Política
Los que decidieron ir: la sociedad civil que se organizó sola mientras el Estado improvisaba
Frente al doble terremoto, miles de venezolanos tomaron una decisión consciente: ir a ayudar. Lo hicieron sin maquinaria y sin instrucciones, mientras las autoridades, sin un plan previo para ninguna fase de la emergencia, primero los frenaban y solo después intentaban organizarlos. Un reportaje sobre dos formas de responder a la catástrofe.
Frente a la catástrofe, dos respuestas se midieron en tiempo real. Una nació de abajo: miles de personas que decidieron, una por una, ir a ayudar. La otra venía de arriba y llegó tarde, sin un plan previo para ninguna fase de la emergencia. Esta es la crónica de esa distancia.
Ficha 6W
| Qué | La sociedad civil se organizó sola para rescatar mientras el Estado respondía sin un plan previo. |
| Quién | Voluntarios, vecinos y rescatistas improvisados, frente a las autoridades de la emergencia. |
| Cuándo | Desde las primeras horas tras el doble terremoto del 24 de junio de 2026. |
| Dónde | En La Guaira y Caracas, las zonas más golpeadas por los sismos. |
| Por qué | La ausencia de planificación estatal dejó el primer rescate en manos de la ciudadanía. |
| Cómo | Con herramientas propias y cadenas humanas, ante la falta de maquinaria y coordinación oficial. |
Hubo un momento, en las horas que siguieron al doble terremoto del 24 de junio de 2026, en que miles de venezolanos tomaron la misma decisión por separado. No la tomó un ministerio ni una sala situacional. La tomó cada uno, en su casa, mirando las imágenes de los edificios caídos: ir. Bajar a La Guaira, salir a las calles de Altamira, cargar el carro con agua y palas y herramientas y manejar hacia donde la tierra se había tragado a la gente. Esa decisión —individual, repetida miles de veces hasta volverse colectiva— es el verdadero sistema de respuesta que Venezuela tuvo en las primeras horas. No el del Estado. El de su gente.
Este reportaje trata de esa distancia: la que separa a quienes decidieron ir de quienes, teniendo la obligación de planificar, llegaron a improvisar.
La decisión de abajo
Las escenas se repitieron en cada zona afectada. Por la autopista que une La Guaira con Caracas bajaban vecinos en moto cargando herramientas para sumarse a los rescates. En Altamira, los habitantes se volcaron a las calles con linternas y agua para apoyar a los equipos de rescate y bomberos. En los escombros de los edificios colapsados, familiares y desconocidos cavaban codo a codo, removiendo concreto con las manos porque no había otra cosa con qué hacerlo.
Conviene detenerse en lo que significa esa decisión. Ir a una zona de desastre no es un acto reflejo: es una elección que implica riesgo —réplicas, estructuras inestables, ausencia de seguridad— y un esfuerzo físico extremo. Quien cargó agua hasta un refugio, quien prestó su camioneta, quien hizo cadena humana para pasar escombros, eligió hacerlo. Como han documentado los reportes en el terreno, la solidaridad ciudadana fue fundamental para las primeras labores de búsqueda. En un país donde los expertos coinciden en que las primeras 72 horas son decisivas para encontrar personas con vida, esa movilización espontánea no fue un gesto simbólico: fue, literalmente, la primera línea de rescate.
La respuesta de arriba
Frente a esa marea de voluntad, ¿qué hizo el aparato estatal? La respuesta es incómoda, y se entiende mejor observando un detalle. Dos días después del sismo, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, pidió a la ciudadanía abstenerse de dirigirse a La Guaira porque, dijo, estaban obstaculizando la circulación que necesitaban las fuerzas de rescate. Y anunció que esa misma noche comenzaría un registro oficial de voluntarios en el Poliedro de Caracas, organizado por experticia.
Leído con cuidado, ese anuncio dice más de lo que parece. Significa que, cuarenta y ocho horas después de la catástrofe, recién se montaba el mecanismo para organizar a los voluntarios. La energía ciudadana llevaba dos días desplegada por su cuenta, sin canalización oficial, y la respuesta del Estado no fue dirigirla desde el primer minuto sino, primero, pedirle que se detuviera, y solo después, ofrecerle un registro. No es un matiz menor: revela que no existía un plan previo para incorporar a la sociedad civil a la respuesta. Se improvisó sobre la marcha, reaccionando a la gente en lugar de organizarla.
Un Estado sin plan para ninguna fase
La gestión de desastres se piensa en fases: preparación, respuesta inmediata, estabilización y reconstrucción. Cada una exige planificación anticipada. Lo que el terremoto dejó al descubierto es la ausencia de esa planificación en prácticamente todas ellas.
En la preparación: a diferencia de Chile o Japón —países sísmicos que desarrollaron durante décadas simulacros periódicos y protocolos conocidos por la población—, en Venezuela los programas de capacitación masiva no alcanzaron continuidad ni profundidad, según los especialistas. En la respuesta inmediata: bomberos y rescatistas pedían maquinaria pesada que no llegaba, y algunos fueron vistos pidiendo prestados teléfonos para iluminarse, ante la falta de linternas. En la atención sanitaria: el sistema hospitalario llegó al desastre ya colapsado, con un noventa por ciento de los hospitales en escasez crónica de medicinas y equipos, según organizaciones internacionales. La diferencia entre disponer o no de excavadoras y grúas, en una emergencia así, puede ser la diferencia entre rescatar a un sobreviviente o recuperar un cuerpo.
El exdirector nacional de Defensa Civil Ángel Rangel lo resumió, en entrevista con este medio, en una idea que el terremoto confirmó: la voluntad sola no salva vidas si no hay un mando único, equipos especializados y un plan que los coordine. Hubo declaraciones de altos funcionarios, pero no, en esas primeras horas, un equipo de gestión visible operando con un plan.
Las dos lecciones
De esta tragedia salen dos lecciones que conviene no confundir. La primera es luminosa: la sociedad civil venezolana demostró una capacidad de auto-organización notable, capaz de suplir durante días la ausencia del aparato estatal. Esa fuerza es real y merece reconocimiento.
La segunda es una advertencia: esa misma fuerza no debería haber tenido que suplir nada. El heroísmo ciudadano no es un sistema de protección civil; es lo que ocurre cuando ese sistema falla. Apoyarse en él como si fuera la respuesta —celebrarlo desde el poder como un logro— es, en el fondo, una forma de admitir la propia ausencia. Los voluntarios decidieron ir. La pregunta que queda abierta, y que excede a esta emergencia, es por qué tuvieron que decidirlo solos.
Fuentes principales: Reportes en el terreno de CNN en Español, Infobae, France 24, Acento y Reuters (25 y 26 de junio de 2026); declaraciones de la presidenta encargada Delcy Rodríguez en Venezolana de Televisión; entrevista de INCÍSOS con Ángel Rangel, exdirector nacional de Defensa Civil; Comité Internacional de Rescate (IRC).
Alfredo Yánez
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El gobierno admite que la nómina pública es insostenible
El gobierno de transición encargó rediseñar un Estado con 3,5 millones de empleados que admite no poder sostener. Entre la deuda y el terremoto, la reingeniería es una bomba de relojería política.
ANÁLISIS · VENEZUELA
El gobierno de transición encargó a Héctor Rodríguez rediseñar el Estado venezolano y le puso 90 días de plazo. En el camino, el propio comisionado admitió algo que pocos en el chavismo habían dicho en voz alta: con 3,5 millones de empleados públicos, la nómina del Estado es insostenible. Esa confesión abre una caja que será muy difícil de cerrar.
Ficha 6W
| Qué | El gobierno admitió que la nómina pública, de unos 3,5 millones de empleados, es insostenible, en medio de una reingeniería del Estado. |
|---|---|
| Quién | El comisionado Héctor Rodríguez, la presidenta encargada Delcy Rodríguez y los millones de empleados públicos. |
| Cuándo | La comisión se creó el 26 de mayo de 2026, con 90 días de plazo que vencen a finales de agosto. |
| Dónde | En toda la administración pública venezolana: nacional, estadal y municipal. |
| Por qué | El tamaño del aparato estatal choca con la necesidad de ordenar las finanzas y reconstruir tras el sismo. |
| Cómo | Mediante una comisión presidencial que debe presentar un rediseño del Estado en un plazo fijado. |
Por qué le importa al venezolano
Para el venezolano, dentro y fuera del país, esto toca lo más concreto. Para los 3,5 millones de empleados públicos y sus familias, el futuro de su sustento depende de cómo se resuelva esta reingeniería. Para quien sueña con un Estado que funcione —que preste servicios, que no sea una maquinaria clientelar— es la prueba de si la «nueva realidad» es transformación de verdad o eslogan. Y para la diáspora que evalúa si algún día vale la pena volver, la capacidad del país de construir un Estado sostenible y eficiente es una de las señales que más pesan. Detrás de la palabra técnica «reingeniería» se esconde, en realidad, una pregunta sobre qué tipo de país quiere ser Venezuela cuando pase la emergencia. Y esa, como casi todo en esta etapa, es una pregunta que aún no tiene respuesta.
Fuentes principales: declaraciones de Héctor Rodríguez recogidas por El Nacional y Últimas Noticias (junio de 2026); anuncio de la comisión por Delcy Rodríguez (26 de mayo de 2026) reportado por EFE, Infobae y Diario Libre; contexto de la reestructuración de deuda ante el FMI.
Política
De la Espriella inaugura una transición de ruptura en Colombia
Ya con credenciales, el presidente electo de Colombia marca un estilo de transición sin precedentes: confrontación con Petro, auditoría anticorrupción y mano dura. Qué significa.
ANÁLISIS · COLOMBIA
Ya acreditado como presidente electo, Abelardo de la Espriella no está montando una transición de cortesía. No pisará la Casa de Nariño hasta su posesión, anunció una auditoría forense del gobierno saliente y le dio un mes de plazo a los grupos armados. Colombia entra en un relevo de poder marcado por la ruptura, no por la continuidad.
Ficha 6W
| Qué | El presidente electo de Colombia inaugura una transición de confrontación con el gobierno saliente, con auditoría y distancia simbólica. |
|---|---|
| Quién | Abelardo de la Espriella, presidente electo; Gustavo Petro, saliente; José Manuel Restrepo, vicepresidente electo. |
| Cuándo | Desde la entrega de credenciales el 25 de junio de 2026, rumbo a la posesión del 7 de agosto. |
| Dónde | En Colombia, con repercusión en toda la región y en la relación con Estados Unidos. |
| Por qué | De la Espriella plantea recibir un país «quebrantado» y romper con el modelo de gestión de Petro. |
| Cómo | Mediante un empalme «anticorrupción», la negativa a visitar la Casa de Nariño y un ultimátum a los armados. |
Lo que está ocurriendo
Han pasado los días desde que Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta presidencial colombiana del 21 de junio de 2026, y la noticia ya no es el triunfo en sí, sino la forma inédita en que el presidente electo está conduciendo su transición. El 25 de junio recibió del Consejo Nacional Electoral la credencial que lo acredita oficialmente como mandatario electo para el periodo 2026-2030, tras imponerse a Iván Cepeda por unos 252.000 votos —el margen más estrecho de la historia presidencial colombiana, en una elección que, paradójicamente, lo convirtió también en el candidato más votado del país, con casi 13 millones de sufragios. Hasta ahí, lo previsible. Lo que vino después no lo es.
De la Espriella anunció que no pisará la Casa de Nariño, la sede del Gobierno, hasta el día de su posesión, el 7 de agosto. Es una decisión sin precedentes recientes en Colombia, donde lo habitual es que el presidente saliente reciba al entrante en un gesto de continuidad institucional. En su lugar, el presidente electo delegó el empalme en su vicepresidente, José Manuel Restrepo, y lo bautizó «empalme anticorrupción»: una auditoría forense para, en sus palabras, «determinar la verdadera magnitud del saqueo y el deterioro institucional» que dice heredar. El tono de su primer discurso con credencial fue igual de frontal: acusó a Petro de haber «degradado la majestad de la Presidencia», «debilitado las instituciones» y «dividido a los colombianos».
Una transición que es, también, un mensaje
Conviene leer estos gestos como lo que son: política, no solo protocolo. La negativa a visitar la Casa de Nariño no es un capricho; es una declaración. Comunica que el nuevo gobierno no se considera heredero ni continuador del anterior, sino su reverso. La auditoría forense envía la misma señal hacia adelante: el sello de la nueva administración será el contraste con la saliente. Y el ultimátum de un mes que De la Espriella lanzó a los grupos armados para que se sometan a la justicia marca el giro en seguridad —de la «paz total» de Petro a una línea de mano dura—. Cada uno de estos movimientos dibuja, antes incluso de asumir, la identidad de un gobierno que se define por oposición a su predecesor.
Petro, por su parte, optó por la contención formal. En un comunicado del 26 de junio dijo «acato las decisiones de los jueces», aseguró que su gobierno está «listo» para el empalme y designó a su ministro de Hacienda como coordinador de la transición. Es un reconocimiento que llega después de que tanto él como Cepeda se resistieran inicialmente a aceptar el resultado durante el escrutinio, alegando la estrechez del margen. Que finalmente lo acaten ordena el relevo, pero no borra la tensión de fondo.
Un país partido en dos
Detrás de esta transición áspera hay un dato estructural que conviene no perder de vista: Colombia quedó dividida casi exactamente por la mitad. El mapa electoral muestra dos bloques —De la Espriella fuerte en el centro, el oriente y Antioquia; Cepeda dominante en el Caribe, el Pacífico y Bogotá— y un margen de menos de un punto. Gobernar un país partido así, con una transición que arranca en clave de confrontación, es el primer gran desafío del nuevo mandatario. Su discurso osciló entre la mano tendida a los casi 13 millones que no lo votaron y la confrontación con el gobierno saliente; cuál de los dos tonos predomine definirá su capacidad de gobernar.
Por qué le importa al lector hispano
Para la audiencia hispana en Estados Unidos, el giro colombiano importa por varias razones. La primera es regional: Colombia se suma a una secuencia de países que viran hacia gobiernos de derecha, en elecciones reñidas y con perdedores que tardan en reconocer. La segunda es la relación con Washington: De la Espriella se perfila como un interlocutor mucho más afín a Estados Unidos que Petro, con quien la Casa Blanca tuvo choques abiertos, lo que puede reordenar la cooperación en seguridad, migración y comercio. Y la tercera toca a la enorme comunidad colombiana en EE.UU., que sigue con atención un cambio de gobierno que afectará la economía, la seguridad y el clima político del país al que envía remesas y al que muchos piensan volver.
Lo que se juega en estas semanas, entonces, no es solo quién gobierna Colombia, sino con qué talante. Una transición de ruptura puede ser el preludio de un gobierno reformista decidido o de cuatro años de confrontación permanente. El estilo con que De la Espriella está llegando al poder es la primera pista, y conviene leerla con atención.
Fuentes principales: cobertura de El Tiempo, El País, Semana, El Espectador y Pulzo sobre la entrega de credenciales y la transición (24-27 de junio de 2026); comunicados de la Presidencia de Colombia y del equipo del presidente electo; resultados oficiales del Consejo Nacional Electoral (CNE).
Política
Keiko Fujimori gana Perú a la cuarta y con el voto de afuera
A la cuarta candidatura, Keiko Fujimori se perfila como presidenta de Perú por un margen mínimo. El voto de la diáspora en EE.UU. resultó decisivo y hoy es el centro de la impugnación.
ANÁLISIS · PERÚ
Tras tres derrotas en segunda vuelta a lo largo de quince años, Keiko Fujimori se perfila como presidenta electa de Perú por un margen mínimo. La proclamación oficial está pendiente y su rival denuncia fraude sin pruebas. El dato que importa para la audiencia hispana: el voto de los peruanos en Estados Unidos fue decisivo, y es justo el que se disputa.
Ficha 6W
| Qué | Keiko Fujimori se perfila como presidenta electa de Perú a falta de la proclamación oficial, por un margen mínimo. |
|---|---|
| Quién | Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú), con el JNE como árbitro. |
| Cuándo | El balotaje fue el 7 de junio de 2026; la proclamación oficial está prevista entre el 3 y el 7 de julio. |
| Dónde | En todo Perú y en el voto de la diáspora, con fuerte peso de Estados Unidos. |
| Por qué | A la cuarta candidatura, Fujimori alcanza la presidencia que su padre ocupó en los años noventa. |
| Cómo | Por una diferencia de unos 43.000 votos, ya irreversible según el conteo, pero impugnada por su rival. |
Lo que ocurrió
Después de quince años intentándolo y de tres derrotas consecutivas en segunda vuelta, Keiko Fujimori se perfila como la próxima presidenta de Perú. En el balotaje del 7 de junio de 2026 superó al congresista de izquierda Roberto Sánchez por una diferencia mínima —alrededor de 43.000 votos, en torno al 50,1% frente al 49,9%—, una distancia que el conteo volvió irreversible al quedar menos papeletas por procesar que la brecha entre ambos. Conviene una precisión importante: al cierre de esta nota, Fujimori es la virtual ganadora, pero la proclamación oficial todavía no se ha producido. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) la tiene prevista entre el 3 y el 7 de julio, una vez resueltas las últimas actas observadas y apelaciones. De confirmarse, asumiría el 28 de julio, día de la independencia peruana, para un mandato de cinco años.
El triunfo tiene un peso histórico que va más allá de los números. Significa el regreso del fujimorismo al Gobierno de Perú veinticinco años después de que Alberto Fujimori renunciara a la presidencia por fax desde Japón, en medio de una enorme red de corrupción que luego lo llevó a la cárcel. La hija hereda y corona el movimiento que su padre creó, y se convierte además en la primera mujer elegida presidenta de Perú por voto directo.
El factor que conecta con Estados Unidos
Aquí está el dato que la cobertura internacional suele pasar por alto y que a la audiencia hispana en Estados Unidos le toca de cerca: el voto de los peruanos en el exterior fue decisivo, y dentro de él, el de Estados Unidos pesó de manera particular. En los centros de votación de EE.UU., Fujimori obtuvo más del 63% de los sufragios, muy por encima de su resultado nacional. No es un detalle menor en una elección que se definió por menos de un punto. Justamente por eso, la impugnación de su rival apunta ahí: Roberto Sánchez pidió anular la votación del exterior —incluida la de ciudades estadounidenses— argumentando supuestas irregularidades, un reclamo que, de haber prosperado, habría dado vuelta el resultado. El JNE declaró improcedentes esos recursos, y la organización civil Transparencia descartó la existencia de fraude.
Para los cientos de miles de peruanos que viven y votan desde Estados Unidos, el episodio es una demostración concreta de algo que a menudo se siente abstracto: que el voto de la diáspora cuenta, y a veces decide. La comunidad peruana en EE.UU. no solo envía remesas y mantiene lazos familiares; en una elección cerrada, inclinó la balanza.
Una victoria con investigaciones a cuestas
No se puede contar este triunfo sin mencionar el contexto judicial que lo rodea, porque es parte inseparable de la historia. Fujimori llegó a esta candidatura después de que la justicia peruana archivara, a comienzos de 2026, el juicio que enfrentaba por presunto lavado de activos en el marco del caso Odebrecht, un proceso por el que llegó a pasar trece meses en prisión preventiva entre 2018 y 2020. La anulación de ese juicio, decidida por un Tribunal Constitucional de mayoría afín, despejó el camino para su cuarta postulación. La presidencia, además, le otorgaría un nivel de protección institucional frente a eventuales nuevos procesos. Señalarlo no es tomar partido: es ofrecer el cuadro completo que el lector necesita para entender quién gobernará Perú y en qué circunstancias llega al poder.
Una región que se inclina
El triunfo de Fujimori no ocurre en el vacío. Se inscribe en una secuencia que esta cobertura viene observando: el giro de varios países de la región hacia gobiernos de derecha, con elecciones reñidas y resultados impugnados por los perdedores. La escena se repite con variaciones —un margen estrechísimo, un candidato derrotado que denuncia fraude, un sistema electoral que ratifica el resultado— y dibuja un mapa latinoamericano en recomposición. Para Estados Unidos, que mira la región como prioridad estratégica, un Perú gobernado por Fujimori probablemente signifique un interlocutor más afín en temas de seguridad, comercio e inversión.
Por qué le importa al lector hispano
Para el peruano en Estados Unidos, esto define el país al que vuelve, al que manda remesas y al que quizás piense regresar. Para el resto de la comunidad hispana, Perú es otra pieza de un tablero regional que se mueve, y cuyos cambios terminan llegando —vía migración, comercio o política exterior— hasta la vida cotidiana en EE.UU. La historia de Keiko Fujimori, la candidata que perdió tres veces y ganó a la cuarta con el voto de los que viven afuera, es también una lección sobre el peso creciente de las diásporas en las democracias de origen. Un peso que la comunidad hispana en Estados Unidos haría bien en no subestimar, empezando por la suya.
Fuentes principales: resoluciones y cronograma del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) del Perú (junio de 2026); cobertura de Infobae, El Tiempo, El País y El Español; pronunciamientos de Keiko Fujimori y Roberto Sánchez; verificación de la organización civil Transparencia sobre la integridad del proceso.
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