Colaboradores Invitados
La máscara de perfección: efectos colaterales en escena
La audiencia no conecta con la perfección: conecta con la verdad. Una mentora explica por qué la máscara desconecta.
Por Maigualida Gamero
Muchas veces sonreímos sin querer, solo para ser aceptados. ¿Alguna vez te has obligado a sostener una sonrisa impecable en medio de una junta directiva, una clase o un escenario mientras por dentro sentías que los nervios te superaban?
A mí me ha pasado. Sobre todo cuando comencé como docente a mis 22 años. Era más joven que muchos de mis estudiantes y por ende sentía que sus miradas me juzgaban, así que sonreía tímidamente para caer bien. Y ahora veo todos los días en las personas que acompaño en mentorías esta actitud forzada que no los conduce a ninguna parte.
Hagamos el siguiente ejercicio imaginario. Vamos a pensar en Mariana, ella es directora de operaciones en una multinacional. Mariana es de esas mujeres a las que todos admiran por su aparente invulnerabilidad. Tiene un currículum brillante, un control milimétrico de sus proyectos y una capacidad infinita para resolver crisis con la mandíbula apretada. Durante meses, cargó con reestructuraciones, presión de la junta directiva y problemas personales en silencio. Su libreto interno era simple, lo repetía siempre frente al espejo: «No puedo permitirme fallar, si muestro que estoy agotada, perderé mi autoridad».
Hasta que llegó el día más esperado por ella, por aquel entonces, el de la presentación trimestral más importante del año.
Mientras subía al escenario, Mariana llevaba puesta su máscara de perfección. Pero el cuerpo, que es sabio y no sabe de falsas ficciones, le pasó factura: la voz se le quebró en la primera frase, las manos le temblaban al pasar las láminas y sintió un nudo en la garganta que la ahogaba. Ella no sabía cómo reaccionar. En lugar de aceptar ese temblor como parte de la enorme carga que sostenía, entró en pánico por no verse «perfecta». El resultado fue una desconexión total con su audiencia y una frustración profunda al bajar del escenario.
La vulnerabilidad no resta profesionalismo
Aceptar la vulnerabilidad no nos hace menos profesionales. En mi experiencia como licenciada en letras, he pasado años analizando cómo los grandes poetas de la antigüedad retrataron el dolor humano. Tal es el caso de Virgilio. En sus versos no hay héroes de cartón que caminan imperturbables sobre el fuego; hay hombres y mujeres que sangran, que dudan, que cargan el peso de Troya en la espalda y cuyas lágrimas son, paradójicamente, el único pasaporte hacia su verdadero destino.
Por eso cuando bajamos los clásicos de la literatura a nuestra era moderna —a nuestra propia gerencia de la presencia—, nos aterra que nos vean vulnerables como le pasó a Mariana. Creemos que, si se quiebra la voz, se quiebra el liderazgo.
Déjame decirte algo desde mi propia experiencia como mentora y oradora: esa máscara de perfección es en realidad una celda.
El efecto colateral: la desconexión
Cuando te empeñas en interpretar al personaje de la «inquebrantable», tu cuerpo te sabotea. La tensión se acumula, la respiración se vuelve superficial y tus palabras suenan distantes, como un eco robótico que nadie cree.
¿Por qué? Porque la audiencia —sea tu equipo, tus jefes o tus clientes— no conecta con tu supuesta perfección; conecta con tu verdad.
La verdadera gerencia de la presencia, esa que he venido investigando recientemente, no nace de la rigidez. Nace de la capacidad de entender que la vulnerabilidad no es una debilidad en tu discurso; es la humanidad que le da peso a tus argumentos.
Virgilio, autor de La Eneida, nos enseñó que la historia solo avanza cuando los personajes se atreven a atravesar su propio infierno y aceptan que la tormenta los ha transformado. En tu vida profesional ocurre exactamente lo mismo. Tan sencillo como que no puedes liderar a otros si tu propia voz está ahogada por el esfuerzo sobrehumano de fingir que todo está bajo control.
Una invitación
Tú, amigo lector, párate un segundo a pensarlo. ¿Cuánta energía gasta tu propia «Mariana» interna a diario sosteniendo un personaje que ya no le queda?
Te invito a hacer algo radicalmente distinto. La próxima vez que te enfrentes a un reto complejo, date el permiso de quitarte la máscara antes de salir a escena. No se trata de desbordarte, sino de habitar tu verdad sin miedo. Suelta el peso del «deber ser» y empieza a liderar desde lo que realmente eres.
El espectador recordará a quien tuvo la valentía de mirarnos a los ojos, mostrar las costuras y recordarnos que ser humanos es, siempre, nuestro mejor escenario.
El telón está abierto. ¿Te atreves a soltar la máscara?
Maigualida Gamero es licenciada en letras, mentora y oradora. Escribe sobre gerencia de la presencia y comunicación. En redes: @Maigua_Gamero
Las opiniones expresadas en las colaboraciones invitadas son responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de INCÍSOS.
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Carta a Juan Miguel Matheus
Ángel Alberto Bellorín cuestiona la intervención legislativa en el Comité de Postulaciones Judiciales y reclama un baremo público, transparencia y autonomía de la sociedad civil.
Por Ángel Alberto Bellorín
Esta columna expresa la opinión de su autor.
Señor Juan Miguel Matheus:
Usted, como abogado que se denomina constitucionalista, debe conocer que el secuestro del Comité de Postulaciones Judiciales por parte del Poder Legislativo desde la aprobación de la primera ley, en el año 2004, es una aberración constitucional. Contradice tanto el párrafo final del artículo 264 como la esencia del 270, determinada con claridad en todo su contenido, así como en el nombre del capítulo y la sección que los contienen.
Callar esa verdad es complicidad o ignorancia. En ambas situaciones se descarta cualquier honorabilidad.
Viniendo de usted, que sabemos no es ignorante, no hay otro nombre para definir a alguien que jamás abrió su boca para opinar sin titubeos sobre este tema en todos los nombramientos anteriores de magistrados del TSJ: sin baremo público, sin transparencia y con diputados usurpando una preselección que no les corresponde. Ustedes ya lo hicieron con eso que llaman TSJ en el exilio.
¿En qué ha cambiado esa práctica?
Están llamando a postularse sin saber aún quiénes serán los encargados del proceso, sin un baremo público previo y sin conocer con cuáles créditos cuentan los posibles evaluadores.
Sorprende que, a pesar de todo lo que pasa en el país, usted aún continúe con su descarada actuación cómplice, engañando con eso de un aparente aumento del número de representantes de sociedad civil, impuesto por los diputados ahora de Jorge Rodríguez. Cualquier ser pensante con honestidad intelectual verdadera sabe que, al ser de esa forma, el Poder Legislativo los subordina y los despoja de su naturaleza original de sociedad civil. Nadie con verdadera honestidad se puede prestar a ser un tonto útil en este nuevo teatro.
Con tal acción, ese poder legislativo ilegítimo al que usted representa continúa violando también la manifestación directa e intransferible de la soberanía popular prevista en el artículo 5. Esa es la verdad constitucional.
Espero que se atreva a contradecir con argumentos lo que aquí le escribo.
Caracas, 21 de septiembre de 2026.
Doctor Ángel Alberto Bellorín
Profesor de Doctorado en la Universidad Central de Venezuela.
Colaboradores Invitados
Del monólogo al coro: liderazgo colaborativo y empatía en la era digital
Maigualida Gamero invita a pasar del monólogo al coro: un liderazgo que escucha, comparte la búsqueda y construye comunidades de sentido.
Por Maigualida Gamero
¡Hola a todos! Bienvenidos una vez más a este espacio de encuentro donde la palabra se habita, se siente y se transforma. En un mundo hiperconectado donde las pantallas a menudo multiplican el ruido pero apagan las miradas, nos hemos acostumbrado al espejismo del monólogo: figuras que hablan hacia la multitud pero rara vez con ella. Hoy quiero invitarlos a repensar nuestra manera de comunicar y liderar, abandonando el viejo pedestal autoritario para dar paso a un nuevo paradigma: del monólogo al coro, o cómo la gerencia de la presencia y la empatía se han convertido en las tecnologías de poder más disruptivas de nuestro tiempo.
La ilusión de la tarima solitaria: Durante décadas, el liderazgo tradicional operó bajo la premisa de la jerarquía vertical. El orador ocupaba el vértice superior del cono comunicativo: un emisor omnisciente que dictaba verdades y una audiencia relegada a la pasividad del receptor. Sin embargo, la era digital y las dinámicas sociales actuales dinamitaron esa tarima. Hoy en día, un discurso que no reconoce al otro como un cocreador de sentido nace muerto.
La empatía como tecnología de conexión
Cuando entrenamos la oratoria escénica y la gerencia de la presencia, insistimos en que el carisma no es un don estático, sino una energía en circulación. En tiempos donde los algoritmos segmentan nuestras realidades y nos encierran en cámaras de eco individuales, el verdadero desafío de un orador o un líder cultural no es imponer su relato, sino tejer un espacio común donde la vulnerabilidad se convierta en puente.
Pasar del monólogo al coro implica transformar profundamente nuestras prácticas comunicativas:
- Sustituir la certeza por la búsqueda compartida: El líder contemporáneo no teme admitir las grietas de su propio discurso; invita a la audiencia a explorar las preguntas abiertas en lugar de ofrecer respuestas prefabricadas.
- Entender la escucha como acción escénica: Así como en el teatro el silencio del espectador dialoga activamente con la voz del actor, en la tribuna moderna la retroalimentación y la sintonía emocional marcan el ritmo del mensaje.
- Construir comunidades de sentido: Dejar atrás la competencia individualista para tejer redes de colaboración donde la palabra de cada quien aporte una nota distinta a una partitura común.
El eco de las voces colectivas
Nuestros poetas y creadores más lúcidos —esos que sabían habitar los silencios y rescatar la memoria— ya nos advertían que la gran literatura nunca es un grito aislado, sino el eco de una sensibilidad colectiva. Hoy, frente a los desafíos de nuestras sociedades, nuestra voz pública debe dejar de ser una torre de marfil.
Atrévete a bajar del pedestal. Entiende que tu presencia no brilla por cuánto dominas al otro, sino por cuánto eres capaz de resonar con él. Convirtamos nuestra palabra en un coro vivo donde cada voz encuentre su lugar y su verdad. ¡Hasta nuestra próxima entrega en INCÍSOS!
Colaboradores Invitados
La retina es política
Vivimos una situación ad factum, que no comporta estrictos marcos regulatorios. La retina es política y posibilista, no confusional y lírica.
Por Orlando Viera-Blanco
Lamento los recurrentes comentarios, argumentos-cliché y lugares comunes, resumidos en la supuesta «opacidad, ilegitimidad e ilegalidad» del acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela.
Opiniones minadas de generalizaciones infecundas, abstracciones y silogismos de cuatro patas —falaces non sequitur— que sabotean la fase de estabilización, liberación y restauración republicana.
Olvidan los analistas viento en contra que vivimos una situación ad factum, la cual como tal no comporta estrictos marcos regulatorios, análisis normativos ni jurídicos. La retina es política y posibilista, no confusional y lírica.
La reinstitucionalización llegará a través del estómago del pueblo, la recuperación de la devastación económica y social, elecciones sostenibles con gobernanza real y no con posturas normativas desde zooms, ordenadores y tic tocs.
Ya lo decía Miranda: bochinche, bochinche y más bochinche.
La oportunidad
No comprender la necesidad, alcance y fortaleza de este acuerdo para viabilizar la transición política en Venezuela desde la base económica, petrolera, tecnológica, de gestión y control de un agente externo muy poderoso, es despreciar las prioridades de la gente, desentender el proceso y desperdiciar una oportunidad irrepetible.
Insistir en nuestra impenitente historia de fragmentación, inmediatez e indómita y mal administrada irreverencia cultural nos impide refundar una república democrática y moderna con armonía y sensatez.
Los egos y ansiedades figurativas nos embriagan y enceguecen.
Sobre la opacidad
Hablar de opacidad es no comprender cómo opera la realidad política norteamericana cuando actúa en el marco de la diplomacia de fuerza, emergencia, reserva y control.
Es no saber que Estados Unidos sí rinde cuenta de lo que suscribe, y es tratar bajo presunción de culpabilidad a quien nos asiste, asumió los riesgos, puso los soldados, el dinero y la vida política para sacarnos de esta pesadilla.
Estados Unidos ha demostrado históricamente que tiene un proyecto. Ahí están doscientos cincuenta años de vida republicana —solvente y democrática— que jamás hemos tenido nosotros. Esa es la llave para salir de este «accidente histórico» en el cual nos metimos.
Sobre la ilegalidad
A los que hablan de ilegalidad los invito a explicar cómo, con esa certeza normativa, salimos del oscurantismo.
Soy hombre de leyes, pero también de realidades y posibilidades.
En otro sentido, las pautas del acuerdo están a la vista: partes, regalías, OPEX, impacto de inversión, rentabilidad, sostenibilidad, tiempos y condiciones. Y el partner es el Pentágono, socio que controla el bloque concesionario: poder, crédito, administración —dinero, auditoría, distribución y liquidación—, recaudación y pago.
¿De qué otro modo puede actuar un tutor?
Aplican instrumentos warrant’s penny ya usados en crisis pasadas, permutables mediante swaps en los mercados internacionales.
Vamos al cielo y vamos llorando, decía la abuela. Entramos en el sistema internacional financiero y de energía, y lo que hacemos es cuestionar, elevar quejas y plantar cara —sin leverage— a quienes nos dan pulmón. Mala cosa.
Ni el petróleo dejará de pertenecer a los venezolanos, ni lo explotado, extraído y vendido será regalado —como sí lo fue el petróleo a Cuba y otros—, ni Estados Unidos dejará de fiscalizar y pagar a precio de mercado lo que obtenga del acuerdo.
Sobre la ilegitimidad
Hablar de ilegitimidad es otra redundancia inapropiada.
Exigimos un acuerdo como si estuviésemos en Noruega y en una democracia perfecta y sólida.
Estados Unidos no legitima a nadie. Ni lo requiere, ni lo necesita. Solo agota una agenda de seguridad, fuerza, interés y tutela que les permita acceder a lo que hasta ayer saquearon rusos, chinos, cubanos e iraníes, viabilizando la anhelada liberación y refundación democrática.
La última oportunidad
Es la última oportunidad que tenemos de recuperar nuestra democracia y volver a casa en sana paz.
Ojalá la historia no nos vuelva a facturar por nuestra displicencia, indiferencia e ingratitud contra quienes nos apoyan y con quienes hacemos alianza ideal. Y contra nosotros mismos.
Orlando Viera-Blanco
Colaboración invitada
Los artículos de la sección Colaboradores Invitados expresan la posición de sus autores y no necesariamente la línea editorial de INCÍSOS.
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