Inciso
El tribunal que no tuvimos
La justicia que llega de afuera prueba que el crimen existió. Solo la que se hace en casa prueba que terminó.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Las víctimas de la tortura en Venezuela tocaron todas las puertas: la CIDH, la ONU, la Corte Penal Internacional, un tribunal argentino, cortes civiles de Estados Unidos. Ninguna tenía al acusado. El primer tribunal penal que lo tiene está en Manhattan. Y el mismo viernes, Caracas empieza a escoger a quienes escogerán su nuevo TSJ.
El jueves 8 de octubre de 2026, un tribunal federal de Manhattan hizo pública una acusación que dice, sobre Nicolás Maduro, lo que miles de venezolanos llevan años contando: que autorizó la tortura contra personas concretas y supervisó un sistema para usarla. Descargas eléctricas, asfixia, violaciones, amenazas contra los hijos de los detenidos. Nueve casos detallados. Tres de las víctimas son estadounidenses. Las otras son nuestras.
Es la primera vez que un tribunal penal que tiene a Maduro bajo custodia lo acusa de torturar. Y ese tribunal no está en Caracas.
Las víctimas no esperaron
Sería injusto decir que hizo falta Nueva York para que alguien escuchara. Las víctimas y sus familias llevan años llamando a todas las puertas que encontraron.
Fueron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que pidió medidas cautelares para presos políticos una y otra vez, y que el 6 de octubre volvió a exigir la liberación de los militares presos. Fueron a la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU, que desde 2020 documentó crímenes de lesa humanidad y cuyo mandato acaba de renovarse hasta 2028. Fueron a la Corte Penal Internacional, que abrió en noviembre de 2021 una investigación sobre Venezuela, la primera en América Latina. Fueron a Argentina, donde un tribunal federal, con la jurisdicción universal, ordenó en septiembre de 2024 la captura de Maduro y de Diosdado Cabello. Y fueron a las cortes civiles de Estados Unidos, donde un tribunal concluyó que la muerte del concejal Fernando Albán fue un «asesinato por encargo», y donde los estadounidenses Osman Khan y Matthew Heath ganaron en mayo un fallo de 300 millones de dólares contra Maduro.
Detrás de cada una de esas instancias hubo madres con fotos, abogados sin cobrar, organizaciones como Foro Penal contando presos uno por uno, y víctimas que repitieron su historia ante desconocidos sabiendo que el acusado nunca iba a comparecer. Esa fue la tragedia de todos esos expedientes: tenían pruebas, tenían testigos, tenían razón. No tenían al acusado.
Por qué Nueva York sí
Lo que cambió el 3 de enero no fue la evidencia. Fue la custodia. La ley federal que usa la Fiscalía permite juzgar la tortura cometida en otro país si el acusado está en Estados Unidos. Maduro está en Brooklyn. Por eso los tres estadounidenses abren la puerta, pero detrás de ella caben los venezolanos: el general Raúl Baduel, muerto bajo custodia; el concejal Albán; Leopoldo López, según la descripción que hace AP de los casos.
No es poca cosa. Pero tampoco es lo que nos debíamos.
El tribunal que no tuvimos
El tribunal que no tuvimos tenía nombre: Tribunal Supremo de Justicia. Su Constitución le ordenaba «asegurar la integridad» de la Carta. En lugar de eso, firmó lo que el poder pedía. Esta misma semana, una exmagistrada de su Sala Político Administrativa, Bárbara César Siero, contó que firmó inhabilitaciones con su familia presa. Y el constitucionalista Ángel Alberto Bellorín repasó en estas páginas cómo llegó a esa Sala, y si cumplía el concurso que exige la ley y los quince años que pide el artículo 263.
Ese es el punto. Las víctimas tuvieron que ir afuera porque adentro el juez era parte del sistema. Cada puerta internacional que tocaron fue la confesión de que la de casa estaba cerrada.
El viernes 9 de octubre
Por eso la otra noticia de esta semana pesa tanto como la de Manhattan. Este viernes, a las 4:00 p. m., cierra la convocatoria para el comité que preseleccionará a los magistrados del nuevo TSJ. El jueves, ante Fedecámaras, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, dijo que «la justicia que existe en Venezuela no es buena para nadie». Es la primera vez que lo admite quien formó parte del gobierno que la diseñó.
Desde Columbus, como desde Madrid o Bogotá, muchos venezolanos siguieron la audiencia de Cilia Flores por internet. Es una escena extraña: ver hacer justicia en otro idioma, en otro país, con un juez que no conoce Caracas. Se entiende el alivio. Pero un país no puede tercerizar su justicia para siempre.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el próximo tribunal sea el nuestro faltan cuatro cosas. Que el comité publique quiénes aspiran, con qué baremo se les mide y por qué se descarta a cada uno. Que los nuevos magistrados cumplan el artículo 263 tal como está escrito. Que los casos de las víctimas venezolanas, documentados durante años ante la ONU, la CIDH y la Corte Penal Internacional, se abran también en Venezuela. Y que el Estado venezolano coopere con esas instancias en lugar de expulsarlas.
La justicia que llega de afuera prueba que el crimen existió. Solo la que se hace en casa prueba que terminó.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Reuters, AP, CNN y EFE, 8 de octubre de 2026; CIDH, 6 de octubre de 2026; Consejo de Derechos Humanos de la ONU, 7 de octubre de 2026; Corte Penal Internacional (situación Venezuela I, noviembre de 2021); El Diario, 23 de septiembre de 2024 (orden de captura en Argentina); El Estímulo, 8 de octubre de 2026 (Delcy Rodríguez ante Fedecámaras); Infobae y El Impulso (comité de postulaciones).
Alfredo Yánez
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La república de los rehenes
«Usaron a mi familia como rehén». Cuatro noticias de una misma semana muestran el método que sostuvo al chavismo, y lo que falta para desmontarlo.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Una magistrada que firma con su familia presa. Estadounidenses encarcelados para negociar. Militares juzgados por militares. Una Nobel que no puede aterrizar. En una sola semana, Venezuela mostró el método que la sostuvo durante años. Una transición no termina cuando se liberan los rehenes, sino cuando el sistema deja de necesitarlos.
«Usaron a mi familia como rehén». La frase es de Bárbara César Siero, que fue vicepresidenta de la Sala Político Administrativa del Tribunal Supremo de Justicia. La hizo pública el 6 de octubre de 2026 para explicar por qué firmó las inhabilitaciones de María Corina Machado y de otros dirigentes en diciembre de 2023: la contrainteligencia militar tenía detenidos a dos de sus hermanos y a su cuñada.
Rehén. Es una palabra que los venezolanos conocemos demasiado bien. La usamos para hablar de un preso político, de un familiar que no puede salir del país, de un pasaporte que no se renueva. Pero pocas veces se ve el mecanismo con tanta claridad como en estos días. Basta poner juntas cuatro noticias de una misma semana.
Cuatro rehenes
La magistrada. Según su relato, el 15 de diciembre de 2023 se llevaron a su familia y el 22 de diciembre ella firmó, con una asistente esperando en su despacho a que terminara. Un tribunal acaba de condenar a sus familiares. No hace falta absolverla para entender lo que describe: una firma conseguida con una vida ajena como garantía. Y, como recuerda Ángel Alberto Bellorín, esa Sala tenía la obligación constitucional de anular esas inhabilitaciones, no de confirmarlas.
Los estadounidenses. La Fiscalía de Nueva York prepara, según CNN, cargos contra Nicolás Maduro y Cilia Flores por la tortura de más de una docena de ciudadanos estadounidenses presos en Venezuela. Durante años, esos presos fueron fichas de intercambio: se encarcelaba para luego canjear.
Los militares. La CIDH acaba de exigir la liberación de 196 militares y policías presos por razones políticas, según Justicia, Encuentro y Perdón. Seis han muerto bajo custodia. Los juzgan tribunales militares y los custodian los mismos organismos de inteligencia que los arrestaron. Entre ellos, los hermanos de la magistrada.
La Nobel. María Corina Machado cumplió 59 años el 7 de octubre fuera de su país. Su equipo cuenta siete intentos fallidos de regreso. Washington niega haberla bloqueado; Países Bajos no explica por qué Curazao le negó el aterrizaje; Caracas dice que puede volver cuando quiera. Y ella sigue afuera.
El rehén no es un daño colateral
Lo que une las cuatro historias no es la crueldad, que la hubo. Es el método. El rehén no fue un exceso del sistema: fue una de sus herramientas de gobierno. Sirvió para conseguir firmas, para negociar con Washington, para disciplinar cuarteles y para mantener a raya a la oposición. Un sistema así no necesita convencer a nadie. Le basta con tener algo que el otro no puede perder.
Por eso conviene leer con cuidado las buenas noticias. Las excarcelaciones de los últimos meses son reales y cada una es una familia que respira. Pero mientras los militares sigan en tribunales militares, mientras la custodia siga en manos de la DGCIM y del Sebin, y mientras quien firmó bajo coacción no tenga a dónde denunciarlo dentro del país, el mecanismo sigue intacto. Se pueden soltar rehenes sin desmontar la fábrica.
También el calendario
Hay un rehén más, menos visible: el voto. La mesa de diálogo vuelve a reunirse a mediados de octubre. Ha acordado cosas importantes, como el comité para renovar el TSJ o el desbloqueo de portales. Pero la fecha de las elecciones no está en la agenda. Washington habla de un plan en tres fases donde el comercio va primero; su subsecretario de Comercio estuvo en Caracas el 7 de octubre. Mientras no haya fecha, los venezolanos, adentro y afuera, también esperan a que otros decidan por ellos.
Desde Columbus, como desde Madrid, Miami o Bogotá, cualquiera que tenga un familiar preso o una casa a la que no puede volver sabe de qué hablo. La diáspora también fue, a su manera, una forma de rehén: millones que no pueden votar, que no pueden regresar sin miedo, que mandan dinero para sostener a los que se quedaron.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que se acabe la república de los rehenes faltan cuatro cosas concretas. Que salgan los presos que el sistema todavía usa como fichas, empezando por los militares. Que sus causas pasen a tribunales ordinarios. Que el nuevo TSJ revise lo que se firmó bajo coacción. Y que haya una fecha para votar, porque sin calendario el país entero sigue esperando un permiso.
Una república no se mide por cuántos rehenes libera. Se mide por cuántos deja de necesitar.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Infobae y El Estímulo, 7 de octubre de 2026 (Bárbara César Siero); CNN, 7 de octubre de 2026 (cargos por tortura); CIDH, 6 de octubre de 2026; Infobae y EFE, 7 de octubre de 2026 (Machado y Rubio); Infobae, 26 de septiembre de 2026 (diálogo).
Inciso
Al amparo de Dios
«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.
«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.
Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.
El amparo que se cerró
El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.
En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.
El amparo que se quedó
Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.
Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.
El amparo de la fe
Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.
No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.
Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.
Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: .
Inciso
Al amparo de Dios
«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.
«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.
Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.
El amparo que se cerró
El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.
En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.
El amparo que se quedó
Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.
Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.
El amparo de la fe
Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.
No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.
Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.
Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.
Alfredo Yánez Mondragón
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