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Inciso

Ruido con eco

Alguien echa a rodar un rumor. Alguien lo viste de noticia. Alguien más osado lo flanquea como dato confirmado.

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Swirling smoke forming the words 'Truth fades shadows speak silence lies the deepest lies' in a dark deserted room with scattered newspapers.

Un diario español publicó que los equipos de María Corina Machado y Marco Rubio habían comenzado reuniones formales en Chicago. Que se reunían en oficinas de la DEA. Que había tres mesas: Control, Finanzas y Acción Política y Social. Que Machado encabezaba una. Que Ismael García encabezaba otra. Que Carlos Blanco articulaba entre todas.

Durante unas horas, la historia corrió por el continente.

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La replicaron portales. La levantaron agregadores. Se viralizó en WhatsApp con capturas de pantalla. Se abrieron hilos. Se escribieron análisis. Alguien —un servidor incluido— llegó a leerla como un dato revelador del momento político venezolano.

Hasta que la Vocería Oficial de Machado y González publicó cinco palabras que descolocaron todo: «Este reporte es falso.»

El bulo como costumbre

Los venezolanos conocemos este patrón. Lo vivimos durante décadas.

Alguien echa a rodar un rumor. Alguien lo viste de noticia. Alguien más osado lo flanquea como dato confirmado. Y un ejército de propagadores —a conciencia o no— se encarga de esparcirlo hasta que la desmentida llega tarde y cansada, cuando ya nadie está mirando.

La técnica no es nueva. Es, de hecho, una de las pocas que ha sobrevivido a todos los cambios políticos del país en los últimos veinticinco años. La usó el chavismo originario. La usó la oposición en sus peores momentos. La usan hoy los actores que necesitan que algo parezca más avanzado, más concreto, más inminente de lo que realmente es.

El problema no es que existan rumores. El problema es que cada vez cuesta más distinguirlos.

La ansiedad como combustible

Hay una necesidad legítima de información. Después de meses de cambios acelerados —la captura de Maduro, la permanencia de Delcy Rodríguez, el levantamiento de sanciones, la gira europea de Machado, la reapertura de vuelos— cada dato nuevo parece encajar en un rompecabezas más grande.

Y hay, al mismo tiempo, una necesidad menos legítima: la de producir información. De ser el primero. De tener el dato que nadie tiene. De demostrar acceso a fuentes que nadie tiene. De confirmar lo que uno sospecha.

Cuando esas dos necesidades se juntan, el resultado es lo que ocurrió ayer. Un reportaje detallado, con nombres, con roles, con geografía, con una frase redonda que lo explica todo: las reuniones se celebran en oficinas de la DEA.

Lo que el bulo revela, y no es sobre Venezuela

Alguno, todavía hoy, cree que lo ocurrido el 3 de enero fue producto de un tropezón. Que alguien se golpeó con la esquina de la cama y, en lugar de mentar la madre, decidió buscar a Maduro.

Alguno, todavía hoy, cree que los Comanditos y el millón de personas movilizadas para garantizar las actas del 28 de julio de 2024 fueron obra de la improvisación. Que salió así, de casualidad. Que nadie planificó nada.

Y es precisamente por creer esa barbaridad que resulta posible darle crédito a unas supuestas reuniones en Chicago, convocadas en una oficina antidrogas, con actores diversos, sin agenda pública, sin coordinación visible, sin el sello del trabajo sostenido que ha caracterizado al nuevo liderazgo venezolano.

Los equipos para la transición están formados desde hace tiempo.

El plan para desarrollar el país tiene nombre: Venezuela Tierra de Gracia. Con ejes. Con plan de acción. Con actores identificados.

El modelo de aplicación está armado.

Las conversaciones directas con Washington no ocurren en una oficina regional de la DEA en Illinois. Ocurren en la sede de la Secretaría de Estado. Con agenda. Con acta. Con comunicado oficial al cierre.

Lo que hay, hay. Lo que no hay, no hay. Esa es la diferencia entre un proceso y un rumor.

Lo que sí vale la pena mirar

Mientras media América Latina replicaba ayer una reunión que no existía, ocurría otra cosa en paralelo que sí merecía espacio.

María Corina Machado mantiene una gira europea con resultados verificables. Reuniones con Macron, con Meloni, con Feijóo. Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid. Llave de Oro de la capital. Entrevistas en medios de referencia. Declaraciones de fondo sobre los 485 presos políticos, sobre las sanciones, sobre el calendario electoral, sobre la presencia de Hezbolá y regímenes afines en territorio venezolano.

Esa es la mesa móvil. La que sí existe.

La que ha venido ejecutando el plan en sus fases diplomática y política reales. Sin invento. Sin bulo. Sin necesidad de oficinas prestadas para parecer más serio.

Y sin embargo, la conversación pública ha estado dominada por la otra cosa. Por la anécdota. Por la que no existió.

La pregunta que queda

Se comprende la ansiedad. Se comprenden las ganas de saber más. Incluso pudieran comprenderse los deseos de convertir en tendencia un titular sabroso.

Lo que no termina de comprenderse, a estas alturas, es que tantos sigan sin saber distinguir el trigo de la paja.

La desinformación no es solo un problema de quien la produce. Es, sobre todo, un problema de quien la consume sin filtros. De quien comparte antes de verificar. De quien confunde velocidad con precisión, acceso con autoridad, titular llamativo con noticia.

Venezuela lleva demasiados años pagando el costo de esa confusión.

No lo va a resolver una desmentida en X con cinco palabras.

Lo resuelve, si acaso, un lector que aprende a preguntar —antes de creer, antes de compartir, antes de opinar—: ¿quién se beneficia si yo doy esto por cierto?

Esa pregunta es la única defensa real que tenemos.

Todo lo demás es ruido.

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Columna

El aplauso que no es amor, es factura

La antipolítica no es entusiasmo por el de afuera: es despecho con el de adentro. El inciso que abre el especial.

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Hay un malentendido cómodo en la manera en que se cuenta el ascenso de los outsiders. Se dice que la gente se enamoró del que venía de afuera. Que lo siguió por su carisma, por su discurso, por su promesa de barrer con todo. Y hay algo de eso. Pero la palabra está mal elegida. Lo que el votante siente cuando aplaude al recién llegado casi nunca es amor. Es despecho. Y el despecho, a diferencia del amor, siempre tiene una dirección: apunta a alguien.

Apunta al partido que prometió y no cumplió. Al dirigente que llegó hablando del pueblo y se fue hablando de sí mismo. A la estructura que pidió el voto cada cinco años y devolvió silencio los otros cuatro. El outsider no entra por la puerta que abre su propio mérito. Entra por la que dejaron abierta los que estaban adentro. Es, antes que nada, un hueco con forma de hombre.

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Por eso conviene leer el fenómeno al revés de como suele leerse. El que vota contra los partidos no está votando por una idea nueva: está pasando una factura vieja. Y la factura se acumuló durante años de representación que se volvió trámite, de militancia que se volvió nómina, de programa que se volvió eslogan. Cuando por fin aparece alguien que dice «yo no soy de ellos», el votante no examina demasiado qué es. Le basta con que no sea eso.

El problema empieza después. Porque la factura se cobra una sola vez, pero el país sigue ahí al día siguiente, con sus instituciones, sus equilibrios, su necesidad aburrida de que alguien gobierne. Y entonces el outsider tiene que decidir qué hace con el poder que le prestaron en un arranque de bronca. Algunos descubren que gobernar se parece sospechosamente a lo que hacían los que vinieron a reemplazar. Otros deciden que, ya que llegaron rompiendo, lo coherente es seguir rompiendo. Ninguno de los dos caminos es gratis.

Este especial no viene a celebrar la antipolítica ni a condenarla de entrada. Viene a tomarle la temperatura. A entender por qué un votante en Pensilvania, otro en la provincia de Buenos Aires y otro en Caracas llegaron, por rutas distintas, a la misma conclusión: que el sistema de partidos dejó de hablarles. Esa coincidencia no es casualidad ni contagio. Es síntoma. Y los síntomas no se curan gritándoles que se callen; se curan averiguando qué los produce.

Venezuela conoce esta historia mejor que casi nadie, y no desde ahora. Tuvo su antipolítico de la televisión antes de que la televisión fuera el medio natural de los antipolíticos. Tuvo su outsider que arrasó las encuestas y terminó devorada por otro outsider más hábil. Tuvo, sobre todo, al hombre que prometió barrer la partidocracia y se quedó veinticinco años. Quien quiera entender lo que se juega hoy, cuando vuelven a circular nombres que se presentan como ajenos al aparato, haría bien en mirar ese archivo antes de aplaudir o de descalificar.

Hay una pregunta que recorrerá todas las piezas que siguen, y conviene dejarla planteada desde la primera línea. No toda renovación es demolición, y no todo el que viene de afuera viene a destruir. Hay quien tiene ideas en función del país y simplemente no milita en ningún partido, y llamarlo «antipolítico» como insulto es una manera barata de defender lo indefendible. Pero también hay quien usa el lenguaje de la renovación para justificar que no quede nada en pie. Distinguir entre los dos no es un lujo intelectual. Es, probablemente, la tarea política más urgente de la década.

El aplauso, ya lo dijimos, no es amor. Es una factura. La pregunta es quién la cobra, a nombre de quién, y qué piensa hacer con lo que recaude.

Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS


FUENTES PRINCIPALES: Inciso de autor. Pieza de opinión firmada.

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Columna

Los que vuelven y los que miramos desde lejos

Ver volver a los que se fueron despierta una pregunta incómoda en la diáspora: ¿y nosotros? Una reflexión sobre el regreso, la distancia y la patria que ya no es la misma.

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Hoy volvió a Caracas una mujer que llevaba siete años sin pisarla. Dinorah Figuera, médica, dirigente, presidenta de una Asamblea que durante años sesionó por una pantalla, bajó de un avión y volvió a respirar el aire del país que tuvo que dejar a la fuerza. No la conozco en persona. Pero confieso que la noticia me removió algo que creía mejor guardado, y que sospecho no soy el único en sentir.

Porque los que estamos afuera tenemos una relación complicada con las noticias de los que vuelven. Nos alegran, de verdad. Cada exiliado que regresa sin que lo detengan es una pequeña victoria, una grieta en el muro que nos separó de casa. Y sin embargo, junto a la alegría, asoma una pregunta que casi nunca decimos en voz alta, porque da un poco de vergüenza y un poco de miedo: ¿y yo? ¿Y nosotros? ¿Cuándo, si es que alguna vez?

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Llevo años en Columbus. Aquí construí una vida, eché raíces, aprendí a querer un invierno que no entendía. Mis hijos crecen con un acento que no es el mío. Y aun así, cada vez que leo que alguien volvió, una parte de mí hace las cuentas imposibles: las de qué dejaría, las de qué encontraría, las de si el país al que querría volver todavía existe o se quedó congelado en la memoria del que se fue. Porque esa es la trampa de la distancia: uno no extraña el país real, extraña el país que dejó, y ese país ya no está. Cambió. Como cambiamos nosotros.

He aprendido a desconfiar de las dos tentaciones que acechan al que mira la patria desde lejos. La primera es el optimismo fácil: creer que porque vuelven algunos, ya se puede volver, que todo se arregló, que es cuestión de comprar el pasaje. No es así. Los mismos que regresan denuncian, a los pocos días, que los amenazan. El aparato que nos echó sigue ahí, agazapado. La apertura es real, pero es frágil, y confundirla con una garantía sería ingenuo y hasta peligroso.

La segunda tentación es la contraria: el cinismo del que decide, para no sufrir, que nada cambia nunca, que todo es teatro, que los que vuelven son ilusos o cómplices. También es mentira. Algo se movió. Que una Dinorah Figuera pueda pisar Caracas, después de siete años con una orden de captura encima, no es lo mismo que el año pasado. Negarlo por miedo a ilusionarse es otra forma de dejarse derrotar.

Vivo, como tantos, en la incómoda tierra de en medio. Ni el optimismo del pasaje comprado ni el cinismo del «nada cambia». La tierra del que mira con esperanza y con cautela a la vez, del que celebra cada regreso sin sentirse obligado a imitarlo, del que sabe que volver —o no volver— es una decisión tan íntima y tan cargada que nadie tiene derecho a juzgarla desde afuera. Cada quien sabe lo que dejó, lo que construyó, lo que puede arriesgar.

Y pienso, sobre todo, en algo que me cuesta admitir: que quedarse también es una forma de querer a Venezuela. Que el que manda remesas cada mes, el que cría hijos que hablan de su país aunque no lo conozcan del todo, el que sostiene desde lejos a los que se quedaron, también está haciendo patria. Que no todos los que aman a Venezuela tienen que volver, ni todos los que vuelven aman más. Hay mil maneras de pertenecer a un país, y la distancia no anula ninguna.

A las nueve de la noche en Columbus, cuando la casa se queda en silencio, a veces pienso en esa frase tan nuestra: «cuando esto se arregle, vuelvo». La he dicho. La hemos dicho todos. Y hoy, viendo volver a Dinorah Figuera, me pregunto si esa frase es una promesa o un consuelo. Quizás sea las dos cosas. Quizás esté bien que lo sea.

Lo que sé es que cada regreso me obliga a mirar de frente la pregunta que prefiero esquivar, y que mirarla —aunque no la responda— es más honesto que fingir que no existe. A los que volvieron, mi respeto y mi alegría. A los que seguimos mirando desde lejos, calculando lo incalculable, mi compañía. No estamos solos en esta espera rara, hecha de esperanza y de cautela. Y mientras tanto, desde aquí, seguimos haciendo lo único que sabemos: no soltar a Venezuela, vuelva uno o se quede. Que al final, eso también es una manera de no irse nunca del todo.

Por Alfredo Yánez Mondragón
Director de INCÍSOS

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Inciso

El arte de no cambiar de tema

Hay una destreza política que consiste en mover la conversación de renglón justo cuando aprietan las preguntas incómodas. Una reflexión sobre lo urgente y lo importante.

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El arte de no cambiar de tema

Hay una destreza que los políticos hábiles dominan y que rara vez se enseña en los manuales: el arte de cambiar de tema sin que se note. Consiste en abrir, justo cuando aprietan las preguntas incómodas, una conversación nueva, grande, noble, que absorba la atención de todos. No se niega lo que se preguntaba; simplemente se deja de hablar de ello, porque ahora hay algo más importante sobre la mesa. Y como lo nuevo suele ser, en efecto, importante, casi nadie advierte que se le acaba de mover el piso.

Lo pensé esta semana al leer que un dirigente —de credenciales discutidas, todo hay que decirlo— llevó ante una comisión del gobierno una propuesta de reforma constitucional. Bicameralidad, fin de la reelección indefinida, menos ministerios. Cosas serias, defendibles, que en otro momento aplaudiría sin reservas. Y sin embargo, una incomodidad me quedó rondando, de esas que uno tarda en nombrar.

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La incomodidad era de calendario, no de contenido. Porque mientras se nos invita a debatir la arquitectura del Estado que viene, siguen sin respuesta las preguntas del Estado que tenemos. ¿Bajo qué legalidad se firman los acuerdos que comprometen el patrimonio de las próximas generaciones? ¿Quién gobierna, en nombre de quién y con qué legitimidad? ¿Qué pasa con los que siguen presos? Son preguntas feas, concretas, que no se prestan a la solemnidad de un debate constitucional. Y precisamente por eso, son las que más conviene no responder.

He aprendido, con los años, a desconfiar de los cambios de tema que llegan en el momento justo. No porque las grandes reformas no importen —importan, y mucho—, sino porque el orden en que se abordan las cosas casi nunca es inocente. Hay una diferencia abismal entre una transición que primero aclara quién manda y bajo qué reglas, y luego se sienta a rediseñar la república, y otra que empieza por la república ideal para no tener que hablar de la república real. La primera construye sobre piso firme. La segunda construye sobre humo.

Lo mismo vale, y lo escribo a propósito en esta misma edición, para la manera en que se reparte lo que queda del Estado empresario. Da igual el discurso que lo envuelva: lo que define si una venta de activos públicos es reconstrucción o saqueo no es la palabra que se le ponga encima, sino si se hace a la luz —en subasta, con cuentas auditables, ante todos— o en la penumbra de un despacho, amparada en el secreto. La transparencia incomoda porque obliga a responder. La opacidad seduce porque permite cambiar de tema.

Soy, lo confieso, un optimista cansado. Cansado de ver cómo, una y otra vez, los venezolanos nos dejamos llevar hacia la conversación grande y noble mientras la pequeña y sucia se resuelve sin nosotros. Optimista porque creo que esta vez podemos no caer. Que podemos aplaudir el debate sobre la bicameralidad y, al mismo tiempo, no soltar la pregunta sobre la legalidad de lo que se firma hoy. Que se puede sostener más de una idea a la vez: lo importante y lo urgente, sin dejar que lo uno nos haga olvidar lo otro.

Porque al final, el arte de no cambiar de tema es también una forma de dignidad ciudadana. Es negarse a que nos administren la atención. Es decir, con calma pero con firmeza: hablemos de la Constitución que viene, sí, con gusto; pero primero, o al menos a la vez, hablemos de lo que está pasando ahora. No después. Ahora.

Que cada quien, con sus grandes proyectos y sus nobles reformas, sepa que del otro lado hay una ciudadanía que aprendió a no soltar la pregunta. Que tomó nota del orden. Y que, esta vez, no piensa cambiar de tema.

Por Alfredo Yánez Mondragón

Director de INCÍSOS

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