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Pantallas encendidas, miradas apagadas

Maigualida Gamero reflexiona sobre el síndrome de la pantalla vacía: somos expertos en simular conexión, pero perdemos la capacidad de tener presencia real.

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Joven iluminado únicamente por la pantalla de su teléfono en la oscuridad

COLABORACIÓN INVITADA

El síndrome de la pantalla vacía: ¿por qué la hiperconectividad nos está dejando mudos?

Por Maigualida Gamero · 14 de junio de 2026

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente las del autor y no representan necesariamente la posición editorial de INCÍSOS.


Hace unos días entré a un local de comida rápida. El espacio estaba diseñado bajo la promesa moderna de la máxima eficiencia: pantallas táctiles relucientes, luces pulcras y un sistema automatizado que promete ahorrarte el «fastidio» de hablar con alguien para pedir una hamburguesa. Sin embargo, el verdadero cortocircuito no estaba en las máquinas, sino detrás del mostrador.

Mientras esperaba, me dediqué a observar a los jóvenes que atendían. No hacía falta ser un experto en lenguaje corporal para notar la tensión en el aire: miradas esquivas, tonos de voz cortantes, gestos cargados de una apatía densa y una evidente falta de empatía entre ellos. No se toleraban. Ante el más mínimo imprevisto, la comunicación se rompía en un murmullo hostil o en un silencio pesado. Aquello iba mucho más allá de la simple inexperiencia laboral o de un mal día; era el síntoma vivo de una fractura mucho más profunda. Estaba presenciando, en vivo y directo, el analfabetismo relacional de nuestra época.

Vivimos en la era de la paradoja absoluta. Esos mismos muchachos que se desmoronaban ante el reto de coordinar un pedido cara a cara son, con total seguridad, capaces de filmar un reel o un TikTok perfecto de quince segundos. Saben qué filtros usar, qué música está en tendencia y cómo sostener una mirada magnética frente al lente de su teléfono. En la pantalla controlan el relato, editan sus errores y construyen una ilusión de seguridad. Pero cuando la pantalla se apaga y les toca mirar a los ojos a otro ser humano, defender una idea en vivo, gestionar un conflicto o simplemente cohabitar en un espacio físico, el libreto se les borra. Aparecen el sudor, la disociación y un miedo paralizante. Nos hemos vuelto expertos en simular conexión, pero estamos perdiendo la capacidad de tener una presencia real.

La responsabilidad, por supuesto, no es exclusiva de los jóvenes. Es imposible no apuntar el dedo hacia las gerencias actuales, obnubiladas por las métricas digitales y la automatización. En medio de esta «cultura líquida» de la que hablaba Zygmunt Bauman, donde todo es transitorio, desechable y veloz, muchas empresas invierten fortunas en optimizar sus sistemas tecnológicos, pero reducen el factor humano a un mero engranaje robótico. Olvidan que la atención al cliente, el liderazgo y el trabajo en equipo son, ante todo, actos de vinculación humana. Cuando una gerencia despoja a sus empleados del entrenamiento en habilidades blandas, de la escucha activa y de la gestión emocional, no está automatizando un servicio: está deshumanizando su espacio.

Las herramientas fundamentales de nuestra existencia —seducir, persuadir, conmover, negociar o manifestar compasión— no se pueden descargar en una actualización de software. Esas capacidades no habitan en un algoritmo; se cocinan en el cuerpo, en la modulación de la voz, en la respiración compartida y en la valentía de sostenerle la mirada al otro, con toda la vulnerabilidad que eso implica. Al delegar nuestra comunicación a la comodidad de una pantalla, nos estamos quedando desarmados ante los desafíos del mundo real. Estamos más conectados que nunca, sí, pero sumisamente solos, arrastrando ansiedades mudas que no sabemos cómo resolver.

Volver a nosotros mismos, recuperar el valor de la palabra viva y entrenar nuestra presencialidad ya no es un asunto de nostalgia romántica ni un capricho de intelectuales. Es una urgencia de supervivencia psicológica y social. El teatro me ha enseñado que la magia solo ocurre cuando los cuerpos habitan el presente y se atreven a afectarse mutuamente; la vida cotidiana no es diferente. Necesitamos bajarnos del escenario virtual y aprender, de una vez por todas, a habitar el mostrador de la realidad.

Espacio para el debate con los lectores: Hace poco lo presencié en ese mostrador de comida rápida, pero lo veo a diario en los pasillos universitarios, en las salas de teatro y en las oficinas: pantallas encendidas, miradas apagadas. Y tú, ¿has sentido esa desconexión en tu día a día? ¿Nos está robando la tecnología la capacidad de conectar cara a cara o crees que solo estamos cambiando la forma de relacionarnos?

Maigualida Patricia Gamero Mondragón

Colaboradora invitada de INCÍSOS

@Maigua_Gamero

Las columnas de colaboradores invitados expresan la opinión de sus autores y no necesariamente la línea editorial de INCÍSOS.

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La pugna por el poder en Venezuela: lo que El Helicoide revela sobre Washington

José Vicente Carrasquero analiza el traslado de presos políticos desde El Helicoide como síntoma de la pugna por el poder en Venezuela.

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Edificio institucional nocturno. Ilustración editorial.
Colaboración invitada · José Vicente Carrasquero A., PhD
El traslado de presos políticos desde El Helicoide no es un trámite penitenciario. Es un síntoma de cómo se distribuye, se negocia y se resiste el poder en la Venezuela de 2026.

Quienes reducen la política a una sucesión de titulares suelen interpretar los acontecimientos venezolanos bajo una lógica lineal: Washington presiona o negocia, Caracas responde, y los hechos se ordenan después como si obedecieran a una cadena previsible de causa y efecto. Esa lectura, cómoda y aparentemente racional, suele fallar precisamente donde el poder se vuelve más opaco. El poder real rara vez opera como una línea recta. Es relacional, fragmentado, asimétrico y, con frecuencia, contradictorio.

El reciente episodio en torno a El Helicoide —el traslado de decenas de presos políticos desde ese centro de detención hacia cárceles como El Rodeo, Yare, el INOF o Tocuyito— obliga a mirar más allá de la superficie. No se trata sólo de un movimiento penitenciario. Tampoco puede reducirse a una concesión humanitaria o a una señal administrativa de normalización. Es, ante todo, un síntoma: una manifestación concreta de la forma en que se distribuye, se negocia y se resiste el poder en la Venezuela de 2026.

Para comprender lo ocurrido, es necesario desmontar la narrativa del control absoluto. Ni Washington controla plenamente lo que ocurre en Caracas, ni la estructura venezolana actúa como un bloque monolítico. Entre la directriz política, la presión diplomática, la operación policial y la administración cotidiana de la coerción existe una zona gris. Allí se libra buena parte de la verdadera pugna.

La paradoja de la tutela y la obediencia selectiva

El tablero venezolano se encuentra hoy atravesado por una dinámica evidente de tutela internacional. Desde Washington, la política exterior estadounidense intenta fijar las coordenadas de una transición administrada. El flujo petrolero, las licencias operativas, la economía de los inventarios, las sanciones financieras y los canales de interlocución con actores fácticos en Caracas forman parte de un mismo sistema de incentivos y presiones.

La lectura simplificada supone que ese direccionamiento se ejecuta de manera vertical: se decide en Washington, se transmite a Caracas y se cumple en el terreno. Pero los hechos recientes sugieren una realidad más compleja. Lo que parece estar operando no es una obediencia mecánica, sino una obediencia selectiva. Los actores locales aceptan ciertos gestos exigidos por el entorno internacional, pero preservan aquellos mecanismos que les permiten seguir administrando capacidad de coerción, negociación y supervivencia.

Cuando desde Washington se afirma o se deja entender que un centro como El Helicoide ha sido cerrado o desactivado como parte de un proceso de distensión, la respuesta interna no necesariamente es la liberación real de los detenidos ni la restitución de sus garantías. Puede ser algo mucho más limitado: desplazar el problema, reorganizarlo y hacerlo menos visible.

Los traslados de madrugada, la ausencia de información oficial suficiente, la angustia de los familiares y la dispersión de detenidos hacia centros penitenciarios alejados de Caracas no expresan, por sí mismos, el cumplimiento de una política humanitaria. Más bien revelan la diferencia entre producir una señal para el consumo internacional y modificar de fondo la estructura represiva.

Se puede vaciar un edificio sin desmontar el sistema que lo hizo posible. Se puede cerrar una fachada sin cerrar la lógica política que utilizó ese lugar como instrumento de control.

El Helicoide como moneda de cambio fragmentada

En el análisis del poder venezolano hay un elemento que no puede ignorarse: los presos políticos no son tratados por la estructura de control como ciudadanos sometidos a un proceso judicial ordinario. Son administrados como factores de presión. Su libertad, su traslado, su aislamiento, su visibilidad o su desaparición del debate público forman parte de una economía política de la coerción.

Esto no significa que todos los actores internos respondan a una única racionalidad. Precisamente allí está el punto. El aparato de seguridad venezolano no funciona como una pieza perfectamente homogénea, guiada de manera dócil por la diplomacia internacional. Opera mediante capas, lealtades, intereses corporativos, mandos intermedios, redes de protección y mecanismos de autopreservación.

Por eso, dispersar presos políticos hacia cárceles distantes de la capital no es un mero trámite logístico. Es un mensaje dirigido a dos tableros al mismo tiempo. Hacia Washington, la señal es ambigua: la presión externa produce movimientos visibles, pero no necesariamente resultados sustantivos. El centro que genera ruido internacional puede ser vaciado, mientras la situación jurídica y humanitaria de los detenidos sigue intacta o incluso se agrava por la pérdida de trazabilidad.

Washington puede influir sobre las licencias petroleras, sobre las sanciones y sobre los incentivos económicos de la transición. Pero el control efectivo de una celda en Yare, El Rodeo o Tocuyito sigue dependiendo de dinámicas locales que la diplomacia internacional muchas veces no alcanza a comprender, o prefiere subestimar.

El error de confundir señal con transformación

El caso de El Helicoide enseña una lección mayor: en política, no toda señal equivale a una transformación. Un traslado no es una liberación. Una excarcelación bajo medidas restrictivas no es necesariamente restitución plena de derechos. Un anuncio de cierre no implica, por sí solo, el fin de la estructura que produjo tortura, arbitrariedad, aislamiento y miedo.

La política venezolana está llena de operaciones destinadas a producir percepción de cambio sin alterar el núcleo del poder. Por eso, el análisis no puede limitarse a registrar el titular. Hay que preguntarse qué actor gana tiempo, qué actor preserva capacidad de daño, qué actor administra el costo reputacional, qué actor convierte una concesión aparente en una nueva herramienta de negociación.

La verdadera pregunta no es sólo si El Helicoide cierra o no cierra. La pregunta es qué ocurre con la lógica política que hizo de El Helicoide un símbolo de la represión venezolana. Si esa lógica se desplaza a otros centros, si los detenidos continúan bajo opacidad, si las familias siguen sin información completa y si el debido proceso permanece suspendido en los hechos, entonces el problema no ha sido resuelto. Sólo ha sido reubicado.

El método detrás del análisis

Episodios como éste muestran los límites de consumir noticias de manera pasiva. La política no se comprende acumulando datos dispersos, sino identificando relaciones de poder, incentivos, actores, capacidades y zonas de fricción. Lo visible importa, pero rara vez basta. El titular informa; el método permite entender.

La Venezuela de 2026 exige precisamente ese tipo de mirada. No basta con decir que Washington presiona, que Caracas concede o que los presos son trasladados. Hay que observar cómo se traducen esas presiones en decisiones concretas, quién las ejecuta, quién las resiste, qué se concede, qué se preserva y qué queda fuera de la escena pública. Allí se encuentra la diferencia entre la propaganda y el análisis estratégico.

José Vicente Carrasquero A., PhD

Colaborador invitado de INCÍSOS

«Un príncipe sabio no siempre gobierna con principios rectos, sino muchas veces con astucia, pues los hombres se dejan guiar más por las apariencias que por la verdad.»

De su experiencia en el estudio de la mecánica del poder nace su programa digital de formación «Desentrañando el poder», dirigido a profesionales, analistas, comunicadores y tomadores de decisiones que buscan leer escenarios complejos con método y sentido estratégico. Temario y registro aquí.

Las columnas de colaboradores invitados expresan la opinión de sus autores y no necesariamente la línea editorial de INCÍSOS.
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Venezuela tiene una oportunidad histórica, y es de voluntad política

Roberto Smith Perera plantea que la transición venezolana enfrenta un dilema fiscal y propone abrir la economía a la inversión privada.

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Infraestructura industrial venezolana al atardecer. Ilustración editorial.
Colaboración invitada · Roberto Smith Perera
El dilema fiscal de la transición no se resuelve administrando la miseria. Hay una vía: abrir la economía a la inversión privada y dejar que el sector privado cree los empleos que el Estado debe soltar.

Esto no le va a gustar a mis amigos opositores radicales, pero alguien tiene que decirlo. La Presidenta Encargada enfrenta una realidad brutal, y conviene nombrarla sin eufemismos.

Si decide ordenar las finanzas públicas, dolarizar y eliminar el déficit fiscal, tendrá que reducir una burocracia de millones de empleados públicos que hoy cuestan al Estado cerca de mil millones de dólares al mes, una carga que la economía no puede sostener. Si no lo hace, deberá continuar el mismo esquema de emisión monetaria para mantener un elefante que poco produce: inflación, devaluación y empobrecimiento, exactamente lo que destruyó a Venezuela.

Existe una vía mejor. Abrir de inmediato la economía a una ola masiva de inversión privada internacional, anclada en una alianza estratégica con Estados Unidos: seguridad jurídica, protección a la propiedad privada, privatizaciones, apertura petrolera, reforma eléctrica, eliminación de trabas legales y reglas claras para invertir.

Las cadenas de producción de la construcción, la infraestructura, el turismo, la energía, la minería y el petróleo pueden generar cientos de miles de empleos en pocos meses y millones de empleos en pocos años. El colapso eléctrico puede resolverse con inversión privada, competencia y modernización, no con más burocracia estatal.

La reducción del Estado y la expansión explosiva del sector privado deben ocurrir de forma simultánea. Los empleos que desaparezcan en la burocracia tienen que reaparecer en una economía que vuelva a crecer aceleradamente. No se trata de abandonar a nadie: se trata de mover el empleo desde donde destruye valor hacia donde lo crea.

Eso fue, en esencia, lo que hicieron los países que salieron con éxito de la devastación de la guerra o del comunismo: Alemania Occidental, Japón, Polonia, Estonia, la República Checa o Lituania. No esperaron a que todo fuera políticamente perfecto. Crearon las condiciones para invertir, producir y crecer.

Confíe en la inversión privada. Confíe en el espíritu animal de los capitalistas, que ven en Venezuela un gran destino para su dinero.

Porque la alternativa es seguir administrando la miseria. No es un problema técnico: es un problema de voluntad política. Las oportunidades históricas no esperan, y Venezuela tiene hoy una que pocas naciones han tenido jamás.

Roberto Smith Perera

Colaborador invitado de INCÍSOS

Las columnas de colaboradores invitados expresan la opinión de sus autores y no necesariamente la línea editorial de INCÍSOS.
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Theodore Roosevelt: Un bronco en la Casa Blanca. Legado y obra

Theodore Roosevelt llegó a la presidencia en 1901 y transformó la Casa Blanca en el centro dinámico del poder político mundial. Un siglo después, su legado sigue siendo símbolo de carácter, energía y compromiso con la grandeza nacional.

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Columna de opinión

Orlando Viera-Blanco

Abogado · Activista DDHH · Ex Embajador de Venezuela en Canadá · @ovierablanco

En sus palabras

1.«La presidencia no debía ser un cargo administrativo, sino un instrumento activo de transformación nacional.»
2.«No estoy contra la riqueza; estoy contra la riqueza depredadora.»
3.«Un trato justo para cada hombre» (Square Deal).
4.«La nación se destruye cuando destruye su tierra.»
5.«Habla suavemente y lleva un gran garrote.»

Roosevelt: El bronco que transformó a Estados Unidos

Theodore Roosevelt llegó a la presidencia de Estados Unidos en 1901, a los 42 años de edad, tras el asesinato del presidente William McKinley. Lo que parecía una transición inesperada terminó convirtiéndose en uno de los momentos más trascendentales de la historia norteamericana. Antes de Roosevelt, la presidencia era vista principalmente como una oficina administrativa; después de él, la Casa Blanca se transformó en el centro dinámico del poder político mundial.

Desde sus primeros días en el cargo, Roosevelt desafió a las élites políticas y económicas que creían poder controlarlo. Considerado por sus detractores como un «bronco salvaje», asumió el gobierno con una energía inagotable y una visión clara: el Estado debía servir al interés nacional y no a los privilegios de unos pocos.

Su principal batalla interna fue contra los monopolios y los abusos corporativos. Utilizando la Ley Sherman Antitrust, enfrentó a gigantes económicos que dominaban sectores enteros de la economía. Para Roosevelt, la regulación no era una cuestión ideológica sino moral. Defendía un equilibrio entre el capital y el bienestar ciudadano, principio que sintetizó en su famoso Square Deal, una propuesta de trato justo para trabajadores, empresarios y consumidores.

Roosevelt también revolucionó la relación entre la presidencia y la opinión pública. Comprendió antes que muchos el poder de la prensa y utilizó los medios para acercarse directamente a los ciudadanos, convirtiéndose en el primer presidente verdaderamente moderno en el manejo de la comunicación política.

En materia social, protagonizó gestos de enorme simbolismo, como la histórica invitación al líder afroamericano Booker T. Washington a cenar en la Casa Blanca, desafiando las barreras raciales de su época, aunque manteniendo contradicciones propias del contexto histórico en que vivió.

Su pasión por la conservación ambiental fue igualmente extraordinaria. Creó parques nacionales, refugios de vida silvestre y reservas forestales que protegieron cerca de 230 millones de acres de territorio estadounidense. Convencido de que la prosperidad de una nación dependía de la preservación de sus recursos naturales, dejó una huella imborrable en la política ambiental moderna.

En política exterior, impulsó la doctrina del «Gran Garrote» (Big Stick), combinando diplomacia y poder militar. Apoyó decisivamente la independencia de Panamá para facilitar la construcción del Canal, fortaleció la presencia estadounidense en el Caribe y desempeñó un papel relevante en la mediación de la guerra ruso-japonesa, esfuerzo que le valió el Premio Nobel de la Paz.

Tras dejar la presidencia, continuó influyendo en la vida pública y protagonizó episodios legendarios, como continuar un discurso político después de haber recibido un disparo durante la campaña de 1912.

Cuando murió en 1919, Theodore Roosevelt dejó mucho más que una trayectoria política. Legó una concepción del liderazgo basada en el coraje, el servicio público, la voluntad de reformar y la capacidad de convertir la adversidad en fuerza. Más de un siglo después, sigue siendo símbolo de carácter, energía y compromiso con la grandeza nacional, demostrando que la historia pertenece a quienes se atreven a moldearla con determinación y propósito.


Orlando Viera-Blanco es abogado, activista de derechos humanos y ex Embajador de Venezuela en Canadá. Twitter/X: @ovierablanco

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