Política
El Acuerdo de Panamá es la hoja de ruta que todos invocan
El Acuerdo de Panamá, surgido del cónclave opositor de mayo, se ha vuelto la referencia que todos los actores invocan. Qué contiene y por qué importa ahora.
Figuera lo menciona, Ledezma lo defiende, Machado lo encabeza. El Acuerdo de Panamá se ha convertido en la referencia que todos los actores opositores invocan. Conviene entender qué es y por qué pesa tanto en el momento actual.
§ Las seis preguntas
| Qué | El acuerdo de coordinación opositora surgido del cónclave de Panamá. |
| Quién | La Plataforma Unitaria, María Corina Machado y los partidos opositores. |
| Cuándo | Acordado en el cónclave del 22 al 25 de mayo de 2026. |
| Dónde | En Ciudad de Panamá. |
| Por qué | Busca dar a la oposición una hoja de ruta y un mando comunes. |
| Cómo | Mediante un documento de estrategia y una secretaría pro tempore. |
# El Acuerdo de Panamá es la hoja de ruta que todos invocan
En las tres conversaciones que ordenan esta edición —el reportaje sobre la mesa por el CNE, la entrevista a Antonio Ledezma y el análisis de José Vicente Carrasquero— reaparece un mismo nombre: Panamá. Figuera lo menciona como cauce posible para una candidatura; Ledezma lo defiende como la estrategia que debe prevalecer; Machado lo encabeza. Conviene, por eso, detenerse en qué es el Acuerdo de Panamá y por qué se ha vuelto la referencia obligada del momento.
Qué fue el cónclave
El origen está en un cónclave opositor celebrado en Ciudad de Panamá entre el 22 y el 25 de mayo de 2026. Allí se reunieron representantes de la Plataforma Unitaria Democrática y de los principales partidos y dirigentes del campo opositor, dentro y fuera del país, para intentar algo que a la oposición venezolana le ha costado históricamente: acordar una estrategia común y un mando reconocido para la etapa de la transición.
Del encuentro salió un documento de coordinación —al que distintos actores llaman Acuerdo o Manifiesto de Panamá— y una estructura organizativa, con una secretaría ejecutiva pro tempore que recayó en el dirigente Roberto Enríquez. La idea de fondo era dotar a la oposición de una hoja de ruta compartida en un momento decisivo, para no llegar fragmentada a la negociación de la transición.
Qué contiene
El núcleo del acuerdo, según lo han descrito sus protagonistas, es un respaldo a María Corina Machado como conductora del proceso opositor hacia un desenlace democrático, y un conjunto de principios sobre cómo debe ser esa transición: con garantías, sin impunidad para los responsables de violaciones de derechos humanos, y con vocación de unidad nacional. Ledezma lo resumió en esta edición al defender una convocatoria «amplia y abarcante», pero con un límite moral: que no quepan torturadores ni violadores de derechos humanos.
El acuerdo no cierra la puerta a otras candidaturas. La propia Machado planteó en Panamá una fórmula que se ha citado con frecuencia: que ella sería candidata, pero que podrían existir otras. Esa ambigüedad calculada —un liderazgo reconocido que no excluye alternativas— es parte de lo que ha permitido que el acuerdo funcione como paraguas amplio en lugar de imposición.
Por qué pesa ahora
La relevancia del Acuerdo de Panamá se entiende mejor a la luz del momento. Con la mesa por el CNE en marcha y la transición avanzando, la oposición necesita un mecanismo para hablar con una sola voz y para decidir quién y cómo capitaliza el escenario electoral que se está construyendo. Panamá es, al menos en el papel, ese mecanismo.
De ahí que Figuera lo invocara al regresar: cuando aludió a que «si el Acuerdo de Panamá es una instancia para que alguna candidatura asuma una responsabilidad histórica, que se haga», estaba señalando precisamente el cauce por el que lo institucional —su mesa con Rodríguez— podría conectarse con lo político —la candidatura opositora—. En esa articulación, Panamá es la pieza que une las dos puntas.
Los desafíos pendientes
Conviene, sin embargo, no idealizar. Un acuerdo firmado no es lo mismo que una unidad consolidada, y la oposición venezolana conoce bien la distancia entre ambos. La historia reciente está llena de pactos que lucían sólidos en el papel y se diluyeron en la práctica, erosionados por desconfianzas, cálculos individuales y diferencias de estrategia. Que Panamá sostenga la cohesión cuando lleguen las decisiones difíciles está aún por verse.
El propio reacomodo de estas semanas —con regresos de dirigentes que, como han notado los analistas, a veces se producen por cálculo individual más que coordinado— pone a prueba la disciplina del acuerdo. La pregunta abierta es si Panamá será un marco que de verdad ordene la acción opositora, o un documento que cada quien invoca a su manera mientras actúa por su cuenta.
La lectura de fondo
El Acuerdo de Panamá es, hoy, la principal referencia de coordinación de la oposición venezolana, y el hecho de que todos los actores lo invoquen —desde Figuera hasta Ledezma— habla de su peso simbólico. Como hoja de ruta, ofrece lo que más ha faltado: un respaldo común a un liderazgo y unos principios compartidos sobre la transición.
Su valor real, sin embargo, se medirá en los hechos: en si logra sostener la unidad cuando las decisiones aprieten, y en si consigue articular lo institucional y lo político sin romperse. Para el venezolano que sigue el proceso, entender qué es Panamá es entender el marco en el que se mueven casi todas las piezas de esta transición. Conviene, por eso, seguir de cerca si el acuerdo se mantiene firme o si, como tantas veces, la unidad anunciada se desdibuja en el camino.
Esta nota tiene carácter informativo y de análisis.
Fuentes principales: Cobertura del cónclave opositor de Panamá (22 al 25 de mayo de 2026); declaraciones de Dinorah Figuera (18 de junio de 2026) y de Antonio Ledezma a INCÍSOS; planteamientos de María Corina Machado sobre las candidaturas.
Alfredo Yánez
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Diciembre es la fecha que marcará el ritmo de la transición
La mesa Rodríguez-Figuera se puso un plazo: diciembre de 2026. Por qué ese reloj es clave y qué vigilar para distinguir un avance real de una maniobra de dilación.
La mesa por el CNE se fijó diciembre de 2026 como plazo para entregar las reformas. Por qué ese reloj importa más de lo que parece y qué señales indicarán si el cronograma se cumple o se convierte en otra dilación.
§ Las seis preguntas
| Qué | El plazo de diciembre de 2026 fijado para las reformas electorales. |
| Quién | La mesa paritaria de Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera. |
| Cuándo | Desde junio de 2026, con entrega prevista en diciembre. |
| Dónde | En el proceso de transición venezolano. |
| Por qué | Un cronograma con fechas distingue un avance real de una maniobra dilatoria. |
| Cómo | Mediante hitos verificables que conviene seguir uno a uno. |
# Diciembre es la fecha que marcará el ritmo de la transición
En política, las fechas importan tanto como los acuerdos. Un compromiso sin plazo es una declaración de intenciones; un compromiso con calendario es una obligación verificable. Por eso, el dato quizás más relevante que dejó la instalación de la mesa por el CNE no fue solo que existiera, sino que se fijara un reloj: diciembre de 2026 como plazo para entregar el producto de las reformas. Ese reloj merece atención.
Qué se prometió para diciembre
Según las declaraciones recogidas tras el encuentro del 18 de junio, la mesa técnica y política paritaria entre Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera se planteó diciembre de 2026 como fecha límite para entregar el resultado de las reformas legislativas en marcha. El objetivo central de esas reformas es la conformación de un nuevo Consejo Nacional Electoral creíble, junto con los ajustes legales que un proceso electoral con garantías requiere.
Es, por tanto, un horizonte de aproximadamente seis meses. No es el plazo para una elección —eso vendría después—, sino para tener listo el andamiaje: el árbitro y las reglas. La distinción importa, porque marca que lo que se negocia ahora es la precondición de cualquier votación futura, no la votación misma.
Por qué un cronograma cambia las cosas
La existencia de un calendario es significativa por una razón concreta que esta cobertura ha señalado antes: uno de los grandes riesgos de cualquier negociación con el chavismo es la dilación. La táctica de convertir cada reunión en oxígeno político y cada mesa en un mecanismo para ganar tiempo, sin avanzar nunca hacia lo sustantivo, es un patrón conocido en la historia reciente venezolana.
Un cronograma con fechas es, al menos en teoría, un antídoto contra esa táctica. Permite medir: si en tal mes debía estar listo tal avance y no lo está, el incumplimiento queda en evidencia. Convierte las promesas en hitos verificables. Por eso la fecha de diciembre es más que un detalle administrativo: es la vara con la que se podrá medir si la mesa avanza de verdad o solo administra el tiempo.
Las señales a vigilar
Para el ciudadano que quiera seguir el proceso con criterio, conviene identificar qué observar. Primero, si aparecen hitos intermedios: una negociación seria de seis meses debería mostrar avances parciales —acuerdos sobre la composición del CNE, sobre el cronograma de designación, sobre las reformas legales—, no un silencio hasta diciembre. La ausencia de avances intermedios sería una señal de alarma.
Segundo, la transparencia del proceso: si la mesa informa de sus progresos o trabaja a puertas cerradas. Tercero, la coherencia entre el discurso y los hechos: si a las declaraciones optimistas las acompañan decisiones concretas. Y cuarto, qué pasa con los otros componentes de una transición real —la liberación de presos políticos, las garantías para los partidos— que no pueden quedar postergados indefinidamente en nombre del calendario electoral.
El riesgo del calendario como coartada
Conviene, eso sí, una advertencia. Un cronograma puede ser una herramienta de seriedad, pero también puede convertirse en una coartada. «Estamos trabajando, esperen a diciembre» puede ser una respuesta legítima o una manera de comprar medio año de tranquilidad sin compromiso real. La diferencia estará en los hechos intermedios, no en la fecha en sí.
Por eso la recomendación no es ni descartar el cronograma por cínico ni celebrarlo por ingenuo, sino usarlo como instrumento de seguimiento. Diciembre es la fecha que la propia mesa se puso; hacerla valer —recordándola, midiendo los avances contra ella— es una forma concreta de presión ciudadana sobre el proceso.
La lectura de fondo
La fecha de diciembre de 2026 le da, por primera vez, un ritmo medible a la transición electoral venezolana. Es una buena noticia en sí misma, porque sustituye la indefinición por un plazo. Pero su valor dependerá enteramente de que se cumpla, y de que el camino hacia esa fecha muestre avances reales y no solo reuniones.
Para el venezolano que aspira a un cambio, el consejo es marcar diciembre en el calendario y seguir los hitos del camino con atención. El reloj ya corre. Si la mesa cumple, será una señal poderosa de que la transición avanza en serio. Si diciembre llega sin resultados, habrá quedado claro que el cronograma era, una vez más, una forma elegante de ganar tiempo. Entre una cosa y otra se juega buena parte de la credibilidad de todo el proceso.
Esta nota tiene carácter informativo y de análisis.
Fuentes principales: Declaraciones recogidas tras la instalación de la mesa paritaria (18 de junio de 2026); cobertura de El Nacional, El Pitazo y Runrun.es sobre los plazos anunciados.
Política
Ser padre a la distancia es la paternidad que la migración impuso
Para millones de familias migrantes, el Día del Padre se celebra por videollamada. Una mirada a la paternidad a distancia y a las formas de mantener vivo el vínculo.
Este Día del Padre, millones de familias hispanas lo viven separadas por la migración. Una mirada a la paternidad a distancia —sus costos silenciosos y las formas de sostener el vínculo— en una fecha que para tantos sabe a ausencia.
§ Las seis preguntas
| Qué | La paternidad a distancia que la migración impone a millones de familias. |
| Quién | Padres migrantes hispanos y sus familias separadas por la distancia. |
| Cuándo | En el Día del Padre, domingo 21 de junio de 2026. |
| Dónde | En la diáspora hispana de Estados Unidos y los países de origen. |
| Por qué | La fecha visibiliza el costo humano de la separación migratoria. |
| Cómo | Sosteniendo el vínculo por medios digitales, envíos y presencia posible. |
# Ser padre a la distancia es la paternidad que la migración impuso
Hoy es Día del Padre, y para millones de familias hispanas la fecha tiene un sabor agridulce. Porque entre la comunidad migrante, la paternidad se ejerce, con enorme frecuencia, a la distancia: padres que crían a hijos que viven en otro país, hijos adultos que celebran a un padre que quedó atrás, familias que se reúnen por una pantalla porque la migración las separó. Vale la pena, en una edición dominical, detenerse en esa paternidad que pocas veces es noticia pero que define la vida de tantos.
La paternidad que la distancia reescribe
La migración reescribe los roles familiares, y el del padre no es excepción. Hay quien emigró dejando hijos pequeños al cuidado de la madre o de los abuelos, y los ha visto crecer por videollamada. Hay quien llegó después de años de separación a reencontrarse con hijos que ya no eran niños. Hay quien envía cada mes el dinero que sostiene un hogar que no puede habitar. Y hay hijos migrantes que celebran hoy a un padre que sigue en el país de origen, al que quizás no ven hace años.
Son formas distintas de una misma realidad: la paternidad estirada por la distancia, sostenida a pesar de la geografía. No es la paternidad de los manuales ni de las tarjetas de felicitación. Es una más difícil, más incompleta, atravesada por la ausencia. Y, sin embargo, profundamente real, ejercida con un amor que la distancia no apaga.
Los costos silenciosos
Conviene nombrar los costos, porque suelen vivirse en silencio. Para el padre que emigró, está la culpa de no estar, el dolor de perderse los cumpleaños, los primeros pasos, las graduaciones; la paradoja de proveer materialmente mientras se ausenta afectivamente. Muchos migrantes cargan ese peso callado: trabajan para los suyos sabiendo que el precio es no verlos crecer.
Para los hijos, está la figura del padre lejano, presente en la provisión pero ausente en lo cotidiano, una presencia-ausencia difícil de procesar. Y para todos, el desafío de mantener vivo un vínculo que no se alimenta del día a día. Son heridas que la conversación pública sobre migración rara vez menciona, concentrada en cifras y políticas, pero que constituyen el costo humano más íntimo del fenómeno migratorio.
Las formas de sostener el lazo
Frente a la distancia, las familias migrantes han desarrollado formas admirables de sostener el vínculo. La tecnología ayuda como nunca antes: videollamadas que permiten ver la cara, mensajes diarios, fotos compartidas, hasta acompañar tareas escolares a distancia. No reemplazan el abrazo, pero mantienen la presencia. Un padre que llama cada día, que pregunta, que escucha, sigue siendo padre presente aunque medie un océano.
Están también los gestos: el envío que llega para una fecha especial, la visita largamente ahorrada, la planificación del reencuentro. Y está, sobre todo, la calidad del tiempo que sí se comparte. Los expertos en familias transnacionales coinciden en algo esperanzador: el vínculo se sostiene más por la constancia y la calidad de la conexión que por la mera proximidad física. Un padre lejano pero presente puede marcar más que uno cercano pero ausente.
Una fecha para honrar todas las paternidades
El Día del Padre en la diáspora es ocasión para honrar precisamente esas paternidades difíciles. Al padre que emigró para que a los suyos no les faltara nada, y que paga el precio de la distancia. Al que se quedó y sostiene a la familia desde el país de origen. A las figuras paternas que ocuparon el lugar cuando el padre no pudo estar: abuelos, tíos, hermanos mayores. A todos los que ejercen la paternidad en condiciones que nadie eligió, impuestas por una realidad migratoria más grande que cualquier voluntad individual.
Es también un día para que los hijos, estén donde estén, hagan ese gesto: la llamada, el mensaje, las palabras que muchas veces no se dicen. La distancia vuelve más valioso lo que se expresa, porque no se puede dar por sentado lo cotidiano. Decir «te quiero» o «gracias» a un padre lejano es tender, por un momento, el puente que la geografía niega.
La lectura de fondo
La paternidad a distancia es una de las caras más humanas y menos contadas de la migración. Millones de familias hispanas la viven, sosteniendo el amor de padre a pesar de fronteras, ausencias y reencuentros postergados. Este Día del Padre, vale la pena reconocer esa forma particular de paternidad: la que se ejerce contra la distancia, con la constancia como herramienta y el reencuentro como esperanza.
A todos los padres de nuestra comunidad —los que están cerca y los que crían, proveen y aman desde lejos— va hoy el reconocimiento. La migración les impuso una paternidad más difícil, pero no por ello menos entregada. Que la fecha sea ocasión de un puente tendido, de una palabra dicha, de un abrazo aunque sea virtual. Feliz Día del Padre, también y especialmente, a los que hoy lo celebran con un océano de por medio.
Esta nota tiene carácter informativo y de crónica.
Fuentes principales: Contexto general sobre familias transnacionales y paternidad en contextos migratorios; observación del fenómeno en la comunidad hispana de EE.UU.
Política
La tregua de Ormuz duró tres días y el crudo ardió
El memorando EE.UU.-Irán se firmó el 17 de junio; el 20, Irán volvió a cerrar Hormuz. El crudo se disparó otra vez. Qué implica para la apuesta petrolera venezolana.
Irán anunció el cierre del estrecho de Hormuz apenas tres días después de firmar el memorando con Estados Unidos, y el petróleo saltó más de 7%. Qué significa esta recaída para el mundo, y por qué le importa, y mucho, a una Venezuela que apuesta su recuperación al crudo.
§ Las seis preguntas
| Qué | El nuevo cierre del estrecho de Hormuz tras un acuerdo efímero. |
| Quién | Irán, Estados Unidos, Israel y, de rebote, los países petroleros. |
| Cuándo | El 20 de junio de 2026, tres días después de firmar el memorando. |
| Dónde | En el estrecho de Hormuz, paso del 25% del petróleo marítimo mundial. |
| Por qué | Irán alega la violación de la cláusula sobre el Líbano del acuerdo. |
| Cómo | Mediante el anuncio de cierre y la advertencia a los buques comerciales. |
# La tregua de Ormuz duró tres días y el crudo ardió
Apenas habíamos cubierto, días atrás, el alivio del petróleo barato gracias a la distensión entre Estados Unidos e Irán. La realidad se encargó de desmentirlo a una velocidad brutal: el acuerdo que prometía reabrir el estrecho de Hormuz duró tres días. Esta recaída no es solo una noticia de Medio Oriente; tiene consecuencias directas sobre la apuesta económica de Venezuela, y por eso merece un análisis detenido.
La cronología de una tregua fugaz
Los hechos se precipitaron. El 17 de junio, los presidentes de Estados Unidos e Irán firmaron un memorando de entendimiento a 60 días, pensado para poner fin formal al conflicto y, entre otras cosas, garantizar el paso por el estrecho de Hormuz. Los mercados respiraron: el crudo, que había estado disparado durante meses de guerra, cayó a su nivel más bajo desde marzo. Parecía el principio del fin de la crisis.
Duró tres días. El sábado 20 de junio, el alto comando militar conjunto de Irán anunció que volvía a cerrar el estrecho de Hormuz, acusando a Israel y a Estados Unidos de violar la primera cláusula del memorando: la que ordenaba el cese de hostilidades en todos los frentes, incluido el Líbano. Israel había atacado posiciones de Hezbolá en territorio libanés horas después de firmado el acuerdo. La Guardia Revolucionaria iraní advirtió a los buques comerciales que no se acercaran al estrecho. Y el petróleo, previsiblemente, volvió a arder: los precios saltaron más de 7% tras el anuncio.
Por qué Hormuz lo es todo
Conviene recordar por qué este estrecho concentra tanto poder de perturbación. Por el paso de Hormuz —un canal estrecho entre Irán y la península arábiga— circula aproximadamente el 25% del petróleo marítimo del mundo y cerca del 20% del gas natural licuado. No hay ruta alternativa de capacidad comparable. Cuando Irán amenaza con cerrarlo, no hace un gesto simbólico: pone la mano sobre la válvula de una cuarta parte del crudo que se mueve por mar en el planeta.
De ahí que cada anuncio iraní sobre el estrecho se traduzca, casi instantáneamente, en saltos del precio del petróleo. El mercado sabe que una interrupción real de Hormuz dispararía los precios a niveles capaces de sacudir la economía mundial. Y sabe, también, algo más inquietante que han señalado los analistas: con o sin acuerdo, Irán ha demostrado que controla de hecho el estrecho. Como resumió un veterano asesor energético estadounidense, los iraníes controlarán Hormuz en el futuro previsible, no importa lo que diga el papel firmado.
La consecuencia para Venezuela
Aquí está el ángulo que más nos concierne. Como ha analizado esta cobertura, la apuesta de recuperación económica de Venezuela descansa, en buena medida, sobre el petróleo: producir más y venderlo para financiar la reconstrucción. El precio internacional del crudo es, por tanto, una variable decisiva para esa apuesta. Y ese precio acaba de dar otro vuelco.
La ironía es notable. Hace pocos días, el problema para Venezuela era el petróleo barato: la distensión había hundido los precios, complicando la ecuación de su recuperación. Ahora, con Hormuz cerrándose de nuevo, el problema se invierte: el crudo vuelve a subir. Para un país que vende petróleo, un precio más alto suena, en principio, a buena noticia. Pero la realidad es más compleja, y conviene no celebrar antes de tiempo.
Por qué la inestabilidad no le conviene
El matiz es importante. A Venezuela podría convenirle, en lo inmediato, un crudo más caro. Pero lo que de verdad necesita para su reconstrucción no es un precio alto puntual, sino estabilidad y previsibilidad. Las grandes inversiones petroleras —las que el país busca atraer, como cubrimos a propósito del regreso de las transnacionales— se planifican a años vista, y huyen de la volatilidad extrema. Un mercado que salta del desplome al rebote en cuestión de días, al ritmo de los comunicados de Teherán, no es el entorno en que florecen las inversiones de largo plazo.
Además, la inestabilidad global encarece todo: el transporte, los seguros, el financiamiento. Y un mundo en crisis energética y geopolítica tiende a ser un mundo más cauto, menos dispuesto a apostar por destinos de riesgo como la Venezuela en transición. El país necesita capital paciente; la montaña rusa de Hormuz ahuyenta precisamente esa paciencia. Le conviene más un mercado estable con precios razonables que un mercado caótico con precios altos pero impredecibles.
La lección de la volatilidad
Hay, en todo esto, una lección de fondo que esta cobertura ha insistido. La dependencia venezolana del petróleo expone al país a fuerzas que no controla en absoluto: un ataque en el Líbano, un comunicado en Teherán, una decisión en Washington pueden cambiar de un día para otro el precio del que depende su recuperación. Esa vulnerabilidad estructural —la economía de un país entero atada al vaivén de un estrecho a miles de kilómetros— es el viejo problema rentista venezolano, ahora expuesto en tiempo real.
La conclusión no es nueva, pero el episodio la subraya: una economía sana no puede depender de una sola variable tan volátil. La diversificación, tantas veces postergada, vuelve a aparecer como la asignatura pendiente. Mientras Venezuela siga atada al precio del crudo, su destino económico se decidirá, en parte, en lugares como el estrecho de Hormuz, donde no tiene voz ni voto.
La lectura de fondo
El acuerdo de Ormuz duró tres días, y su colapso recuerda que la crisis entre Estados Unidos e Irán está lejos de resolverse. Para el mundo, significa más incertidumbre energética. Para Venezuela, significa que la variable de la que depende su recuperación —el precio del petróleo— seguirá sujeta a sobresaltos imprevisibles, lo que complica la planificación de la reconstrucción más de lo que un precio alto puntual pudiera ayudar.
Para el lector venezolano, la recomendación es seguir este conflicto lejano con la conciencia de que no es tan lejano: lo que pasa en Hormuz se siente en la economía del país y, eventualmente, en su bolsillo. Y para quienes piensan el futuro de Venezuela, el episodio es un argumento más a favor de construir una economía menos dependiente de un recurso cuyo precio se decide, demasiadas veces, en guerras ajenas. La estabilidad, no el rebote, es lo que la reconstrucción necesita. Y la estabilidad, por ahora, no asoma.
Esta nota tiene carácter informativo y de análisis, y no constituye asesoría financiera ni de inversión. La situación en el estrecho de Hormuz es altamente cambiante.
Fuentes principales: Cobertura de CBS News, The Hill, CNBC y Britannica sobre el cierre del estrecho de Hormuz (20 de junio de 2026) y el memorando EE.UU.-Irán del 17 de junio; declaraciones del comando Khatam al-Anbiya recogidas por IRIB; análisis sobre el control de facto del estrecho.
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