El Inciso
Volver a la rutina
Dos semanas después del terremoto, retomamos la edición completa: economía, tecnología, emprendimiento. Hacerlo mientras hay familias desenterrando a sus muertos produce un pudor difícil de explicar. Esta es una reflexión sobre por qué volver a la rutina, lejos de ser una traición, puede ser un acto de dignidad.
Hoy volvemos a la rutina, y debo confesar que lo hago con cierto pudor. Después de dos semanas en que este medio, como tantos, dedicó buena parte de su energía a cubrir la tragedia de Venezuela, hoy retomamos la edición completa: hablamos de empleo y de la Reserva Federal, de inteligencia artificial, de franquicias y de emprendimiento. Volvemos, en fin, a la normalidad periodística. Y hay algo en ese gesto que incomoda, porque uno sabe que, mientras escribe sobre tasas de interés, en La Guaira todavía hay familias desenterrando con sus manos a sus muertos.
Ese pudor es legítimo, y no quiero disimularlo. Sería más fácil fingir que la vida sigue sin más, que ya toca pasar página. Pero no es cierto, y este medio no va a fingirlo. El país sigue temblando —literalmente, con sus réplicas; y en otro sentido, con su duelo—, y ninguna nota sobre economía doméstica borra esa realidad. La tragedia venezolana no ha terminado; apenas ha entrado en su fase más larga y menos fotogénica, la de la reconstrucción, la de los refugios, la de los duelos que no salen en los titulares.
Y sin embargo, aquí estamos, volviendo a hablar de lo cotidiano. ¿Por qué? Me lo he preguntado estos días, y creo que tengo una respuesta. Volver a la rutina no es olvidar. Es, en realidad, una forma de resistencia. Porque la vida de nuestra gente —la del hispano que trabaja en Texas, la de la familia que manda remesas desde Florida, la del emprendedor que abre su negocio en Ohio— no se detuvo con el terremoto, y esas vidas también merecen ser contadas, acompañadas, explicadas. Abandonarlas sería otra forma de fallarles.
Hay una dignidad en la rutina que solemos pasar por alto. La misma dignidad que hay en el venezolano que, tras perderlo todo, vuelve a levantar su puesto de arepas; en la madre que, en medio del duelo, prepara el desayuno de sus hijos; en el trabajador que regresa a su turno porque hay que seguir. La normalidad, cuando se ha rozado el abismo, no es indiferencia: es un acto de coraje. Volver a lo cotidiano es afirmar que la vida continúa, que no nos vencieron, que seguimos de pie.
Por eso hoy volvemos, pero volvemos sin olvidar. En esta misma edición, la tragedia venezolana sigue teniendo su lugar central: la reconstrucción, los muertos que las familias recuperan solas, el pulso político que la emergencia destapó. No hemos pasado página; hemos ampliado el cuaderno. Cabe el dolor de Venezuela y cabe, también, la vida que sigue para millones de hispanos en Estados Unidos. Las dos cosas son verdad, y las dos merecen ser contadas.
Quizás esa sea, al final, la única manera honesta de volver a la rutina: hacerlo con conciencia. Sabiendo lo que duele, sin fingir que no duele, pero sin dejar que el dolor nos paralice. Los muertos de La Guaira merecen ser llorados y recordados; los vivos de todas partes merecen ser acompañados en su día a día. Un medio que sirve a su comunidad tiene que poder hacer las dos cosas a la vez, sin que ninguna traicione a la otra.
Así que hoy volvemos a la rutina. Con pudor, sí, pero también con la certeza de que hacerlo bien —sin olvidar, sin frivolizar, sin abandonar a nadie— es una forma de honrar tanto a los que perdimos como a los que siguen aquí, esperando que alguien les explique el mundo con criterio. Esa es nuestra tarea. Volvemos a ella. Y volvemos, a pesar de todo, con esperanza.
Alfredo Yánez Mondragón · Fundador y editor en jefe
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Ni intacto ni soberano
Alrededor del regreso de María Corina Machado se han deslizado dos palabras que no resisten el examen: intacto y soberano. Ni el plan quedó intacto tras el terremoto, ni el país es hoy soberano.
En las últimas horas, alrededor del intento de regreso de María Corina Machado, se han deslizado en el debate dos palabras que se pronuncian con una ligereza que asusta. Dos palabras que, si uno se detiene a mirarlas de frente, no resisten el examen. La primera es «intacto». La segunda es «soberano». Y conviene detenerse, porque las palabras importan, y estas dos, mal usadas, sirven para maquillar una realidad que merece ser mirada sin maquillaje.
Se habla, por ejemplo, de un plan que sigue intacto. De una hoja de ruta que avanza sin sobresaltos, de un diseño que el terremoto no habría tocado. Y ahí está la primera palabra que no cuadra. Porque es sencillamente imposible que algo permanezca intacto en un país donde el 24 de junio se cayó el suelo. Donde hay más de dos mil muertos, decenas de miles de personas sin techo y una franja costera entera reducida a escombros. En un país así, hablar de un plan intacto no es solo inexacto: es una manera de no mirar. Todo lo que existía antes de esa tarde quedó sacudido, y quien pretenda que su plan sobrevivió incólume, o no entendió lo que pasó, o prefiere que no lo entendamos nosotros.
Pero es la segunda palabra la que de verdad me detiene. Soberano. Se sigue hablando de soberanía como si nada, con la boca llena, mientras un buque de guerra extranjero está fondeado en el puerto de La Guaira —como documentó INCÍSOS—, mientras hay tropas de otro país desplegadas en el territorio, mientras se coordinan operaciones desde centros que no responden a Caracas, y mientras el petróleo y su destino se discuten en despachos que no están en Venezuela. Se puede llamar a eso ayuda, y en buena medida lo es. Se puede llamar cooperación, y también. Pero llamarlo soberanía es forzar el idioma hasta romperlo.
Y aquí quiero ser honesto, porque lo fácil sería indignarse y quedarse ahí. La verdad más incómoda no es que Venezuela haya dejado de ser soberana. Es cómo dejó de serlo. No fue por convicción, no fue una decisión meditada, no fue un pueblo que eligió ceder su soberanía a cambio de algo. Fue por circunstancia. Fue porque, a lo largo de más de dos décadas, no logramos —con nuestras propias fuerzas, con nuestros propios medios, con nuestros propios votos— resolver lo que teníamos que resolver. La soberanía no se entregó en una ceremonia: se fue perdiendo a cuentagotas, año tras año, derrota tras derrota, hasta que un día amaneció capturada por las circunstancias.
Lo he pensado mucho estos días, en que se cumplen 180 días desde que una fuerza extranjera entró a Caracas a llevarse a un presidente. Seis meses. Y la pregunta que me persigue no es quién manda hoy en Venezuela, sino por qué llegamos a un punto en que esa pregunta ya no la respondemos solos. Porque cada vez que una sociedad no consigue, por sus propios caminos, procesar sus conflictos y corregir su rumbo, deja una puerta abierta. Y por esa puerta, tarde o temprano, entra alguien más. No siempre entra a la fuerza. A veces entra invitado, aplaudido incluso, en nombre de la ayuda o del rescate. Pero entra.
No escribo esto para reprochar la ayuda, que salva vidas y hay que agradecerla. Ni para idealizar una soberanía que, seamos sinceros, hacía tiempo que era más himno que realidad. Escribo para pedir una sola cosa: que llamemos a las cosas por su nombre. Que no confundamos el alivio con la autonomía, ni la asistencia con el mando. Que si vamos a reconstruir este país —y lo vamos a reconstruir—, lo hagamos sabiendo desde dónde partimos: desde un país golpeado, dependiente, con el plan hecho pedazos y la soberanía en préstamo. No es una condena. Es un punto de partida. Y ningún país se ha levantado de verdad mintiéndose sobre el lugar donde está parado.
Porque la soberanía, como la confianza, no se declara: se construye. Y solo se reconstruye desde la verdad. La misma verdad que estos días ha emergido entre los escombros, cuando la gente entendió, sin que nadie se lo explicara, que lo que no resolvamos nosotros lo va a terminar decidiendo otro. Ese es, quizás, el aprendizaje más duro de esta tragedia. Y también, si sabemos leerlo, el comienzo de algo distinto.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe, INCÍSOS
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