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Economía

El petróleo venezolano repunta a 1,25 millones de barriles: la recuperación que no llega al bolsillo

Las exportaciones de crudo venezolano subieron a 1,25 millones de bpd en mayo, tercer mes al alza, con EE.UU. como primer destino. Por qué el repunte macro no s

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Las exportaciones de crudo venezolano subieron a 1,25 millones de bpd en mayo, tercer mes al alza, con EE.UU. como primer destino. Por qué el repunte macro no se traduce en bolsillo. Análisis.

Las 6 preguntas · El petróleo venezolano repunta a 1,25 mi
Qué El aumento de las exportaciones de crudo y derivados venezolanos a 1,25 millones de barriles diarios en mayo, tercer mes consecutivo de incremento.
Quién PDVSA y sus socios y compradores: Chevron, las casas de comercio Vitol y Trafigura, y la india Reliance Industries.
Cuándo Mayo de 2026, según datos de seguimiento de buques difundidos el 1 de junio.
Dónde Con EE.UU. como primer destino (558.000 bpd), seguido de India (427.000) y Europa (169.000).
Cómo Mediante el alivio de sanciones de Washington bajo el gobierno interino de Delcy Rodríguez y la expansión de proyectos por compañías extranjeras.
Por qué Porque el repunte de la renta petrolera contrasta con un ingreso laboral pulverizado, reabriendo la vieja pregunta sobre a quién llega la recuperación.

Las exportaciones de petróleo de Venezuela subieron a 1,25 millones de barriles diarios en mayo, su tercer mes consecutivo al alza, impulsadas por más cargamentos hacia Estados Unidos, India y Europa, según datos de seguimiento de buques difundidos el lunes. El volumen fue un 0,7% superior al de abril y, en la comparación que mejor revela la tendencia, un 61% por encima del mismo mes del año pasado. Se exportaron 67 cargamentos en total.

El giro respecto a 2025 es notable y tiene una explicación política directa. Bajo el gobierno interino de Delcy Rodríguez —respaldado por Washington—, la producción y las exportaciones venezolanas se han recuperado a medida que Estados Unidos alivió las sanciones y las compañías extranjeras ampliaron sus proyectos de crudo y gas. EE.UU. volvió a ser el primer destino individual del petróleo venezolano, con unos 558.000 barriles diarios, seguido por India con 427.000 y Europa con 169.000; las tres regiones recibieron más volumen que en abril. Las casas de comercio globales, como Vitol y Trafigura, elevaron sus envíos a 787.000 bpd, mientras que las exportaciones de Chevron, principal socio de PDVSA, bajaron a 269.000 bpd. El Ministerio de Petróleo proyecta una producción de 1,37 millones de bpd para fin de año, una cifra que no se veía desde antes de las primeras sanciones energéticas de 2019.

Hasta aquí, la fotografía de una recuperación. Pero conviene ponerle marco, porque el número grande esconde dos matices. El primero: esta no es la Venezuela petrolera de antaño. A comienzos de los años 2000 el país producía cerca de tres millones de barriles diarios; el repunte actual, con todo lo que significa, ocurre sobre una base devastada por años de subinversión, infraestructura deteriorada y fuga de talento. Recuperar no es lo mismo que florecer. El segundo matiz es de gobernanza: como han señalado analistas del sector, la incertidumbre política es altísima y no está claro quién puede tomar decisiones económicas y energéticas vinculantes en la Venezuela actual. La recuperación avanza, pero sobre un terreno institucional movedizo.

Y está el contraste que da sentido a esta nota dentro de la edición. El mismo mes en que el petróleo venezolano exportó 1,25 millones de barriles diarios, el trabajador venezolano cobró un ingreso integral que se anunció en 240 dólares y llegó incompleto, sobre un salario base de 130 bolívares congelado desde 2022 y frente a una canasta alimentaria de unos 700 dólares. La renta petrolera sube; el bolsillo no se mueve. Es la vieja paradoja de la economía rentista venezolana, intacta a pesar del cambio de gobierno: el barril puede recuperarse sin que esa recuperación se traduzca, automáticamente, en mesa servida.

El inciso, entonces, no está en el dato —que es real y positivo para las cuentas del Estado— sino en la distancia entre ese dato y la vida cotidiana. Una economía puede exportar más petróleo y, al mismo tiempo, mantener a sus trabajadores en la subsistencia. Lo que decide si el repunte se convierte en bienestar no es el número de barriles, sino qué se hace con la renta que generan. Y esa, por ahora, es una pregunta sin respuesta clara.

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Terminó mayo: ¿cobró el venezolano lo que le prometieron?

Terminó el primer mes tras el ajuste del ingreso integral en Venezuela. Qué se prometió, qué llegó al bolsillo y por qué el salario base sigue en 130 bolívares.

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Terminó el primer mes tras el ajuste del ingreso integral en Venezuela. Qué se prometió, qué llegó al bolsillo y por qué el salario base sigue en 130 bolívares. Análisis.

Las 6 preguntas · Terminó mayo: ¿cobró el venezolano lo qu
Qué El balance del primer mes tras el anuncio del aumento del «ingreso mínimo integral» a 240 dólares, y la distancia entre lo prometido y lo efectivamente cobrado.
Quién Los trabajadores y pensionados venezolanos, y el gobierno de Delcy Rodríguez, que anunció la medida el 30 de abril.
Cuándo Mayo de 2026, primer mes de aplicación del ajuste.
Dónde Venezuela, con el salario expresado a la tasa oficial del Banco Central.
Cómo Mediante bonos indexados (Cestaticket y bono «contra la guerra económica»), no a través del salario base, que sigue congelado.
Por qué Porque el mecanismo elegido —bonos en lugar de salario— determina qué reciben realmente las familias y qué queda fuera del cálculo de prestaciones y pensiones.

Mayo cerró como el primer mes bajo el nuevo esquema de ingresos que el gobierno de Delcy Rodríguez anunció el 30 de abril, y la pregunta que ronda en los hogares venezolanos es simple: ¿se cobró lo que se prometió? La respuesta corta es que no del todo. El anuncio fijó el «ingreso mínimo integral» en 240 dólares mensuales; los primeros pagos del mes, según reportes del propio sistema estatal, llegaron por el equivalente a unos 150 dólares. Entre la cifra anunciada y la depositada hay una brecha que define la experiencia real del mes.

El detalle técnico es decisivo, y conviene explicarlo sin rodeos. El aumento no toca el salario base, que permanece en 130 bolívares —menos de tres dólares al cambio oficial— y lleva congelado desde marzo de 2022, el periodo más largo sin ajuste nominal en décadas. Lo que se incrementa son los bonos: el Cestaticket de alimentación y el llamado bono «contra la guerra económica». El propio ministro del Trabajo lo expuso con franqueza poco habitual: no se puede subir el salario, dijo, porque hacerlo dispararía la inflación; el esquema es «absolutamente coyuntural». El problema es que esa coyuntura ya dura años.

¿Por qué importa que el aumento vaya por bonos y no por salario? Porque las prestaciones sociales, las vacaciones, los aportes a cajas de ahorro y las pensiones se calculan sobre el salario base —esos 130 bolívares—, no sobre el ingreso integral. Un trabajador puede recibir más dinero este mes y, al mismo tiempo, ver cómo su jubilación futura y sus prestaciones siguen ancladas a una cifra residual. El bono alivia el día; no construye el derecho. Y los pensionados, cuya asignación se fijó en torno a 70 dólares, quedan aún más expuestos.

La medida se mide, además, contra un costo de vida que la desborda. Según el Centro de Documentación y Análisis de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM), referencia ante la ausencia de cifras oficiales, la canasta alimentaria familiar para un hogar de cinco personas rondó los 700 dólares en marzo. Los 240 dólares del ingreso integral —cuando se cobran completos— cubren cerca de un tercio de esa canasta; los 150 efectivamente depositados, bastante menos. A esto se suma una inflación que cerró el primer trimestre con una tasa anualizada del orden del 649%, según datos oficiales.

El balance del mes, entonces, es el de una mejora nominal que no se traduce en alivio estructural. Hubo dinero adicional en muchos bolsillos, y para una economía familiar al límite eso no es irrelevante. Pero la arquitectura del ingreso —bonos coyunturales sobre un salario base pulverizado— mantiene intactas las dos preguntas de fondo: por qué un aumento que se anuncia en dólares se deposita incompleto, y hasta cuándo se sostiene un sistema laboral donde el salario formal dejó de significar lo que la palabra supone. Mayo no las respondió. Las dejó, otra vez, sobre la mesa.

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Economía

Vuelve el crédito a Venezuela, pero en miniatura: tarjetas y apps con límites de juguete

Las tarjetas de crédito y las apps de financiamiento reaparecen en Venezuela, pero con topes muy bajos. Por qué el encaje legal asfixia el crédito y qué signifi

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Las tarjetas de crédito y las apps de financiamiento reaparecen en Venezuela, pero con topes muy bajos. Por qué el encaje legal asfixia el crédito y qué significa para el consumidor. Análisis.

Las 6 preguntas · Vuelve el crédito a Venezuela, pero en m
Qué El regreso gradual del crédito al consumo en Venezuela —tarjetas y aplicaciones de financiamiento— con límites de compra muy reducidos.
Quién La banca venezolana, las fintech locales y los consumidores que recuperan, parcialmente, el acceso al crédito.
Cuándo A lo largo de 2026, con la reactivación consolidándose en el primer semestre.
Dónde Venezuela, en una economía mayoritariamente dolarizada de facto.
Cómo Mediante tarjetas indexadas y productos digitales, condicionados por un encaje legal que limita el dinero que la banca puede prestar.
Por qué Porque el tamaño del crédito disponible revela el estado real de la economía: hay reactivación, pero estrangulada por las reglas monetarias.

El crédito está volviendo a Venezuela, aunque conviene matizar de inmediato la palabra «volviendo». Después de años en que la hiperinflación pulverizó cualquier financiamiento en bolívares y dejó al país operando casi exclusivamente al contado, las tarjetas de crédito y las aplicaciones de financiamiento reaparecen en la cartera del venezolano. El detalle que define la noticia es el tamaño: los límites son, en muchos casos, de juguete. Topes equivalentes a poco más de cien dólares no son excepcionales, una cifra que alcanza para una compra de mercado mediana, no para financiar la vida.

La razón de fondo es monetaria y tiene nombre técnico: el encaje legal. El Banco Central mantiene una proporción muy alta de los depósitos inmovilizada como reserva —un porcentaje que en los últimos años ha rondado niveles que asfixian la intermediación—, lo que significa que por cada bolívar que recibe, la banca puede prestar muy poco. Sin capacidad de prestar, no hay crédito robusto posible. Las tarjetas que reaparecen lo hacen, por tanto, dentro de un corsé: el sistema financiero quisiera prestar más, pero las reglas monetarias —diseñadas en su momento para contener la inflación— se lo impiden. El crédito miniatura no es un capricho de la banca; es el reflejo de un sistema estrangulado.

A ese límite estructural se suma el problema de la unidad de cuenta. En una economía donde los precios se piensan en dólares pero buena parte del crédito formal se otorga en bolívares, el consumidor enfrenta una trampa conocida: si su tarjeta está indexada y el bolívar se deprecia frente al dólar entre la compra y el pago, la deuda se encarece en términos reales. La brecha entre la tasa oficial y la del mercado paralelo —que a finales de mayo se movía en el orden del 20% o más— convierte cualquier financiamiento en una apuesta cambiaria. Pedir prestado, en ese contexto, exige cálculos que poco tienen que ver con la simple conveniencia de diferir un pago.

En paralelo, han proliferado las aplicaciones que ofrecen crédito y las tarjetas digitales, un fenómeno que merece mirarse con interés y con cautela a la vez. Con interés, porque las fintech están cubriendo un vacío que la banca tradicional, maniatada por el encaje, no puede llenar, y porque digitalizan el acceso para quienes nunca tuvieron una tarjeta. Con cautela, porque el crédito fácil de aplicación, con condiciones no siempre transparentes y en un entorno de baja educación financiera, puede empujar al consumidor a un endeudamiento caro sin que medie la información suficiente para evaluarlo. La conveniencia de un clic no equivale a la conveniencia de las condiciones.

El inciso está en lo que este crédito en miniatura dice sobre la economía. Que las tarjetas vuelvan es, en sí mismo, una señal de cierta normalización: indica que hay quien apuesta a que el bolívar y el consumo tienen futuro. Pero que vuelvan tan pequeñas indica lo otro: que la normalización es frágil, condicionada y todavía lejana del crédito que sostiene a una economía sana —el que financia una nevera, una reparación, un emprendimiento—. El venezolano recupera la tarjeta, pero no todavía lo que la tarjeta, en una economía funcional, debería poder comprar. Entre esos dos hechos transcurre, una vez más, la distancia entre el anuncio de recuperación y la recuperación misma.

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Economía

Gasolina sobre los $4 y un mercado laboral que se congela: la pinza que aprieta al trabajador en EE.UU.

La gasolina superó los $4 por el conflicto con Irán y el mercado laboral se enfría con oleadas de despidos. Qué significa para el trabajador, en especial el sec

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La gasolina superó los $4 por el conflicto con Irán y el mercado laboral se enfría con oleadas de despidos. Qué significa para el trabajador, en especial el sector medios. Análisis.

Las 6 preguntas · Gasolina sobre los $4 y un mercado labor
Qué La combinación de una gasolina por encima de los 4 dólares por galón y un mercado laboral que se enfría con oleadas de despidos.
Quién Los trabajadores y consumidores estadounidenses, con atención particular al sector de medios de comunicación.
Cuándo Mayo de 2026, con el alza del combustible ligada al conflicto con Irán.
Dónde Estados Unidos, con efectos sobre el costo de vida y el empleo en distintos sectores.
Cómo El shock petrolero presiona los precios mientras las empresas recortan personal y moderan salarios ante la incertidumbre.
Por qué Porque la coincidencia de costos al alza y empleo a la baja comprime el poder adquisitivo justo cuando el trabajador tiene menos margen para negociar.

El trabajador estadounidense enfrenta este verano una pinza incómoda. Por un lado, la gasolina superó los 4 dólares por galón, un umbral que no se cruzaba desde 2022, empujada por el conflicto con Irán y la presión sobre el suministro y los precios del crudo. Por el otro, el mercado laboral —que durante meses fue el gran sostén de la economía— se está enfriando, con oleadas de despidos que se aceleraron en las últimas semanas. Costos que suben y empleo que baja: la combinación más adversa para el presupuesto familiar.

El componente del combustible tiene una causa identificable. La escalada militar con Irán, con ataques cruzados que afectan a una región clave para el petróleo mundial, reintrodujo en los mercados una prima de riesgo que se había diluido. El crudo sube, y la gasolina detrás de él. Para el consumidor estadounidense, donde el automóvil es infraestructura básica de la vida cotidiana, cada décima por encima de los 4 dólares se traduce de inmediato en menos margen para todo lo demás. Y a diferencia de otros precios, el del surtidor es de los más visibles y de mayor peso psicológico: marca el ánimo del consumidor casi tanto como su bolsillo.

El segundo brazo de la pinza es el empleo, y aquí los números cuentan una historia de cambio de ciclo. Los anuncios de recortes se dispararon: distintos conteos del sector documentaron decenas de miles de despidos en los primeros días de mayo, en un mercado que los analistas describen ya no como «fuerte» sino como «congelado» —pocas contrataciones nuevas y creciente disposición a recortar—. El fenómeno tiene varias capas: reestructuraciones por la adopción de inteligencia artificial, ajustes ante la incertidumbre económica y un encarecimiento de costos que las empresas trasladan a su nómina.

Hay, además, un efecto de segundo orden que el trabajador percibe aunque conserve su empleo: cuando el mercado despide, los salarios que se ofrecen tienden a la baja. La lógica es simple y dura. Si hay más candidatos disponibles que vacantes, quien contrata puede ofrecer menos, porque sabe que habrá quien acepte. La amenaza del despido ajeno modera el salario propio. Es la cara menos visible del enfriamiento: no solo hay menos empleos, sino que los que hay pagan relativamente menos que en el ciclo anterior.

El sector de medios de comunicación ilustra el cuadro con crudeza. Viene de años de sangría —miles de empleos perdidos en 2025—, y la presión no ha cedido: la combinación de modelos de negocio en transformación, la irrupción de la inteligencia artificial en tareas antes humanas y la concentración empresarial mantiene al periodismo en contracción. Para quien trabaja en este campo, la doble realidad de costos al alza y salarios a la baja no es una abstracción macroeconómica: es la conversación de pasillo sobre quién será el próximo, y la oferta de empleo que llega con una cifra menor que la de hace dos años.

El inciso, para el lector de INCÍSOS —muchos de ellos hispanos en EE.UU.—, es práctico además de analítico. Esta pinza aprieta más fuerte a quien tiene menos colchón: el trabajador inmigrante, el de salario por hora, el del sector servicios. Cuando los costos fijos suben y el poder de negociación cae, la planificación financiera deja de ser un lujo para volverse una defensa. No es un panorama de pánico, pero sí de prudencia: es el tipo de ciclo en el que conviene mirar el presupuesto con más atención de la habitual, porque las dos fuerzas que lo comprimen —el surtidor y la nómina— están, por ahora, empujando en la misma dirección.

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