Inciso
No hacía falta
Delcy Rodríguez no necesita caricatura. Su expediente la dibuja con una precisión que ninguna burla podría igualar
El sábado 18 de abril, miles de venezolanos marcharon en Madrid. No fue un acto político ordinario: fue una de esas jornadas que se instalan en la memoria de una causa, de esas que demuestran que el exilio no es derrota sino continuidad. María Corina Machado estuvo ahí. La multitud también. Y con ellos, algo que hacía tiempo no se veía con tanta nitidez: la posibilidad real de un futuro distinto.
Y entonces alguien gritó una consigna que aludía a la fisonomía de Delcy Rodríguez.
No voy a repetirla. No porque sea tabú nombrarla, sino porque ya tuvo demasiado aire. Y porque el problema no es la consigna en sí: es lo que revela sobre un instinto que todavía no hemos terminado de extirpar.
Delcy Rodríguez no necesita caricatura. Su expediente la dibuja con una precisión que ninguna burla podría igualar: vicepresidenta de un régimen que ha desterrado a millones, que ha torturado opositores, que ha desmantelado instituciones y convertido un país entero en rehén de su propia incompetencia y crueldad. Eso es lo que es. Eso es lo que hace. Eso es lo que la define.
¿Para qué, entonces, recurrir a su cara?
Quien lo hizo no añadió nada al argumento. Solo restó. Restó altura a una jornada que la tenía de sobra. Restó claridad a un mensaje que venía nítido. Y, sin quererlo, les dio a quienes buscan cualquier grieta para desacreditar al movimiento exactamente lo que necesitaban: un titular alternativo, una distracción, una mancha sobre un ajuar que está por estrenarse y que no admite manchas gratuitas.
MCM lo entendió y lo dijo con rapidez: ese tipo de señalamientos denigran y no representan. Bien. Pero más allá de la corrección política del momento, lo que esa consigna reveló es algo que merece una conversación más larga y más honesta.
Casi tres décadas de odio administrado desde el poder no solo destruyeron instituciones. Destruyeron también ciertos reflejos del civismo. Instalaron en el ADN colectivo —dentro y fuera de Venezuela— un impulso que confunde la revancha con la justicia, la burla con la crítica, el golpe bajo con la contundencia. No es culpa de quien lo padece. Es el daño que hace el odio cuando se ejerce durante suficiente tiempo: termina siendo, en parte, interiorizado por sus propias víctimas.
Por eso la consigna no sorprende. Por eso tampoco puede ignorarse.
Lo que está en juego en Venezuela no es solo un cambio de gobierno. Es una transición de naturaleza. Pasar de un modo de hacer política —basado en la humillación, el escarnio y la eliminación del adversario— a otro que todavía no tiene nombre del todo claro, pero que empieza por no parecerse al anterior ni en los métodos ni en el lenguaje.
Esa diferencia no se sostiene solo en los discursos grandes. Se sostiene también en los gritos pequeños. En lo que se permite y lo que no. En lo que se celebra y lo que se corrige. En la capacidad de decirle no al instinto fácil, incluso cuando ese instinto apunta hacia alguien que lo tiene merecido.
El agua se ha venido aclarando. Con lentitud, con tropiezos, pero se ha venido aclarando. Una consigna no la enturbia para siempre. Pero advierte: el instinto sigue ahí. Y los que se empeñan en buscar cualquier mancha —vestidos con la seda de la indignación moral— no van a descansar.
La mejor respuesta no es la disculpa. Es no darles el pretexto.
Madrid fue una demostración de fuerza que no necesitaba ese ruido. La causa venezolana tiene argumentos de sobra, tiene dolor de sobra, tiene razón de sobra. No necesita rebajar el lenguaje para describir a quienes ya se describieron solos con sus actos. No necesita jugar al gracioso en una fiesta que tiene todo para ser histórica.
No hacía falta.
Alfredo Yánez
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Se fue la luz donde se vendía la energía
El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.
El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.
Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.
Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.
La paradoja completa
Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.
Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.
La isla de luz
Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.
Eso no es recuperación. Es un enclave.
Lo que falta
La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?
No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.
La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.
Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.
Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.
Inciso
Pasos en alguna dirección
Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.
INCISO
Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.
En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.
Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.
Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.
Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.
Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.
La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.
Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.
Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.
Inciso
Palos de golf prestados en un país que paga cisternas
La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.
INCISO
Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.
El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.
Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.
No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.
El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.
Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.
Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.
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