está señalando con quién prefiere dialogar y por qué. Está marcando una diferencia entre los actores de la industria que aceptan restricciones éticas y los que las eluden. Para América Latina, donde más del 40 por ciento de la población se identifica como católica practicante o cultural y donde los gobiernos están definiendo en este momento sus marcos regulatorios sobre IA, esa señal vaticana va a tener peso real. No únicamente espiritual.

¿Qué le ofrece Magnifica Humanitas específicamente al hispano en Estados Unidos? Tres cosas que vale la pena anticipar.

Una. Un marco doctrinal con autoridad moral universal para entender la propia ansiedad laboral. Cuando uno se enfrenta cada mañana al miedo de que el trabajo desaparezca por la automatización, esa angustia se vive en silencio, en términos individuales. La encíclica le va a dar nombre colectivo a esa angustia. La va a inscribir en una continuidad histórica que viene desde 1891. La va a tratar como cuestión moral, no como falla personal de adaptación al mercado.

Dos. Un argumento articulado para exigir regulación responsable. Quienes desde la sociedad civil hispana —cámaras, asociaciones profesionales, fundaciones, sindicatos— quieren empujar regulaciones estatales y federales sobre IA en empleo, vivienda, crédito y educación, ahora cuentan con un documento magisterial al que pueden citar. No es lo mismo discutir leyes de transparencia algorítmica con respaldo doctrinal vaticano que sin él. Para legisladores hispanos católicos —en California, Texas, Nueva York, Florida, Illinois— el documento va a ser una herramienta de presión política legítima.

Tres. Un puente entre la economía hispana y el debate ético global. Durante demasiado tiempo, la conversación sobre IA en Estados Unidos se ha hecho en inglés, en San Francisco, entre ingenieros y filósofos morales blancos formados en Stanford. La encíclica abre una puerta para que la conversación se haga también en español, en el sur de Florida, en El Paso, en Phoenix, en Chicago, entre comunidades que hasta ahora estaban del lado receptor de la tecnología, no del lado de su gobernanza ética.

El lunes 25 va a ser un día denso. Habrá quienes lean la encíclica como mero ejercicio doctrinal sin consecuencias prácticas. Habrá quienes la lean como entrometimiento del Vaticano en cuestiones que no le corresponden. Habrá quienes la lean, simplemente, como la pieza más importante que el magisterio papal ha producido sobre tecnología desde Laudato Si’ de Francisco en 2015. Yo voy a leerla, claro está, con la atención que merece. Pero también voy a leer con cuidado quién participa en la presentación, qué declara cada uno de los ponentes y, sobre todo, qué reacciones genera en los siguientes días en Anthropic, en OpenAI, en Microsoft y Google. Porque la prueba real de una encíclica no es el aplauso de los obispos. Es el silencio o la respuesta de los actores a los que interpela.

Hasta el lunes, entonces. La conversación global sobre inteligencia artificial está a punto de ganar una voz que no estaba en la sala hasta hoy. Y para los 62 millones de hispanos en Estados Unidos —católicos practicantes o culturales, creyentes o no— esa voz va a tener algo que decir directamente sobre cosas que ya están en su vida cotidiana, hoy. No en el futuro. Hoy.

Lo sabremos el 25.

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Inciso

Entre aguas no se nada, se sobrevive

** Cuando Saab subió al avión del sábado, alguien en Caracas pensó en quién subiría al siguiente. La columna del editor sobre lealtad, traición y reacomodo.

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** Cuando Alex Saab subió al avión del sábado, alguien en Caracas pensó en quién subirá al siguiente. La pregunta no es de morbo. Es de hidráulica. Hay un sistema que está reasentando su peso.

A las nueve y cuarto de la noche del sábado, Alex Saab pisó la pista de Opa-locka escoltado por agentes federales. La operación había empezado mucho antes del despegue. Empezó el 16 de enero, cuando Delcy Rodríguez fusionó dos ministerios para sacarlo del gabinete con una frase ambigua sobre nuevas responsabilidades que nunca llegaron. Empezó antes, el 3 de enero, cuando Nicolás Maduro fue capturado en su propia casa por militares estadounidenses. Empezó incluso antes, en 2018, cuando cuatro periodistas de Armando.info dejaron Venezuela porque habían investigado a Saab y la única forma de seguir investigándolo era irse.

Lo que terminó este sábado tiene más años que el Gulfstream que aterrizó en Miami. Lo que sigue tiene más nombres que el que descendió del avión.

Hay un verbo que el oficialismo venezolano sabe pronunciar como pocos: pertenecer. La frase «patria, socialismo o muerte» pertenece a esa familia. La frase «yo me la juego», también. La narrativa interna del chavismo, en sus distintas etapas, ha producido durante un cuarto de siglo el lenguaje de la pertenencia como condición. Saab perteneció. Maduro lo protegía, y Saab le respondía. Esa relación tenía un nombre dentro del oficialismo: lealtad. Era el nombre que cubría la operación financiera, la inmunidad diplomática inventada, el cargo en el Centro Internacional de Inversión Productiva, el ministerio en octubre de 2024. Era el nombre que cubría hasta los reportajes de Armando.info: cuando alguien le investiga a tu hombre, defiendes a tu hombre.

Pero la lealtad, dentro de un aparato de poder, no es virtud. Es contrato. Y los contratos vencen cuando una de las partes desaparece. El 3 de enero, una de las partes desapareció. La cárcel federal en Nueva York convirtió a Maduro en una persona, sin atributos políticos, sin capacidad de protección. Cilia Flores también. Lo que quedó en Caracas no es chavismo en el sentido de los últimos veinte años. Es un sistema con la misma estructura institucional, con la misma constitución, con las mismas banderas, pero sin el centro de mando que daba sentido al lenguaje de la pertenencia.

Saab descubrió esa diferencia el 16 de enero. Delcy Rodríguez no es enemiga del chavismo: es de la casa. Pero no es Maduro. Y cuando le pidieron a Saab que entendiera la frase sobre nuevas responsabilidades, le estaban diciendo que el contrato ya no estaba vigente. Diecinueve días después lo detuvieron. Cuatro meses después lo subieron a un avión. Ninguno de esos pasos requirió ruptura ideológica. Requirió aritmética.

La aritmética del rodrigato es esta. Hay un universo finito de nombres con capacidad de hacer daño desde fuera y desde dentro. Cada nombre tiene un costo de retención y un costo de entrega. Cuando el costo de retención supera al de entrega, el nombre sube al avión. Cuando el costo de entrega es mayor, se queda. A Saab lo entregaron. A Raúl Gorrín lo retienen en una celda subterránea de Plaza Venezuela. A Álvaro Pulido, socio histórico de Saab, lo retienen preso en Venezuela desde abril de 2022. La aritmética opera persona por persona, no por bloque.

Lo que está pasando, lo que entró en una fase más visible este sábado, es la limpieza interna del oficialismo. Limpieza no en el sentido moral. Limpieza en el sentido de inventario. Quién sirve, quién pesa, quién es entregable, quién es retenible, quién es desechable. La pregunta que los analistas suelen formular como «hay división en el chavismo» es una pregunta que no captura el momento. No hay división. Hay reacomodo. Que es otra cosa.

En el reacomodo, lo que define no es la lealtad ni la traición. Es la utilidad funcional del momento. Cada figura del oficialismo está siendo, ahora mismo, reevaluada. Quien ha dicho una frase pública sobre la transición, quien ha guardado silencio, quien ha aparecido en una foto con un funcionario extranjero, quien ha tenido reuniones discretas, quien ha movido familia fuera del país, quien ha movido familia hacia adentro: todo es información en el inventario. Lo que el rodrigato hace cada semana es ordenar ese inventario.

Saab era una variable conocida. Entró en la columna de entregables porque su capacidad de daño doméstico era baja y su capacidad de costo internacional era alta. Eso es todo. No hubo emoción. No hubo despedida porque no había nada que despedir.

Lo difícil del momento, para el lector hispano que sigue Venezuela, es no leer esto con el vocabulario que el chavismo nos enseñó a usar. Ese vocabulario habla de revolución, de pertenencia, de traición. Ese vocabulario no describe lo que está pasando. Lo que está pasando es más banal y por eso más grave: un aparato de poder está procesando, en frío, a sus propios cuadros, en función del cálculo de quién le sirve y quién no le sirve, en términos puramente operativos, para sobrevivir a la próxima fase.

La próxima fase, hay que decirlo, no está clara. El plan Rubio enmarca, pero no obliga. Las elecciones que en algún momento se anuncien tendrán que ser organizadas por algún cuerpo, y ese cuerpo todavía no está definido. El gabinete actual fue armado sobre la marcha. Las decisiones económicas se toman en una sala que no comparece. La sucesión, si la hay, será procesada con la misma aritmética que procesó a Saab.

Para los que están en el oficialismo y todavía no han sido evaluados, esta semana es ansiedad. Para los que ya saben que están en la columna de entregables, esta semana es supervivencia. Para los que pertenecen al núcleo Rodríguez, esta semana es trabajo. Decisiones a la mañana, ejecuciones a la tarde. Cada nombre tiene su carpeta. Cada carpeta tiene su semana en el calendario.

Yo no tengo simpatía por nadie del aparato chavista. Eso lo he dicho desde el primer Inciso de este medio. Pero también sé, porque Venezuela lo ha probado una y otra vez, que la peor manera de leer una transición desde fuera es proyectar morales propias sobre la lógica interna del aparato que se desarma. Esa proyección termina sorprendiéndose con cada movimiento, porque espera que el aparato se rompa por donde se rompería un sistema democrático: por contradicción ideológica. Los sistemas como el venezolano no se rompen por ideología. Se reorganizan por costo.

Cuando uno está entre aguas, no se nada. Se sobrevive. Eso es lo que aprendieron Saab antes del sábado, Gorrín desde febrero, Pulido desde 2022. Eso es lo que están aprendiendo, ahora mismo, una docena de figuras del oficialismo cuyos nombres ya están sobre la mesa de quienes deciden. El que entendió primero el verbo nuevo, sobrevive. El que sigue conjugando lealtad, no.

El avión del sábado fue una clase de gramática.

Alfredo Yánez Mondragón es periodista venezolano radicado en Estados Unidos, fundador y editor en jefe de INCÍSOS, autor de nueve libros disponibles en Amazon.

Alfredo Yánez Mondragón
Editor de INCÍSOS

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