Colaboradores Invitados
La pugna por el poder en Venezuela: lo que El Helicoide revela sobre Washington
José Vicente Carrasquero analiza el traslado de presos políticos desde El Helicoide como síntoma de la pugna por el poder en Venezuela.
Quienes reducen la política a una sucesión de titulares suelen interpretar los acontecimientos venezolanos bajo una lógica lineal: Washington presiona o negocia, Caracas responde, y los hechos se ordenan después como si obedecieran a una cadena previsible de causa y efecto. Esa lectura, cómoda y aparentemente racional, suele fallar precisamente donde el poder se vuelve más opaco. El poder real rara vez opera como una línea recta. Es relacional, fragmentado, asimétrico y, con frecuencia, contradictorio.
El reciente episodio en torno a El Helicoide —el traslado de decenas de presos políticos desde ese centro de detención hacia cárceles como El Rodeo, Yare, el INOF o Tocuyito— obliga a mirar más allá de la superficie. No se trata sólo de un movimiento penitenciario. Tampoco puede reducirse a una concesión humanitaria o a una señal administrativa de normalización. Es, ante todo, un síntoma: una manifestación concreta de la forma en que se distribuye, se negocia y se resiste el poder en la Venezuela de 2026.
Para comprender lo ocurrido, es necesario desmontar la narrativa del control absoluto. Ni Washington controla plenamente lo que ocurre en Caracas, ni la estructura venezolana actúa como un bloque monolítico. Entre la directriz política, la presión diplomática, la operación policial y la administración cotidiana de la coerción existe una zona gris. Allí se libra buena parte de la verdadera pugna.
La paradoja de la tutela y la obediencia selectiva
El tablero venezolano se encuentra hoy atravesado por una dinámica evidente de tutela internacional. Desde Washington, la política exterior estadounidense intenta fijar las coordenadas de una transición administrada. El flujo petrolero, las licencias operativas, la economía de los inventarios, las sanciones financieras y los canales de interlocución con actores fácticos en Caracas forman parte de un mismo sistema de incentivos y presiones.
La lectura simplificada supone que ese direccionamiento se ejecuta de manera vertical: se decide en Washington, se transmite a Caracas y se cumple en el terreno. Pero los hechos recientes sugieren una realidad más compleja. Lo que parece estar operando no es una obediencia mecánica, sino una obediencia selectiva. Los actores locales aceptan ciertos gestos exigidos por el entorno internacional, pero preservan aquellos mecanismos que les permiten seguir administrando capacidad de coerción, negociación y supervivencia.
Cuando desde Washington se afirma o se deja entender que un centro como El Helicoide ha sido cerrado o desactivado como parte de un proceso de distensión, la respuesta interna no necesariamente es la liberación real de los detenidos ni la restitución de sus garantías. Puede ser algo mucho más limitado: desplazar el problema, reorganizarlo y hacerlo menos visible.
Los traslados de madrugada, la ausencia de información oficial suficiente, la angustia de los familiares y la dispersión de detenidos hacia centros penitenciarios alejados de Caracas no expresan, por sí mismos, el cumplimiento de una política humanitaria. Más bien revelan la diferencia entre producir una señal para el consumo internacional y modificar de fondo la estructura represiva.
Se puede vaciar un edificio sin desmontar el sistema que lo hizo posible. Se puede cerrar una fachada sin cerrar la lógica política que utilizó ese lugar como instrumento de control.
El Helicoide como moneda de cambio fragmentada
En el análisis del poder venezolano hay un elemento que no puede ignorarse: los presos políticos no son tratados por la estructura de control como ciudadanos sometidos a un proceso judicial ordinario. Son administrados como factores de presión. Su libertad, su traslado, su aislamiento, su visibilidad o su desaparición del debate público forman parte de una economía política de la coerción.
Esto no significa que todos los actores internos respondan a una única racionalidad. Precisamente allí está el punto. El aparato de seguridad venezolano no funciona como una pieza perfectamente homogénea, guiada de manera dócil por la diplomacia internacional. Opera mediante capas, lealtades, intereses corporativos, mandos intermedios, redes de protección y mecanismos de autopreservación.
Por eso, dispersar presos políticos hacia cárceles distantes de la capital no es un mero trámite logístico. Es un mensaje dirigido a dos tableros al mismo tiempo. Hacia Washington, la señal es ambigua: la presión externa produce movimientos visibles, pero no necesariamente resultados sustantivos. El centro que genera ruido internacional puede ser vaciado, mientras la situación jurídica y humanitaria de los detenidos sigue intacta o incluso se agrava por la pérdida de trazabilidad.
Washington puede influir sobre las licencias petroleras, sobre las sanciones y sobre los incentivos económicos de la transición. Pero el control efectivo de una celda en Yare, El Rodeo o Tocuyito sigue dependiendo de dinámicas locales que la diplomacia internacional muchas veces no alcanza a comprender, o prefiere subestimar.
El error de confundir señal con transformación
El caso de El Helicoide enseña una lección mayor: en política, no toda señal equivale a una transformación. Un traslado no es una liberación. Una excarcelación bajo medidas restrictivas no es necesariamente restitución plena de derechos. Un anuncio de cierre no implica, por sí solo, el fin de la estructura que produjo tortura, arbitrariedad, aislamiento y miedo.
La política venezolana está llena de operaciones destinadas a producir percepción de cambio sin alterar el núcleo del poder. Por eso, el análisis no puede limitarse a registrar el titular. Hay que preguntarse qué actor gana tiempo, qué actor preserva capacidad de daño, qué actor administra el costo reputacional, qué actor convierte una concesión aparente en una nueva herramienta de negociación.
La verdadera pregunta no es sólo si El Helicoide cierra o no cierra. La pregunta es qué ocurre con la lógica política que hizo de El Helicoide un símbolo de la represión venezolana. Si esa lógica se desplaza a otros centros, si los detenidos continúan bajo opacidad, si las familias siguen sin información completa y si el debido proceso permanece suspendido en los hechos, entonces el problema no ha sido resuelto. Sólo ha sido reubicado.
El método detrás del análisis
Episodios como éste muestran los límites de consumir noticias de manera pasiva. La política no se comprende acumulando datos dispersos, sino identificando relaciones de poder, incentivos, actores, capacidades y zonas de fricción. Lo visible importa, pero rara vez basta. El titular informa; el método permite entender.
La Venezuela de 2026 exige precisamente ese tipo de mirada. No basta con decir que Washington presiona, que Caracas concede o que los presos son trasladados. Hay que observar cómo se traducen esas presiones en decisiones concretas, quién las ejecuta, quién las resiste, qué se concede, qué se preserva y qué queda fuera de la escena pública. Allí se encuentra la diferencia entre la propaganda y el análisis estratégico.
José Vicente Carrasquero A., PhD
Colaborador invitado de INCÍSOS
«Un príncipe sabio no siempre gobierna con principios rectos, sino muchas veces con astucia, pues los hombres se dejan guiar más por las apariencias que por la verdad.»
De su experiencia en el estudio de la mecánica del poder nace su programa digital de formación «Desentrañando el poder», dirigido a profesionales, analistas, comunicadores y tomadores de decisiones que buscan leer escenarios complejos con método y sentido estratégico. Temario y registro aquí.
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La urdimbre y la tribuna: hacia una elocuencia femenina
Maigualida Gamero examina si existe una oratoria propia de las mujeres y por qué reducirla al sentimiento es una forma de infantilizar su inteligencia estratégica.
¡Hola a todos! Bienvenidos de nuevo a este espacio de encuentro donde la palabra se habita, se siente y se proyecta. Hoy quiero abrir el debate sobre un territorio que durante siglos ha estado marcado por una sola cartografía: la oratoria. Cuando pensamos en el discurso público tradicional, en el estrado imponente, en la retórica de la confrontación y el mando, estamos evocando una estructura profundamente patriarcal y masculina. Pero, en pleno siglo XXI, con figuras luminosas como Michelle Obama, Emma Watson o Michelle Bachelet rediseñando el mapa de la palabra, cabe preguntarnos: ¿Existe una oratoria propia para las mujeres? ¿Cómo dialoga el discurso femenino frente al molde clásico masculino? ¿Es verdad que se habla desde el corazón, o hay una estrategia de poder y presencia mucho más profunda detrás?
El desafío al molde tradicional y la sombra de la plaza pública
Durante generaciones, el estándar de la elocuencia ha sido el modelo de plaza pública: competitivo, vertical, enfocado en convencer mediante la fuerza argumental o la imposición jerárquica. La mujer que accedía a la tribuna solía verse en la encrucijada de imitar ese tono imperativo para ser tomada en serio, perdiendo en el camino su voz genuina.
Esta imposición se vuelve especialmente compleja en naciones con una fuerte impronta histórica de gestas independentistas y republicanas —como nuestra propia América Latina—, donde el relato fundacional fue escrito y declamado por hombres de sable y tribuna militar. En estas repúblicas nacientes, la oratoria pública heredó la épica del campo de batalla: un discurso marcial, de arenga encendida, vertical y solemne, diseñado para un ágora concebida exclusivamente por y para varones.
La voz oculta en la gesta. En sociedades donde la historia oficial elevó al prócer y al orador guerrero al altar de la patria, las mujeres que poseían una lucidez política desbordante —como nuestras heroínas independentistas— a menudo tuvieron que ejercer su elocuencia en los intersticios: en las tertulias clandestinas, en el correo epistolar cifrado, en la acción sorda de la resistencia. El espacio público formal les vedaba el estrado, obligándolas, cuando finalmente lograron alzar la voz en los siglos posteriores, a calzarse un traje retórico ajeno que no les pertenecía.
La gerencia de la presencia en voz de mujer
Cuando observamos a líderes contemporáneas como Emma Watson defendiendo la equidad ante la ONU, o a Michelle Obama conectando con millones a través de la narrativa íntima de su propia vida, entendemos que la gerencia de la presencia femenina no busca imitar la arenga marcial del viejo caudillo, sino resonar más hondo. No se trata meramente de «hablar desde el corazón» como un cliché emotivo, sino de integrar la vulnerabilidad y la vivencia como herramientas legítimas de autoridad.
El discurso femenino contemporáneo subvierte el viejo paradigma porque:
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Integra la experiencia vivida. Conecta lo personal con lo político, transformando la vivencia cotidiana en un argumento de peso universal.
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Sustituye la verticalidad por la circularidad. En lugar de pararse sobre la audiencia para aleccionar, la oradora se sitúa con la audiencia, creando un espacio de complicidad y escucha activa.
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Reivindica el silencio y la pausa. Al igual que nuestros poetas que habitaban los espacios en blanco, la mujer elocuente domina el tiempo escénico sabiendo que lo no dicho también comunica.
Más allá del mito: ¿corazón o estrategia?
Reducir la oratoria de las mujeres a un asunto exclusivo de «sentimiento» es caer en la trampa de infantilizar su intelecto estratégico. Cuando Michelle Bachelet articula su visión política o cuando una mujer toma la palabra en un escenario corporativo o artístico, lo que hay sobre la mesa es una maestría en la gestión de la empatía como tecnología de poder. Es la capacidad de desmontar la coraza de la confrontación para abrir paso a la verdadera persuasión.
Construir nuestra oratoria escénica desde la identidad femenina significa apropiarnos de nuestro propio registro, sin disculpas ni imitaciones al viejo modelo de la plaza militar. Es entender que nuestra palabra tiene el peso de un escudo solar y la precisión de una flecha certera. ¡Hasta nuestra próxima entrega en INCÍSOS!
Maigualida Gamero
Caracas, Venezuela · 12 de septiembre de 2026
@Maigua_Gamero
Colaboradores Invitados
El cuerpo delata el síndrome del impostor antes de la primera sílaba
El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico. Se instala en los hombros caídos, en la respiración superficial y en la urgencia de ocupar el menor espacio posible. Tres claves desde las tablas para desarmarlo.
COLABORACIÓN · ORATORIA ESCÉNICA
El autoconocimiento y la fisicalidad como antídoto contra el síndrome del impostor en la mujer contemporánea.
Por Maigualida Gamero
Hay un instante que conozco bien. Las luces de la sala bajan, el silencio se apodera de las butacas y, tras el telón, una mujer —directora, ejecutiva, madre, investigadora o creadora— repasa mentalmente su discurso con el corazón latiendo a mil por hora. No teme no saber del tema; lo domina a la perfección. Su terror más profundo, casi silencioso y paralizante, es que descubran que «no encaja», que no es suficiente, que todo ha sido un golpe de suerte. Es la sombra persistente del síndrome del impostor, un inquilino invisible que habita con demasiada frecuencia en la mente de la mujer contemporánea.
Durante décadas, nos han enseñado a pensar la comunicación desde el intelecto. Nos han dicho que para ser escuchadas debemos acumular títulos, pulir argumentos y tener respuestas para todo. Sin embargo, en mis años sobre las tablas y guiando procesos desde la oratoria escénica y la gerencia de la presencia, comprendí una verdad radical: el cuerpo no miente, y la verdadera transformación no empieza en la garganta, sino en la planta de los pies.
El escenario como espejo: cuando el cuerpo revela lo que callamos
En el teatro, el actor aprende temprano que la voz no es un ente separado del cuerpo; la voz es el cuerpo en vibración. Cuando una mujer sube a un escenario —ya sea corporativo, académico o artístico— y se encoge, cruza los brazos como escudo protector o desplaza todo su peso hacia atrás buscando una salida invisible, su cuerpo está emitiendo un mensaje antes de pronunciar la primera sílaba. Está manifestando inseguridad.
El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico abstracto; tiene una geografía física muy concreta. Se instala en los hombros caídos, en la respiración clavicular superficial que ahoga el timbre natural y en la necesidad urgente de ocupar el menor espacio posible para no incomodar.
Desde la perspectiva de la gerencia de la presencia, el autoconocimiento deja de ser un ejercicio de introspección pasiva para convertirse en una práctica de soberanía corporal. Reconocernos en el espacio no es un acto de ego, sino de legitimidad.
Tres claves desde las tablas para recuperar la escena
Para desarmar esa voz interna que nos disminuye, debemos cambiar las reglas del juego. No se trata de «fingir seguridad hasta lograrlo» —un consejo vacío que solo agrava el desgaste emocional—, sino de habitar la fisicalidad con conciencia dramática.
1. El enraizamiento: ocupar el suelo con derecho propio
En el teatro, la primera tarea de un intérprete antes de entrar a escena es conectar con el eje de gravedad. ¿Dónde están tus pies? ¿Sientes el peso de tu cuerpo distribuido equitativamente sobre el suelo? Cuando una mujer contemporánea sufre el síndrome del impostor, suele flotar en una urgencia mental constante, desconectada de su base física.
La práctica: sentir el suelo firme bajo tus pies te ancla en el presente. Al respirar de manera consciente y descender la energía hacia la tierra, la postura se endereza de forma natural, sin rigidez. El cuerpo le comunica al cerebro: «Estoy aquí, este espacio me pertenece y tengo derecho a habitarlo».
2. La expansión del gesto: del repliegue a la apertura
El miedo nos contrae. Nos hace encoger el pecho, cerrar los brazos y apagar la mirada. Romper esta inercia requiere un acto deliberado de dirección escénica personal. La oratoria escénica nos enseña que los gestos amplios, fluidos y congruentes con el discurso no solo proyectan seguridad hacia la audiencia, sino que envían una señal interna de poder y calma.
La práctica: abre el pecho, expande tus brazos con naturalidad y permite que tus manos habiten el aire. Al ensanchar tu presencia física, el cerebro interpreta que estás a salvo, disolviendo el pánico escénico desde la raíz somática.
3. La pausa y el silencio: el dominio del tiempo
Quien padece el síndrome del impostor suele hablar rápido, atropelladamente, como si pidiera disculpas por ocupar el tiempo de los demás. En las tablas, aprendemos que el silencio no es un vacío temible, sino un recurso dramático de altísimo valor. El silencio es poder.
La práctica: atrévete a hacer una pausa antes de responder, a sostener la mirada de tu interlocutor o de tu auditorio sin vacilar. Dominar el ritmo de tu propia voz es el reflejo más fiel de que confías en tu propio criterio y en el valor de lo que tienes para decir.
La mujer contemporánea como directora de su propia narrativa
La mujer de hoy vive atravesada por demandas múltiples: liderar, producir, cuidar, crear y destacar. En esa vorágine, es fácil perder el centro y delegar nuestra validación en la mirada ajena.
Reconocerse a través de la fisicalidad y la oratoria escénica es un viaje de retorno a casa. Es entender que no necesitamos convertirnos en otra persona para brillar; necesitamos quitar los bloqueos físicos y mentales que impiden que nuestra verdadera potencia salga a la luz.
Cuando una mujer pisa firme, respira con conciencia, estructura su mensaje con la fuerza de una dramaturgia viva y alza la voz sin pedir permiso, deja de ser una impostora en su propia vida para convertirse en la directora indiscutible de su propia escena.
El escenario está listo. El telón ya se ha abierto. Es tu turno de habitarlo.
Maigualida Gamero es escritora, actriz, locutora, productora teatral, coach y conferencista. Escribe sobre comunicación, oratoria y presencia personal. En redes: @Maigua_Gamero.
Caracas, 5 de septiembre de 2026.
Las colaboraciones invitadas expresan la posición de quien las firma. Este texto tiene fines divulgativos y no sustituye la orientación de un profesional de la salud mental.
También puede leer: «Todo gran discurso esconde la estructura de una obra teatral».
Colaboradores Invitados
Machado debe ser garante de la transición
Oponerse en bloque preservaría la pureza política y arriesgaría el respaldo de Washington. Aceptar sin condiciones legitimaría una arquitectura sin elecciones. Hay una tercera vía.
Por Orlando Viera Blanco
La respuesta de María Corina Machado al acuerdo petrolero anunciado por Washington debería partir de una premisa incómoda pero esencial: el entendimiento entre Trump, Delcy Rodríguez y NABEP no se enfrenta eficazmente desde la indignación, sino desde la realpolitik. Son momentos que exigen mucha retina estratégica y bastante menos apasionamiento.
Washington ha dejado claro cuál es su prioridad inmediata. Energía, estabilidad regional y reconstrucción económica. La transición democrática aparece como un objetivo posterior y condicionado. Conviene decir, además, algo que la dirigencia política suele omitir: para la gran mayoría del pueblo venezolano la prioridad también es el estómago y la nevera.
La Casa Blanca presenta el acuerdo como parte de una estrategia de estabilización y transición. Lo anunciado el 31 de agosto concede a NABEP derechos sobre diecisiete campos y unos 65.000 millones de barriles de reservas probadas, con una inversión proyectada cercana a los 100.000 millones de dólares. Estados Unidos obtendría una participación de 35% en la matriz de la empresa, acceso al 20% de la producción a costo y derechos preferenciales sobre el resto.
Para Machado, rechazarlo frontalmente sería políticamente comprensible y estratégicamente peligroso. Trump podría interpretar una oposición absoluta como resistencia a un proyecto que considera central para la seguridad energética de su país. Y una vez que Washington ha decidido que Delcy Rodríguez constituye un interlocutor funcional, confrontar al presidente estadounidense podría terminar aislando precisamente a quien necesita conservar influencia sobre la transición futura.
La distinción que hay que hacer es entre inversión petrolera y legitimidad política. La alternativa inteligente no consiste en aprobar ni en condenar el acuerdo en bloque. Consiste en sostener una posición precisa: Venezuela necesita inversión, producción y capital estadounidense, y no necesita una operación económica que sustituya la soberanía popular ni determine por anticipado quién gobernará el país.
Ese planteamiento le permitiría convertir el problema en una oportunidad. Desde ahí puede exigir transparencia contractual, auditoría independiente, competencia, protección de los ingresos fiscales, reglas ambientales, participación de la industria estatal y rendición de cuentas. Y por encima de todo, garantías de que los recursos derivados del petróleo financiarán la reconstrucción nacional y no servirán para perpetuar una estructura política.
Hay además una dimensión ética que no conviene esquivar. Machado no debería sacrificar sus principios democráticos por conveniencia. Pero la ética política también exige evitar que el maximalismo termine perjudicando a una población devastada económicamente. Si la inversión genera empleo, producción, infraestructura y recursos fiscales, oponerse por el solo hecho de que participe un empresario cuestionado sería difícil de justificar ante los venezolanos.
Los escenarios son tres y conviene enunciarlos sin adornos.
El primero es la confrontación. Preserva la pureza política y arriesga la pérdida del apoyo de Trump.
El segundo es la aceptación. Otorga acceso al proceso económico y corre el riesgo de legitimar una arquitectura política sin elecciones.
El tercero, que me parece el más inteligente por sensato y moderado, es la cooperación condicionada. Reconocer la necesidad de la reconstrucción económica mientras se exige que la riqueza petrolera sea compatible con una transición democrática.
La clave está en que María Corina Machado emerja como garante político del acuerdo en términos de viabilidad de la transición. No como su adversaria ni como su avalista, sino como la condición que lo vuelve sostenible.
Su mensaje podría ser inequívoco. Presidente Trump, Venezuela necesita su inversión, su mercado, su apoyo y su liderazgo. Pero una Venezuela económicamente reconstruida solo será estable si también es políticamente legítima. Hagamos que ambas cosas ocurran juntas.
Queda un último punto. Machado debe regresar, y no de manera inmediata ni unilateral. Debe convertir el regreso en una operación política negociada y no en un gesto de desafío.
Su liderazgo supera cualquier individualidad. Es la garantía de un salto histórico hacia una refundación republicana moderna y liberal. Un reto de esa magnitud demanda prudencia, visión y aplomo.
Orlando Viera Blanco
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