Política
Lo que se devaluó no fue el periodista: fue el país que lo expulsó
Circula un post que compara con desprecio a los periodistas venezolanos de hoy con las grandes figuras del pasado. Pero esa comparación ignora lo esencial: cambiaron las herramientas, las plataformas, las audiencias y, sobre todo, el país.
Circula en redes un post que contrapone con sorna a los grandes periodistas venezolanos del pasado con los de hoy, y concluye que hubo una «devaluación». La comparación es injusta, y no porque ofenda a unos o a otros, sino porque ignora lo esencial: entre una generación y otra cambiaron las herramientas, las plataformas, las audiencias y, sobre todo, el país. Comparar a quien transmitía libre desde Caracas con quien resiste desde el exilio no mide personas: mide dos eras distintas.
El post y su trampa
Hay un género de publicación que prospera en redes sociales: la comparación lapidaria. Una imagen, dos columnas, y un veredicto. En las últimas semanas circula una de esas piezas aplicada al periodismo venezolano: de un lado, los nombres mayúsculos del pasado; del otro, los rostros de hoy; en medio, la palabra «devaluación», como si se tratara del bolívar. El mensaje implícito es demoledor: antes había gigantes, ahora hay enanos.
La publicación es ingeniosa y, por eso mismo, peligrosa. Porque su ingenio descansa en una trampa: arranca a las personas de su tiempo y las pone a competir en un terreno que ya no existe. Es como comparar a un corredor que tuvo pista lisa con otro que corre entre escombros, y reprocharle al segundo que llegue más lento. Este reportaje no busca defender a nadie en particular, sino devolverle a la discusión lo único que la vuelve honesta: el contexto.
La era de los gigantes, y sus condiciones
Los nombres del pasado merecen todo el respeto. Renny Ottolina, «el número uno», inauguró prácticamente la televisión venezolana en los años cincuenta y construyó un imperio de audiencia con su show. Carlos Rangel y Sofía Imber convirtieron su programa de entrevistas en una cita ineludible durante décadas, por donde pasaron desde jefes de Estado hasta premios Nobel. A su alrededor, figuras como Marcel Granier, Alfredo Peña, Marianella Salazar o Nelson Bocaranda definieron el oficio para varias generaciones. Fueron, sin duda, enormes.
Pero conviene recordar las condiciones en que fueron enormes. Trabajaban en un país que, con todas sus imperfecciones, tenía televisión abierta plural, periódicos robustos y una clase media que consumía noticias en horario estelar. Tenían estudios, presupuestos, equipos técnicos y, sobre todo, la posibilidad de ejercer desde su propia ciudad sin temer la cárcel ni el exilio. Su grandeza fue real, y también lo fue la plataforma que la hizo posible. No brillaron en el vacío: brillaron en un sistema que permitía brillar.

La era de hoy, y sus escombros
Miremos ahora las condiciones de los periodistas actuales. César Batiz, director de El Pitazo y premiado internacionalmente, ejerce desde hace años en el exilio. Carla Angola conduce su programa desde Miami, lejos del país que la formó. Melanio Escobar, como tantos otros, huyó tras el hostigamiento. No es una elección de estilo: según los estudios de los gremios, una mayoría de los periodistas venezolanos que se fueron al exilio ni siquiera sigue ejerciendo el oficio, porque rehacer una carrera en otro país es brutalmente difícil.
Y quienes siguen, lo hacen con el viento en contra. Sus medios fueron cerrados o comprados por testaferros. Sus canales de YouTube han sido eliminados por algoritmos: a El Pitazo le borraron de un golpe, en 2021, un archivo de más de diez mil videos. Trabajan dispersos, sin los presupuestos de antaño, inventando modelos de financiamiento para sobrevivir. Y aun así, el periodismo venezolano sigue ganando los premios internacionales más prestigiosos, como el Rey de España o el Ortega y Gasset. No es decadencia: es resistencia en condiciones que los gigantes del pasado nunca tuvieron que enfrentar.
Lo que de verdad cambió
Puestas una al lado de la otra, las dos eras revelan que lo que cambió no fue la talla de las personas, sino el mundo en que trabajan. Cambiaron las herramientas: del estudio de televisión con decenas de técnicos al teléfono que graba, edita y transmite en vivo. Cambiaron las plataformas: de la señal abierta que entraba a todos los hogares al algoritmo de una red social que decide, sin rendir cuentas, qué noticia se ve y cuál desaparece. Cambiaron las audiencias: del público masivo y cautivo a una diáspora fragmentada en veinte países y husos horarios.
Y cambió, sobre todo, el país. Los gigantes ejercieron en una Venezuela con espacios de libertad; los de hoy ejercen contra un aparato que persigue, censura y empuja al exilio. Si hay una devaluación en esta historia, no es la del periodista: es la del entorno que lo rodea. Lo que se desplomó no fue el talento, sino las condiciones para ejercerlo.
Contra la comparación odiosa
De ahí que la comparación del post no solo sea injusta, sino que esté mal planteada desde su raíz. Medir a un periodista del exilio con la vara de uno que tuvo estudio propio en Caracas es como reprochar a un náufrago que nade peor que un campeón olímpico en su piscina. La pregunta honesta no es quién era mejor, sino quién hizo más con lo que tenía. Y bajo esa luz, sostener un periodismo libre desde el destierro, esquivando la censura digital y sin red de apoyo, tiene un mérito que la nostalgia no alcanza a ver.
Respetar a los gigantes del pasado no exige despreciar a los que resisten en el presente. Al contrario: honrar de verdad aquel periodismo significa entender que su mejor herencia no es una lista de nombres para usar como garrote, sino la convicción de que informar con libertad vale cualquier esfuerzo. Esa convicción sigue viva, hoy, en condiciones mucho más duras. Y eso, lejos de devaluar a nadie, debería bastar para callar las comparaciones odiosas.
Fuentes principales: archivos biográficos sobre Renny Ottolina, Carlos Rangel y Sofía Imber y la historia de la televisión venezolana; LatAm Journalism Review e IPYS Venezuela sobre el exilio de periodistas venezolanos y el ejercicio del oficio fuera del país; El Pitazo sobre el cierre de su canal de YouTube en 2021; reportes sobre los premios internacionales recientes al periodismo venezolano (Premio Rey de España, Ortega y Gasset).
Alfredo Yánez
9 libros que te cambian la perspectiva
Finanzas, emprendimiento, migración y más — disponibles en Amazon
VER LIBROS →Política
El limbo dejó de ser una tragedia para volverse un negocio
Alrededor del migrante atrapado en el limbo florece un negocio: notarios falsos, gestores y estafadores que cobran por trámites que nunca llegan. Última entrega de la serie sobre la diáspora venezolana.
Donde hay desesperación, aparece quien la explota. Alrededor del migrante atrapado en el limbo legal ha crecido un negocio que los abogados ya describen como una industria multimillonaria: notarios que se hacen pasar por abogados, gestores que cobran por trámites que nunca llegan, estafadores que prometen permisos imposibles. Y detrás, un sistema de cortes colapsado donde esperar una audiencia puede tomar años. Última entrega de la serie sobre la diáspora venezolana.
La tormenta perfecta
Cada vez que un Estado cierra una vía legal, abre una ilegal. Es una ley no escrita de la migración, y la diáspora venezolana la está viviendo en carne propia. Mientras el TPS se cancela, los trámites se congelan y las cortes se atascan —como se vio en las dos entregas anteriores de esta serie—, alrededor de esa angustia crece un mercado que prospera precisamente a costa de ella.
Un abogado de inmigración en Florida lo resumió sin rodeos al describir el momento actual como «la tormenta perfecta para los criminales». El cierre de caminos legales y el aumento de las negativas en los trámites, combinados con el miedo a la deportación, han convertido al migrante en un blanco ideal. El mismo abogado estima que el fraude migratorio es ya una industria multimillonaria. No es una metáfora: es un sector económico que vive del limbo ajeno.
Los rostros del engaño
El fraude tiene varias caras, y conviene conocerlas para reconocerlas. La más extendida es la del «notario». En buena parte de América Latina, un notario es un profesional con autoridad legal; en Estados Unidos, un «notary public» apenas certifica firmas y no está autorizado a dar asesoría migratoria. Los estafadores explotan deliberadamente esa confusión: se presentan como notarios o «consultores de inmigración», cobran sumas considerables y llenan formularios que, mal hechos, pueden arruinar un caso para siempre.
Están también los «llenapapeles», que cobran por completar formularios y suelen dejar señales reveladoras: no entregan copia de lo enviado, no ponen sus propios datos en el formulario, inventan historias en las solicitudes de asilo o, peor aún, copian el relato de otro solicitante. Y están los falsos abogados, que se presentan como expertos sin certificación alguna. Con la tecnología, el engaño se sofisticó: hoy clonan páginas de despachos legales reales en redes sociales y contactan directamente a las víctimas, algo que un bufete serio rara vez hace.

Una historia que lo retrata todo
Un caso reciente condensa toda esta trama. Odalys González Silvera, una venezolana de 61 años y residente legal en Nueva York, buscaba liberar a un familiar detenido en Arizona. A través de un anuncio en redes sociales contactó a una supuesta firma legal, cuyo aparente abogado le prometió una solución en quince días. Durante semanas, le transfirió a los estafadores casi cinco mil quinientos dólares por distintos medios de pago. La desconfianza le llegó tarde, cuando le pidieron un pago adicional para unos supuestos «sellos fiscales vinculados al régimen venezolano». Fue entonces cuando ató cabos: Venezuela no tiene representación diplomática en Estados Unidos, así que esos sellos no podían existir. Para cuando lo entendió, el dinero ya se había perdido.
Esa misma ausencia de relaciones diplomáticas que, como vimos, impide a Chile deportar venezolanos a Caracas, aparece aquí en su reverso más cruel: como el detalle que, de haberse conocido a tiempo, habría evitado una estafa. El limbo no solo angustia. Cobra, literalmente.
Las cortes: esperar es la otra condena
Si el fraude es el peligro visible, la parálisis de las cortes es el desgaste silencioso. El sistema de inmigración estadounidense arrastra un atasco de casos que se cuenta por millones, y la congelación de trámites de los últimos tiempos lo agravó. Para el migrante, eso se traduce en una espera que puede prolongarse durante años: años sin saber si su solicitud de asilo prosperará, años con un permiso de trabajo que vence antes de que llegue la decisión, años de vida en pausa.
Esa espera tiene un costo que no siempre se ve. Quien depende de un trámite congelado no puede planificar, no puede viajar, a veces no puede trabajar legalmente. Vive en un presente perpetuo, rehén de un expediente que no avanza. Y esa vulnerabilidad es, justamente, la que alimenta el negocio del engaño: el que lleva tres años esperando una audiencia es presa fácil para quien le promete resolverlo todo en quince días.
Cómo protegerse, en concreto
La buena noticia es que la mayoría de estas trampas se evitan con información. Las autoridades y las organizaciones de migrantes coinciden en unas pocas reglas claras. Buscar asesoría solo con un abogado de inmigración acreditado o con un representante reconocido por el Departamento de Justicia, y verificar esa acreditación en los registros oficiales. Recordar que en Estados Unidos un notario no es un abogado. Desconfiar de quien promete soluciones rápidas, garantizadas o demasiado buenas para ser ciertas. Nunca entregar documentos originales ni hacer pagos sin recibo. Guardar copia de todo lo que se firma y se envía. Y consultar siempre la información en las fuentes oficiales del gobierno, no en un anuncio de redes sociales.
Con esto cierra esta serie sobre la diáspora venezolana en el limbo. Tres entregas, dos países, una misma realidad: millones de personas cuya vida quedó suspendida entre decisiones que no controlan: las de un juez en Boston, las de un presidente en Santiago, las de una corte atascada o las de un estafador en redes. Entender ese laberinto no lo resuelve, pero es el primer paso para no caer en sus peores trampas. Y para recordar, sobre todo, que detrás de cada cifra y cada fallo hay una persona esperando, simplemente, un lugar donde estar en paz.
Esta nota es informativa y no constituye asesoría legal. Ante cualquier trámite migratorio, consulte a un abogado acreditado o a un representante reconocido por el Departamento de Justicia, y verifique la información en fuentes oficiales como USCIS. Para reportar un fraude migratorio puede acudir a la Comisión Federal de Comercio (FTC).
Fuentes principales: Infobae sobre el caso de fraude a Odalys González Silvera y la «industria multimillonaria» del fraude migratorio; Univision, Voz de América y Confidencial sobre las modalidades de estafa (notarios, llenapapeles, falsos abogados); USAGov, FTC y American Bar Association sobre recomendaciones oficiales para evitar el fraude.
Navegación de la serie
Serie «La diáspora en el limbo» · 3 de 3 [← Entrega 1: EE.UU. y el limbo del TPS](https://incisos.com/2026/06/10/limbo-tps-venezolanos-estados-unidos-fallo-mcconnell/) · [← Entrega 2: Chile y la paradoja de Kast](https://incisos.com/2026/06/10/chile-kast-paradoja-expulsion-venezolanos-irregulares/) · Estás en la entrega final.
Política
Vance admite que Washington y Israel ya no quieren lo mismo en Irán
El vicepresidente JD Vance admitió en público, por primera vez, que los intereses de Estados Unidos e Israel «divergen» en Irán. Detrás de la frase diplomática asoma una grieta real entre Trump y Netanyahu sobre cómo terminar la guerra.
El vicepresidente JD Vance dijo en televisión algo que ningún alto funcionario del gobierno de Trump había admitido en público: que Estados Unidos e Israel no persiguen lo mismo en Irán. Lo envolvió en lenguaje diplomático —los intereses «divergen»—, pero la frase confirma una grieta real entre Trump y Netanyahu sobre cómo terminar la guerra. Y esa grieta, lejos de ser un asunto lejano, toca el precio del petróleo, el riesgo de una guerra mayor y el bolsillo de cualquier hispano en Estados Unidos.
La frase que rompió el libreto
En una entrevista en Fox News el lunes por la noche, al vicepresidente JD Vance le preguntaron por la relación entre Trump y Netanyahu. Su respuesta tuvo la forma de un lugar común diplomático, pero el fondo era una confesión. Estados Unidos e Israel, dijo, comparten muchos intereses, pero hay situaciones en las que esos intereses divergen. Es, según los analistas, la primera vez que un alto funcionario del gobierno de Trump reconoce en público que Washington y Jerusalén no comparten el mismo objetivo final en la guerra contra Irán.
Vance fue más explícito sobre cuál es la prioridad estadounidense: el objetivo principal de Estados Unidos, afirmó, es asegurar que Irán no tenga un arma nuclear. Y luego trazó la línea con una franqueza inusual: a Israel «puede gustarle o no», pero la política la define lo que conviene a Estados Unidos. Traducido del lenguaje diplomático: el aliado tendrá que acomodarse a la decisión de Washington, no al revés.
Qué hay detrás de la divergencia
La diferencia no es de estilo, es de meta. Para el gobierno de Trump, el éxito es un acuerdo que impida la bomba nuclear iraní y cierre la guerra; Vance llegó a llamarlo un «jonrón» para el pueblo estadounidense. Para el gobierno de Netanyahu, en cambio, un acuerdo que deje a Irán con su capacidad de misiles balísticos intacta es una amenaza de largo plazo que no se resuelve sino que se aplaza. Israel quiere desarmar; Washington quiere pactar. De ahí la tensión.
Esa tensión estalló días atrás de forma concreta. Aviones israelíes atacaron las afueras de Beirut y reavivaron brevemente la guerra con Irán, pese a que Trump —según múltiples reportes— había advertido a Netanyahu que no lo hiciera mientras Washington empujaba la negociación. Se sumaron informes de inteligencia sobre presunto espionaje israelí a los negociadores estadounidenses. El propio Trump, según la prensa, llegó a calificar a Netanyahu en términos muy duros en una llamada acalorada. La imagen de los dos gobiernos marchando al unísono se resquebrajó a la vista de todos.

Por qué le importa al lector hispano
A primera vista, una disputa entre Washington y Jerusalén sobre Teherán parece un asunto ajeno a la vida de una familia hispana en Estados Unidos. No lo es. Una guerra abierta en Oriente Medio presiona el precio mundial del petróleo, y ese precio se traduce, en cuestión de días, en lo que cuesta llenar el tanque de gasolina y en la inflación que encarece el mercado. Que Washington empuje hacia un acuerdo en lugar de hacia una guerra mayor tiene, por tanto, un efecto directo en la economía doméstica de millones de personas.
Hay además una lección de fondo sobre cómo se toman las decisiones en este gobierno. La frase de Vance —»esto es lo que conviene a Estados Unidos», aunque al aliado no le guste— es la misma lógica que se aplica en otros frentes que sí tocan de cerca a la comunidad hispana, desde el comercio hasta la migración. Es el principio de que la conveniencia nacional, tal como la define la Casa Blanca, manda sobre cualquier otra consideración. Entender esa lógica ayuda a anticipar cómo actuará Washington en los temas que de verdad desvelan a la diáspora.
Lo que viene
Por ahora, las dos capitales se preparan para hablar. Trump y Netanyahu tienen previsto reunirse en la Casa Blanca, y el propio Trump declaró que un acuerdo con Irán podría estar a pocos días, asegurando estar «en la recta final» de las conversaciones. Vance sostuvo que Teherán está poniendo «cosas reales» sobre la mesa, aunque advirtió que no da por sentada la buena fe de nadie: «todos tratan siempre de jugarle al otro», dijo. El desenlace dirá si la divergencia que admitió en voz alta termina en un pacto histórico o en una nueva escalada. Lo que ya no se puede ocultar es que existe.
Fuentes principales: declaraciones de JD Vance en «Jesse Watters Primetime» de Fox News (8 de junio de 2026), recogidas por Al-Monitor, The Times of Israel, Cleveland Jewish News y Fox News; The Hill sobre las tensiones entre Trump y Netanyahu y la lectura de exfuncionarios como Eric Edelman; reportes sobre la advertencia de Trump a Netanyahu y las negociaciones nucleares mediadas por Pakistán.
Política
El segundo frente venezolano no está en los pozos: está en las minas
El petróleo venezolano se abre a la inversión con estabilidad. El oro de Bolívar se abre entre disparos, bandas armadas y militarización. Dos industrias, dos riesgos, un mismo objetivo: el capital extranjero.
Mientras el mundo mira los pozos de petróleo venezolanos, el verdadero campo de batalla de la apertura económica está más al sur, en las minas de oro del estado Bolívar. Allí, la inversión extranjera que promueve Washington no avanza con calma sino entre detonaciones, sobrevuelos de helicópteros y bandas armadas que controlan el territorio. Una foto falsa hecha con inteligencia artificial enturbió esta semana el panorama, pero no debe distraer de lo esencial: en Bolívar hay un conflicto real, y es el segundo frente de la reconstrucción venezolana.
Dos industrias, dos riesgos
Venezuela se está abriendo al capital extranjero en dos frentes a la vez, pero con perfiles de seguridad opuestos. El primero es el petróleo, concentrado en la zona urbana y en la Franja del Orinoco, que opera con relativa estabilidad —alrededor de 1,1 millones de barriles diarios— y donde una ley en trámite busca atraer inversión privada para hacer crecer la producción. Ese frente avanza con calma.
El segundo frente es distinto, y mucho más peligroso. El Arco Minero del Orinoco, esa franja del sur rica en oro, diamantes, coltán y tierras raras, no lo controla del todo el Estado: lo dominan el ELN, disidencias de las FARC y bandas armadas locales que imponen impuestos, gobiernan el territorio y deciden quién entra y quién no. Abrir esa zona a la inversión no es un trámite económico: es meterse en un territorio en disputa armada. Por eso, mientras el petróleo se abre con papeles, el oro se abre con plomo.
La situación de esta semana
En los últimos días se reportó una situación irregular en la zona minera de Bolívar. Según información atribuida a Venevisión, hubo sobrevuelos de helicópteros y detonaciones en el área. Conviene ser claros con lo que se sabe y lo que no: al momento de esta publicación no hay confirmación oficial ni corroboración independiente plena de un episodio puntual. Es un reporte en desarrollo, y como tal debe leerse, a la espera de que las fuentes permitan confirmarlo.
Lo que sí está sólidamente documentado es el patrón. La Fuerza Armada venezolana ha ejecutado durante años operaciones contra la minería ilegal en la región, y organizaciones de derechos humanos han denunciado que varias de esas incursiones, presentadas como «enfrentamientos», dejaron decenas de muertos y desplazamiento forzado de comunidades. La violencia en El Callao y los sectores mineros vecinos no es una novedad de hoy: es una condición permanente, con guerras entre bandas por el control de los yacimientos que estallan con regularidad. Cualquier operación militar reciente, de confirmarse, se inscribiría en esa historia larga y sangrienta.

El bulo que enturbió el panorama
En medio de esa tensión real circuló, el 8 de junio, una imagen que aseguraba mostrar a militares estadounidenses y venezolanos «tomando» las minas de El Callao. La foto es falsa: fue generada o modificada con inteligencia artificial, según verificaron de forma independiente medios como El Pitazo y el portal de verificación Cotejo.info. La «primicia» había salido de una publicación extraoficial y se viralizó sin sustento.
El episodio deja una lección que vale la pena subrayar, sobre todo cuando el tema es serio: una imagen falsa no solo engaña, sino que ensucia el terreno informativo y le resta credibilidad a los hechos verdaderos. Y los hechos verdaderos en Bolívar son suficientemente graves como para no necesitar invenciones. Desconfiar de la imagen impactante y esperar la verificación de fuentes confiables es, hoy más que nunca, un acto de defensa propia.
El telón de fondo: Washington mira al sur
Lo que vuelve este frente especialmente delicado es el contexto de cooperación militar entre Caracas y Washington de los últimos meses. La cadencia de contactos es notable: el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, el general Francis Donovan, visitó Venezuela en febrero y de nuevo el 23 de mayo, durante un inédito ejercicio de respuesta rápida sobre Caracas. El 3 de junio llegó el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, en su primera visita. Y antes, en marzo, el secretario del Interior Doug Burgum había declarado que el gobierno de Delcy Rodríguez se comprometió a garantizar la seguridad de las empresas mineras, incluso en zonas que el propio Estado reconoce bajo control ilegal.
Sobre ese tablero, el análisis del medio especializado Geostrategos, con lectura del capitán retirado Daniel Pinto Chacón, plantea una hipótesis inquietante: para asegurar las inversiones, Washington tendría tres caminos —contratistas privados, tropas propias o emplear a la Fuerza Armada venezolana—, y la opción de menor costo sería usar a la fuerza local. Bajo esa lectura, una operación militar de limpieza en Bolívar funcionaría a la vez como señal al capital extranjero y como prueba de coordinación con Washington. Es una hipótesis, no un hecho probado, pero encaja con la secuencia de visitas militares y conviene tenerla sobre la mesa.
El ejecutor comprometido
Hay, además, una paradoja de fondo que ninguna inversión puede ignorar. La seguridad de las minas se le encargaría a la misma institución que durante años ha lucrado con la economía ilícita del oro. Está documentado que oficiales de la Fuerza Armada han cobrado a organizaciones criminales por el acceso a las minas, y que la enorme mayoría del oro venezolano se produce de manera ilegal, con el control delegado de hecho a grupos armados a cambio de lealtad. Pedirle a ese actor que desmantele las estructuras de las que se ha beneficiado es una apuesta de resultado, cuando menos, incierto.
Para el lector hispano, y en especial para el venezolano de la diáspora, este frente importa tanto como el petrolero, aunque reciba menos atención. Porque revela la verdadera naturaleza de la reconstrucción que se está negociando: no ocurre en el vacío ni sobre una hoja en blanco, sino sobre territorios reales, disputados por las armas, donde el Estado y el crimen llevan años entrelazados. El oro de Bolívar es la prueba de que abrir Venezuela al mundo será, en muchas zonas, mucho más difícil y más sangriento que firmar un contrato petrolero. Y de que el segundo frente, el silencioso, puede terminar siendo el más decisivo.
Reporte en desarrollo. Algunos elementos sobre la situación reciente en la zona minera de Bolívar no cuentan, al momento de esta publicación, con confirmación oficial ni corroboración independiente plena; se presentan como tales y serán actualizados. Esta nota es informativa.
Fuentes principales: análisis de Geostrategos con lectura del capitán (ret.) Daniel Pinto Chacón; El Pitazo y Cotejo.info sobre la verificación de la imagen falsa generada con IA; Reuters sobre las visitas de los generales Francis Donovan (18 de febrero y 23 de mayo de 2026) y Dan Caine (3 de junio) y las declaraciones del secretario Doug Burgum (marzo de 2026) sobre la seguridad de las mineras; Observatorio Venezolano de Violencia y Provea sobre la violencia estructural y las operaciones militares en el Arco Minero del Orinoco.
-
Política2 semanas agoEl economista, los bonos y Citgo
-
Inciso1 mes agoLa paciencia de Washington
-
Entrevistas4 días agoZair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»
-
Política4 semanas agoRoberto Smith Perera: «La reconstrucción no puede esperar a la elección»
-
Política1 mes agoDelsa Solórzano: «Sin reinstitucionalización no hay estabilización; sin estabilización no hay recuperación; sin recuperación no hay elecciones libres»
-
Inciso2 semanas agoIn-Maduros
-
Política2 meses agoRuta tripartita define transición en Venezuela
-
Política2 meses agoEl revés del mundo
