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Inciso

Reingeniería

Lo que Delcy Rodríguez está llamando reingeniería es una palabra prestada del management. La cubierta es nueva. La operación es más vieja. Inciso firmado del editor. |

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Team reviewing architectural blueprints on a table in a bright office

Reingeniería. La palabra entró en el vocabulario gerencial a comienzos de los noventa por la vía de un libro de Michael Hammer y James Champy que recomendaba rediseñar los procesos de las empresas desde cero. Treinta y dos años después, la palabra encontró su camino al Palacio de Miraflores. La presidenta encargada anunció el martes 26 de mayo una «reingeniería del Gobierno» con plazo de noventa días. Lo dijo en cadena nacional. Lo dijo con tono técnico. Lo dijo con la mirada serena de quien sabe que está cambiando el vocabulario, no la cosa.

Reingeniería suena bien. Suena a oficina con vidrios, gráficos de barras y consultor con corbata. Suena a Davos y no a Caracas. Suena, sobre todo, a que el problema venezolano no es político sino administrativo. La elección léxica no es inocente. Donde el chavismo dijo socialismo, antiimperialismo, batalla y revolución, el rodrigato dice eficiencia, gestión, modernización y reingeniería. La gramática pasó del púlpito al PowerPoint.

El nombre del comisionado

Lo más interesante no es la palabra. Es el nombre del comisionado. Héctor Rodríguez tiene 43 años. Entró a la UCV en 2003. Lideró el movimiento estudiantil bolivariano que en 2007 enfrentó —desde el lado del gobierno— a los muchachos de la UCAB que salieron a defender RCTV. Esa coincidencia es el dato editorial del 28 de mayo.

Yon Goicoechea acaba de regresar al país bajo la Ley de Amnistía. Lester Toledo aterrizó en Maiquetía la semana pasada, el jueves 21 de mayo, después de diez años fuera. David Smolansky sigue en Washington. Stalin González está sentado en el parlamento del rodrigato. Y Héctor Rodríguez —compañero de promoción, compañero de salón, compañero de generación— acaba de ser designado responsable de rediseñar el Estado venezolano. Diecinueve años después de aquella marcha, los dos lados del aula vuelven a verse las caras y en el escenario más extraño que pudieron imaginar entonces: una transición tutelada por Washington, con la cúpula chavista todavía en el poder y una palabra inglesa traducida al gerencial para nombrar lo que viene.

Lo que la palabra cubre

Reingeniería es un préstamo. La operación que cubre es más vieja. Es la misma que el chavismo intentó en 2009 con la reorganización ministerial de Chávez, en 2013 con el Consejo de Estado de Maduro, en 2016 con el Motor Productivo, en 2019 con el Plan de la Patria 2025. Cada cierto tiempo, el mismo aparato se redibuja, se reagrupa, se renombra y se vuelve a presentar como respuesta a su propia ineficiencia. Lo que cambia es el catálogo de palabras. Lo que no cambia es quién decide.

Hay una variación esta vez que sí merece registrarse. La reingeniería del rodrigato se anuncia mientras la generación que la enfrenta —no la oposición de partidos, sino la promoción universitaria que llegó al país en los dos mil— está parcialmente regresando del exilio. Es la primera vez en casi veinte años que ocurren las dos cosas al mismo tiempo: un rediseño desde arriba y un reingreso desde abajo. Si hay un punto de fricción real en el segundo semestre venezolano, va a estar en ese cruce. No en el cronograma electoral, que se discute desde 2018. No en la consulta de justicia penal, que se anuncia desde marzo. En quién decide qué Estado se queda y quién forma parte de él.

El criterio

No tengo posición sobre la palabra. Tengo posición sobre la pregunta que la palabra esquiva. ¿Quién diseña el Estado venezolano? ¿La cúpula que asumió el 3 de enero, bajo conducción externa de Washington y plazo de noventa días? ¿La generación que volvió, bajo amnistía y con la cara llena de polvo de trece años de exilio? ¿O algo todavía no nombrado, que está empezando a moverse en algún campus universitario que no estamos mirando?

Reingeniería es una palabra que evita esa pregunta. La pregunta es el inciso. Vamos a hacerla todas las semanas hasta que alguien la conteste.

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Alfredo Yánez

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Arqueología de la unidad opositora

Los mismos de siempre

Hay una frase que aparece cada vez que la oposición venezolana vuelve a reunirse. Apareció en los pasillos de la Asamblea Nacional electa en 2015. Apareció después del 16 de julio de 2017. Volvió a aparecer durante el interinato. Estuvo en las primarias de octubre de 2023. Y reapareció, esta semana, mientras María Corina Machado convocaba en Ciudad de Panamá a los partidos de la Plataforma Unitaria Democrática para preparar el encuentro del lunes 25 de mayo con el presidente José Raúl Mulino.

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Los mismos de siempre — recurrencia política venezolana
INCÍSOS

§ Especial · Inciso de apertura
01-los-mismos-de-siempre
§ Inciso firmado · Apertura

Los mismos de siempre

Por Alfredo Yánez Mondragón · Fundador y editor en jefe de INCÍSOS · Edición del viernes 29 de mayo de 2026

Hay una frase que aparece cada vez que la oposición venezolana vuelve a reunirse. Apareció en los pasillos de la Asamblea Nacional electa en 2015. Apareció después del 16 de julio de 2017. Volvió a aparecer durante el interinato. Estuvo en las primarias de octubre de 2023. Y reapareció, esta semana, mientras María Corina Machado convocaba en Ciudad de Panamá a los partidos de la Plataforma Unitaria Democrática para preparar el encuentro del lunes 25 de mayo con el presidente José Raúl Mulino.

La frase es esta: son los mismos de siempre.

La he escuchado en Doral, en Madrid, en Houston, en un café de Buenos Aires, en una conversación de WhatsApp a las cuatro de la mañana. La dicen con cansancio. La dicen con resignación. La dicen, a veces, con rabia. Y la dicen casi siempre con razón aparente: si uno mira la mesa de Panamá del 22 al 23 de mayo, encuentra a Leopoldo López, a Magalli Meda, a Juan Pablo Guanipa, a Delsa Solórzano, a Roberto Enríquez, a Biagio Pilieri. Encuentra siglas que llevan décadas escritas en el mismo papel: COPEI, Primero Justicia, Voluntad Popular, Causa R, Encuentro Ciudadano, Vente Venezuela. Encuentra a María Corina Machado, que ya estaba ahí en 2012 disputando una primaria.

La conseja, vista a esa distancia, parece confirmarse sola. Pero las consejas tienen una característica peligrosa: explican mucho con muy poco, y por eso ahorran el trabajo de pensar. Antes de aceptarla o de descartarla, vale revisarla con archivo a la mano.

Este especial es ese ejercicio.

INCÍSOS no llega con un veredicto. No vamos a decir que son los mismos. No vamos a decir que no lo son. Vamos a abrir el archivo y a poner sobre la mesa lo que el archivo dice: cinco intentos sucesivos de unidad opositora en Venezuela desde 1998 hasta hoy, cada uno con su génesis, sus actores, sus éxitos verificables y sus fracasos también verificables. La unidad de los cuatro días de 1998 alrededor de Henrique Salas Römer. El vacío opositor de 1999 y 2000, cuando la oposición sencillamente no existió como factor electoral. La Coordinadora Democrática de 2002, coordinada por Enrique Mendoza —gobernador de Miranda por COPEI— pero sostenida operativamente, sobre todo, por la sociedad civil organizada en y fuera de los partidos: Fedecámaras, la Confederación de Trabajadores de Venezuela, Gente del Petróleo. El Acuerdo de Unidad Nacional de enero de 2008 entre partidos opositores, que daría paso a la fundación operativa de la Mesa de la Unidad Democrática en el segundo trimestre de 2009. Las primarias de febrero de 2012, con casi dos millones de votantes. El Frente Amplio Venezuela Libre de 2018, cuando la MUD fue inhabilitada por el Tribunal Supremo de Justicia. La Plataforma Unitaria Democrática lanzada por Juan Guaidó en abril de 2021. Las primarias de octubre de 2023, ganadas por Machado con más del 90% de los votos.

Cinco plataformas, no una. Y entre cada una y la siguiente, una pregunta que vale formular sin sentimentalismo: ¿qué se conservó? ¿Qué se rompió? ¿Quiénes estaban en 1998 y siguen sentados en una mesa veintiocho años después? ¿Quiénes entraron en 2002 y desaparecieron en 2008? ¿Quiénes aparecieron en 2012 y son hoy el centro del proyecto?

La diáspora venezolana en Estados Unidos —especialmente en el sur de Florida, en Texas, en el área de Nueva York— tiene derecho a esa información ordenada. No al panfleto que celebra. No al panfleto que condena. A la información ordenada.

Hay algo que quiero adelantar, porque me parece honesto decirlo antes de que el lector entre a las piezas. Cuando uno revisa el archivo de cerca, lo que aparece no es una continuidad lineal. Aparece una historia con rupturas mayores. El bipartidismo que sostuvo a Salas Römer en 1998 había dejado de ser bipartidismo en términos electorales meses antes. La Coordinadora Democrática de 2002 fue, en buena medida, una construcción ajena a los partidos tradicionales: nació desde fuera de los aparatos. La MUD de 2008 fue el primer intento serio de articular partidos como tales, y duró diez años hasta que el Tribunal Supremo la borró. La Plataforma Unitaria es heredera nominal de la MUD, pero opera en condiciones radicalmente distintas: con su candidato electo en el exilio, con su coordinadora dentro del país en clandestinidad parcial durante 2024 y 2025, con su agenda escrita desde mesas en Doha, en Washington, ahora en Ciudad de Panamá.

Lo que cambia es tan importante como lo que permanece. Y la conseja, al borrar las rupturas, hace un favor que no le pidieron al chavismo civil que hoy administra el rodrigato: lo libera de tener que explicar qué hizo en los últimos veintiocho años con los actores políticos que sí cambiaron de proyecto, de método, de generación.

Este especial se publica completo en una sola edición. No por entregas escalonadas, no en cuotas, no a cuentagotas: las trece piezas reconstructivas que componen el cuerpo del archivo más esta apertura y un inciso de cierre, todo junto, para que el lector pueda recorrer el archivo en el orden que le resulte más útil. Hay un mapa cruzado de los actores en cinco plataformas. Hay una pieza sobre la fractura interna del bloque opositor en 2025. Hay un capítulo dedicado a 2015-2018, los años en que una victoria parlamentaria histórica fue desmontada institucionalmente. Hay una pieza sobre la cita de Ciudad de Panamá del 22 al 25 de mayo. Y hay una pieza incómoda, la última de la secuencia reconstructiva, sobre el actor externo que la oposición venezolana del siglo XXI no ha terminado de nombrar con claridad: el gobierno de los Estados Unidos en sus dos extremos del arco, 2019 y 2026.

Faltará al cierre una pieza más, que aún no estará lista esta semana: la entrevista a Roberto Enríquez, actual secretario ejecutivo pro tempore de la Plataforma Unitaria Democrática, donde el archivo arqueológico recibe la respuesta de quien lo administra hoy desde adentro. Esa pieza se incorporará al especial en cuanto la conversación se haya producido. El resto del archivo está sobre la mesa desde el primer momento.

Después de leer el especial completo, cada lector hará su propio juicio. INCÍSOS no se lo entrega digerido. Se lo entrega con el archivo abierto sobre la mesa, como cuando uno revisa el árbol genealógico de una familia y descubre que las semejanzas no eran las que uno creía, y las diferencias estaban en lugares que nadie había mirado.

La frase son los mismos de siempre puede ser cierta, puede ser falsa o puede ser ambas cosas en partes distintas. Lo que no puede ser, después de este ejercicio, es una respuesta sin examen.

Eso es lo que viene.

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Arqueología de la unidad opositora

La esperanza en política no crece en los árboles

Cierro este especial con la duda con la que lo abrí. No la pude resolver. Y dudo que la pueda resolver alguien sin antes haber leído con honestidad lo que Roberto Enríquez dejó dicho en la entrevista que cierra este especial.

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La esperanza en política no crece en los árboles
INCÍSOS

§ Especial · Inciso de cierre
14-la-esperanza-no-crece-en-los-arboles
§ Inciso firmado · Cierre

La esperanza en política no crece en los árboles

Por Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe de INCÍSOS

Cierro este especial con la duda con la que lo abrí. No la pude resolver. Y dudo que la pueda resolver alguien sin antes haber leído con honestidad lo que Roberto Enríquez dejó dicho en la entrevista que cierra este especial.

El archivo opositor venezolano del siglo XXI tiene, leído así como lo acabamos de leer, una sugerencia que aparece sola cuando se ordenan las piezas en el suelo. La sugerencia es ésta: si la oposición venezolana hizo bien lo que hizo en octubre de 2023 —una primaria autogestionada, sin CNE, abierta a todos los venezolanos dentro y fuera del país, con dos millones cuatrocientos mil votantes movilizados, con María Corina Machado obteniendo más del noventa y dos por ciento de los votos—, entonces lo coherente, lo que el archivo le diría a quien hoy administra la Plataforma Unitaria, sería: hagan otra. Hagan una primaria para el ciclo electoral que viene. Que sea el pueblo de la diáspora y del territorio el que ratifique a su candidata. Que la legitimidad sea ascendente y no descendente. Que la calle vuelva a ser donde se decide, como en aquel veintidós de octubre.

Si ustedes están leyendo este Inciso esperando que les diga que estoy de acuerdo con esa sugerencia, déjenme decírselos antes de que terminen el párrafo: no estoy de acuerdo. Y no estoy de acuerdo precisamente porque viví, como tantos venezolanos en la diáspora hispana de Estados Unidos, lo que significó aquel noventa y dos por ciento, y lo que han supuesto estos casi dos años post-veintiocho de julio.

Lo que el archivo dice y lo que la calle ya no admite

La realidad real, esa que el archivo no alcanza a leer porque pertenece al presente abierto, dice otra cosa. Dice que ese noventa y dos por ciento fue un mandato. No fue una preferencia entre opciones. No fue un cálculo táctico. Fue una decisión emocional, política y biográfica de millones de venezolanos que entendieron, en aquellos meses de finales de 2023, que María Corina Machado encarnaba algo que no se vuelve a fabricar con otra votación: la conciencia colectiva de haber sido derrotados muchas veces y de no querer serlo una más.

El veintiocho de julio de 2024 esa decisión emocional se trasladó a las urnas con Edmundo González como portador, después de que el régimen le bloqueara a Machado la inscripción y ella lo designara con la unanimidad de la Plataforma Unitaria. Edmundo ganó. Las actas lo prueban. El régimen lo desconoció. Edmundo salió al exilio el ocho de septiembre. Machado entró a la clandestinidad y solo salió, más de un año después, para recibir el Premio Nobel de la Paz en Oslo. Los venezolanos que votaron por Edmundo en aquel julio nunca dejaron de creer que estaban votando, en realidad, por Machado. Y los que apoyaron a Machado en 2023 nunca dejaron de creer que su mandato seguía intacto incluso cuando ella no aparecía en la papeleta.

Han pasado casi dos años desde aquel veintiocho de julio. Han ocurrido la captura de Maduro, el rodrigato de Delcy Rodríguez, el Plan Rubio, la amnistía, el cónclave de Panamá. Y en todo ese tiempo, en cada conversación de mi tía en Maracaibo, de mi vecino en Hialeah, de mi compadre en Doral, de mis lectores en Houston y en Boston que me escriben cada semana, hay una sola frase que se repite con variaciones: María Corina ya ganó.

No ganó la elección. No ganó la primaria. Ganó la jefatura emocional de un pueblo. Y a esa jefatura el archivo opositor venezolano no le puede pedir que se ponga a buscar más votos para confirmarla. Sería tratarla como si todavía estuviera disputando el liderazgo. La realidad real dice que ya no lo disputa. Lo administra.

Lo que sí tendría que hacer este momento

Otra cosa es lo que sí tendría que hacer este momento, y aquí es donde el Inciso quiere quedarse. La candidatura de Machado, confirmada en Panamá el sábado veintitrés de mayo, no necesita una primaria que la valide. Necesita, sí, una arquitectura institucional que la sostenga cuando finalmente haya elecciones. Esa arquitectura es lo que la Plataforma Unitaria está construyendo desde el dieciséis de marzo de 2025, cuando designó a Roberto Enríquez como su secretario ejecutivo pro tempore. Esa arquitectura es lo que el cónclave de Panamá empezó a formalizar.

Y sin embargo. Y sin embargo, hay tres cosas que el archivo me obliga a decir antes de cerrar el especial. Las digo aquí porque para eso son los Incisos, para decir lo que el reportaje no puede decir.

Primera: Edmundo González sigue siendo el presidente electo del veintiocho de julio de 2024. La candidatura de Machado para el ciclo que viene no anula ese mandato. Si la transición tutelada termina sin reconocer a Edmundo, lo que sea que venga después va a cargar con esa deuda. Una deuda que no se paga con una candidatura nueva. Se paga reconociendo, antes de cualquier otra cosa, lo que ya ocurrió.

Segunda: el Plan Rubio sin fechas de cierre por fase no es un plan. Es una hoja de ruta abierta. Y una hoja de ruta abierta, en el archivo opositor venezolano, ha terminado convirtiéndose siempre en lo mismo: una negociación que se eterniza, una transición que no transita, un calendario que se vuelve excusa. Le pido al lector que cuando vuelva a este Inciso dentro de seis meses, vea si las fechas aparecieron o no. Si no aparecieron, va a saber qué pensar.

Tercera: la lectura arqueológica del especial sostiene que hay una doble tutela. Yo añado, en este Inciso, que esa doble tutela no es eterna y no es destino. Es un momento. Mientras dura, lo que la oposición venezolana puede hacer es construir hacia adentro lo que el actor externo no le va a construir nunca: una arquitectura partidista, sindical, civil, generacional, que tenga vida propia más allá del Plan Rubio. Si los próximos meses la oposición venezolana se dedica solo a ser interlocutora de Washington, va a llegar al momento electoral con el músculo atrofiado. Si se dedica también a hacer otra cosa —reconstruir territorio, formar cuadros, sostener resistencia interna— va a llegar con algo más que la legitimidad ascendente que aquel veintidós de octubre le dio.

Lo último que el especial necesita decir

Quien haya llegado hasta aquí leyendo este especial pieza por pieza, sabe lo que estoy a punto de cerrar. Veintiocho años de archivo opositor venezolano. Cinco arranques sucesivos. Una unidad que nunca terminó de cuajar y que en mayo de 2026, en un piso del Hotel Megapolis de Ciudad de Panamá, se sentó por primera vez a una misma mesa con todos sus actores presentes o conectados desde el exilio.

Yo escribí este especial porque creía, y sigo creyendo, que la diáspora hispana de Estados Unidos —los hispanos venezolanos, sí, pero también los hispanos en general que han vivido transiciones políticas en sus propios países— merecen leer la historia de la oposición venezolana sin la prisa del titular y sin el ruido del bando. Sin propaganda de ningún lado. Con el cuidado de quien intenta dejar el archivo limpio para que alguien, dentro de un año o de diez, pueda leerlo y entender qué fue lo que ocurrió y qué fue lo que no ocurrió.

Lo que no ocurrió es lo más doloroso del archivo. Y lo más necesario de registrar.

Tampoco escribí este especial para anunciar resoluciones. Las preguntas siguen abiertas. Las dudas también. La pregunta de si esta vez sí, de si los meses que vienen producirán el cambio que veintiocho años de oposición venezolana no han logrado, no se contesta en un Inciso. Se va a contestar en la calle de Caracas, de Maracaibo, de Valencia, de Mérida, y también en la calle de Houston, de Miami, de Madrid, de Buenos Aires, donde la diáspora vota cuando puede votar y reza cuando no le dejan votar.

Yo solamente le pido al lector que cuide este archivo. Que no lo deje envejecer en el olvido. Que vuelva a él cuando dude. Que se lo mande a quien lo necesite. Que lo discuta con quien no piense igual. Que lo corrija donde tenga que corregirse.

Porque, al final de todo, lo que este especial intentó hacer es lo único que un periodismo de criterio puede ofrecer cuando la historia todavía no se ha cerrado: ordenar las piezas en el suelo, mirarlas con honestidad, y dejarlas ahí para que el lector las recoja a su manera.

La esperanza en política no crece en los árboles.
A.Y.M.
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Inciso

RCTV: lo que no migró

A diecinueve años del 27 de mayo de 2007, lo que no migró fue su lugar en la memoria. Un Inciso firmado de Alfredo Yánez Mondragón sobre lo que RCTV ha sostenido con pinzas y lo que le esperaría si las decisiones judiciales pendientes llegan a ejecutarse.

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El 27 de mayo de 2007, Venezuela asistió a la fiesta de despedida de RCTV.

El canal, cuya salida del aire había sido anunciada en cadena nacional por Hugo Chávez el 28 de diciembre de 2006, emitió esa noche una programación especialísima. A las 11:59 de la noche la pantalla se fue a negro durante segundos. Luego el himno nacional. Luego el logo del canal estatal que tomaba la frecuencia. Ese fue el final de la señal abierta.

Han pasado diecinueve años.

Hubo intentos por volver. La llegada a las cableras como canal internacional funcionó un par de años. Ya no estaba en señal abierta —concesión del espectro radioeléctrico cancelada— pero llegaba por otras vías. Hasta allá también llegó la mano del Estado. Presión a las cableras. El 24 de enero de 2010, Conatel ordenó retirar a RCTV Internacional de la programación por no transmitir los mensajes oficiales del gobierno. Desde entonces, ni cable ni señal abierta.

Vinieron las migraciones de talento y producciones. Algunas alianzas con Globovisión para transmitir El Observador en los días inmediatos al cierre. Más adelante, en 2011, una mudanza más estable con Televen para programas clave como ¿Quién Quiere Ser Millonario?, conducido por Eladio Lárez. Después, en 2015, RCTV Producciones volvió a la pantalla venezolana con Piel Salvaje, su primera ficción independiente desde el cierre, transmitida por Televen. Y en 2018, también por Televen, llegó Corazón Traicionado, escrita por Martín Hahn.

Pero al final no se pudo más con esa operación. Migraron a otras.

Lo que no migró —y este es el punto— es el manejo de la nostalgia y la esperanza. La presencia de RCTV en el imaginario, en la memoria colectiva, se mantiene si no intacta, al menos vigente. Con constantes enlaces entre el pasado que cubrió, el presente que podría cubrir y un futuro distinto, pero con espacio para que lo cubra.

RCTV, como muy pocas de las víctimas del deterioro consciente que el chavismo impulsa para Venezuela desde 1998, ha sabido sostenerse en esa memoria. La cuenta de Instagram del canal no ha dejado de decir presente. Lo hace con códigos propios de programación: los lunes, posts de humor en remembranza de Radio Rochela. Sketches en blanco y negro. Imágenes de Eduardo Serrano como chofer de autobús. Cayito Aponte, Nora Suárez, Juan Carlos Barry. El humor rochelero sigue, dice el canal cada semana, sin dramatismo y sin disimulo.

Mucho de su talento se presenta hoy en redes con la ficha de RCTV. La pertenencia no se borró cuando se apagaron las cámaras. El capital emocional del canal con la audiencia sigue vivo.

Lo que pueda venir en adelante sigue siendo incierto. Pero en el escenario en que las decisiones judiciales pendientes —en particular la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos del 22 de junio de 2015, todavía sin cumplimiento— pudieran ejecutarse, RCTV no llegaría desde cero.

Llegaría con una inmensa responsabilidad. Reconstruir desde la pantalla todo eso que ha venido sosteniendo con pinzas a lo largo de estos diecinueve años: la memoria, la promesa, la confianza de una audiencia que sigue ahí.

No es poca cosa.

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