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Colaboradores Invitados

El grillete. Un perímetro de dignidad

El grillete que porta Perkins Rocha no es sólo un dispositivo de vigilancia: es el símbolo de 535 días de injusticia y el reflejo de un país cautivo de la arbitrariedad. Una reflexión de Orlando Viera Blanco.

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Por Orlando Viera Blanco

A nuestro admirado amigo y fiel compañero de alma mater [UCAB] la multiforme casa de la sabiduría de Dios, Perkins Rocha.

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«Los deberes de la verdad son más difíciles que los de la mentira», escribió Molière. Esa reflexión hace comprender el significado del grillete que hoy porta Perkins Rocha. No se trata simplemente de un dispositivo adherido al tobillo de una persona. Es un símbolo. Un recordatorio permanente de 535 días de sombras, soledad e injusticia.

Cuando un hombre es sometido a vigilancia por la sola razón de defender principios democráticos, derechos humanos y libertades públicas, el grillete deja de ser una herramienta administrativa para convertirse en un custodio indignante. No es sólo la tragedia personal de Perkins Rocha; es el reflejo de un país que continúa cautivo de la arbitrariedad.

He visto ese grillete no sólo en el pie de Perkins, sino en el de muchos venezolanos inocentes. Conozco a Perkins desde nuestra adolescencia en la UCAB, bajo el lema Ut Innotescat Multiformis Sapientia Dei. Siempre fue un hombre de carácter sereno, respetuoso y profundamente comprometido con la justicia. Por eso conmueve observar cómo, aun siendo víctima de abusos, conserva la dignidad, la templanza y la ausencia de rencor.

El verdadero peso del grillete no es físico. Es moral, psicológico y simbólico. Representa una condena que jamás fue sentenciada mediante el debido proceso. Pero también ilumina algo más poderoso: la fortaleza interior de quien se niega a renunciar a la verdad.

Perkins Rocha no es un delincuente ni un conspirador. Es jurista, profesor, exjuez y procurador. Ha dedicado su vida a enseñar que la Constitución debe limitar al poder. Sin embargo, vive bajo vigilancia permanente, no por una sentencia firme, sino porque la sospecha sustituyó a la prueba y la conveniencia política desplazó a la justicia.

Como Edmond Dantès en El Conde de Montecristo o Jean Valjean en Los Miserables, representa al individuo perseguido por sistemas incapaces de distinguir entre justicia y castigo. El grillete se convierte así en una nueva mazmorra: una prisión con apariencia de libertad.

Cada movimiento es registrado. Cada desplazamiento supervisado. Pero el cuerpo vigilado termina transformándose en un símbolo inspirador. Porque ningún mecanismo de control puede gobernar la conciencia, la palabra o la memoria.

La contradicción resulta evidente. Se habla de reconciliación, diálogo y amnistía, mientras se mantienen mecanismos de castigo sobre ciudadanos cuya culpabilidad nunca ha sido demostrada. La amnistía auténtica no selecciona conciencias ni clasifica adversarios. Nace del reconocimiento de que ninguna nación puede reconstruirse sobre el resentimiento.

Shakespeare comprendió en The Tempest que la verdadera autoridad surge cuando se renuncia a la venganza. El perdón no es debilidad; es poder moderado por la sabiduría. Por ello, un grillete representa la perpetuación del conflicto y una derrota de la política frente a la convivencia.

Algún día la historia examinará estos años y comprenderá que el problema nunca fue el grillete, sino la voluntad de colocarlo. Sin embargo, detrás de ese metal sobrevive algo más fuerte: la libertad interior, la verdad como deber superior y la dignidad humana.

Porque ninguna fuerza es más poderosa que una idea cuyo tiempo ha llegado. Y la libertad, tarde o temprano, siempre termina llegando.

Es precisamente allí querido amigo, compañero de conocimientos multiformes de Dios, donde comienzan todas las victorias que la historia termina reconociendo. Es en ese perímetro de dignidad, donde quedará sembrada la última frontera de la verdad, la paz, la justicia y el amor por tu noble causa.

Con tu ejemplo querido Perkins @PerkinsRocha, perdimos el miedo a ser libres, porque los deberes de la verdad son más difíciles que los de la mentira, y se imponen rompiendo grilletes.

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Colaboradores Invitados

Del cascarón al escenario: por qué la universidad es el primer gran acto de tu propia oratoria

El paso a la universidad no es solo un salto académico; es un salto de presencia. Maigualida Gamero aplica los principios de la oratoria de vida al estreno universitario.

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Por Maigualida Gamero

Hace unos meses conversaba con un grupo de jóvenes que estaban a pocos días de graduarse del bachillerato. En sus ojos había una mezcla eléctrica de emoción y terror absoluto. Me preguntaban: «Maigua, ¿cómo hago para que me tomen en serio en la universidad si todavía me siento como el mismo chico de la secundaria?».

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Es la crisis del «cascarón».

En la high school, o en el «Bachillerato», como lo conocemos en Venezuela, el guion estaba escrito en gran medida por otros: padres, profesores, estructuras escolares rígidas. Pero la universidad —o el mundo adulto— es un escenario donde, de pronto, la luz se enciende sobre ti y el libreto está en blanco.

Como experta en comunicación, siempre les digo: tu paso a la universidad no es solo un salto académico; es un salto de presencia. Y para sobrevivir a ese estreno, no necesitas ser el más inteligente del salón, necesitas ser el más efectivo.

Inspirándome en los principios de los 7 hábitos de los adolescentes altamente efectivos de Sean Covey, adapto estas lecciones a lo que yo llamo la Oratoria de Vida:

1. Sé proactivo: tú eres el director de tu primera escena

En la escuela, esperabas a que te dijeran qué hacer. En la universidad, si no levantas la mano, no existes. Ser proactivo en la comunicación —un concepto clave en la obra de Covey— significa entender que tu presencia es tu responsabilidad. No esperes a que te inviten a participar en un proyecto; construye tu autoridad desde el día uno con una postura abierta, un contacto visual firme y la audacia de preguntar cuando no entiendes.

2. Empieza con un fin en mente: ¿quién quieres ser en este nuevo escenario?

Antes de entrar a ese salón nuevo, hazte la pregunta que Covey nos invita a reflexionar: «¿Cómo quiero ser recordado?». ¿El estudiante que se esconde al fondo o el que es capaz de conectarse con sus pares? Si no diseñas tu propia presencia, el entorno lo hará por ti. La efectividad empieza cuando decides qué mensaje quieres transmitir con tu postura y tus palabras mucho antes de que el profesor pase la lista.

3. Busca primero comprender, luego ser comprendido

Covey nos recordaba que este es el hábito de la comunicación empática. El mayor error de los estudiantes en su primer ciclo es querer «impresionar» con palabras difíciles. La oratoria real —la que construye amistades duraderas y equipos de alto impacto— nace de la escucha activa. Si aprendes a leer el lenguaje corporal de tus compañeros y escuchas lo que no dicen, te convertirás en un líder natural. La gente no sigue al que mejor habla, sigue al que mejor hace sentir a los demás.

El reto del «cascarón»

El paso a la universidad es el momento en que dejas de ser un actor de reparto en la vida de tus padres para convertirte en el protagonista de la tuya. La «gerencia de tu presencia» no es otra cosa que aprender a habitar tu propia voz en un mundo donde ya nadie te va a decir cuándo es tu turno de hablar.

A ti, que hoy sientes que el mundo universitario te queda grande: esa incomodidad es la señal de que estás creciendo.

No busques encajar en moldes antiguos. No te escondas detrás de una armadura de perfección académica. Practica la impecabilidad de tus palabras, escucha con la intención de conectar y, sobre todo, no tengas miedo de ocupar el espacio que te corresponde.

El telón está abierto y este nuevo semestre es, sin duda, la obra más importante de tu vida hasta ahora.

¿Te atreves a tomar la batuta?


Maigualida Gamero es experta en comunicación y oratoria. @Maigua_Gamero

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Colaboradores Invitados

La máscara de perfección: efectos colaterales en escena

La audiencia no conecta con la perfección: conecta con la verdad. Una mentora explica por qué la máscara desconecta.

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Por Maigualida Gamero

Muchas veces sonreímos sin querer, solo para ser aceptados. ¿Alguna vez te has obligado a sostener una sonrisa impecable en medio de una junta directiva, una clase o un escenario mientras por dentro sentías que los nervios te superaban?

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A mí me ha pasado. Sobre todo cuando comencé como docente a mis 22 años. Era más joven que muchos de mis estudiantes y por ende sentía que sus miradas me juzgaban, así que sonreía tímidamente para caer bien. Y ahora veo todos los días en las personas que acompaño en mentorías esta actitud forzada que no los conduce a ninguna parte.

Hagamos el siguiente ejercicio imaginario. Vamos a pensar en Mariana, ella es directora de operaciones en una multinacional. Mariana es de esas mujeres a las que todos admiran por su aparente invulnerabilidad. Tiene un currículum brillante, un control milimétrico de sus proyectos y una capacidad infinita para resolver crisis con la mandíbula apretada. Durante meses, cargó con reestructuraciones, presión de la junta directiva y problemas personales en silencio. Su libreto interno era simple, lo repetía siempre frente al espejo: «No puedo permitirme fallar, si muestro que estoy agotada, perderé mi autoridad».

Hasta que llegó el día más esperado por ella, por aquel entonces, el de la presentación trimestral más importante del año.

Mientras subía al escenario, Mariana llevaba puesta su máscara de perfección. Pero el cuerpo, que es sabio y no sabe de falsas ficciones, le pasó factura: la voz se le quebró en la primera frase, las manos le temblaban al pasar las láminas y sintió un nudo en la garganta que la ahogaba. Ella no sabía cómo reaccionar. En lugar de aceptar ese temblor como parte de la enorme carga que sostenía, entró en pánico por no verse «perfecta». El resultado fue una desconexión total con su audiencia y una frustración profunda al bajar del escenario.

La vulnerabilidad no resta profesionalismo

Aceptar la vulnerabilidad no nos hace menos profesionales. En mi experiencia como licenciada en letras, he pasado años analizando cómo los grandes poetas de la antigüedad retrataron el dolor humano. Tal es el caso de Virgilio. En sus versos no hay héroes de cartón que caminan imperturbables sobre el fuego; hay hombres y mujeres que sangran, que dudan, que cargan el peso de Troya en la espalda y cuyas lágrimas son, paradójicamente, el único pasaporte hacia su verdadero destino.

Por eso cuando bajamos los clásicos de la literatura a nuestra era moderna —a nuestra propia gerencia de la presencia—, nos aterra que nos vean vulnerables como le pasó a Mariana. Creemos que, si se quiebra la voz, se quiebra el liderazgo.

Déjame decirte algo desde mi propia experiencia como mentora y oradora: esa máscara de perfección es en realidad una celda.

El efecto colateral: la desconexión

Cuando te empeñas en interpretar al personaje de la «inquebrantable», tu cuerpo te sabotea. La tensión se acumula, la respiración se vuelve superficial y tus palabras suenan distantes, como un eco robótico que nadie cree.

¿Por qué? Porque la audiencia —sea tu equipo, tus jefes o tus clientes— no conecta con tu supuesta perfección; conecta con tu verdad.

La verdadera gerencia de la presencia, esa que he venido investigando recientemente, no nace de la rigidez. Nace de la capacidad de entender que la vulnerabilidad no es una debilidad en tu discurso; es la humanidad que le da peso a tus argumentos.

Virgilio, autor de La Eneida, nos enseñó que la historia solo avanza cuando los personajes se atreven a atravesar su propio infierno y aceptan que la tormenta los ha transformado. En tu vida profesional ocurre exactamente lo mismo. Tan sencillo como que no puedes liderar a otros si tu propia voz está ahogada por el esfuerzo sobrehumano de fingir que todo está bajo control.

Una invitación

Tú, amigo lector, párate un segundo a pensarlo. ¿Cuánta energía gasta tu propia «Mariana» interna a diario sosteniendo un personaje que ya no le queda?

Te invito a hacer algo radicalmente distinto. La próxima vez que te enfrentes a un reto complejo, date el permiso de quitarte la máscara antes de salir a escena. No se trata de desbordarte, sino de habitar tu verdad sin miedo. Suelta el peso del «deber ser» y empieza a liderar desde lo que realmente eres.

El espectador recordará a quien tuvo la valentía de mirarnos a los ojos, mostrar las costuras y recordarnos que ser humanos es, siempre, nuestro mejor escenario.

El telón está abierto. ¿Te atreves a soltar la máscara?


Maigualida Gamero es licenciada en letras, mentora y oradora. Escribe sobre gerencia de la presencia y comunicación. En redes: @Maigua_Gamero

Las opiniones expresadas en las colaboraciones invitadas son responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de INCÍSOS.

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Colaboradores Invitados

El guion que eliges en la tormenta: Cuando el escenario cambia y te toca dirigir

Cuando el escenario cambia sin previo aviso y el libreto pierde sentido, ¿qué hace un verdadero líder con su propia presencia? Maigualida Gamero reflexiona sobre la oratoria contemporánea, la gestión emocional y el arte de dirigir desde la conciencia.

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Figura solitaria en escenario iluminado por un foco — metáfora de la presencia y el liderazgo

Cuando el escenario cambia sin previo aviso y el libreto pierde sentido, ¿qué hace un verdadero líder con su propia presencia? Maigualida Gamero reflexiona sobre la oratoria contemporánea, la gestión emocional y el arte de dirigir desde la conciencia, no desde el pánico.

¿Alguna vez has sentido que el mundo cambia las reglas del juego justo cuando ya te sabías los diálogos de memoria?

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A mí me ha pasado. Estar en un escenario y de pronto ver cómo los decorados se mueven, la luz parpadea y el libreto, ese que ensayé durante meses, pierde todo sentido. Es el miedo escénico en acción. Es ese instante exacto de vértigo donde el caos entra por la puerta trasera y te pregunta como ese otro yo que te acompaña: «Y ahora, ¿qué vas a hacer?».

Como licenciada en letras, he pasado media vida estudiando cómo las palabras construyen mundos. Como escritora, sé que las historias necesitan un conflicto para avanzar. Pero cuando ese conflicto te sacude a ti en la vida real, la teoría literaria se vuelve insuficiente. Ya no se trata de escribir sobre un personaje que sobrevive a la tormenta; se trata de ser tú la que sostiene el timón cuando el barco hace agua.

Aprendimos que la comunicación profesional consistía en construir una armadura inquebrantable. Nos enseñaron a repetir discursos perfectos, a ocultar las costuras y a fingir que la incertidumbre no existe. Nos dijeron que ser un buen orador o un líder eficaz es sinónimo de control absoluto. Pero déjame decirte algo desde mi propia trinchera: eso es una ficción mal escrita.

El gladiador y el guion roto

Para aterrizar esto en un ejemplo que todos reconozcamos, pensemos en una película que es una obra maestra absoluta sobre este tema: Gladiator de Ridley Scott, estrenada en el año 2000.

Pensemos en el personaje Máximo Décimo Meridio. Al principio de la historia, Máximo es un general romano con un «guion» perfecto: tiene el favor del emperador, un ejército que lo respeta, una familia que lo espera y una vida estructurada bajo las reglas del imperio. De pronto, la tragedia destruye su escenario por completo. Traición, pérdida absoluta, esclavitud.

Cuando Máximo llega a la arena de los combates por primera vez, está roto. El mundo que conocía ya no existe. Si hubiera intentado subirse a la arena del Coliseo a interpretar al mismo general impecable y pomposo de antes, su discurso habría sonado falso y patético, y habría muerto en el primer segundo. El viejo guion ya no le sirve.

¿Qué hace un verdadero líder de su propia presencia en ese momento de quietud? Se quita la armadura inútil. Máximo no niega su dolor ni su sed de venganza; lo canaliza. Cuando se quita el casco frente al Emperador Cómodo y dice su famosa frase: «Mi nombre es Máximo Décimo Meridio… y tendré mi venganza, en esta vida o en la otra», no está recitando un protocolo elegante. Está comunicándose desde su verdad más visceral y cruda. Su emoción —el dolor convertido en furia contenida— se vuelve el motor de su presencia.

La arena de tu vida profesional

¿Qué nos enseña este ejemplo para nuestra vida profesional? Que a ti, en tu día a día, en tu oficina, frente a tus proyectos o en medio de la crisis de tu entorno, te han arrancado de tu «Ítaca» o te han cambiado los decorados muchas veces. Y cuando te toca salir a la arena —a dar una conferencia, a liderar una reunión difícil o a hablarle a tu equipo—, la tentación es ponernos esa coraza rígida de «aquí no pasa nada».

El reto del orador contemporáneo, del profesional de hoy, es entender que la gente no conecta con tu perfección artificial. Conecta con tu capacidad de pararte en el centro del caos, mirar de frente, aceptar lo que te habita y dirigir tu escena con absoluta soberanía.

Como Máximo en la arena: no finjas que tienes el control absoluto del imperio. Toma el control de tu propia voz.

La verdadera gerencia de la presencia —esta nueva orilla en la que hoy me encuentro como conferencista y mentora— no nace de la rigidez. Nace de la capacidad de entender que la comunicación es, ante todo, una puesta en escena viva. Y en el teatro de la vida real, el mejor director no es el que niega el caos, sino el que sabe qué hacer con él cuando la escenografía se desmorona.

El cuerpo habla antes que los labios

Párate un segundo a pensarlo. Cuando la realidad aprieta, tu cuerpo habla mucho antes que tus labios. Tu postura se encoge, tu respiración se acorta, tu voz se quiebra. Si intentas forzar un personaje artificial en medio de la crisis, tu audiencia —o tu equipo, o tus estudiantes— lo notan de inmediato. La falsedad se huele. Por lo tanto, se siente la desconexión.

¿Cuál es la salida entonces? Dejar de improvisar desde el pánico y empezar a dirigir desde la conciencia.

Cuando el escenario cambia sin previo aviso, tu primer acto de soberanía no es dar una conferencia magistral ni fingir fortaleza. Es hacer una pausa. Es mirar la página en blanco que la realidad te acaba de imponer y decidir, con elegancia y audacia, qué parte de ti va a tomar la batuta.

En mis mentorías de comunicación humana siempre lo digo: no puedes liderar a otros si primero no eres capaz de habitar tu propia voz en los momentos de quietud. Tu presencia no es estática; es un acto creativo constante.

¿Cómo ser yo si nunca me lo enseñaron?

Esa es la objeción silenciosa que sé que muchos de ustedes se hacen al leerme. «Me hablas de gerenciar mi presencia, Maigua, de no usar una armadura, de reescribir el guion… pero ¿cómo se supone que sea yo mismo si nadie me enseñó a hacerlo?».

Y tienen toda la razón. A generaciones enteras nos educaron para encajar en moldes rígidos. Nos enseñaron a memorizar datos, a modular el tono, a mantener las manos quietas y repetir discursos impecables que olían a cartón piedra. Nadie nos enseñó a transitar la vulnerabilidad. Nadie nos dio una clase en la escuela sobre el mapa interno que llevamos dentro.

El gran reto del orador contemporáneo ya no es la perfección técnica, sino la coherencia humana. Y para lograrlo, tenemos que abordar la gran pregunta incómoda: ¿Qué son realmente las emociones y qué papel juegan en la oratoria de hoy?

Las emociones no son el enemigo

Las emociones no son una falla en el sistema. Las emociones no son el enemigo de la oratoria; son el guion oculto de tu mensaje.

Una emoción no es solo un estado pasajero de ánimo; es energía en movimiento (e-motion). Es la brisa que altera la escenografía de tus ideas. Cuando hablas desde un escenario —sea físico o virtual—, tu audiencia no procesa primero tus argumentos lógicos; lo primero que lee es tu frecuencia emocional. Si tus palabras dicen «estoy segura», pero tu cuerpo respira pánico y tus ojos están desconectados, se genera una disonancia insoportable. La gente no te cree.

En la oratoria contemporánea, la gestión de las emociones no consiste en controlarlas a golpes de fuerza de voluntad, sino en alfabetizarlas. Es aprender a reconocer qué te está queriendo decir ese nudo en la garganta antes de encender un micrófono.

¿Es miedo al juicio? ¿Es la pasión desbordada por un proyecto? ¿Es la urgencia de conectarse con un entorno que sufre?

Cuando entiendes qué emoción te habita, deja de pelear contra ti misma. El miedo se convierte en respeto por el momento; la incertidumbre se transforma en apertura para escuchar a quien te ve. Ya no interpretas un personaje acartonado; te conviertes en un canal honesto.

Porque la verdad que vengo a compartirte en esta nueva orilla de mi carrera es sencilla: nadie compra discursos perfectos. Hoy compramos verdad. Compramos humanidad. Compramos la valentía de alguien que se atreve a mostrar las costuras de su propio proceso.

Así que la próxima vez que te preguntes cómo ser tú, recuerda esto: no se trata de buscar afuera un manual de instrucciones que nunca existió. Se trata de mirar hacia adentro, nombrar lo que sientes y permitir que tu voz, por fin, cuente tu verdadera historia.

El telón está abierto. ¿Te atreves a ser la protagonista?

Maigualida Gamero · @Maigua_Gamero · 25 de julio de 2026

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