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Inciso

La fiebre de las firmas

Cada semana trae una firma nueva, presentada como hazaña. Pero entre el memorando y la obra hay una distancia que la historia venezolana conoce bien. Un inciso.

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Hay una fiebre recorriendo a Venezuela, y se cura con tinta. Cada semana trae una firma nueva. Un memorando con una transnacional eléctrica. Un acuerdo de interconexión con un vecino. Un convenio petrolero, otro gasífero. Las cámaras se encienden, los funcionarios sonríen, alguien pronuncia la palabra «histórico», y al día siguiente el ritual se repite con otros nombres. La firma se ha vuelto el género literario favorito de la transición.

No estoy en contra de los acuerdos. Venezuela necesita, con urgencia, que la luz vuelva, que la economía respire, que el país se reconecte con el mundo. Lo que me detiene es otra cosa: la facilidad con que confundimos el anuncio con el resultado, la rúbrica con la obra, la intención con el hecho. Un memorando de entendimiento no es una represa terminada. Es una promesa. Y este es un país que sabe demasiado de promesas.

Lo sabe porque ya las vivió. Entre 1999 y 2016, según quienes lo investigaron, Venezuela erogó cerca de 37.600 millones de dólares en su sistema eléctrico. Treinta y siete mil millones. Y, sin embargo, el país terminó a oscuras. Tocoma, la represa que iba a encender medio territorio, pasó de costar tres mil millones a más de diez mil, y nunca se terminó a tiempo. Las turbinas llegaron desarmadas o no llegaron. Las plantas se compraron y no funcionaron. Cada uno de aquellos desastres empezó, también, con una firma y una sonrisa.

Por eso hay una pregunta que el entusiasmo de estos días prefiere no escuchar, y que conviene hacer en voz alta: ¿dónde está la ley en todo esto? La Constitución venezolana no es ambigua. Los contratos de interés público con empresas extranjeras requieren el aval de la Asamblea Nacional. Es un control de soberanía, una manera de decir que los compromisos que hipotecan a varias generaciones no los firma un funcionario en soledad, sino la representación de la nación. Y ese control, hoy, no se está aplicando. Una reforma de enero lo convirtió en simple notificación. Donde antes había aprobación, ahora hay aviso.

La diferencia no es de abogados. Es de fondo. Cuando se firma sin el aval que la ley ordena, no solo se debilita la validez de lo firmado: se repite el patrón que llevó al país a la ruina. Porque la corrupción eléctrica de hace una década no ocurrió a pesar del control, sino precisamente por su ausencia: la «emergencia» que permitía comprar sin licitación, los contratos sin concurso, la opacidad como método. Quitar de nuevo los controles, aunque sea en nombre de la recuperación, es despejar el mismo camino.

Me dirán que es otro tiempo, que ahora las empresas son serias, que la cooperación con Washington garantiza lo que antes faltaba. Puede ser. Ojalá sea. Pero la seriedad de una empresa no sustituye a la ley de un país, y la garantía de un aliado extranjero no es lo mismo que el control de los propios ciudadanos sobre su propio patrimonio. La historia enseña que las garantías que vienen de afuera duran lo que dura la conveniencia de quien las da.

No escribo esto desde el pesimismo. Escribo desde la memoria, que es otra cosa. La memoria no niega la esperanza: la protege. Quiero que Venezuela recupere su luz tanto como cualquiera. Justamente por eso quiero que la recupere bien: con la ley por delante, con las cuentas claras, con el aval de quienes deben darlo. Una recuperación construida sobre los mismos atajos que causaron el derrumbe no será recuperación; será la antesala del próximo derrumbe.

La fiebre de las firmas pasará, como pasan las fiebres. Lo que quedará es lo que se haya construido de verdad. Y construir de verdad, en un país que ya vio evaporarse decenas de miles de millones, exige algo más que tinta y sonrisas. Exige que alguien, antes de aplaudir la rúbrica, se atreva a preguntar lo de siempre: ¿quién aprobó esto?, ¿bajo qué reglas?, ¿quién responde si falla? Hacer esas preguntas no es enturbiar la fiesta. Es lo único que puede evitar que la fiesta termine, una vez más, a oscuras.

Por Alfredo Yánez Mondragón

Por Alfredo Yánez Mondragón

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Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

INCISO

Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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Inciso

Lo que se abre a cuentagotas puede cerrarse de golpe

Efectividad fáctica sin efectividad jurídica: la transición venezolana avanza en gestos que pueden revertirse con la misma facilidad con que se concedieron.

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Foto editorial de un router o de una pantalla con un mensaje genérico de error de conexión.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Los desbloqueos avanzan al ritmo de las excarcelaciones: uno a uno, sin norma que los sostenga. Lo que se concede por decisión administrativa se retira por la misma vía.

Hay una forma de hacer política que consiste en conceder sin comprometerse. Se abre una puerta, se anuncia que se abrió y se deja la llave del lado de adentro. Lo que se vio en Caracas entre el 17 y el 25 de septiembre de 2026 se parece mucho a eso.

El 16 de septiembre empezaron a desbloquearse portales de noticias. VE sin Filtro contó 18 dominios. Nueve días después, el Ministerio de Comunicación anunció otro levantamiento y, horas más tarde, cambió en su propio comunicado la palabra «desbloqueo» por la expresión «medidas administrativas». Esa noche se abrieron 66 dominios más, pero no en todos los proveedores, y al mediodía del sábado 26 seguían cerrados 149. No hay lista oficial de lo que se abrió, no hay explicación de por qué se cerró y no hay norma que impida volver a cerrarlo en cualquier momento con una llamada al proveedor. Que se hayan podido abrir tantos en una noche solo confirma que cerrarlos también toma una noche. Lo que se concedió tiene efectividad fáctica. No tiene efectividad jurídica. Y lo que existe solo de hecho se deshace de hecho.

Con los presos políticos ha ocurrido lo mismo, con un costo humano infinitamente mayor. El 14 de agosto se anunciaron 131 excarcelaciones; tres días después, las organizaciones solo habían podido verificar 81. Salen de a uno, de a pocos, cuando conviene, y casi siempre como excarcelaciones y no como libertades plenas: la causa sigue abierta, la obligación de presentarse ante el tribunal también, y el expediente queda en una gaveta que alguien puede volver a abrir. La jefa de la delegación opositora reconoció el 19 de septiembre, ante las familias, que el tema ni siquiera figura en la agenda formal de la mesa. El acta del 25 no lo menciona. Un día después salieron decenas de detenidos, sin lista oficial, sin comunicado y con cifras que no coinciden entre las organizaciones que las cuentan; la Plataforma Unitaria contabilizó 33 presos políticos liberados desde el 21 de agosto y más de 420 que siguen tras las rejas.

Los desbloqueos van al ritmo de las liberaciones. A cuentagotas. Y el cuentagotas no es un defecto del proceso: es el método. Quien administra el goteo administra también la sed.

El tiempo cuenta la misma historia. La mesa se instaló el 1 de agosto. El segundo ciclo debía empezar el 15 de septiembre y empezó el 17; debía terminar el 23 y terminó el 25, sin que nadie explicara la prórroga. De ese ciclo salieron siete nombres para un consejo que revisará credenciales y la promesa de designar, «en la próxima sesión ordinaria», una comisión preliminar que abre el proceso para renovar el TSJ. Esa sesión no tiene fecha. El tercer ciclo tampoco: será en octubre, dijo Jorge Rodríguez. El CNE, que es lo que al final importa para que los venezolanos vuelvan a decidir, quedó otra vez fuera del acta. El mismo día del cierre, cinco fuentes consultadas por Reuters situaron las elecciones no antes de finales de 2027.

Nadie sensato espera que una institucionalidad demolida durante más de dos décadas se reconstruya en dos ciclos de conversación. La lentitud, por sí sola, no es una acusación. Lo que inquieta es otra cosa: que cada avance llegue en un formato reversible. Un comunicado se puede corregir, una medida administrativa se puede reponer y una excarcelación se puede revocar. Una ley no. Una sentencia firme tampoco. Un cronograma publicado, con fechas y responsables, ya es otra cosa.

Esa es la vara que propongo para leer lo que viene. No cuántos portales se abrieron ni cuántas personas salieron en cada anuncio, sino cuántas de esas decisiones quedaron escritas en una norma que obligue a quien las tomó. Mientras la respuesta siga siendo ninguna, todo lo que se abre a cuentagotas podrá cerrarse de golpe. Y los venezolanos, adentro y afuera, ya aprendieron cuánto duele eso.


Fuentes principales: VE sin Filtro, reportes del 25 y el 26 de septiembre de 2026; Plataforma Unitaria vía EFE, 26 de septiembre de 2026; Comunicado del Ministerio de Comunicación e Información, 25 de septiembre de 2026; Espacio Público vía La Patilla, 28 de agosto de 2026; Comunicado conjunto de las delegaciones, 25 de septiembre de 2026; Reuters, 25 de septiembre de 2026.

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Inciso

Nos vemos allá

El obstáculo nunca la detuvo. Tampoco va a detenerla este

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El obstáculo nunca la detuvo. Tampoco va a detenerla este.

Por Alfredo Yánez Mondragón

Durante todo 2024, camino a la elección del 28 de julio, María Corina Machado construyó una épica que ningún adversario supo desmontar. No podía volar en aviones comerciales. No podía subir al ferry. Los hoteles donde iba a alojarse amanecían cerrados o multados. Hasta un local de carretera que la recibió terminó con el Seniat encima. Y llegó igual: a caballo, en curiara, en moto, a pie. Cada prohibición se convirtió en una imagen, y cada imagen en un argumento. Le creyeron cerrar las carreteras y lo que hicieron fue regalarle el relato.

Su salida clandestina del país en diciembre de 2025 para recibir el Nobel en Oslo fue la misma escuela, en su versión más fina: método, paciencia, filigrana. Cuando después se supo cómo se hizo, quedó claro que no había sido audacia improvisada sino ingeniería. Eso abrió una gira internacional cuyo alcance todavía no sabemos medir, porque el poder sigue sin estar en sus manos.

Ahora falta el capítulo del regreso. Y hay que decirlo sin adornos: se atascó. Siete intentos documentados desde finales de junio, tres de ellos en menos de 24 horas. Un barco que no zarpó por una falla mecánica. Dos vuelos que no despegaron porque no hubo permiso de aterrizaje en las islas. Nada de eso lleva la firma de nadie. No hay decreto, no hay orden, no hay funcionario que ponga la cara. Hay motores que fallan y permisos que no llegan. Sería cómodo culpar al gobierno panameño, que le dio documento de viaje, o a las autoridades de Aruba y Curazao, que administran su propio espacio aéreo. Alguien no quiere que llegue. Pero esa constatación no es todavía una respuesta.

Quien haya seguido esta historia sabe que aquí no termina nada. Al contrario: es exactamente el punto donde ella suele empezar.

Porque el tamaño de la piedra nunca le sirvió para explicar una ausencia. Le sirvió para explicar por qué había llegado de todos modos. Los obstáculos no fueron el final de sus trayectos: fueron el material con el que los construyó. Nadie recuerda el aeropuerto que le negaron; todos recuerdan la curiara.

Por eso el episodio de estos días no es el cierre de la épica. Es la antesala del capítulo que falta, y probablemente el que más va a pesar. Ella misma lo dijo al Wall Street Journal: ya no puede conducir un proceso desde fuera; su lugar en el tablero está dentro de Venezuela. Tiene razón. Y cuando eso ocurra, no será una foto más: será la prueba de que el poder para impedirlo era menos sólido de lo que aparentaba.

Conviene además recordar qué está en juego, para que la conversación no se quede en los vuelos. Venezuela sigue con la luz que se va, el agua que no llega, el servicio que no existe, la vialidad rota y la inseguridad intacta. Quien la espera no la espera por el gesto. La espera para que haya fecha, para que haya con quién votar, para que su regreso signifique que también pueden volver los millones que se fueron. Esa equivalencia es la más poderosa que ella tiene: su retorno como ensayo del retorno de todos.

Ese es el mensaje que el bloqueo no puede tocar. Se pueden negar permisos de aterrizaje; no se puede negar lo que representa una mujer que vuelve a su país después de que le dijeron que no podía.

Cuando aparezca —y va a aparecer—, no será un desafío a nadie. No será una piedra en el zapato de ninguna ruta ni la ruptura de ningún acuerdo. Será, sencillamente, la ratificación de lo único que la sostiene: que es capaz de estar donde dijo que iba a estar.

Le toca otra vez, con un obstáculo que ahora tiene forma de mar, de espacio aéreo, de motor averiado y de permiso negado. Ha vencido obstáculos peores, y con menos a favor.

Así que esta no es una columna sobre un regreso bloqueado. Es una columna sobre un regreso pendiente.

Allá nos vemos.

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