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La firma que faltaba

Hoy la duda tiene documento. Ningún diálogo previo había producido un compromiso firmado de renovación completa del TSJ. Esto no es entre ellos y nosotros: es entre lo que se firma y lo que se ejecuta.

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La firma que faltaba

Hoy la duda tiene documento. Ningún diálogo previo entre gobierno y oposición venezolana había producido un compromiso firmado de renovación completa del Tribunal Supremo. Esto no es entre ellos y nosotros. Es entre lo que se firma y lo que se ejecuta. Un Inciso de Alfredo Yánez Mondragón.

El primer día del proceso, cuando esto empezó a moverse, escribí en este medio sobre el beneficio de la duda. Sostuve entonces que la desconfianza acumulada en dieciocho procesos de diálogo fallidos no debía convertirse en un veto anticipado a cualquier intento nuevo. Que el escepticismo era razonable como reflejo, pero que como método no producía resultados. Y que si un proceso lograba producir hechos verificables, había que juzgarlo por esos hechos, no por los antecedentes de quienes lo firmaban.

Hoy, catorce días después, mantengo esa posición. Y quiero explicar por qué la mantengo con más convicción, no menos, ahora que sabemos qué firmaron Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera el 12 de agosto de 2026 en Caracas.

Empiezo por lo que no es este texto. No es una celebración del acuerdo. Los acuerdos no se celebran hasta que se cumplen. No es una defensa de Jorge Rodríguez ni una idealización de Dinorah Figuera. No es un llamado a la fe ni a la paciencia infinita. Y no es, sobre todo, un texto contra las voces críticas que hoy están señalando lo que faltó, lo que sobró y lo que nadie fechó en el documento firmado. Esas voces tienen razón en lo que reclaman. La cobertura editorial de este medio, publicada hoy en pieza separada, documenta con precisión cada una de esas críticas y les da el peso que merecen.

Este texto es sobre por qué, precisamente por respeto a esas críticas, el marco general con el que leemos este momento importa.

Contra la falsa polaridad

Hay una tentación intelectual que atraviesa la conversación pública venezolana de las últimas horas y que conviene nombrar sin adornos. La tentación de leer este acuerdo, y por extensión todo el proceso, como una división entre dos bandos: los que respaldan y los que critican, los que ceden y los que resisten, los que dialogan y los que denuncian. Ellos y nosotros. Ingenuos y lúcidos. Vendidos y firmes.

Esa lectura es falsa. Y es peligrosa. Es falsa porque no describe la realidad de las posiciones que se están tomando; es peligrosa porque nos incapacita para entender lo que efectivamente está pasando.

Juan Pablo Guanipa, primer vicepresidente de la Asamblea Nacional electa en 2015, dirigente histórico de Primero Justicia, preso político hasta hace un año, respalda el acuerdo. Y en el mismo pronunciamiento en el que lo respalda, sostiene que el TSJ actual ha sido «el ministerio de asuntos jurídicos de la dictadura», y exige que los nuevos magistrados sean «independientes, competentes y comprometidos con la Constitución». No hay contradicción en su posición. Hay una lectura técnica que reconoce el paso dado sin renunciar a la exigencia sobre cómo se ejecuta.

María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, líder principal de las fuerzas democráticas venezolanas, no participa del proceso, ha planteado condiciones estrictas para respaldarlo, y ha declarado con toda claridad que no se convertirá en obstáculo para iniciativas que produzcan avances verificables. No hay contradicción en su posición tampoco. Hay una distinción entre no ser parte del diálogo y no bloquear sus posibles resultados.

Ángel Alberto Bellorín, coronel, abogado constitucionalista, ha señalado durante años que ningún nombramiento de magistrados del TSJ es válido sin reforma previa de la Ley Orgánica que rige el proceso de selección. Su exigencia técnica lleva más de una década sin ser atendida por ninguna administración. El acuerdo del 12 de agosto pone la reforma de la ley en el primer lugar, antes del nombramiento. No es coincidencia. Es respuesta a una doctrina jurídica independiente que finalmente encontró eco en un documento firmado.

Y José Rafael González Martínez, ingeniero civil, ciudadano común, publica en su cuenta de X que «para decir esas dos pendejadas se necesitaron días de arduas y sesudas discusiones» y concluye «estamos jodíos». Su frustración es legítima. Representa a un sector amplio y sostenible de venezolanos que han visto tantos anuncios sin resultados que ya no distinguen entre uno más y algo genuinamente nuevo.

Las cuatro voces coexisten. No se cancelan entre sí. Están describiendo aspectos distintos de un mismo hecho. Y quien pretenda que hay que elegir entre respaldar a Guanipa y respaldar a Machado, entre creer a Bellorín y entender a González Martínez, no está leyendo el momento con la seriedad que exige.

Lo que efectivamente está en el documento

Voy a decir lo que rara vez se dice, porque hay que decirlo con precisión editorial: en ningún proceso de diálogo previo entre gobierno y oposición venezolana durante los últimos veinte años se había firmado un compromiso escrito para renovar completamente el Tribunal Supremo de Justicia. En ninguno. Ni el Vaticano en 2016, ni República Dominicana en 2018, ni Noruega en 2019, ni Barbados en 2023.

El acuerdo firmado el 12 de agosto establece cuatro puntos concretos sobre justicia. El primero es reformar la Ley Orgánica del TSJ. El segundo es renovar el Comité de Postulaciones. El tercero es activar un nuevo proceso para designar a todos los magistrados. El cuarto es conformar un consejo de revisión de credenciales. En ese orden.

El orden no es adorno. Es la única secuencia técnicamente correcta según la doctrina constitucional independiente venezolana. Y es exactamente lo que Bellorín ha reclamado durante quince años sin haber sido escuchado hasta ahora.

Además, y esto también hay que decirlo, la mesa técnica número 2 del proceso está denominada «Fortalecimiento de la Democracia, Poder Judicial y Poder Electoral». El TSJ y el CNE están explícitamente en la denominación firmada. No en el discurso: en el papel. Con firma de dos delegaciones. Con una tercera pata que hay que nombrar sin eufemismos: el Departamento de Estado de Estados Unidos, cuya facilitación operativa a cargo de Michael Kozak y John Barrett ha sido la diferencia entre este proceso y los diecisiete anteriores.

Ninguno de los procesos previos tuvo esa tercera pata operativa con el peso que hoy tiene. El diálogo de Barbados en 2023 tuvo respaldo internacional, pero no tuvo un actor estadounidense operando activamente en la mesa. El de Noruega en 2019 tuvo facilitación europea, pero sin capacidad de generar presión estructural. La diferencia entre este momento y los anteriores no es solo lo que se firma; es también quién sostiene el proceso desde afuera para que no se descarrile en las primeras semanas.

Contra la ingenuidad y contra el cinismo

Hay dos posiciones equivalentemente ingenuas en la conversación pública actual. La primera es asumir que el acuerdo se cumplirá porque está firmado. La segunda es asumir que el acuerdo no se cumplirá porque nada previo se ha cumplido.

Las dos son perezosas. Las dos evitan el trabajo intelectual de leer lo que efectivamente cambió y lo que efectivamente no cambió.

Lo que cambió es que por primera vez hay un compromiso firmado con contenido técnico correcto sobre la renovación completa del tribunal máximo, y hay una facilitación externa con capacidad de sostener el proceso. Lo que no cambió es que las mismas partes que firman hoy son las que en el pasado firmaron otros documentos que no se ejecutaron, y que la ausencia de fechas concretas en el documento actual es una debilidad estructural real que la cobertura crítica de este medio documentó con precisión.

La lectura editorial responsable no es elegir entre las dos observaciones. Es sostener ambas simultáneamente. Reconocer que este acuerdo es sustantivamente distinto a los anteriores en lo que compromete. Y exigir sin descanso, en las próximas semanas, que se cumplan las condiciones que hacen la diferencia entre acuerdo firmado y proceso ejecutado.

Ese es el trabajo del periodismo serio en este momento. Y es el trabajo que este medio va a hacer, con seguimiento sistemático de cada uno de los puntos comprometidos, con cobertura documentada de cada retraso o cumplimiento, con voces independientes que verifiquen técnicamente los pasos que se den, y con la memoria activa del especial Verificable que registra cada decisión con su fecha y su fuente primaria.

Sobre los presos políticos, que no aparecen

Hay que decir con toda claridad una cosa que puede parecer contradictoria con lo anterior: el hecho de que los presos políticos no aparezcan en el acuerdo firmado es una ausencia grave. No es un detalle secundario. No es un tema que pueda posponerse indefinidamente a la espera de que otras cosas avancen. Hay 382 personas privadas de libertad por motivos políticos según Foro Penal, hay 49 muertes documentadas de presos comunes entre abril y julio según el Observatorio Venezolano de Prisiones, y hay familias enteras que llevan años esperando información básica sobre el estado de sus detenidos.

La ausencia de este tema en la mesa técnica actual no puede convertirse en normalización. Cada semana que pasa sin que aparezca en el proceso es una semana en la que 382 vidas están dependiendo de decisiones que no se están tomando. Y ese hecho, que documenta hoy en cobertura separada este medio, debe seguir presente en cada análisis del proceso hasta que se resuelva.

El beneficio de la duda que defiendo sobre el marco general del diálogo no se extiende a la ausencia de presos políticos en la agenda. Ahí no hay duda que dar. Hay urgencia que exigir.

El costo de leer mal este momento

Termino con lo que más me preocupa como observador del ecosistema informativo venezolano. Si la conversación pública se polariza entre «los que respaldan el diálogo» y «los que lo denuncian», perdemos la capacidad de hacer lo único que puede efectivamente empujar el proceso hacia resultados: sostener presión pública informada sobre cada punto pendiente.

El diálogo no se cae porque los críticos critiquen. Se cae porque los que firmaron dejan de sentir costo político por incumplir. Y el costo político por incumplir solo se sostiene si la sociedad venezolana se mantiene atenta a lo que se firma, exigente sobre lo que se ejecuta, y unificada en la demanda de resultados verificables independientemente de qué actor específico está en cada momento en la mesa.

Machado tiene razón en las condiciones que plantea. Guanipa tiene razón en los criterios que exige. Bellorín tiene razón en la secuencia técnica que reclama. González Martínez tiene razón en la frustración que expresa. Y el acuerdo firmado el 12 de agosto tiene razón en el orden en que colocó las cosas.

Las razones no se cancelan entre sí. Se acumulan. Y la responsabilidad del periodismo, y de cada ciudadano venezolano informado, es preservar todas esas razones simultáneamente para que ninguna se pierda en el ruido de las próximas semanas.

Ese es el beneficio de la duda que defiendo. No es fe. Es método. Y es probablemente la única forma en que un proceso que ninguno de nosotros diseñó, y sobre el cual ninguno de nosotros tiene control completo, pueda efectivamente terminar produciendo lo que llevamos veinte años esperando.

Hoy hay una firma que faltaba. Falta muchísimo más. Y lo que falta se consigue exigiéndolo, no denunciando por anticipado que no llegará.

Vinculación

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista venezolano con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de más de veinte libros publicados en Amazon.

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Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

INCISO

Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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Lo que se abre a cuentagotas puede cerrarse de golpe

Efectividad fáctica sin efectividad jurídica: la transición venezolana avanza en gestos que pueden revertirse con la misma facilidad con que se concedieron.

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Foto editorial de un router o de una pantalla con un mensaje genérico de error de conexión.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Los desbloqueos avanzan al ritmo de las excarcelaciones: uno a uno, sin norma que los sostenga. Lo que se concede por decisión administrativa se retira por la misma vía.

Hay una forma de hacer política que consiste en conceder sin comprometerse. Se abre una puerta, se anuncia que se abrió y se deja la llave del lado de adentro. Lo que se vio en Caracas entre el 17 y el 25 de septiembre de 2026 se parece mucho a eso.

El 16 de septiembre empezaron a desbloquearse portales de noticias. VE sin Filtro contó 18 dominios. Nueve días después, el Ministerio de Comunicación anunció otro levantamiento y, horas más tarde, cambió en su propio comunicado la palabra «desbloqueo» por la expresión «medidas administrativas». Esa noche se abrieron 66 dominios más, pero no en todos los proveedores, y al mediodía del sábado 26 seguían cerrados 149. No hay lista oficial de lo que se abrió, no hay explicación de por qué se cerró y no hay norma que impida volver a cerrarlo en cualquier momento con una llamada al proveedor. Que se hayan podido abrir tantos en una noche solo confirma que cerrarlos también toma una noche. Lo que se concedió tiene efectividad fáctica. No tiene efectividad jurídica. Y lo que existe solo de hecho se deshace de hecho.

Con los presos políticos ha ocurrido lo mismo, con un costo humano infinitamente mayor. El 14 de agosto se anunciaron 131 excarcelaciones; tres días después, las organizaciones solo habían podido verificar 81. Salen de a uno, de a pocos, cuando conviene, y casi siempre como excarcelaciones y no como libertades plenas: la causa sigue abierta, la obligación de presentarse ante el tribunal también, y el expediente queda en una gaveta que alguien puede volver a abrir. La jefa de la delegación opositora reconoció el 19 de septiembre, ante las familias, que el tema ni siquiera figura en la agenda formal de la mesa. El acta del 25 no lo menciona. Un día después salieron decenas de detenidos, sin lista oficial, sin comunicado y con cifras que no coinciden entre las organizaciones que las cuentan; la Plataforma Unitaria contabilizó 33 presos políticos liberados desde el 21 de agosto y más de 420 que siguen tras las rejas.

Los desbloqueos van al ritmo de las liberaciones. A cuentagotas. Y el cuentagotas no es un defecto del proceso: es el método. Quien administra el goteo administra también la sed.

El tiempo cuenta la misma historia. La mesa se instaló el 1 de agosto. El segundo ciclo debía empezar el 15 de septiembre y empezó el 17; debía terminar el 23 y terminó el 25, sin que nadie explicara la prórroga. De ese ciclo salieron siete nombres para un consejo que revisará credenciales y la promesa de designar, «en la próxima sesión ordinaria», una comisión preliminar que abre el proceso para renovar el TSJ. Esa sesión no tiene fecha. El tercer ciclo tampoco: será en octubre, dijo Jorge Rodríguez. El CNE, que es lo que al final importa para que los venezolanos vuelvan a decidir, quedó otra vez fuera del acta. El mismo día del cierre, cinco fuentes consultadas por Reuters situaron las elecciones no antes de finales de 2027.

Nadie sensato espera que una institucionalidad demolida durante más de dos décadas se reconstruya en dos ciclos de conversación. La lentitud, por sí sola, no es una acusación. Lo que inquieta es otra cosa: que cada avance llegue en un formato reversible. Un comunicado se puede corregir, una medida administrativa se puede reponer y una excarcelación se puede revocar. Una ley no. Una sentencia firme tampoco. Un cronograma publicado, con fechas y responsables, ya es otra cosa.

Esa es la vara que propongo para leer lo que viene. No cuántos portales se abrieron ni cuántas personas salieron en cada anuncio, sino cuántas de esas decisiones quedaron escritas en una norma que obligue a quien las tomó. Mientras la respuesta siga siendo ninguna, todo lo que se abre a cuentagotas podrá cerrarse de golpe. Y los venezolanos, adentro y afuera, ya aprendieron cuánto duele eso.


Fuentes principales: VE sin Filtro, reportes del 25 y el 26 de septiembre de 2026; Plataforma Unitaria vía EFE, 26 de septiembre de 2026; Comunicado del Ministerio de Comunicación e Información, 25 de septiembre de 2026; Espacio Público vía La Patilla, 28 de agosto de 2026; Comunicado conjunto de las delegaciones, 25 de septiembre de 2026; Reuters, 25 de septiembre de 2026.

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Nos vemos allá

El obstáculo nunca la detuvo. Tampoco va a detenerla este

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El obstáculo nunca la detuvo. Tampoco va a detenerla este.

Por Alfredo Yánez Mondragón

Durante todo 2024, camino a la elección del 28 de julio, María Corina Machado construyó una épica que ningún adversario supo desmontar. No podía volar en aviones comerciales. No podía subir al ferry. Los hoteles donde iba a alojarse amanecían cerrados o multados. Hasta un local de carretera que la recibió terminó con el Seniat encima. Y llegó igual: a caballo, en curiara, en moto, a pie. Cada prohibición se convirtió en una imagen, y cada imagen en un argumento. Le creyeron cerrar las carreteras y lo que hicieron fue regalarle el relato.

Su salida clandestina del país en diciembre de 2025 para recibir el Nobel en Oslo fue la misma escuela, en su versión más fina: método, paciencia, filigrana. Cuando después se supo cómo se hizo, quedó claro que no había sido audacia improvisada sino ingeniería. Eso abrió una gira internacional cuyo alcance todavía no sabemos medir, porque el poder sigue sin estar en sus manos.

Ahora falta el capítulo del regreso. Y hay que decirlo sin adornos: se atascó. Siete intentos documentados desde finales de junio, tres de ellos en menos de 24 horas. Un barco que no zarpó por una falla mecánica. Dos vuelos que no despegaron porque no hubo permiso de aterrizaje en las islas. Nada de eso lleva la firma de nadie. No hay decreto, no hay orden, no hay funcionario que ponga la cara. Hay motores que fallan y permisos que no llegan. Sería cómodo culpar al gobierno panameño, que le dio documento de viaje, o a las autoridades de Aruba y Curazao, que administran su propio espacio aéreo. Alguien no quiere que llegue. Pero esa constatación no es todavía una respuesta.

Quien haya seguido esta historia sabe que aquí no termina nada. Al contrario: es exactamente el punto donde ella suele empezar.

Porque el tamaño de la piedra nunca le sirvió para explicar una ausencia. Le sirvió para explicar por qué había llegado de todos modos. Los obstáculos no fueron el final de sus trayectos: fueron el material con el que los construyó. Nadie recuerda el aeropuerto que le negaron; todos recuerdan la curiara.

Por eso el episodio de estos días no es el cierre de la épica. Es la antesala del capítulo que falta, y probablemente el que más va a pesar. Ella misma lo dijo al Wall Street Journal: ya no puede conducir un proceso desde fuera; su lugar en el tablero está dentro de Venezuela. Tiene razón. Y cuando eso ocurra, no será una foto más: será la prueba de que el poder para impedirlo era menos sólido de lo que aparentaba.

Conviene además recordar qué está en juego, para que la conversación no se quede en los vuelos. Venezuela sigue con la luz que se va, el agua que no llega, el servicio que no existe, la vialidad rota y la inseguridad intacta. Quien la espera no la espera por el gesto. La espera para que haya fecha, para que haya con quién votar, para que su regreso signifique que también pueden volver los millones que se fueron. Esa equivalencia es la más poderosa que ella tiene: su retorno como ensayo del retorno de todos.

Ese es el mensaje que el bloqueo no puede tocar. Se pueden negar permisos de aterrizaje; no se puede negar lo que representa una mujer que vuelve a su país después de que le dijeron que no podía.

Cuando aparezca —y va a aparecer—, no será un desafío a nadie. No será una piedra en el zapato de ninguna ruta ni la ruptura de ningún acuerdo. Será, sencillamente, la ratificación de lo único que la sostiene: que es capaz de estar donde dijo que iba a estar.

Le toca otra vez, con un obstáculo que ahora tiene forma de mar, de espacio aéreo, de motor averiado y de permiso negado. Ha vencido obstáculos peores, y con menos a favor.

Así que esta no es una columna sobre un regreso bloqueado. Es una columna sobre un regreso pendiente.

Allá nos vemos.

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