Inciso
Cédula chimba
Diosdado Cabello dice que la cédula de Saab no es legal. La declaración abre una ventana sobre cómo el chavismo y ahora el rodrigato han manejado los documentos públicos en Venezuela. Acta de defunción de Chávez, acta de nacimiento de Maduro, actas del 28J, actas parlamentarias: un catálogo de opacidad documental.
El lunes 18 de mayo, mientras Alex Naím Saab Morán comparecía esposado ante la Corte Federal del Distrito Sur de Florida, Diosdado Cabello se paró frente a un micrófono en Caracas y dijo algo que merece registro: la cédula que Saab portaba en Venezuela como ciudadano venezolano, dijo Cabello, no era legal. No la reconocía el régimen del que él mismo es número dos. La V-21.495.350 que aparece en el sistema desde 2004, según el portavoz del chavismo histórico, no debió haber existido.
Un detalle marginal en medio de una jornada cargada de noticias. Salvo que se lo mire con cuidado.
Porque la frase de Cabello pertenece a un patrón. Es la última pieza de un catálogo largo en el que los documentos públicos venezolanos —los que en cualquier país democrático certifican identidad, propiedad, residencia, parentesco, vida y muerte— han funcionado, durante más de dos décadas, como cualquier cosa menos eso. Como cualquier cosa menos un certificado.
Las actas que no aparecen
Hagamos el inventario sin adornos.
El acta de defunción de Hugo Chávez Frías, fallecido oficialmente el 5 de marzo de 2013 en el Hospital Militar de Caracas, nunca fue publicada en su forma completa. La causa exacta de muerte, los responsables del parte médico final, las firmas certificantes, los detalles técnicos que en cualquier país constan en un registro civil ordinario, en Venezuela permanecen bajo reserva. Lo que existe es el acto político de la muerte, no el acto administrativo. La diferencia importa porque el acto administrativo es el que un funcionario certifica con su firma personal y su responsabilidad jurídica; el acto político es el que se anuncia ante cámaras de televisión.
El acta de nacimiento de Nicolás Maduro Moros, expresidente desde 2013 hasta el 3 de enero de 2026 (cuando fue capturado por fuerzas estadounidenses), ha sido objeto de impugnación durante toda su vida política. Sus opositores sostuvieron, en distintos momentos, que el documento que acredita su nacimiento como venezolano por nacimiento —requisito constitucional para ejercer la Presidencia— presenta irregularidades de origen. La sala constitucional del Tribunal Supremo de Justicia jamás permitió que la objeción fuera examinada por mecanismos ordinarios. La validez del documento se sostuvo, en definitiva, por el peso del poder que lo emitía, no por la transparencia de su contenido.
Las actas de escrutinio del 28 de julio de 2024 —el día de la elección presidencial en la que el candidato opositor Edmundo González Urrutia obtuvo, según las copias que la oposición logró rescatar mesa a mesa, alrededor de siete millones de votos contra unos tres del oficialismo— nunca fueron publicadas por el Consejo Nacional Electoral. El órgano que en cualquier democracia es responsable de la transparencia del voto, en Venezuela se atrincheró durante meses en el argumento técnico de un supuesto «hackeo» que ninguna auditoría independiente respaldó. Las actas siguen, oficialmente, en algún lugar que la institucionalidad chavista nunca quiso señalar.
Las actas parlamentarias de 2025 —de los procesos legislativos que produjeron, entre otras cosas, la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos sobre la que hoy se sostiene parte de la apertura petrolera— tampoco están disponibles en versión completa. Las versiones taquigráficas, los registros de votación nominal, los actos de la mesa directiva: hay extractos, hay menciones en gaceta, hay declaraciones de prensa, pero no hay archivo público accesible con la integridad que cualquier parlamento democrático ofrecería.
Y ahora, en mayo de 2026, una cédula que aparentemente fue emitida en 2004, que figura en el Registro Electoral, que aparece en el RIF activo del Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria, que está en los registros del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, que dio derecho a votar el 28J, y que sirvió para tramitar pasaporte diplomático, resulta no ser legal según el portavoz del propio régimen.
Lo que el patrón dice
El patrón es estable. Cuando un documento conviene, existe. Cuando un documento incomoda, no existe, está bajo reserva, fue alterado por un sabotaje, o aparece de pronto declarado ilegítimo. Lo que en términos técnicos se llama «certificación documental» —ese acto sencillo y profundo por el cual un funcionario afirma, bajo su responsabilidad personal y jurídica, que un hecho ocurrió tal como se describe— en Venezuela bajo el chavismo se convirtió en otra cosa. En el ejercicio cotidiano del poder político.
Una cédula no es solo un trozo de plástico con una foto. Es la afirmación administrativa de que una persona existe, tiene un nombre, una fecha de nacimiento, una nacionalidad. Sobre esa afirmación se construye todo: el derecho a votar, el derecho a propiedad, el derecho a viajar, el acceso a salud, la apertura de cuentas bancarias, el matrimonio, la herencia. Es la pieza más banal y más fundamental de cualquier sistema de derechos modernos.
Cuando una persona durante veintidós años utilizó esa cédula —porque la V-21.495.350 fue emitida en 2004, según los registros— y el régimen que controlaba el sistema de identificación durante esos veintidós años no encontró nada irregular en ella hasta el día en que esa persona se volvió un activo de inteligencia para una potencia extranjera, lo que se está diciendo no es que la cédula sea ilegal. Lo que se está diciendo es que la cédula es lo que el régimen necesita que sea en cada momento.
La doctrina
Llamémosle, sin solemnidad, doctrina de la documentación útil. El documento sirve al poder, no a la verdad. El acta de defunción sirve mientras certifica que el comandante murió como héroe, no mientras explique los detalles. El acta de nacimiento sirve mientras habilita la Presidencia, no mientras admita la verificación. Las actas de escrutinio sirven mientras coronan al ungido, no mientras revelan la voluntad popular. Las actas parlamentarias sirven mientras visten de legalidad la decisión política, no mientras documentan la deliberación. La cédula sirve mientras el portador es ministro, no mientras se convierte en problema.
Esta doctrina, conviene decirlo, no la inventó el chavismo. La heredó de prácticas mucho más antiguas de la política latinoamericana, donde el documento ha sido con frecuencia un instrumento de inclusión o exclusión política antes que un certificado de verdad. Lo que el chavismo agregó fue la escala, la sistematicidad, y la coordinación entre instituciones. Lo que el rodrigato hereda es ese mismo sistema, ahora puesto al servicio de una agenda distinta —apertura económica, deportación selectiva, diálogo con Washington— pero con la misma lógica de fondo.
Por eso lo de Diosdado del lunes no es un dato judicial. Es una confesión institucional.
Lo que viene
Una transición democrática real —no la operación diplomática actual, no la negociación de cuotas de poder con Washington, no la apertura petrolera que rinde frutos sin tocar la matriz— tendría que comenzar por algo aparentemente menor: reconstruir el archivo público. Publicar el acta de defunción de Chávez. Permitir el examen independiente del acta de nacimiento de Maduro. Liberar las actas del 28J. Publicar los registros parlamentarios. Y revisar, una por una, las cédulas otorgadas, alteradas, revocadas o inventadas durante el chavismo, no para hostigar a los ciudadanos comunes que viven con un documento de buena fe, sino para devolver al sistema su función certificatoria.
Es un trabajo aparentemente burocrático. Sin discursos, sin marchas, sin titulares. Pero es el trabajo sin el cual ninguna democracia se reconstruye. Una sociedad en la que los documentos no dicen lo que ocurrió, sino lo que el poder necesita que digan, no es exactamente una sociedad. Es un escenario.
Saab volverá a una corte en Miami el 24 de junio. Lo que dirá, lo que callará, lo que negocie con la fiscalía estadounidense, marcará el siguiente capítulo. Mientras tanto, una cédula que fue legal durante veintidós años acaba de dejar de serlo. Por orden, no de un juez, sino del portavoz del régimen.
En cualquier país eso sería el escándalo del año. En Venezuela es martes.
Alfredo Yánez Mondragón
Editor de INCÍSOS
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La firma que faltaba
Hoy la duda tiene documento. Ningún diálogo previo había producido un compromiso firmado de renovación completa del TSJ. Esto no es entre ellos y nosotros: es entre lo que se firma y lo que se ejecuta.
Hoy la duda tiene documento. Ningún diálogo previo entre gobierno y oposición venezolana había producido un compromiso firmado de renovación completa del Tribunal Supremo. Esto no es entre ellos y nosotros. Es entre lo que se firma y lo que se ejecuta. Un Inciso de Alfredo Yánez Mondragón.
El primer día del proceso, cuando esto empezó a moverse, escribí en este medio sobre el beneficio de la duda. Sostuve entonces que la desconfianza acumulada en dieciocho procesos de diálogo fallidos no debía convertirse en un veto anticipado a cualquier intento nuevo. Que el escepticismo era razonable como reflejo, pero que como método no producía resultados. Y que si un proceso lograba producir hechos verificables, había que juzgarlo por esos hechos, no por los antecedentes de quienes lo firmaban.
Hoy, catorce días después, mantengo esa posición. Y quiero explicar por qué la mantengo con más convicción, no menos, ahora que sabemos qué firmaron Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera el 12 de agosto de 2026 en Caracas.
Empiezo por lo que no es este texto. No es una celebración del acuerdo. Los acuerdos no se celebran hasta que se cumplen. No es una defensa de Jorge Rodríguez ni una idealización de Dinorah Figuera. No es un llamado a la fe ni a la paciencia infinita. Y no es, sobre todo, un texto contra las voces críticas que hoy están señalando lo que faltó, lo que sobró y lo que nadie fechó en el documento firmado. Esas voces tienen razón en lo que reclaman. La cobertura editorial de este medio, publicada hoy en pieza separada, documenta con precisión cada una de esas críticas y les da el peso que merecen.
Este texto es sobre por qué, precisamente por respeto a esas críticas, el marco general con el que leemos este momento importa.
Contra la falsa polaridad
Hay una tentación intelectual que atraviesa la conversación pública venezolana de las últimas horas y que conviene nombrar sin adornos. La tentación de leer este acuerdo, y por extensión todo el proceso, como una división entre dos bandos: los que respaldan y los que critican, los que ceden y los que resisten, los que dialogan y los que denuncian. Ellos y nosotros. Ingenuos y lúcidos. Vendidos y firmes.
Esa lectura es falsa. Y es peligrosa. Es falsa porque no describe la realidad de las posiciones que se están tomando; es peligrosa porque nos incapacita para entender lo que efectivamente está pasando.
Juan Pablo Guanipa, primer vicepresidente de la Asamblea Nacional electa en 2015, dirigente histórico de Primero Justicia, preso político hasta hace un año, respalda el acuerdo. Y en el mismo pronunciamiento en el que lo respalda, sostiene que el TSJ actual ha sido «el ministerio de asuntos jurídicos de la dictadura», y exige que los nuevos magistrados sean «independientes, competentes y comprometidos con la Constitución». No hay contradicción en su posición. Hay una lectura técnica que reconoce el paso dado sin renunciar a la exigencia sobre cómo se ejecuta.
María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, líder principal de las fuerzas democráticas venezolanas, no participa del proceso, ha planteado condiciones estrictas para respaldarlo, y ha declarado con toda claridad que no se convertirá en obstáculo para iniciativas que produzcan avances verificables. No hay contradicción en su posición tampoco. Hay una distinción entre no ser parte del diálogo y no bloquear sus posibles resultados.
Ángel Alberto Bellorín, coronel, abogado constitucionalista, ha señalado durante años que ningún nombramiento de magistrados del TSJ es válido sin reforma previa de la Ley Orgánica que rige el proceso de selección. Su exigencia técnica lleva más de una década sin ser atendida por ninguna administración. El acuerdo del 12 de agosto pone la reforma de la ley en el primer lugar, antes del nombramiento. No es coincidencia. Es respuesta a una doctrina jurídica independiente que finalmente encontró eco en un documento firmado.
Y José Rafael González Martínez, ingeniero civil, ciudadano común, publica en su cuenta de X que «para decir esas dos pendejadas se necesitaron días de arduas y sesudas discusiones» y concluye «estamos jodíos». Su frustración es legítima. Representa a un sector amplio y sostenible de venezolanos que han visto tantos anuncios sin resultados que ya no distinguen entre uno más y algo genuinamente nuevo.
Las cuatro voces coexisten. No se cancelan entre sí. Están describiendo aspectos distintos de un mismo hecho. Y quien pretenda que hay que elegir entre respaldar a Guanipa y respaldar a Machado, entre creer a Bellorín y entender a González Martínez, no está leyendo el momento con la seriedad que exige.
Lo que efectivamente está en el documento
Voy a decir lo que rara vez se dice, porque hay que decirlo con precisión editorial: en ningún proceso de diálogo previo entre gobierno y oposición venezolana durante los últimos veinte años se había firmado un compromiso escrito para renovar completamente el Tribunal Supremo de Justicia. En ninguno. Ni el Vaticano en 2016, ni República Dominicana en 2018, ni Noruega en 2019, ni Barbados en 2023.
El acuerdo firmado el 12 de agosto establece cuatro puntos concretos sobre justicia. El primero es reformar la Ley Orgánica del TSJ. El segundo es renovar el Comité de Postulaciones. El tercero es activar un nuevo proceso para designar a todos los magistrados. El cuarto es conformar un consejo de revisión de credenciales. En ese orden.
El orden no es adorno. Es la única secuencia técnicamente correcta según la doctrina constitucional independiente venezolana. Y es exactamente lo que Bellorín ha reclamado durante quince años sin haber sido escuchado hasta ahora.
Además, y esto también hay que decirlo, la mesa técnica número 2 del proceso está denominada «Fortalecimiento de la Democracia, Poder Judicial y Poder Electoral». El TSJ y el CNE están explícitamente en la denominación firmada. No en el discurso: en el papel. Con firma de dos delegaciones. Con una tercera pata que hay que nombrar sin eufemismos: el Departamento de Estado de Estados Unidos, cuya facilitación operativa a cargo de Michael Kozak y John Barrett ha sido la diferencia entre este proceso y los diecisiete anteriores.
Ninguno de los procesos previos tuvo esa tercera pata operativa con el peso que hoy tiene. El diálogo de Barbados en 2023 tuvo respaldo internacional, pero no tuvo un actor estadounidense operando activamente en la mesa. El de Noruega en 2019 tuvo facilitación europea, pero sin capacidad de generar presión estructural. La diferencia entre este momento y los anteriores no es solo lo que se firma; es también quién sostiene el proceso desde afuera para que no se descarrile en las primeras semanas.
Contra la ingenuidad y contra el cinismo
Hay dos posiciones equivalentemente ingenuas en la conversación pública actual. La primera es asumir que el acuerdo se cumplirá porque está firmado. La segunda es asumir que el acuerdo no se cumplirá porque nada previo se ha cumplido.
Las dos son perezosas. Las dos evitan el trabajo intelectual de leer lo que efectivamente cambió y lo que efectivamente no cambió.
Lo que cambió es que por primera vez hay un compromiso firmado con contenido técnico correcto sobre la renovación completa del tribunal máximo, y hay una facilitación externa con capacidad de sostener el proceso. Lo que no cambió es que las mismas partes que firman hoy son las que en el pasado firmaron otros documentos que no se ejecutaron, y que la ausencia de fechas concretas en el documento actual es una debilidad estructural real que la cobertura crítica de este medio documentó con precisión.
La lectura editorial responsable no es elegir entre las dos observaciones. Es sostener ambas simultáneamente. Reconocer que este acuerdo es sustantivamente distinto a los anteriores en lo que compromete. Y exigir sin descanso, en las próximas semanas, que se cumplan las condiciones que hacen la diferencia entre acuerdo firmado y proceso ejecutado.
Ese es el trabajo del periodismo serio en este momento. Y es el trabajo que este medio va a hacer, con seguimiento sistemático de cada uno de los puntos comprometidos, con cobertura documentada de cada retraso o cumplimiento, con voces independientes que verifiquen técnicamente los pasos que se den, y con la memoria activa del especial Verificable que registra cada decisión con su fecha y su fuente primaria.
Sobre los presos políticos, que no aparecen
Hay que decir con toda claridad una cosa que puede parecer contradictoria con lo anterior: el hecho de que los presos políticos no aparezcan en el acuerdo firmado es una ausencia grave. No es un detalle secundario. No es un tema que pueda posponerse indefinidamente a la espera de que otras cosas avancen. Hay 382 personas privadas de libertad por motivos políticos según Foro Penal, hay 49 muertes documentadas de presos comunes entre abril y julio según el Observatorio Venezolano de Prisiones, y hay familias enteras que llevan años esperando información básica sobre el estado de sus detenidos.
La ausencia de este tema en la mesa técnica actual no puede convertirse en normalización. Cada semana que pasa sin que aparezca en el proceso es una semana en la que 382 vidas están dependiendo de decisiones que no se están tomando. Y ese hecho, que documenta hoy en cobertura separada este medio, debe seguir presente en cada análisis del proceso hasta que se resuelva.
El beneficio de la duda que defiendo sobre el marco general del diálogo no se extiende a la ausencia de presos políticos en la agenda. Ahí no hay duda que dar. Hay urgencia que exigir.
El costo de leer mal este momento
Termino con lo que más me preocupa como observador del ecosistema informativo venezolano. Si la conversación pública se polariza entre «los que respaldan el diálogo» y «los que lo denuncian», perdemos la capacidad de hacer lo único que puede efectivamente empujar el proceso hacia resultados: sostener presión pública informada sobre cada punto pendiente.
El diálogo no se cae porque los críticos critiquen. Se cae porque los que firmaron dejan de sentir costo político por incumplir. Y el costo político por incumplir solo se sostiene si la sociedad venezolana se mantiene atenta a lo que se firma, exigente sobre lo que se ejecuta, y unificada en la demanda de resultados verificables independientemente de qué actor específico está en cada momento en la mesa.
Machado tiene razón en las condiciones que plantea. Guanipa tiene razón en los criterios que exige. Bellorín tiene razón en la secuencia técnica que reclama. González Martínez tiene razón en la frustración que expresa. Y el acuerdo firmado el 12 de agosto tiene razón en el orden en que colocó las cosas.
Las razones no se cancelan entre sí. Se acumulan. Y la responsabilidad del periodismo, y de cada ciudadano venezolano informado, es preservar todas esas razones simultáneamente para que ninguna se pierda en el ruido de las próximas semanas.
Ese es el beneficio de la duda que defiendo. No es fe. Es método. Y es probablemente la única forma en que un proceso que ninguno de nosotros diseñó, y sobre el cual ninguno de nosotros tiene control completo, pueda efectivamente terminar produciendo lo que llevamos veinte años esperando.
Hoy hay una firma que faltaba. Falta muchísimo más. Y lo que falta se consigue exigiéndolo, no denunciando por anticipado que no llegará.
Vinculación
- Especial Verificable · Decisiones documentadas del proceso de diálogo
- Nota del día · El acuerdo del TSJ y la doctrina Bellorín
- Nota del día · El oro con trazabilidad
- Nota del día · Reacciones al acuerdo del 12 de agosto
- Nota del día · Impsa firma con el gobierno de Delcy
- Nota del día · Inflación de julio: 19,9 por ciento y contando
Sobre el autor
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista venezolano con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de más de veinte libros publicados en Amazon.
Especiales
El delito imaginario
Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.
Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.
En los últimos meses ha ocurrido algo curioso en la conversación pública sobre inteligencia artificial. La palabra IA dejó de nombrar una tecnología y empezó a nombrar una sospecha. Cuando un profesor la menciona, casi siempre es para acusar. Cuando un empleador la menciona, casi siempre es para desconfiar. Cuando un lector la ve mencionada en el pie de una nota, la mayoría de las veces la lee como si fuera una confesión. En algún punto de este año, sin que ningún tribunal lo decretara, usar una herramienta de inteligencia artificial se convirtió, en el imaginario público, en algo parecido a un delito.
Y ese delito, hay que decirlo con claridad, es imaginario. No existe. Nunca ha existido.
Lo que sí existe —y lo que la conversación seria sobre estas herramientas debería estar tratando de nombrar con precisión— es una diferencia entre dos usos que la mayoría de la gente todavía trata como equivalentes. Un uso legítimo, en el que la máquina asiste a un proceso conducido por una persona con criterio. Y un uso fraudulento, en el que la máquina reemplaza el proceso y una persona se atribuye el resultado. Los dos usos parecen iguales desde afuera. Producen textos, imágenes, respuestas, decisiones. Pero son actos morales distintos. Y la salud del debate público en lengua española depende, en buena medida, de que empecemos a distinguirlos con seriedad.
Por qué la sospecha tiene fundamento
Empiezo por reconocer lo que hay de razón en la sospecha, porque hacer como si no existiera sería tramposo.
La sospecha sobre el uso de IA tiene raíces reales. Existen sitios de noticias generados enteramente por máquinas y publicados como si tuvieran redacción propia. La empresa NewsGuard, que audita fiabilidad de fuentes informativas, contó más de mil doscientos de estos sitios operando en dieciséis idiomas en mayo de 2025. Existen estudiantes que entregan trabajos escritos por asistentes automáticos como si fueran propios. Existen profesionales que presentan análisis producidos por modelos como conclusiones de su experiencia. Existen medios que llenan sus secciones con contenido generado sin supervisión y lo publican con firma humana. Todo eso es fraude. No merece defensa. La sospecha que despierta esa práctica —esa desconfianza generalizada que se ha instalado en aulas, oficinas y redacciones— es una respuesta razonable a un fenómeno real.
El problema no es la sospecha. El problema es su ejecución.
Porque la sospecha, cuando se aplica sin criterio, castiga primero al que menos lo merece. En 2023, siete detectores automáticos de inteligencia artificial evaluaron 91 ensayos escritos por estudiantes que rendían el examen TOEFL, la prueba estándar de inglés como lengua extranjera. Los siete programas concluyeron, en promedio, que el 61 por ciento de esos textos habían sido generados por una máquina. Los 91 los escribieron personas. El estudio fue publicado en la revista Patterns y lo dirigió el profesor James Zou de la Universidad de Stanford. Con ensayos de estudiantes estadounidenses de octavo grado, los mismos programas acertaron casi siempre.
La razón del error, explicada en el paper, es simple. Los detectores miden qué tan predecible es un texto. Quien aprendió el idioma en un salón de clases escribe con vocabulario más simple y estructuras más formales, porque así se enseña un idioma. El programa lee eso como máquina. La consecuencia práctica es que en el mundo actual, un estudiante hispano que escribe un ensayo en inglés tiene una probabilidad estadísticamente alta de ser acusado de tramposo por su profesor. No porque haya tramado nada. Porque escribió honestamente en su segundo idioma.
Anthropic anunció este mes que sus modelos nuevos incorporan una marca imperceptible en todo lo que generan. La marca indica que un texto pasó por el modelo, no que el modelo lo escribiera. La propia empresa lo aclara sin ambigüedad. Pero conviene tener presente lo que va a pasar cuando esa marca llegue a manos de profesores, empleadores, editores y evaluadores que ya desconfían: la van a leer como prueba de autoría. Y no lo es. Un estudiante que use la herramienta para corregir la gramática de su ensayo —exactamente el uso que la propia empresa reconoce como legítimo— entregará un trabajo que sí llevará la marca. Escribió cada idea. La marca no lo distingue.
Esa es la injusticia estructural que hoy está en curso. Y contra ella hay que decir con toda claridad: no, usar inteligencia artificial no es un delito. Ni cuando se declara ni cuando no se declara. El delito es reemplazar el criterio propio por el de una máquina y presentar el resultado como propio. Son cosas distintas. Cualquier medio, cualquier institución educativa, cualquier lugar de trabajo que las trate como equivalentes está condenando por adelantado a las personas que menos podrían defenderse.
Qué distingue un uso del otro
Conviene formularlo sin retórica, porque en la práctica la distinción es más precisa de lo que la conversación pública deja creer.
Un uso legítimo de inteligencia artificial es aquel en que la máquina asiste un proceso conducido por una persona con criterio propio. La persona sabe lo que busca. Elige qué se acepta y qué se descarta. Verifica los datos contra fuente primaria. Decide el ángulo. Responde por el resultado. La máquina hace lo que le fue pedido, cuando fue pedido, dentro de límites que la persona controla. Si el resultado tiene errores, la responsabilidad no se desplaza hacia la herramienta: es de quien la usó sin verificar. Si el resultado tiene aciertos, tampoco se le atribuyen a la máquina: son de quien supo qué pedir y qué hacer con la respuesta. La analogía más honesta no es con un cerebro; es con una calculadora sofisticada. Nadie acusa a un ingeniero de fraude por usar una calculadora, aunque el ingeniero no haga los cálculos a mano. Nadie duda de la autoría de un texto porque el autor use un procesador de palabras en lugar de una máquina de escribir. La herramienta es herramienta. El criterio es del que la maneja.
Un uso fraudulento es aquel en que la máquina reemplaza el proceso. La persona no dirige: firma. No verifica: acepta. No decide el ángulo: recibe uno. No responde por el resultado: se lo atribuye. Cuando un estudiante pide a un asistente que le escriba un ensayo entero y lo entrega como propio, eso es fraude. Cuando un medio publica sin supervisión textos generados por máquina y los presenta con firma humana, eso es fraude. Cuando un profesional entrega un informe que no leyó y que no puede defender, eso es fraude. El fraude no está en usar la herramienta. Está en el acto de sustitución: en que la persona que firma no dirigió el proceso ni asume la responsabilidad de lo firmado.
La diferencia entre las dos cosas no es técnica. Es moral. Y como toda diferencia moral, exige algo que ninguna tecnología puede resolver: un ser humano dispuesto a distinguir.
Cómo se hace INCÍSOS
Este medio ha declarado su método públicamente. La página de metodología del sitio —accesible en incisos.com/metodologia— explica cómo se produce cada pieza que aquí se publica. La transcribo en su idea central, no por autoreferencia sino porque el especial El Contenido al que este Inciso está vinculado exige que quien opina sobre estas cuestiones también responda por ellas.
INCÍSOS usa inteligencia artificial. Lo hace para investigar, estructurar, redactar borradores, contrastar datos, buscar antecedentes, revisar coherencia interna, pulir una redacción. Usa varios asistentes, no uno solo, porque contrastar entre ellos es en sí mismo una forma de control. Lo que la máquina no hace, nunca, es decidir sola. No elige qué se publica. No determina el ángulo editorial. No valida un dato como verdadero. No firma. Cada cifra que aparece en una nota fue contrastada contra su fuente primaria por una persona. Cada nombre propio, verificado. Cada afirmación delicada, sostenida en algo más sólido que la respuesta de un asistente. Una pieza anterior de INCÍSOS jamás se usa como fuente de otra: todo se vuelve a verificar contra el origen. Si un dato no se puede confirmar, no se publica. Esa regla no la ejecuta un algoritmo. La ejecuta el criterio de quien edita.
He escrito sobre este tema con más profundidad de la que cabe en un Inciso. Mi ensayo La inteligencia NO es artificial, publicado a comienzos de este año, argumenta que el problema no es la máquina: es lo que el ser humano deja de hacer cuando la usa sin criterio. El libro distingue asistencia de sustitución, y sostiene que la delegación de una tarea es distinta de la delegación de una parte del proceso mental. La primera es uso de herramienta. La segunda es abdicación. Vale la pena leerlo con calma en un momento en que la conversación pública sobre estas cuestiones tiende, con demasiada facilidad, a los dos extremos: entusiasmo tecnológico sin matices, o criminalización sin distinción.
Qué hay que exigir en lugar de sospechar
Termino con lo operativo, porque los Incisos que solo diagnostican y no proponen no sirven.
En vez de sospechar del uso de IA, hay que exigir tres cosas concretas. Se pueden exigir en una redacción, en un salón de clases, en una oficina. Son las mismas.
Uno. Declaración del uso. Cuando una persona usa una herramienta de IA en la producción de un trabajo firmado, debería declararlo. No como confesión, sino como transparencia. No para pedir perdón, sino para permitir al lector, al profesor o al empleador entender qué está evaluando. INCÍSOS lo hace en su página de metodología y lo repite en cada nota que trata directamente el tema. Cualquier medio o institución seria puede hacer lo mismo.
Dos. Responsabilidad por el resultado. Quien firma responde. Si un dato está mal, la responsabilidad es de quien lo publicó, no de la herramienta que lo generó. Si un análisis es débil, la responsabilidad es de quien lo firmó, no de la máquina que ayudó a estructurarlo. La firma es un compromiso, no un adorno. Y ese compromiso no se delega.
Tres. Criterio para distinguir. Antes de acusar, hay que preguntar. ¿La persona dirigió el proceso? ¿Verificó los datos contra fuente primaria? ¿Puede defender lo firmado ante preguntas incómodas? ¿Puede reconstruir el razonamiento sin la ayuda de la máquina? Si las respuestas son afirmativas, no hubo fraude, aunque hubiera asistencia. Si las respuestas son negativas, hubo fraude, aunque no hubiera asistencia alguna. Un ensayo escrito enteramente a mano, sin ninguna herramienta digital, puede ser fraude si la persona que lo firma no puede defender lo que escribió.
El delito imaginario es cómodo porque no requiere pensar. Basta con reaccionar. Basta con desconfiar. Basta con acusar en bloque, sin distinguir, sin escuchar, sin verificar. Es la versión adulta del pánico. Y como todo pánico, castiga primero al que menos merece el castigo: al estudiante que aprendió el idioma en clase, al trabajador que traduce su currículum, al profesional que corrige su gramática antes de entregar un informe.
La conversación seria sobre inteligencia artificial —la conversación que este medio ha tratado de sostener durante todo el especial El Contenido— no empieza pidiendo la abolición de la herramienta ni celebrando su llegada. Empieza distinguiendo. Y quien no está dispuesto a distinguir no debería estar acusando.
Fuentes principales
- Liang et al., GPT detectors are biased against non-native English writers, revista Patterns, 2023.
- Anthropic, documentación sobre marcado de contenido, publicada el 10 de agosto de 2026.
- NewsGuard, seguimiento de sitios de noticias generados por IA, mayo de 2025.
- Alfredo Yánez Mondragón, La inteligencia NO es artificial, 2026.
- INCÍSOS, Cómo se hace INCÍSOS, página de metodología del medio.
Sobre el autor
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon, entre ellos La inteligencia NO es artificial, ensayo dedicado precisamente a las cuestiones que este Inciso trata en formato breve.
Especiales
La pregunta que queda
La pregunta no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina para sostenerla.
La pregunta no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina para sostenerla.
En las páginas anteriores de este número se reunieron ocho miradas distintas sobre el mismo problema. La anatomía del consumo hispanohablante actual. El falso debate entre profundidad y superficie. La pregunta sobre el criterio y quién es responsable de formarlo. La cuestión incómoda sobre los creadores y lo que efectivamente crean. El algoritmo como rey sin firma. La máquina que escribe sin entender lo que dice. El mapa de los lectores que migraron y el mapa de los medios que se están reorganizando. No hay una conclusión única que las cosa porque ese no era el propósito. El especial empezaba con la imagen de un trono vacío, y un trono vacío no se llena con un solo discurso.
Pero hay una pregunta que sí queda y que merece respuesta directa, aunque sea provisional: ¿es romántica la idea de un contenido que informe, forme, estimule, rete? La pregunta importa porque encierra una sospecha. La sospecha de que pedirle al periodismo todo eso al mismo tiempo es pedirle algo de otra época, algo que el mercado actual ya no puede sostener, algo que tal vez nunca pudo sostener bien. Si es romántica, hay que decirlo. Si no lo es, hay que defenderlo con argumentos.
Mi respuesta es que no es romántica. Pero la respuesta exige una matización que vale la pena hacer despacio.
Lo romántico sería pretender que un solo medio, una sola pieza, una sola voz, cumpla simultáneamente las cuatro funciones. Que la misma nota informe el dato, forme criterio en quien lo lee, estimule curiosidad sobre lo que vendrá y rete una creencia previa. Eso sí es ilusión. Las piezas que intentan hacer las cuatro cosas a la vez suelen no hacer ninguna bien. Las piezas que se proponen una función con honestidad pueden hacerla con excelencia. Una buena nota informativa no necesita formar criterio si está construida con rigor: la información bien presentada forma criterio sin proponérselo. Una buena columna no necesita informar de cero si parte de un dato verificado: el dato hace el trabajo informativo y la voz hace el resto.
Lo no romántico, lo realista, es entender que esas cuatro funciones se distribuyen en el ecosistema, no en cada pieza. Un medio con criterio combina, en su oferta semanal, piezas que informan, piezas que forman, piezas que estimulan y piezas que retan. No le pide a cada nota que sea las cuatro cosas. Le pide al conjunto del trabajo que cumpla las cuatro. Eso sí se puede sostener. Eso sí se está haciendo. En lugares dispersos, en escalas pequeñas, frecuentemente sin la atención del algoritmo. Pero se está haciendo.
La conclusión incómoda del especial es esta: el problema no es que el buen contenido haya desaparecido. El problema es que dejó de ser el centro económico del sistema. Y un sistema cuyo centro económico está en otro lugar tarde o temprano deja de producir lo que no le paga. Los medios que sobreviven hoy haciendo periodismo serio lo hacen a contracorriente de los incentivos del mercado, no gracias a ellos. Y eso es frágil. No es romántico decirlo: es contable.
Hay tres cosas concretas que se pueden defender desde acá, sin caer en la nostalgia ni en el catastrofismo.
La primera es que el lector hispanohablante de hoy no es un consumidor degradado. Es un lector cambiado. Consume distinto, en plataformas distintas, en formatos distintos, y sus razones para consumir como consume son legítimas. Si el periodismo serio quiere encontrarlo, tiene que ir a donde está, no quejarse de que se fue. Eso no es traición a los formatos largos. Es honestidad con el ecosistema actual.
La segunda es que la calidad no se mide en extensión. Se mide en honestidad del formato con su propósito. Un hilo de X bien armado, con datos verificados y argumento claro, puede ser periodismo de la mejor especie. Un reportaje de cuatro mil palabras lleno de relleno y sin investigación nueva puede ser, en términos editoriales, fraude. La defensa del periodismo serio no es la defensa de los formatos antiguos. Es la defensa del rigor en cualquier formato.
La tercera es que la responsabilidad se reparte. Los medios deben hacer mejor periodismo del que están haciendo, sí. Pero los lectores deben hacer también mejores decisiones de consumo de las que están haciendo, sí. Y las plataformas deben rendir cuentas por las reglas con las que distribuyen contenido a millones de personas, sí. Si una de las tres patas del banco se rompe, el banco se cae. Echarle la culpa solo a una es perder de vista que el problema es estructural.
Este especial no se dedicó a un tema porque sí. Se dedicó al contenido porque la conversación pública en lengua española depende, literalmente, de la calidad del contenido al que tiene acceso. El voto del 5 de noviembre del año pasado en Estados Unidos se decidió, en parte, por lo que millones de hispanos leyeron, vieron y compartieron en las semanas previas. La forma en que la diáspora venezolana entiende la transición tutelada del año en curso depende, también, de qué medios siguen produciendo análisis y cuáles solo replican comunicados. La decisión de un trabajador hispano en Texas sobre si renueva su empleo, monta su negocio o cambia de estado se construye, también, sobre el contenido que llega a su pantalla cada mañana. La interpretación que un lector en Madrid hace del cambio político en Buenos Aires, la lectura que un mexicano hace de la economía estadounidense, el modo en que un colombiano lee la transición venezolana, dependen todas de lo mismo. No es una conversación abstracta. Es la conversación más concreta posible.
La pregunta que queda, entonces, no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina, los lectores y la voluntad para sostenerla. La respuesta no la da un especial. La dan los próximos doce meses de trabajo.
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