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Suecia dio marcha atrás

Suecia era uno de los sistemas educativos más digitalizados de Europa. En 2023 dio marcha atrás. La razón: una caída sostenida en comprensión lectora que el Karolinska Institutet vinculó directamente con las herramientas digitales.

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Suecia dio marcha atrás

Suecia era uno de los sistemas educativos más digitalizados de Europa. En 2023 dio marcha atrás. La razón: una caída sostenida en comprensión lectora que el Karolinska Institutet vinculó directamente con las herramientas digitales. Qué hicieron exactamente, qué evidencia usaron, y qué están haciendo otros países mientras el mundo hispanohablante aún debate.

QUÉ Reversión de la política de digitalización escolar sueca y retorno a libros impresos y escritura a mano.
QUIÉN Ministerio de Educación sueco bajo la ministra Lotta Edholm, con respaldo del Karolinska Institutet.
CUÁNDO Anuncio en marzo y agosto de 2023, con implementación progresiva desde el curso 2023-2024.
DÓNDE Escuelas suecas de todos los niveles, con foco especial en preescolar y primaria.
POR QUÉ Caída documentada de 11 puntos en la comprensión lectora de niños de cuarto grado entre 2016 y 2021.
CÓMO Inversión de 685 millones de coronas suecas en libros impresos y cancelación del uso obligatorio de dispositivos digitales.

Durante veinte años, Suecia fue el país que todo ministerio de educación del mundo tomó como ejemplo. Uno de los primeros en poner tabletas en las manos de niños de tres años. Uno de los primeros en digitalizar completamente los libros de texto. Uno de los primeros en construir una infraestructura escolar donde la pantalla era el centro y el papel una nostalgia. La OCDE citaba el modelo sueco en sus informes. Las editoriales educativas de medio mundo enviaban delegaciones a Estocolmo para aprender. En América Latina, en España, en varios estados de Estados Unidos, se hablaba del «modelo nórdico» como el horizonte al que había que llegar.

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En 2023, Suecia empezó a desmontarlo.

Este reportaje trata de esa reversión. De qué hizo exactamente el gobierno sueco, qué evidencia científica utilizó, cómo lo justificó ante la comunidad internacional que había convertido a Suecia en referente, y qué está pasando en otros países del norte de Europa que están siguiendo el mismo camino. La pregunta que organiza la pieza es la que más importa al lector hispanohablante: si la evidencia sueca es tan sólida como parece, ¿por qué en España, en América Latina y en la mayor parte de Estados Unidos, la conversación equivalente ni siquiera ha empezado?

El dato que lo cambió todo

Todo comenzó con un número. En mayo de 2023, la organización internacional que administra el estudio PIRLS —Progress in International Reading Literacy Study, la evaluación más rigurosa del mundo sobre comprensión lectora en niños de cuarto grado— publicó los resultados de su edición de 2021. Los datos suecos fueron un golpe. Los niños suecos de cuarto grado obtuvieron un promedio de 544 puntos. En la edición anterior, la de 2016, habían obtenido 555. Once puntos menos. La caída era la más pronunciada de toda Europa occidental. Suecia seguía por encima del promedio europeo, pero la dirección de la tendencia era inequívoca. Y coincidía casi exactamente con los años de mayor aceleración de la digitalización educativa en el país.

Once puntos en cinco años puede sonar poco. En términos técnicos de la escala PIRLS, es una caída sustancial: equivale aproximadamente a la mitad del rendimiento esperado en un año escolar. Traducido: los niños suecos de cuarto grado en 2021 leían, en promedio, como los niños de cuarto grado seis meses menores de 2016. La caída no era catastrófica. Pero era estructural, sostenida y con dirección clara.

La ministra sueca de Educación, Lotta Edholm, era relativamente nueva en el cargo cuando el dato salió publicado. Había asumido en octubre de 2022 como parte del nuevo gobierno de coalición de centro-derecha, con un mandato explícito de revisar las políticas educativas del país. Ya durante la campaña había expresado escepticismo sobre la digitalización escolar. Los datos de PIRLS le dieron el respaldo político que necesitaba para actuar.

Las tres medidas concretas

La reversión sueca no fue retórica. Fue política pública con presupuesto y calendario. En marzo de 2023, Edholm anunció públicamente que «los estudiantes suecos necesitan más libros de texto» y que «los libros físicos son importantes para el aprendizaje». En agosto de 2023, el Ministerio anunció tres medidas concretas que se implementarían desde el curso 2023-2024.

Primera medida. Revocación de la obligatoriedad de dispositivos digitales en los jardines de infancia. Hasta ese momento, la Agencia Nacional de Educación sueca —el Skolverket— había establecido que las tabletas eran de uso obligatorio en preescolar. El nuevo gobierno revocó esa obligación y dejó el uso a criterio de cada centro.

Segunda medida. Prohibición total del aprendizaje digital para menores de seis años. Esta fue la medida más radical. Ningún niño menor de seis años debería usar dispositivos digitales como parte de su formación escolar en Suecia. La medida se comunicó a la agencia Associated Press directamente por el Ministerio.

Tercera medida. Inversión de 685 millones de coronas suecas —cerca de 60 millones de euros al cambio de aquel momento— en la compra de libros de texto impresos y otros materiales educativos físicos. La cifra no era simbólica: era el mayor gasto público en libros de texto que Suecia había hecho en dos décadas. Y estaba diseñado para asegurar que cada estudiante volviera a tener acceso a un libro físico, y que cada profesor pudiera estructurar sus clases sin depender exclusivamente de plataformas digitales. La inversión se acompañó de asignaciones anuales adicionales para años siguientes.

El respaldo científico

Un gobierno puede tomar decisiones controvertidas. Pero cuando el Karolinska Institutet —una de las instituciones médicas y científicas más respetadas de Europa, sede del comité que otorga el premio Nobel de Medicina— emite una declaración pública apoyando la decisión, la controversia cambia de nivel.

En agosto de 2024, el Karolinska publicó una declaración institucional sobre la estrategia nacional de digitalización educativa sueca. El párrafo central de esa declaración, traducido del sueco original, sostiene textualmente que existe evidencia científica clara de que las herramientas digitales, más que mejorar, deterioran el aprendizaje del estudiante. La institución recomendó que el foco volviera a la adquisición de conocimiento a través de libros de texto impresos y de la experiencia docente, en lugar de la adquisición de conocimiento principalmente desde fuentes digitales libremente disponibles que no han sido verificadas en cuanto a exactitud.

Es una declaración fuerte. Es también inusual: el Karolinska rara vez interviene en debates de política pública que no sean estrictamente médicos. Su intervención en el debate educativo indica que la evidencia disponible fue considerada suficientemente sólida para justificar una posición institucional.

La evidencia se apoya en tres líneas de investigación convergentes. La primera son los estudios internacionales sobre comprensión lectora, encabezados por el PIRLS ya citado. La segunda son estudios experimentales que comparan directamente la comprensión y retención de la lectura en pantalla versus en papel; los resultados, replicados en múltiples países durante la última década, muestran ventaja consistente del papel especialmente para textos largos y para lectores jóvenes. La tercera son estudios sobre atención sostenida y multitarea: el dispositivo digital, incluso cuando se usa para leer, compite con notificaciones, tentaciones de cambiar de ventana, y estímulos periféricos que fragmentan la atención de un modo que el libro impreso no hace.

Linda Fälth, investigadora en formación docente de la Universidad Linnaeus en Suecia, resumió los factores que llevaron a la reversión en una comunicación pública citada por la revista Undark en abril de 2026: la decisión de reinvertir en libros de texto físicos y reducir el énfasis en dispositivos digitales fue impulsada por varios factores, incluidas dudas sobre si la digitalización de las aulas había sido basada en evidencia. Es decir: parte del problema era que la digitalización se había implementado en su momento sin evidencia empírica sólida de que fuera efectiva. Cuando la evidencia empezó a acumularse, empezó a apuntar en dirección contraria.

La onda expansiva

Suecia no es el único caso. Solo es el más documentado y el más comentado.

Dinamarca implementó restricciones similares en 2024, con foco en escuelas primarias y con énfasis en la reducción del uso de teléfonos móviles durante el día escolar. Noruega tiene actualmente un debate abierto en su parlamento sobre restricciones equivalentes. Los Países Bajos prohibieron el uso de teléfonos móviles en aulas de secundaria a partir de enero de 2024, con evaluación de resultados prevista para 2026. Finlandia, que históricamente lideró los rankings educativos europeos, está considerando implementar una prohibición estilo australiano de redes sociales para menores de 15 años. La UNESCO publicó en 2023 un informe recomendando reconsiderar el uso de dispositivos electrónicos y contenido en línea en las escuelas de todo el mundo.

Fuera de Europa, el patrón es más disperso pero identificable. Australia estableció en 2024 una prohibición nacional de redes sociales para menores de 16 años. Nueva Zelanda tiene medidas similares. En Estados Unidos, varios estados —Florida, California, Nueva York, Ohio, Indiana— tienen legislación aprobada o en discusión sobre uso de teléfonos en escuelas primarias, aunque no sobre digitalización educativa en su conjunto. Canadá empezó procesos equivalentes provincia por provincia.

El silencio del mundo hispanohablante

El contraste con el mundo hispanohablante es notable, y merece nombrarse sin retórica.

En España, la conversación existe pero no ha producido política nacional. Algunas comunidades autónomas —Galicia, Castilla y León, la Región de Murcia— han implementado restricciones al uso de teléfonos móviles en aulas, con resultados iniciales positivos según sus propios informes. Pero no existe una política estatal comparable a la sueca. El debate sobre digitalización escolar en su conjunto —no solo sobre teléfonos móviles, sino sobre libros de texto digitales, plataformas de aprendizaje, tabletas en primaria— apenas ha empezado a nivel público. La mayor parte de la conversación mediática sobre educación en España se concentra en otros temas: financiación, currículum, salarios docentes.

En México, la situación es similar pero con menos infraestructura digital previa. Las tabletas en aulas nunca alcanzaron la penetración que tuvieron en Suecia. El debate sobre pantallas en la infancia existe en medios especializados pero no ha llegado a la agenda política nacional. La Secretaría de Educación Pública no tiene, al momento de esta publicación, una posición institucional sobre el tema.

En Argentina, Colombia, Chile y Perú, la situación es comparable: hay conversación en sectores especializados, pero no política pública nacional que replique el modelo sueco. En Venezuela, el debate está prácticamente inexistente por razones estructurales del sistema educativo del país.

Estados Unidos merece párrafo aparte por la relevancia demográfica para el lector hispano. Los estados con mayor densidad hispana han empezado a legislar sobre uso de teléfonos móviles en aulas: Florida en 2023, California en 2024, Nueva York en 2024, Ohio en 2024. Pero el debate se ha concentrado en dispositivos personales (teléfonos), no en la digitalización educativa estructural (plataformas, libros digitales, IA en aulas). La discusión sobre el uso de IA en escuelas primarias y secundarias es especialmente incipiente. Y las políticas varían enormemente entre distritos escolares dentro de un mismo estado.

Un dato relevante: según encuestas de Pew Research Center publicadas en julio de 2025, más del 50 por ciento de los adolescentes estadounidenses ha usado asistentes de IA para tareas escolares. La proporción entre estudiantes hispanos es prácticamente la misma. La mayoría de esas familias no ha recibido de sus distritos escolares una comunicación oficial sobre qué se considera uso aceptable de IA en tareas.

Qué está midiendo Suecia ahora

La reversión sueca es reciente. La medición de resultados requiere tiempo. La próxima edición del estudio PIRLS, prevista para 2026, será la primera que refleje el impacto de las políticas implementadas desde 2023. Los datos completos no estarán disponibles hasta 2027 o 2028.

Pero hay indicadores tempranos. Estudios internos del Skolverket sobre escuelas piloto que implementaron la reversión más agresivamente durante 2024 muestran mejoras en atención sostenida y en tasas de finalización de textos largos. El dato es preliminar y no ha sido publicado en revistas revisadas por pares. Pero apunta en la dirección que las autoridades suecas esperaban.

La conclusión provisional, admitida por el propio gobierno sueco, es que se trata de un experimento de política pública cuyos resultados definitivos se verán en la próxima década. La apuesta es que la evidencia neurocientífica sobre lectura profunda, atención sostenida y formación cognitiva en la infancia es lo suficientemente sólida como para justificar la reversión antes de tener resultados concluyentes. Es una apuesta razonable. Es también una apuesta valiente: pocos gobiernos deciden desandar veinte años de política pública basándose en evidencia que aún no está cerrada.

La lección que espera ser leída

La pregunta que este reportaje deja abierta para el lector hispanohablante no es si Suecia acertó o se equivocó. Es si vamos a esperar a tener los resultados definitivos suecos —dentro de una década— para empezar a discutir el tema en serio en nuestros países, o si vamos a considerar que la evidencia acumulada hasta hoy es suficiente para empezar la conversación pública ahora.

Cada país hispanohablante tomará su propia decisión. Pero la decisión de no tomar decisión —de continuar como hasta ahora, con digitalización acelerada de aulas y sin conversación pública sobre sus consecuencias— es también una decisión. Y la generación que hoy tiene siete años, la que va a rendir el PIRLS en su próxima edición sin haber recibido ninguna de las medidas correctivas que Suecia sí implementó, es la que va a pagar el costo de esa decisión de no decidir.

La pieza que sigue en esta serie —la tercera y última— vuelve a la pregunta central que un lector nos planteó en una nota de voz esta semana: qué le pasa a la mente cuando no la ejercitamos. Y qué pasa con una generación entera que llegue a los cuarenta sin haber hecho el gimnasio cognitivo que Suecia acaba de empezar a instalar en sus aulas.

Navegación de la serie

Serie · El Gimnasio de la Mente

Piezas vinculadas

Fuentes principales

  • Ministerio de Educación de Suecia · declaraciones de la ministra Lotta Edholm (marzo y agosto de 2023).
  • Skolverket (Agencia Nacional de Educación sueca) · política de reducción de digitalización escolar y presupuesto de 685 millones de coronas para libros impresos.
  • Karolinska Institutet · declaración institucional sobre digitalización educativa (agosto 2024).
  • PIRLS · Progress in International Reading Literacy Study 2021.
  • Associated Press · reportaje sobre la política sueca (septiembre 2023).
  • Undark · comunicación de Linda Fälth, Universidad Linnaeus (abril 2026).
  • UNESCO · informe sobre uso de dispositivos electrónicos y contenido en línea en escuelas (2023).
  • Pew Research Center · encuesta sobre uso de IA por adolescentes (julio 2025).
  • Legislaciones estatales de Florida, California, Nueva York, Ohio e Indiana sobre uso de teléfonos móviles en escuelas.
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El gimnasio de la mente

La transición del campo a la ciudad obligó al gimnasio del cuerpo. La transición hacia la IA va a obligar al gimnasio de la mente.

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El gimnasio de la mente

Un lector me escribió esta semana con una analogía tan precisa que me obligó a detenerme. La transición del campo a la ciudad hizo obligatorio el gimnasio del cuerpo. La transición hacia la inteligencia artificial va a hacer obligatorio el gimnasio de la mente. Un Inciso de Alfredo Yánez Mondragón.

Un lector me escribió esta semana. Hablaba de su abuelo. Contaba que aquel hombre nunca fue al gimnasio, nunca hizo yoga, nunca oyó hablar de pilates. Trabajaba en una oficina, se movía poco, terminó con las piernas flacas y no llegó bien a la vejez. Y el lector añadía la observación que me pareció importante: fue la generación siguiente la que entendió que hacía falta disciplina consciente con el cuerpo, porque el trabajo ya no la exigía. Cuando el campo dejó de ser el escenario del trabajo humano, el cuerpo empezó a atrofiarse en el escritorio. Y el gimnasio dejó de ser una excentricidad de atletas para volverse una necesidad ordinaria de cualquiera que quisiera envejecer con dignidad.

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Su tesis, que amplío aquí con permiso suyo, es que lo mismo está a punto de pasar con la mente. Y que no lo estamos discutiendo con la seriedad que amerita.

Voy a defender esa tesis con datos, porque es lo que INCÍSOS hace. Pero antes conviene formularla en sus términos exactos, sin adornos ni matices. Hay dos maneras de usar la inteligencia artificial. La primera es consciente: la persona dirige el proceso, verifica el resultado, discute lo que la máquina le devolvió, extrae la punta, aprende. La segunda es inconsciente: la persona delega, acepta, firma sin leer. En la primera manera, la IA es una herramienta que amplifica la mente. En la segunda, la sustituye. Y como pasó con el cuerpo cuando el trabajo dejó de exigirle esfuerzo físico, la mente que deja de ejercitarse se atrofia. No es metáfora. Es descripción.

Lo que dicen los circuitos

La afirmación de que la mente se atrofia sin ejercicio no es del lector que me escribió, ni mía. Es de la neurocientífica Maryanne Wolf, que lleva veinte años estudiando qué le pasa al cerebro humano cuando lee, y qué le pasa cuando deja de leer profundamente. Su libro Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World, publicado en 2018, es la referencia canónica sobre el tema. Su tesis central, que sostiene con evidencia neurológica, es que la lectura sostenida —la capacidad de seguir un argumento durante miles de palabras, mantener varias ideas en memoria simultáneamente, procesar matices— no es una habilidad natural. Es una habilidad adquirida, construida sobre circuitos neuronales específicos que se forman con ejercicio constante. Cuando el ejercicio desaparece, la habilidad se degrada. Los circuitos siguen ahí, pero se debilitan en las conexiones que los mantenían operativos.

En los últimos dos años, la investigación sobre el impacto específico de los asistentes de IA generativa sobre esos circuitos ha empezado a producir hallazgos convergentes. Un estudio publicado en enero de 2025 en la revista Societies, dirigido por el investigador Michael Gerlich del SBS Swiss Business School, encuestó a 666 participantes de distintas edades y niveles educativos. El hallazgo central: existe una relación negativa estadísticamente significativa entre la frecuencia de uso de IA y la capacidad de pensamiento crítico. El mecanismo mediador que Gerlich identifica se llama cognitive offloading —descarga cognitiva—: el proceso por el cual el cerebro delega en un sistema externo funciones que antes ejercía por sí mismo. La descarga no es intrínsecamente mala. Usar una calculadora es descarga cognitiva y ha permitido a la humanidad hacer ingeniería. El problema es cuando la descarga se vuelve total, y cuando el sistema al que se descarga no exige de vuelta ninguna verificación crítica.

Un estudio del MIT publicado en 2025 midió con electroencefalografía la actividad cerebral de estudiantes universitarios mientras realizaban tareas de escritura en tres condiciones: usando asistentes de IA, usando buscadores web tradicionales, o sin herramientas. Los estudiantes que usaron IA mostraron consistentemente menor «carga cognitiva» y menor «compromiso cognitivo» que los otros dos grupos. No es opinión de los investigadores: es medición directa de actividad neuronal. El cerebro que delega hace menos. Y el cerebro que hace menos, con el tiempo, puede hacer menos.

La revisión sistemática más reciente sobre este tema, publicada en 2026 por Dergaa y colegas en la revista ScienceDirect, propuso incluso una nueva categoría clínica: AI-Chatbot-Induced Cognitive Atrophy (AICICA), atrofia cognitiva inducida por asistentes de IA. La denominación es propuesta, no consensuada aún en la literatura médica. Pero el hecho de que ya se esté proponiendo indica que el fenómeno es lo suficientemente robusto como para que empiece a tener nombre técnico.

Lo que dicen los aulas

Hasta aquí lo neurológico. Pero el lector que me escribió no hablaba de laboratorios. Hablaba de la vida cotidiana. Y en la vida cotidiana, el mejor indicador de lo que le está pasando a la mente hispanohablante contemporánea es lo que se está viendo en las aulas.

Suecia fue el país que dio el primer aviso institucional del hemisferio occidental. En agosto de 2023, la ministra sueca de Educación, Lotta Edholm, anunció que el país revertía parte de su política de digitalización escolar. La razón: el estudio internacional PIRLS, que mide comprensión lectora en niños de cuarto grado, había documentado una caída de once puntos en Suecia entre 2016 y 2021. De 555 puntos promedio a 544. Suecia seguía por encima del promedio europeo, pero la caída era sostenida y coincidía con la digitalización acelerada de las aulas suecas durante ese período. El gobierno decidió no esperar más y aplicó tres medidas concretas. Primera: cancelar la obligatoriedad de dispositivos digitales en los jardines de infancia. Segunda: eliminar completamente el aprendizaje digital para menores de seis años. Tercera: asignar 685 millones de coronas suecas —cerca de 60 millones de euros— para comprar libros de texto impresos y devolverlos a las aulas.

En 2024, el Karolinska Institutet, una de las instituciones científicas más respetadas de Europa, emitió una declaración pública sobre la estrategia nacional de digitalización educativa sueca. La frase clave, que conviene citar textualmente: existe evidencia científica clara de que las herramientas digitales, más que mejorarlo, deterioran el aprendizaje del estudiante. Es una afirmación fuerte. Y viene de una institución médica que no suele emitir declaraciones políticas.

Suecia no es un caso aislado. Dinamarca, Países Bajos, Finlandia y Noruega han empezado, con distintas velocidades, procesos similares. En Estados Unidos, varios estados con alta densidad hispana —Florida, California, Texas, Ohio— tienen legislación en discusión sobre uso de teléfonos en escuelas primarias. En España, el debate está abierto y sin resolución nacional; algunas comunidades autónomas han empezado a regular. En América Latina, el debate apenas empieza, y en muchos países ni siquiera ha empezado.

La segunda pieza de esta serie que empieza hoy describirá con detalle el caso sueco y su onda expansiva. Vale la pena leerla completa: es probablemente el experimento educativo más consecuente de esta década, y su lección se aplica directamente al mundo hispanohablante.

Lo que dicen los cheques de los profesores

Hay un dato más, que la revista New York Magazine documentó en mayo de 2025 y que las universidades norteamericanas están procesando con creciente incomodidad. Más del 50 por ciento de los adolescentes en Estados Unidos ha usado asistentes de IA para tareas escolares, según Pew Research Center. En algunas universidades, según reportajes internos citados por el mismo medio, la proporción de trabajos que muestran signos de asistencia por IA se acerca al 90 por ciento. Los profesores lo saben. Los estudiantes lo saben. Y el sistema, en la mayoría de los casos, no ha decidido qué hacer al respecto.

La consecuencia inmediata es que universidades como Yale han empezado procesos internos —»reconciliaciones quietas», los llamó una publicación estudiantil en octubre de 2025— para redefinir qué significa evaluar el aprendizaje de un estudiante que puede haber usado IA en cada paso de su trabajo. La consecuencia mediata es más grave. Si el estudiante que se gradúa hoy no ejercitó la capacidad de escribir un ensayo sin asistencia, de leer un libro entero sin resúmenes automáticos, de defender una tesis ante preguntas incómodas sin poder consultar un asistente en tiempo real, ese estudiante llega al mundo laboral con una atrofia cognitiva que ni él ni sus profesores están midiendo. Y esa atrofia se agravará durante su vida profesional, porque el uso de la IA se intensificará, no se reducirá.

La analogía funciona en los dos sentidos

Aquí conviene volver al lector que me escribió, porque su analogía tiene un componente que no he desplegado todavía. Lo dijo así: «hoy en día todo el mundo ya está acostumbrado, hay un gimnasio, hay pilates, ahí al lado el yoga». La analogía funciona no solo por el diagnóstico —el cuerpo se atrofia, la mente se atrofia— sino también por la respuesta que la sociedad terminó dando cuando el cuerpo empezó a fallar. La respuesta fue una disciplina consciente, industrializada, distribuida en instituciones específicas —gimnasios, clases de yoga, pilates, entrenadores personales— que el mercado supo construir en menos de treinta años. Nadie decretó que el cuerpo humano necesitaba gimnasio. Fue la sociedad la que, al ver las consecuencias del sedentarismo, se organizó para responder.

La pregunta que la analogía deja abierta es si vamos a tener la lucidez, esta vez, de organizar la respuesta antes de que el daño sea generalizado. O si vamos a esperar a que la próxima generación llegue a los cuarenta años con la equivalente cognitiva de las piernas flacas del abuelo del lector para empezar a discutirlo.

Yo tengo mi apuesta. Creo que hay una minoría creciente —de padres, de educadores, de trabajadores del conocimiento, de profesionales de oficios que exigen criterio— que ya lo está entendiendo y ya está actuando. Volviendo a la lectura profunda. Escribiendo a mano. Haciendo cálculo mental. Manteniendo conversaciones largas sin consultar el teléfono. Discutiendo lo que la máquina le devolvió antes de aceptarlo. Ese es el gimnasio de la mente del que hablaba el lector. Y como el gimnasio del cuerpo, funciona solo si se practica con regularidad y con disciplina consciente.

La pieza que sigue en esta serie va a Suecia. La tercera va a la generación que no está haciendo el gimnasio. Y las tres, juntas, son la manera que INCÍSOS encontró para responderle a un lector que escribió, en una nota de voz sin puntuación, la mejor idea editorial que hemos recibido este año.

Gracias, Alfonso.

Navegación de la serie

Serie · El Gimnasio de la Mente

Piezas vinculadas

Fuentes principales

  • Maryanne Wolf · Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World (2018).
  • Michael Gerlich · AI Tools in Society: Impacts on Cognitive Offloading and the Future of Critical Thinking · revista Societies (2025).
  • Dergaa et al. · AI-overdependence and human cognitive decline · ScienceDirect (2026).
  • MIT · estudio de electroencefalografía sobre uso de IA en tareas de escritura (2025).
  • Pew Research Center · encuesta sobre uso de IA en tareas escolares de adolescentes (julio 2025).
  • Skolverket, Ministerio de Educación de Suecia · política de reducción de digitalización escolar (2023).
  • Karolinska Institutet · declaración sobre digitalización educativa (agosto 2024).

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon, entre ellos La inteligencia NO es artificial, ensayo dedicado a las cuestiones que esta serie desarrolla en formato periodístico.

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La generación bruta

Si no ejercitamos la mente conscientemente, la próxima generación va a llegar a los cuarenta bruta. La palabra es dura pero exacta.

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La generación bruta

Si no ejercitamos la mente conscientemente, la próxima generación va a llegar a los cuarenta bruta. La palabra es del lector que nos escribió y es exacta: no es peyorativa, es descriptiva. Cierre de la serie por Alfredo Yánez Mondragón.

La palabra es dura y no la vamos a suavizar. La usó Alfonso en la nota de voz que inspiró esta serie, y la vamos a usar aquí exactamente como él la formuló: bruta. Si no ejercitamos la mente conscientemente, escribió, vamos a «volver todo más bruto». No lo dijo como insulto. Lo dijo como descripción. Y esa es exactamente la razón por la que la palabra tiene que quedarse en el texto: porque describe algo real que la mayor parte de los eufemismos disponibles solo camuflarían.

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Bruto no es una condena moral. Es un estado. El de quien no lee un texto entero. El de quien no puede sostener una idea compleja más de dos párrafos. El de quien firma sin verificar. El de quien acepta sin discutir. El de quien delegó la parte del cerebro que servía para dudar y no la volvió a recuperar. Es un estado al que se llega sin proponérselo, por acumulación de decisiones pequeñas tomadas en direcciones aparentemente razonables. Hoy no leo este texto entero porque estoy cansado. Mañana no leo el siguiente porque no tengo tiempo. En un año, no leo ninguno. En cinco, ya no sé cómo se leía. La atrofia no es un salto. Es un deslizamiento.

Este Inciso cierra una serie de tres piezas que empezó con una analogía sencilla: la transición del campo a la ciudad hizo obligatorio el gimnasio del cuerpo, y la transición hacia la inteligencia artificial va a hacer obligatorio el gimnasio de la mente. La primera pieza defendió esa tesis con datos neurocientíficos. La segunda mostró cómo Suecia está aplicando la lección a nivel de política pública, mientras el mundo hispanohablante todavía no la ha empezado a discutir en serio. Esta tercera —la que estás leyendo— es la toma de posición editorial. La que menos sirve para reflexionar y la que más sirve para actuar. Voy a intentar que sea breve, porque las tomas de posición largas se leen menos.

La disciplina consciente es la única defensa

Empiezo por lo operativo. Si el diagnóstico de las dos piezas anteriores es correcto —y creo que la evidencia acumulada lo hace difícil de discutir—, la conclusión práctica se puede formular en pocas líneas.

Uno. Nadie puede pedirle a las plataformas que dejen de optimizar por retención de atención. Es su modelo de negocio. Es lo que las hace rentables. Esperar que renuncien a él por consideración a la salud cognitiva de sus usuarios es tan realista como esperar que la industria del tabaco se hubiera autocorregido en los años sesenta.

Dos. Los gobiernos pueden regular, y algunos ya lo están haciendo, con velocidades muy distintas según el país. Suecia lo demostró en 2023. Los Países Bajos, Dinamarca y varios estados norteamericanos van detrás. España tiene debate abierto. América Latina, salvo excepciones puntuales, ni siquiera lo ha empezado. La regulación es necesaria pero es lenta, y llega tarde a las generaciones que ya están dentro del sistema.

Tres. La única defensa que un individuo tiene a corto plazo es la disciplina consciente. La misma que la generación de nuestros padres tuvo que instalar respecto al cuerpo cuando entendió que el trabajo ya no la exigía. Ir al gimnasio no fue nunca una respuesta a un mandato colectivo. Fue una respuesta individual, adoptada primero por una minoría lúcida, después por una mayoría que vio los efectos en quienes se anticiparon. El gimnasio del cuerpo se generalizó porque la evidencia de sus beneficios se hizo visible en la vida cotidiana de los primeros que lo adoptaron.

El gimnasio de la mente va a seguir el mismo camino. Y ese camino ya empezó.

Qué se ejercita en el gimnasio de la mente

No hablo en abstracto. Hablo de prácticas concretas, medibles, replicables. Cada una de ellas es un músculo específico que la evidencia neurocientífica muestra que se atrofia sin uso y se fortalece con ejercicio.

La primera es la lectura profunda. Leer un libro entero, no un resumen. Leer un ensayo largo hasta el final, sin scroll rápido. Leer un texto denso hasta entenderlo, no hasta creer que se ha entendido. Esta práctica tiene una unidad mínima: un libro al mes, sostenido durante un año. Debajo de esa unidad, el músculo no se desarrolla.

La segunda es la escritura sin asistencia. Escribir un texto propio de mil palabras sin abrir ningún asistente de IA. Escribir una carta a mano. Escribir un correo importante en un procesador de texto sin sugerencias automáticas activadas. La escritura sin asistencia obliga al cerebro a tomar decisiones de estructura, de vocabulario, de secuencia, que la asistencia automatizada elimina. La eliminación es cómoda. La cesión de esas decisiones es lo que atrofia.

La tercera es el cálculo mental. Multiplicar dos cifras sin calculadora. Estimar un porcentaje antes de mirarlo. Sumar la cuenta antes de que el teléfono la sume. Es un músculo pequeño y muy específico, pero su ejercicio conserva la capacidad de razonamiento cuantitativo básico que la mayoría de los adultos hispanohablantes contemporáneos ha perdido silenciosamente en los últimos veinte años.

La cuarta es la conversación larga sin dispositivos. Sostener una discusión con otra persona durante una hora sin consultar el teléfono, sin verificar un dato en tiempo real, sin refugiarse en la búsqueda cuando el argumento propio se debilita. La conversación larga es el ejercicio más completo de todos porque combina memoria, atención sostenida, negociación de significado, y elaboración de argumento en tiempo real. Y es el más difícil de sostener en 2026, porque el hábito colectivo lo desincentiva.

La quinta es la verificación consciente. Cuando la máquina —o el titular, o el reenvío por WhatsApp, o el resumen de un buscador con IA— devuelve una afirmación, hacer la operación mental de preguntarse si es cierta antes de aceptarla o compartirla. Esta práctica no requiere tiempo extra. Requiere un solo segundo. Pero es exactamente el segundo que la mayoría de los usuarios contemporáneos ha aprendido a saltarse.

Cinco prácticas. No son las únicas, pero son las que la evidencia disponible sugiere como más consecuentes. Ninguna requiere infraestructura. Ninguna cuesta dinero. Todas requieren disciplina consciente. Y todas son opcionales, hasta que un día no lo sean.

Contra la resignación cómoda

Hay una tentación intelectual que conviene nombrar antes de cerrar. La tentación de decir que el proceso es inevitable, que las generaciones nuevas ya son «distintas», que su cerebro ya opera de otra manera, que resistirse es nostalgia inútil. Esa lectura es cómoda porque exime de responsabilidad. Pero es falsa.

Las generaciones no son «distintas» en un sentido biológico. Son iguales biológicamente a todas las generaciones humanas anteriores. Lo que es distinto es el entorno en el que crecen. Y ese entorno se puede modificar. Suecia lo demostró en 2023. Cualquier padre lo puede demostrar en su casa. Cualquier profesor lo puede demostrar en su aula. Cualquier profesional lo puede demostrar en su rutina de trabajo. La afirmación de que «no se puede hacer nada» es una decisión política disfrazada de constatación biológica. Y como toda decisión política disfrazada, sirve a los intereses de quien la promueve.

Los intereses de quien promueve la resignación son claros. Las plataformas que capturan atención se benefician de que sus usuarios acepten la captura como destino inevitable. Los sistemas educativos que abandonaron la lectura profunda se benefician de que la sociedad acepte esa renuncia como progreso. Los medios que degradaron su rigor para retener audiencia se benefician de que los lectores acepten la degradación como el signo de los tiempos.

Nada de eso es verdad. Todo es reversible. Todo requiere disciplina consciente. Y la disciplina consciente empieza en el individuo antes que en la política pública, porque la política pública siempre llega después.

Lo que le debo a Alfonso

Hace tres años, cuando publiqué La inteligencia NO es artificial, sostuve una tesis parecida. Argumenté que el problema no es la máquina: es lo que el ser humano deja de hacer cuando la usa sin criterio. La distinción entre asistencia y sustitución. La responsabilidad que no se puede delegar. La disciplina que ninguna herramienta puede reemplazar.

Alfonso no leyó el libro cuando me escribió esta semana. Llegó a la misma tesis por su propia observación de la vida cotidiana: mirando a su abuelo con las piernitas flacas, mirando a Suecia volviendo al papel, mirando cómo la conversación pública sobre estos temas no ocurre con la seriedad que amerita. Su nota de voz sin puntuación tenía el argumento completo.

Cuando eso pasa —cuando alguien que no conoce tu trabajo llega por su cuenta a la conclusión que tu trabajo defiende— pasan dos cosas. La primera es que uno se siente confirmado, y eso es agradable. La segunda es que uno entiende que la tesis ya no es solo suya. Está en el aire. Otras personas la están pensando. Y eso es una responsabilidad, porque implica que la conversación pública ya la puede sostener, si el medio se atreve a organizarla.

Esta serie es un intento de organizarla. No la termina; la inicia. Le entrega al lector cinco datos, dos ejemplos internacionales y una analogía de gimnasio para pensar la relación entre su vida cotidiana y una transformación cognitiva que ninguna generación humana anterior tuvo que negociar con esta velocidad.

Si algo aporta, será porque hubo un lector que se tomó la molestia de escribir una nota de voz larga, sin puntuación, con la sintaxis oral que las notas de voz tienen, y sin embargo con la claridad de pensamiento que tienen las ideas que se han estado macerando en silencio durante mucho tiempo antes de decirse en voz alta.

Gracias, Alfonso. Esta serie es tuya tanto como del medio que la publica.

Navegación de la serie

Serie · El Gimnasio de la Mente

Piezas vinculadas

Fuentes principales

  • Notas de voz de un lector recibidas por el editor en jefe la semana del 10 de agosto de 2026.
  • Maryanne Wolf · Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World (2018).
  • Michael Gerlich · AI Tools in Society: Impacts on Cognitive Offloading and the Future of Critical Thinking · revista Societies (2025).
  • Serie completa de INCÍSOS El Gimnasio de la Mente, publicada en el mismo día de esta pieza.
  • Alfredo Yánez Mondragón · La inteligencia NO es artificial (2026).

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon, entre ellos La inteligencia NO es artificial, ensayo dedicado a las cuestiones que esta serie desarrolla en formato periodístico.

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Tecnología

Las latinoamericanas manejan mejor lo digital y temen más el desempleo

Un estudio con 57.613 encuestas en 17 países desmonta la explicación más repetida sobre la brecha laboral de género en la región. Las mujeres puntúan más alto en destreza digital que los hombres. Y aun así se sienten más pobres y más expuestas a perder el trabajo.

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Las mujeres puntúan más alto en destreza digital y, a la vez, declaran más miedo a quedar sin empleo en los 17 países estudiados.

Un estudio con 57.613 encuestas en 17 países desmonta la explicación más repetida sobre la brecha laboral de género en la región. Las mujeres puntúan más alto en destreza digital que los hombres. Y aun así se sienten más pobres y más expuestas a perder el trabajo.

Las mujeres puntúan más alto en destreza digital y, a la vez, declaran más miedo a quedar sin empleo en los 17 países estudiados.
Las mujeres puntúan más alto en destreza digital y, a la vez, declaran más miedo a quedar sin empleo en los 17 países estudiados.

Durante años, la respuesta estándar a la brecha laboral de género en América Latina fue una variante de la misma frase: las mujeres se quedan atrás en el mercado de trabajo porque se quedan atrás en las competencias digitales. Menos STEM, menos programación, menos herramientas. Cierre esa brecha de habilidades y cerrará la otra.

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Un trabajo publicado el 11 de agosto de 2026 en la revista Journalism and Media pone esa cadena causal en duda. Carmen Beatriz Fernández y Jenifer Campos, ambas del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) de Caracas, cruzaron tres olas del Latinobarómetro —2018, 2020 y 2023— en 17 países y encontraron que la brecha digital de la región, medida con los datos disponibles, corre en dirección contraria: son las mujeres las que puntúan un poco más alto.

Y sin embargo son ellas las que tienen más miedo.

El título del paper lo dice sin rodeos: Afraid of the Future. Miedo al futuro.

Qué se midió y cómo

El Latinobarómetro encuesta cada año a unas 1.200 personas por país mediante muestreo por cuotas. Las autoras tomaron tres cortes —antes, durante y después de la pandemia— y consolidaron 57.613 respuestas. Nicaragua quedó fuera por falta de datos de 2018. La muestra final quedó en 52,2 % de mujeres y 47,8 % de hombres, con edad promedio de 41 años.

De ahí construyeron dos instrumentos.

El primero es un análisis factorial exploratorio sobre cuatro preguntas: clase social autodeclarada, preocupación por no tener comida suficiente durante el último año, grado de preocupación por quedar desempleado en los próximos doce meses, y si el ingreso familiar cubre las necesidades del hogar. De ahí salieron dos constructos que explican 65 % de la variabilidad: percepción de pobreza (40 %) y percepción de riesgo de desempleo (25 %).

El segundo es el hallazgo metodológico del trabajo: el Índice de Destreza Digital (IDD, Digital Dexterity Index), que combina la intensidad de uso de nueve plataformas —Facebook, YouTube, WhatsApp, Instagram, X, LinkedIn, Snapchat, Tumblr y otras— con el nivel educativo máximo alcanzado. Va de 0 a 1. Solo pudo calcularse para 2020 y 2023, porque la escala educativa de 2018 no era comparable con las posteriores.

Tres olas del Latinobarómetro, dos índices construidos y dos conglomerados con perfiles opuestos.
Tres olas del Latinobarómetro, dos índices construidos y dos conglomerados con perfiles opuestos.

El miedo crece, y no es simétrico

La percepción de riesgo de desempleo aumentó en las tres mediciones. Creció entre 2018 y 2020, y siguió creciendo hasta 2023, cuando buena parte de la región ya había recuperado estabilidad macroeconómica. Las diferencias son pequeñas en términos absolutos —del orden de 0,1 desviaciones estándar— pero el sentido es inequívoco: el temor no retrocedió con la recuperación.

Lo relevante es la distribución. En los 17 países estudiados, sin excepción, las mujeres declaran más temor a perder el empleo en los próximos doce meses que los hombres. La diferencia es estadísticamente significativa al 5 % salvo en Uruguay y México.

Las brechas más anchas: Bolivia, Brasil, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México —que se ensanchó en 2023—, Panamá y República Dominicana. Las que se están cerrando: Chile, Paraguay, Uruguay y Venezuela. En el corte pospandémico, los países donde ellas están más preocupadas que ellos son Perú, Honduras y República Dominicana.

La pobreza percibida: el pico y el descenso

La percepción de pobreza dibuja una curva distinta. Tocó su máximo en 2020 —cuando el desempleo y la suspensión de salarios eran hechos consumados y nadie sabía por cuánto tiempo— y para 2023 no solo bajó: quedó por debajo del nivel de 2018. Es decir, en promedio los latinoamericanos declaran sentirse mejor situados hoy que antes de la pandemia.

Pero, otra vez, la media esconde la distribución. Las mujeres se perciben más pobres que los hombres de manera consistente en casi todos los países. Las dos excepciones —donde no hay diferencia estadísticamente significativa entre sexos— son Guatemala y Venezuela.

Venezuela es el caso extremo por otro motivo: es el país que consistentemente se percibe más pobre, con el índice por encima de 0,5 durante todo el período. En la tercera medición hay un descenso significativo que las autoras vinculan, citando a Aveledo y a Rojas Silva y Ángel, con la narrativa de que «Venezuela se arregló».

Colombia va en la dirección contraria: la percepción de pobreza sube incluso después de la pandemia, y sube más rápido entre las mujeres que entre los hombres. La brecha también se ensanchó en El Salvador y República Dominicana.

En el otro extremo, con índices negativos —esto es, percepción de bajo riesgo de pobreza—: Brasil, Chile, Costa Rica, Paraguay y Uruguay.

El índice que da vuelta la explicación

Aquí está el núcleo del trabajo.

El IDD promedio regional pasó de 0,43 en 2020 a 0,46 en 2023 (desviación estándar de 0,19 en ambos cortes). La diferencia entre años es estadísticamente significativa. La pandemia funcionó como acelerador de competencias digitales para ambos sexos.

Antes de eso, en 2018, los hombres reportaban mayor diversidad de uso de redes sociales que las mujeres. En 2020 ambos indicadores subieron, pero de manera desigual: los hombres crecieron 2 puntos porcentuales; las mujeres, casi 5. En 2023 ambos volvieron a subir cerca de 5 puntos, con las mujeres nuevamente por delante.

Al agregar el nivel educativo y calcular el IDD, el resultado se mantiene: las mujeres puntúan más alto que los hombres, aunque por menos de un punto porcentual. Es una ventaja pequeña, pero es una ventaja.

El comportamiento no es homogéneo. En Chile hombres y mujeres presentan valores casi idénticos en ambos períodos. En República Dominicana, Colombia, Costa Rica y Perú los promedios convergen hacia 2023. En Argentina, Bolivia, Brasil, Honduras, México y Venezuela la brecha se ensancha a favor de ellas.

Un dato lateral merece atención: Argentina es el único país de la muestra donde la intensidad de uso de redes sociales bajó después de la pandemia, cuando el resto de la región mantuvo el crecimiento. Las autoras lanzan una hipótesis —sin darla por probada— de burnout digital, un fenómeno documentado hasta ahora sobre todo en sociedades del Norte global.

La brecha digital se ensancha a favor de las mujeres en seis países, converge en cuatro y desaparece en Chile.
La brecha digital se ensancha a favor de las mujeres en seis países, converge en cuatro y desaparece en Chile.

Dos Américas Latinas dentro de la misma muestra

El análisis de conglomerados partió la muestra en dos grupos con perfiles nítidos.

El primer clúster reúne 45 % de los casos y crece con el tiempo. Predominan mujeres, con concentración en Brasil, República Dominicana y Panamá. Nivel educativo promedio más bajo, percepción de pobreza y de riesgo de desempleo significativamente por encima de la media.

El segundo clúster agrupa 55 % y se achica. Predominan hombres, con concentración en Argentina, Chile y México. Educación promedio más alta, percepciones de pobreza y desempleo por debajo de la media.

El grupo vulnerable crece. El grupo protegido se contrae.

Si no son las habilidades, ¿qué es?

La conclusión de Fernández y Campos es negativa en el sentido estricto: descarta una explicación sin sustituirla por una certeza.

Si las mujeres latinoamericanas tienen más destreza digital que los hombres —según la medición disponible— y aun así enfrentan peores ingresos, más inseguridad laboral y más miedo, entonces la brecha no se explica por un déficit de competencias. Hay que buscar en otra parte.

Las autoras señalan tres direcciones, apoyadas en literatura previa:

Los cuidados. Claudia Goldin, Nobel de Economía 2023, estimó que el tiempo dedicado al cuidado infantil en EE.UU. pasó de 8,7 horas semanales antes de la pandemia a 22,4 horas en el otoño de 2020. El cierre de escuelas y guarderías recayó de manera desproporcionada sobre las madres, incluso en hogares donde ambos progenitores son universitarios y trabajan a tiempo completo.

El retorno desigual de la misma habilidad. Un informe del BID de 2019 —Bustelo, Flabbi y Viollaz— encontró que dentro de las propias competencias STEM el retorno es asimétrico: un aumento de una desviación estándar genera 15 % de retorno en ingresos para los hombres y 9 % para las mujeres. El mismo informe halló que mayores niveles educativos implican retornos significativamente más altos para ellos, pero no para ellas.

El acceso. El indicador de exclusión de género de V-Dem, que mide en escala de 0 a 4 el acceso de las mujeres al empleo público, muestra que entre 2000 y 2022 Chile mejoró de 2,50 a 3,13 y Perú de 1,96 a 2,59, mientras Colombia, Ecuador y Argentina se estancaron. Venezuela retrocedió: de 3,16 a 2,63.

Entre 2000 y 2022, Chile y Perú mejoraron el acceso femenino al empleo público. Venezuela retrocedió.
Entre 2000 y 2022, Chile y Perú mejoraron el acceso femenino al empleo público. Venezuela retrocedió.

Hay además un dato del propio Latinobarómetro que enmarca todo lo anterior. En 2018, 36,2 % de las mujeres de la región se dedicaba a labores del hogar o no trabajaba, frente a 7,5 % de los hombres. En 2020 esas cifras se dispararon a 78,2 % y 21,8 % respectivamente. La pregunta no se repitió en 2023, de modo que el valor pospandémico se desconoce.

En 2020, casi ocho de cada diez mujeres de la región declaraban dedicarse al hogar o no trabajar. La pregunta no volvió a formularse.
En 2020, casi ocho de cada diez mujeres de la región declaraban dedicarse al hogar o no trabajar. La pregunta no volvió a formularse.

Lo que el estudio no puede decir

El trabajo es explícito sobre sus propios límites, y eso lo hace más útil, no menos.

El KMO del análisis factorial es 0,568, un valor de adecuación muestral apenas modesto. El segundo factor está dominado por un solo ítem, de modo que funciona mejor como indicador estandarizado que como constructo latente robusto.

El IDD no mide competencia digital en el sentido fuerte que usa la literatura de alfabetización digital. No distingue producción activa de consumo pasivo, ni uso profesional de uso recreativo, ni mide habilidades por tarea. Es un proxy de amplitud de exposición a plataformas, combinado con años de escolaridad. Las autoras piden expresamente que futuras investigaciones lo validen contra medidas directas de competencias operativas, informacionales, comunicativas y de creación de contenido.

Los datos son de autopercepción, con todos los sesgos que eso implica. El diseño es observacional: permite describir coincidencias temporales con la pandemia, no atribuirle causalidad.

Y hay una crítica metodológica dirigida a la propia fuente. El Latinobarómetro cambia preguntas, escalas y ordenamientos entre olas. Por eso 2018 quedó fuera del cálculo del IDD, y por eso la pregunta sobre dedicación al trabajo doméstico no pudo seguirse longitudinalmente. La recomendación de las autoras es directa: estabilidad en los cuestionarios. Cuando cambia la redacción, cambia el significado, y lo que parece una tendencia puede ser un artefacto del instrumento.

Por qué importa

La utilidad de este trabajo no está en el índice que propone, sino en la puerta que cierra.

Buena parte de la política pública regional en materia de género y trabajo se ha construido sobre el supuesto de la capacitación: cursos de programación, becas STEM, alfabetización digital. Son políticas legítimas y probablemente necesarias. Pero si el diagnóstico de partida es que las mujeres se quedan atrás porque saben menos, y los datos disponibles sugieren que no saben menos, entonces esas políticas están tratando un síntoma que no es el central.

Fernández y Campos lo formulan como paradoja. Podría formularse como advertencia: se puede cerrar una brecha de habilidades sin mover la brecha de resultados. La destreza digital femenina de América Latina ya está ahí, medida y documentada. Lo que no aparece es su traducción en ingresos, en estabilidad y en tranquilidad sobre el futuro.

El miedo, mientras tanto, sigue subiendo.

Ficha técnica

Título Afraid of the Future: Gender Labor Gap and Pandemic—A Comparative Perspective for Latin America
Autoras Carmen Beatriz Fernández (Centro de Políticas Públicas, IESA) y Jenifer Campos (Centro de Mercadeo, IESA)
Publicación Journalism and Media, vol. 7, n.º 3, artículo 167
Editorial MDPI, Basilea
Fechas Recibido el 25 de mayo de 2026. Revisado el 30 de julio de 2026. Aceptado el 31 de julio de 2026. Publicado el 11 de agosto de 2026
DOI 10.3390/journalmedia7030167
Licencia Creative Commons BY 4.0 (acceso abierto)
Fuente de datos Latinobarómetro, olas 2018, 2020 y 2023
Muestra 57.613 encuestados, 17 países
Financiamiento Sin financiamiento externo declarado
Conflictos de interés Ninguno declarado

Sobre las autoras

Carmen Beatriz Fernández es doctora en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra, urbanista por la Universidad Simón Bolívar, magíster en Administración de Empresas por el IESA y en Campañas Electorales por la Universidad de Florida. Dirige la consultora DataStrategia, es cofundadora de la Organización de Consultores Políticos Latinoamericanos (OCPLA) y enseña comunicación política en la Universidad de Navarra, el IESA y la Universidad de Pforzheim. Es autora de Ciberpolítica (2008) y Secretos de marketing político (2010).

Jenifer Campos es investigadora del Centro de Mercadeo del IESA. En este trabajo estuvo a cargo del análisis formal.

Este análisis se publica bajo los criterios editoriales de INCÍSOS. Cómo trabajamos →

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