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Inciso

El país que viene

El país que viene tiene que ser la suma de las participaciones. No la suma de las coincidencias. Inciso de cierre del especial Ángulos: Primer Ciclo por Alfredo Yánez Mondragón.

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ESPECIAL INCÍSOS · ÁNGULOS: PRIMER CICLO

Este especial documentó voces distintas leyendo el mismo acuerdo. Ninguna coincide completamente con las otras. Todas se sostienen con rigor. Y esa coexistencia es exactamente lo que este texto quiere decir. Inciso de cierre firmado por Alfredo Yánez Mondragón.

Cierro un especial donde otros escribieron. Ese dato importa nombrarlo desde el inicio porque explica por qué este texto no puede ser un resumen. Un resumen presume que el editor procesó el debate y lo devuelve destilado, con las asperezas suavizadas y las contradicciones resueltas. Este texto no puede hacer eso. Y no debe.

Lo que puede hacer es formular una lectura sobre lo que el conjunto del especial demuestra. Y esa lectura tiene una sola tesis, breve, que defiendo con brevedad. El país que viene tiene que ser exactamente lo que este especial es. Voces distintas. Lecturas que no se cancelan. Un coro documentado que crece.

Y esa formulación no es retórica. Es diagnóstico específico sobre el momento venezolano.

Cuando el diagnóstico histórico del rol del TSJ convive con la distinción categorial entre entregables y acuerdos, y con el análisis matizado que reconoce la magnitud potencial sin celebrar a priori, y con la pedagogía política del avance, y con la lectura afirmativa desde la sobrevivencia, y con el escepticismo geopolítico articulado como método, y con la doctrina jurídica que abre la posibilidad de responsabilización específica, y con la comparación con la transición española, y con el análisis semántico del documento firmado, y con la lectura territorial desde los caseríos, y con el contrapunto duro sobre los presos políticos, y con la voz que llega desde el propio chavismo perdido, y con la voz internacional cualificada, y con las que se sumarán en próximas rondas del especial, ninguna se equivoca. Cada voz está viendo con precisión una dimensión distinta del mismo objeto.

Y la sociedad venezolana necesita todas las dimensiones simultáneamente para poder empujar el proceso hacia su ejecución sustantiva.

Esa afirmación es el corazón de este cierre. No es concesión pluralista. No es tibieza editorial. Es diagnóstico específico sobre cómo funcionan los procesos políticos complejos. Se sostienen no por la unanimidad de sus impulsores sino por la coherencia interna de cada una de las líneas de análisis que los observan con rigor. Cuando esas líneas se cancelan entre sí, el proceso se debilita. Cuando esas líneas se suman, el proceso se fortalece.

Hay que decir esto en este momento particular de la historia venezolana por dos razones.

La primera es que Venezuela viene de veinte años de polarización estructural en los que la conversación pública se organizó predominantemente en registro binario. Ese registro tuvo función durante muchos años pero también tuvo costo. Empobreció la capacidad de análisis matizado. El proceso que se abre con el primer ciclo requiere exactamente la capacidad opuesta. Ser capaces de sostener simultáneamente afirmaciones que en registro binario parecerían contradictorias. El acuerdo del 12 de agosto compromete cambios sustantivos. Y no atiende a los presos políticos. Y establece un orden técnicamente correcto para la renovación del TSJ. Y no fija fechas concretas. Y tiene una pata operativa que no tuvo ningún diálogo anterior. Y depende de la ejecución para no repetir los 18 fracasos previos. Las seis afirmaciones son ciertas simultáneamente. Un análisis serio del proceso las sostiene todas.

La segunda razón es que la tarea que sigue al acuerdo no es una tarea que pueda hacer un solo actor. La renovación del TSJ requiere reforma legal, presión pública, verificación técnica, exigencia sobre credenciales, seguimiento de cronograma, evaluación de resultados. Ninguno de esos elementos lo puede aportar una sola voz.

La reforma legal la trabajan los constitucionalistas independientes. La presión pública la sostienen las organizaciones de la sociedad civil. La verificación técnica la requiere el análisis politólogo. La exigencia sobre credenciales la formulan quienes negocian desde adentro. El seguimiento de cronograma lo demandan las voces de la línea dura. La evaluación de resultados la ejerce el periodismo independiente. La pedagogía política que explica al ciudadano común por qué esto importa la asume la política responsable. La lectura afirmativa desde la sobrevivencia la ofrece quien pagó personalmente el costo del régimen. La comprensión geopolítica del contexto la aporta el análisis internacional. La lectura territorial la aporta el trabajo en las zonas de abandono. El contrapunto duro sobre presos políticos lo sostienen las organizaciones de derechos humanos. La voz desde el propio chavismo perdido registra la ruptura interna del bloque que hasta ayer se creía inamovible.

Cada una de esas funciones es necesaria. Ninguna es suficiente. Y cuando una función pretende sustituir a las otras, el proceso pierde precisamente la infraestructura plural que necesita para materializarse.

El país que viene tiene que ser la suma de las participaciones. No la suma de las coincidencias. La suma de las participaciones. Y esa distinción es importante.

La suma de las coincidencias produce consenso artificial. Se identifica lo que todos los actores comparten y se construye desde ahí. El problema es que produce mínimos comunes que rara vez son suficientes para enfrentar problemas complejos. Cuando los actores del debate coinciden solo en las formulaciones más generales, el proceso queda entregado a la ejecución específica que nadie supervisa.

La suma de las participaciones es distinta. Cada actor mantiene su lectura específica, con sus énfasis propios, sus exigencias particulares, sus advertencias singulares. Y el proceso avanza porque cada uno cumple con su función editorial específica. Ninguno cede su lugar. Todos cumplen su función. Y el proceso, sometido a esa presión plural, se ejecuta mejor.

Esta metodología no es venezolana. Es característica de las democracias que funcionan. Las transiciones exitosas de los últimos cincuenta años no fueron producto de acuerdos unánimes de fuerzas convergentes. Fueron producto de procesos en los que cada actor cumplió su función específica y en los que el resultado emergió de la interacción documentada de esas funciones. Chile a partir de 1988, España a partir de 1975, Sudáfrica a partir de 1990, Polonia a partir de 1989. Todos fueron procesos con actores en conflicto explícito entre sí, no procesos armoniosos. Y todos fueron procesos que funcionaron precisamente por eso.

Este especial cierra su primera versión con las voces documentadas hasta hoy. Y es especial vivo. Habrá segunda, tercera, cuarta ronda. Habrá voces de la iglesia que aún no aparecen. Habrá voces político-partidistas mayores todavía por incorporar. Habrá análisis técnico especializado que se sumará. Habrá voces ciudadanas organizadas que articularán sus lecturas cuando sea el momento. Y cada nueva voz se sumará bajo la misma condición editorial. La articulación tiene que sostenerse con rigor propio. Puede ser análisis técnico, testimonio biográfico, línea partidista declarada, humor caraqueño con lectura geopolítica. Lo que no puede ser es afirmación sin fundamento, ataque personal sin argumento, o repetición mecánica de línea sin elaboración propia.

Esa condición no es limitante. Es lo que permite que el especial funcione como archivo público. Cada voz documentada aporta al mapa exactamente lo que sostiene. Y el lector puede evaluar por sí mismo si esa lectura le convence, le informa, le desafía o le confronta. La evaluación queda del lado del lector, no del editor.

Este especial cierra la cobertura editorial del primer ciclo del proceso venezolano hasta el 13 de agosto de 2026. Los seis días entre el 8 y el 13 quedaron documentados con detalle. El acuerdo firmado, sus contenidos específicos, sus alcances técnicos, sus ausencias notorias, las reacciones más consistentes de la sociedad civil venezolana, y las lecturas articuladas de las voces que aceptaron su lugar en el mapa.

Abre lo que sigue. Y lo que sigue es la ejecución del acuerdo o el incumplimiento del acuerdo. Ambas posibilidades son reales. La primera abre la puerta a un proceso de reinstitucionalización que Venezuela lleva décadas esperando. La segunda repite el patrón de los 18 diálogos previos fallidos.

La diferencia entre una y otra no la determinarán las voces del debate público, aunque el debate público influya. La diferencia la determinará la presión sostenida sobre las partes firmantes para que ejecuten lo que se comprometieron a ejecutar.

Esa presión sostenida es exactamente lo que la suma de las participaciones documentadas permite construir. Cada voz cumple su función. Ninguna sustituye a las otras. Y el proceso, sometido a esa presión plural, tiene la oportunidad de convertirse en algo distinto a los procesos anteriores. Puede no lograrlo. Pero por primera vez en años tiene la oportunidad. Y esa oportunidad merece ser trabajada con la seriedad que amerita.

Cierro con la formulación que este especial demuestra, y que quiero dejar dicha con la mayor precisión posible.

El país que viene tiene que ser la suma de todos los que lo estén pensando. No la suma de los que coinciden. La suma de los que participan con rigor propio en el debate público, cada uno desde el ángulo que le corresponde, cada uno con la exigencia que su lugar en el proceso le impone.

Ninguna voz sola alcanza. La suma sí puede.

Y esa suma, si va a ser real, va a ser exactamente lo que este especial es. Participación plural documentada, sin unanimidades artificiales, sin cancelaciones recíprocas, sin protagonismos individuales. Un país construyéndose en el debate público que se toma en serio a sí mismo.

Eso es lo que este especial deja dicho.

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista venezolano radicado en Columbus, Ohio. Autor de más de veinte libros publicados en Amazon.

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Pasos en alguna dirección

Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.

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Weathered signpost marking two diverging country roads at sunset

INCISO

Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.

En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.

Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.

Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.

Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.

Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.

La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.

Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.

Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.

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Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

INCISO

Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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Lo que se abre a cuentagotas puede cerrarse de golpe

Efectividad fáctica sin efectividad jurídica: la transición venezolana avanza en gestos que pueden revertirse con la misma facilidad con que se concedieron.

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Foto editorial de un router o de una pantalla con un mensaje genérico de error de conexión.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Los desbloqueos avanzan al ritmo de las excarcelaciones: uno a uno, sin norma que los sostenga. Lo que se concede por decisión administrativa se retira por la misma vía.

Hay una forma de hacer política que consiste en conceder sin comprometerse. Se abre una puerta, se anuncia que se abrió y se deja la llave del lado de adentro. Lo que se vio en Caracas entre el 17 y el 25 de septiembre de 2026 se parece mucho a eso.

El 16 de septiembre empezaron a desbloquearse portales de noticias. VE sin Filtro contó 18 dominios. Nueve días después, el Ministerio de Comunicación anunció otro levantamiento y, horas más tarde, cambió en su propio comunicado la palabra «desbloqueo» por la expresión «medidas administrativas». Esa noche se abrieron 66 dominios más, pero no en todos los proveedores, y al mediodía del sábado 26 seguían cerrados 149. No hay lista oficial de lo que se abrió, no hay explicación de por qué se cerró y no hay norma que impida volver a cerrarlo en cualquier momento con una llamada al proveedor. Que se hayan podido abrir tantos en una noche solo confirma que cerrarlos también toma una noche. Lo que se concedió tiene efectividad fáctica. No tiene efectividad jurídica. Y lo que existe solo de hecho se deshace de hecho.

Con los presos políticos ha ocurrido lo mismo, con un costo humano infinitamente mayor. El 14 de agosto se anunciaron 131 excarcelaciones; tres días después, las organizaciones solo habían podido verificar 81. Salen de a uno, de a pocos, cuando conviene, y casi siempre como excarcelaciones y no como libertades plenas: la causa sigue abierta, la obligación de presentarse ante el tribunal también, y el expediente queda en una gaveta que alguien puede volver a abrir. La jefa de la delegación opositora reconoció el 19 de septiembre, ante las familias, que el tema ni siquiera figura en la agenda formal de la mesa. El acta del 25 no lo menciona. Un día después salieron decenas de detenidos, sin lista oficial, sin comunicado y con cifras que no coinciden entre las organizaciones que las cuentan; la Plataforma Unitaria contabilizó 33 presos políticos liberados desde el 21 de agosto y más de 420 que siguen tras las rejas.

Los desbloqueos van al ritmo de las liberaciones. A cuentagotas. Y el cuentagotas no es un defecto del proceso: es el método. Quien administra el goteo administra también la sed.

El tiempo cuenta la misma historia. La mesa se instaló el 1 de agosto. El segundo ciclo debía empezar el 15 de septiembre y empezó el 17; debía terminar el 23 y terminó el 25, sin que nadie explicara la prórroga. De ese ciclo salieron siete nombres para un consejo que revisará credenciales y la promesa de designar, «en la próxima sesión ordinaria», una comisión preliminar que abre el proceso para renovar el TSJ. Esa sesión no tiene fecha. El tercer ciclo tampoco: será en octubre, dijo Jorge Rodríguez. El CNE, que es lo que al final importa para que los venezolanos vuelvan a decidir, quedó otra vez fuera del acta. El mismo día del cierre, cinco fuentes consultadas por Reuters situaron las elecciones no antes de finales de 2027.

Nadie sensato espera que una institucionalidad demolida durante más de dos décadas se reconstruya en dos ciclos de conversación. La lentitud, por sí sola, no es una acusación. Lo que inquieta es otra cosa: que cada avance llegue en un formato reversible. Un comunicado se puede corregir, una medida administrativa se puede reponer y una excarcelación se puede revocar. Una ley no. Una sentencia firme tampoco. Un cronograma publicado, con fechas y responsables, ya es otra cosa.

Esa es la vara que propongo para leer lo que viene. No cuántos portales se abrieron ni cuántas personas salieron en cada anuncio, sino cuántas de esas decisiones quedaron escritas en una norma que obligue a quien las tomó. Mientras la respuesta siga siendo ninguna, todo lo que se abre a cuentagotas podrá cerrarse de golpe. Y los venezolanos, adentro y afuera, ya aprendieron cuánto duele eso.


Fuentes principales: VE sin Filtro, reportes del 25 y el 26 de septiembre de 2026; Plataforma Unitaria vía EFE, 26 de septiembre de 2026; Comunicado del Ministerio de Comunicación e Información, 25 de septiembre de 2026; Espacio Público vía La Patilla, 28 de agosto de 2026; Comunicado conjunto de las delegaciones, 25 de septiembre de 2026; Reuters, 25 de septiembre de 2026.

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