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Inciso

La universidad que se negó a olvidar

Mientras las cúpulas negocian la transición desde arriba, un grupo de estudiantes recordó que hay decisiones que la calle todavía se reserva. La memoria como frontera.

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La universidad que se negó a olvidar

La universidad que se negó a olvidar

Hay gestos pequeños que dicen más que un comunicado de gobierno. El lunes 22 de junio, en la Universidad Central de Venezuela, un grupo de estudiantes impidió que el diputado Nicolás Maduro Guerra ofreciera una conferencia sobre «la vida y obra» de su padre. No hubo violencia ni necesidad de ella. Bastaron unas pancartas, unas consignas y la decisión de no permitir que ese acto ocurriera. El hijo de Maduro no se presentó. La conferencia nunca empezó.

Conviene detenerse en lo que realmente pasó, porque es más hondo de lo que el episodio sugiere. No se trató de impedir que alguien hablara. Se trató de impedir que se reescribiera la historia.

El acto tenía un propósito transparente: presentar la gestión de Nicolás Maduro como un legado, exaltar su «obra», construir un relato amable de casi tres décadas de poder. Y lo iba a hacer en el lugar menos dispuesto a creerlo: una universidad asfixiada durante años, con aulas vaciadas por la emigración, profesores empujados a renunciar por sueldos miserables, estudiantes que vivieron la persecución en carne propia. Pedirle a esa universidad que aplaudiera el legado de quien contribuyó a vaciarla era pedirle que negara su propia experiencia.

Los estudiantes lo dijeron con una claridad que ningún editorial mejora. «La UCV no olvida.» «La UCV tiene memoria.» «¿Cuáles son los logros de tu padre? ¿Asfixiar a la universidad?» No eran consignas de partido. Eran un inventario. La memoria de las aulas vacías. La memoria de los profesores que se fueron. La memoria de los detenidos y los perseguidos. Frente al relato que llegaba a maquillar, ellos respondieron con la lista de lo que de verdad ocurrió.

Vale la pena situar este gesto en el momento que vive Venezuela. La transición avanza, pero avanza desde arriba. Washington administra su tutela, reconoce legitimidades cruzadas, negocia cronogramas. El chavismo reformula su discurso y admite, en voz de su presidenta encargada, el giro que durante años negó. Las cúpulas conversan, calculan, reparten. En ese tablero de despachos y comunicados, la sociedad parece reducida a espectadora de lo que otros deciden por ella.

Y entonces, un lunes cualquiera, un grupo de estudiantes recuerda que no todo se decide arriba. Que hay una frontera que las negociaciones no pueden cruzar sin permiso: la del relato sobre lo que pasó. Se podrá negociar el poder, los plazos, las cuotas. Pero la memoria de quienes sufrieron no está sobre la mesa. No se rehabilita a un responsable de la ruina con una conferencia en el aula de sus víctimas, por más diputado que sea el ponente y por más apellido que cargue.

Hay quien dirá que es un gesto menor, simbólico, sin consecuencias sobre el rumbo real de la transición. Tal vez. Pero los símbolos importan precisamente cuando todo lo demás parece decidido. En un proceso donde la gente común tiene poco que decir sobre las grandes piezas, decidir qué historia se acepta y cuál se rechaza es una forma de soberanía que nadie le ha podido quitar. Los estudiantes de la UCV ejercieron esa soberanía. Dijeron: esta historia, no.

Me detengo en un detalle que no es menor. Lo hicieron en una universidad herida, no en una desde la abundancia. Quien defiende la memoria desde la precariedad la defiende de verdad, porque no le sale gratis. Esa universidad pobre, vaciada, golpeada, tuvo algo que muchos con más recursos han perdido: la dignidad de no aplaudir a quien los dañó.

La transición venezolana se escribirá, en sus grandes líneas, en los despachos de Caracas y de Washington. Pero hay una parte que no se escribe ahí. La que decide si Maduro será recordado como un estadista con «obra» o como lo que su propio país vivió. Esa parte se escribe en otro lado: en la calle, en el aula, en la negativa de un grupo de jóvenes a dejar que les cuenten una historia que ellos saben falsa.

El 22 de junio, la UCV no impidió una conferencia. Defendió el derecho de un país a recordar lo que le pasó. Y mientras haya quien defienda ese derecho, ninguna transición tutelada podrá decretar el olvido.

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Alfredo Yánez

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Inciso

Se fue la luz donde se vendía la energía

El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.

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Calle de Caracas durante un apagón, imagen editorial.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.

El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.

Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.

Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.

La paradoja completa

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.

Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.

La isla de luz

Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.

Eso no es recuperación. Es un enclave.

Lo que falta

La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?

No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.

La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.

Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.


Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.

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Inciso

Pasos en alguna dirección

Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.

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Weathered signpost marking two diverging country roads at sunset

INCISO

Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.

En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.

Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.

Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.

Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.

Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.

La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.

Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.

Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.

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Inciso

Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

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Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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