Colaboradores Invitados
Conoce el guion antes de salir a escena
Oratoria Escénica en cápsulas. Primera entrega de una serie de cinco.
Serie · Cápsula 1 de 5
Conoce el guion antes de salir a escena
Oratoria Escénica en cápsulas
¿Qué tienen en común un actor y un orador? Mucha gente me ha preguntado eso, sobre todo por aquello de mi tendencia a estudiar la Oratoria Escénica. Algunos se asustan porque dicen que no son actores, que no se dedican a este arte. Y otros, que sí son actores, dicen que no lo necesitan, precisamente porque ya lo son.
Pero existe algo muy importante que debemos saber: todos debemos prepararnos por igual para estar sobre un escenario. Un orador también es un actor que debe aprender a bailar sobre el escenario de la acción.
A continuación tomo algunas recomendaciones extraídas de mi experiencia en talleres dictados y en lecturas realizadas. A partir del tópico planteado, reflexiono sobre él. Espero que disfrutes este regalo: Oratoria Escénica en cápsulas.
Nos encontramos con lo siguiente: al guion generalmente se le relaciona con el texto que interpreta un actor o una actriz. Ese texto, creado por un dramaturgo, cuenta las peripecias, anécdotas y todo el recorrido de uno o varios personajes. Por lo general, el texto dramático tiene un conflicto que resolver.
Entonces, ¿qué sugiero hacer a quienes no son actores? Lo siguiente: que día a día vayan proyectando su meta, esa pequeña meta diaria que se convertirá en la gran meta en un tiempo determinado. Por ello, esta cápsula de hoy.
Escribe y aprende tu guion antes de salir a la escena de la vida: tu trabajo, tu escuela o tu escenario de acción.
- ¿Qué vas a hacer el día de hoy?
- ¿Cómo lo vas a hacer?
- ¿Cuáles son los posibles obstáculos que se te presentarán?
- ¿Cómo te planteas superarlos?
Esto no es una estructura rígida: tiene, por supuesto, flexibilidad. Avanza y me cuentas cómo te fue.
Nos leemos en la siguiente cápsula.
Especialista en Oratoria Escénica, tallerista y colaboradora de INCÍSOS. Su serie «Oratoria Escénica en cápsulas» propone herramientas breves para hablar en público y proyectar metas, dentro y fuera del escenario.
Colaboración invitada. El contenido y las opiniones de esta cápsula son responsabilidad de su autora. Primera entrega de una serie de cinco. · Contexto, análisis y criterio para entender lo que pasa.
Alfredo Yánez
9 libros que te cambian la perspectiva
Finanzas, emprendimiento, migración y más — disponibles en Amazon
VER LIBROS →Colaboradores Invitados
Tenemos que hablar
«Tenemos que hablar» son tres palabras que el 99% de los venezolanos asocia con una ruptura amorosa. La columnista Maigualida Gamero indaga en el origen de esa lectura colectiva, propone tres elementos para sostener una conversación difícil y plantea un ejercicio íntimo que conviene practicar en familia, en pareja y en el trabajo. Columna de colaboradora invitada.
Tenemos que hablar. Tres palabras que avecinan tempestad o que, por el contrario, conducen a un mar sereno. En todo caso, tú diriges el barco. Reflexionemos un poco.
Al preguntarle a las personas «¿Recuerdas cuándo dijiste o te dijeron la frase tenemos que hablar?», inmediatamente viajan al recuerdo del momento en el que las dejaron o dejaron a alguna pareja. No quiere decir que esto tenga que ser así. Sin embargo, la prueba la hice en Facebook y al colocar la pregunta, las respuestas fueron en un 99% respecto a este tema amoroso.
Se dice que el lenguaje crea la realidad, no solamente la describe. Lo cierto es que no nos imaginamos la frase «tenemos que hablar» en un contexto amigable, amoroso, en el que nos propongan un nuevo empleo o una nueva oportunidad de amar. Creamos narrativas personales a partir de las creadas mediáticamente a través de una película, una telenovela o una radionovela.
Por ello es importante recordar que el texto se convierte en un pretexto y lo que importa es el contexto. De lo que se trata es de evitar elucubrar o juzgar sin saber a ciencia cierta de qué se tratará aquello que nos quieren contar. No hacemos más que atormentarnos. Y para nada, porque no podremos evitar lo inevitable.
En el caso de que seamos nosotros los que digamos la frase «tenemos que hablar», debemos estar claros a qué queremos jugar, si colocamos el elemento literario del suspenso, el drama o la comedia.
A mí particularmente me han llamado por teléfono y en tono de suspenso me han dicho «tenemos que hablar», y estaba yo en una peluquería secándome el cabello para una actividad especial. Finalmente se hizo realidad una suposición, y no podía parar de imaginar de qué se trataría esa conversación. No obstante, también han utilizado esta frase para anunciarme una buena noticia de un nuevo cargo profesional a ejercer.
Para evitar las malas interpretaciones es mejor sugerir antes que exigir, recriminar o criticar. De igual manera, cerciorarse antes de dar por sentado algo.
En la comunicación es importante tomar en cuenta tres elementos que marcarán la diferencia: hablar la misma lengua, un código no verbal común y la voluntad de cooperar. No huir al posible conflicto ni fingir que no pasa nada. Todo ello en el caso de que la frase «tenemos que hablar» efectivamente se enmarque en una situación difícil. El primer paso es serenarse y disponerse a escuchar profundamente. Un ejercicio difícil, pero no imposible.
—
Maigualida Patricia Gamero Mondragón · Colaboradora invitada · patymaigua@gmail.com
Colaboradores Invitados
Chat Vs El Español: ¿Una contienda en la era digital?
Los jóvenes no solo crecen rodeados de aplicaciones: han llegado a entender el mundo como un conjunto de ellas. En ese tablero, ¿qué lugar le queda a las reglas gramaticales, ortográficas y de estilo que rigen el idioma español? Una reflexión a partir de Gardner, Davies, Mayans i Planells y Ávila.
Por Maigualida Gamero
En esta oportunidad me acercaré al tema del uso del español en los medios digitales, con el propósito de reflexionar sobre la importancia de nuestra lengua materna en la era de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. En este sentido revisaré algunas propuestas de autores como Howard Gardner y Kate Davies (2014), los cuales analizan cómo los más jóvenes gestionan su identidad, privacidad y su imaginación en el mundo digital, desde las aplicaciones que nos traen la mayoría de los teléfonos inteligentes o smartphone. Por ello se les llama «La generación APP». En este sentido relacionaré este hecho tecnológico con el uso que se le da en la actualidad (2026) a una de las lenguas más importantes del mundo: el español.
Nuestra teoría es que los jóvenes de ahora no solo crecen rodeados de aplicaciones, sino que además han llegado a entender el mundo como un conjunto de aplicaciones, a ver sus vidas como una serie de aplicaciones ordenadas o quizás en muchos casos, como una única aplicación que se prolonga en el tiempo (…) (Gardner y Davies, 2014:21)
Desde esta óptica me pregunto entonces cómo los más jóvenes pueden conjugar el hecho de aprender todas las reglas gramaticales, ortográficas, de redacción y estilo en una era que ha sido llamada desde la superautopista de la información a comienzos de los 2000 y ahora veintiséis años después la generación post-humana. En dichas eras existe la velocidad, la urgencia y la ley del menor esfuerzo. Todo ello englobado en un concepto que algunos autores llaman el lenguaje del Chat, o como lo explica Joan Mayans i Planells, en su libro Género Chat (2002). Y hoy, en 2026 ya la IA generativa resuelve a decir de muchos, esta situación… pero la contienda aún sigue.
Por otra parte nos enfrentamos al más inorgánico y espontáneo de los registros escritos. Resulta próximo, desprovisto de convenciones y reglas gramaticales o, al menos, de la obligación de su cumplimiento. (…) En un entorno como los chats, el sistema de argumentación es más similar al de una conversación oral: el contenido se improvisa más, se distribuye fragmentado. En un chat no es conveniente hacer frases o intervenciones muy largas, tal y como ocurre en las conversaciones orales, éstas pierden interés y atención del público. (Mayans i Planells, 2002:42-43)
Así entiendo la contienda, entre un mundo como el digital, que según lo leído va enfocándose más a la oralidad y a lo espontáneo. Por este motivo imagino que se dice, que el escenario de la oralidad es menos riguroso que el discurso escrito, el cual debe cumplir las reglas de la lengua española, contenidas en la Gramática y que se rige por los lineamientos de la Real Academia Española de la Lengua (RAE).
En este orden de ideas, puedo referir lo leído en el texto «Español correcto para Dummies» (2012), redactado por Fernando Ávila, quien nos recuerda que «La ortografía no ha sido jubilada aún» (p.104). Lo más interesante que encontré con relación a este tema fue el hecho de que muchos de los jóvenes siempre dejan la ortografía para que la corrija el computador. Es decir, no se preocupan por aprender, sino de dejarle todo a la máquina, pensando así que ésta nos resolverá todas las debilidades que sobre el tema tengamos (se lo dejan al ChatGPT, Gemini, entre otras).
Al retomar lo expuesto en el libro de Howard Gardner y Kate Davies (2014) en donde se refiere el hecho de un alumno universitario quien le dijo a su profesor, que pronto ya no sería necesario estudiar la gramática, en este caso la inglesa, porque él tenía un «smartphone», por allá en la primera década de este siglo, verifico la poca importancia que le dan los jóvenes a nivel mundial a la escritura y a la reflexión.
El ejemplo, anteriormente referido, me lleva a pensar que ocurre igual en español, creemos que no debemos distinguir entre C, Z y S, por ejemplo, porque el teléfono, el computador o la IA «me lo corregirá»; pero no siempre ha sido así. O en todo caso, como ocurre cuando vamos caminando o en un auto y leemos pancartas que dicen «Se vende nestí», allí encontramos esa diferencia y entiendo que escribir no es hablar, no es un contexto digital; pero me pareció importante reseñarlo debido a que muchos escribimos como hablamos. Y según lo leído los medios digitales apuntan a la oralidad, a permitirnos muchas cosas.
Por ende me gustó la respuesta que le dio el profesor a ese alumno que afirmaba que no sería necesario ir a la escuela con tanta tecnología en sus manos. La respuesta fue: «Sí, tendrá las respuestas a todas las preguntas… excepto a las importantes» (Gardner y Davies, 2014:22).
La respuesta del profesor resume que podemos preguntar mucho al señor «Google», por así decirlo, pero la reflexión y la argumentación es el toque personal que nos distinguirá como profesionales.
He titulado este ensayo: «Chat Vs El Español: ¿Una contienda en la era digital?», porque así lo veo, como una pelea. Los jóvenes pasan muchas horas de nuestro día a día en el mundo digital y no le prestan la debida atención a desarrollar un discurso coherente que responda a las preguntas más básicas como: qué, quién, cómo, cuándo o porqué. Se nos hace difícil porque todo es inmediatez, rapidez y poco sosiego.
He podido leer en el texto de La generación APP (2014) que se ha disminuido la capacidad de elaborar discursos, crear argumentos, a pesar de que las aplicaciones son funcionales y desarrollan la imaginación de los usuarios, en los más jóvenes parece que, en vez de acercarlo al pensamiento reflexivo de la antigüedad, lo está llevando al extremo de la velocidad, que no permite escribir bien, ni pronunciar bien, por lo tanto la contienda está en pleno proceso. ¿Quién ganará?
Colaboradores Invitados
La Factura Olvidada: el destino de los deudores políticos en Venezuela
En Venezuela, el poder es una mesa para pocos y la lista de espera es larga. Quien no entiende que el tiempo es la moneda más cara, descubre tarde que el sistema tiene memoria implacable para los morosos.
En la política venezolana, como en la física, nada surge de la nada. Todo se debe. Pero esa deuda no se rige por la cortesía ni por la ética, sino por una aritmética brutal de supervivencia. El poder no espera a quien no pagó sus facturas a tiempo. Y la silla nunca queda vacía.
Tamara Navarro Aranguren
En la política, como en la física, nada surge de la nada. Todo se debe. Pero en el ecosistema venezolano, esa deuda no se rige por la cortesía ni por la ética, sino por una aritmética brutal de supervivencia. Hay una sentencia que retumba en los pasillos de las instituciones, en las sedes de los partidos —de un lado y del otro— y en los cuarteles: el poder no espera a quien no pagó sus facturas a tiempo.
El «crédito» de la lealtad
Para entender el panorama nacional, hay que comprender que el ascenso de cualquier figura en Venezuela rara vez es un mérito individual. Es, más bien, el resultado de una red de favores, pactos bajo la mesa y apoyos logísticos que funcionan como un crédito bancario de altísimo riesgo.
Cuando un actor político recibe el impulso para ocupar un cargo o una vocería, firma un contrato invisible. La moneda de pago varía: cuotas de poder, contratos, protección judicial o —lo más común— la entrega total de la autonomía. El problema surge cuando, una vez sentado en la silla, el beneficiario empieza a creer que el éxito es propio y que el pago puede esperar. Error fatal. En Venezuela, la paciencia es un lujo que quienes sostienen el tablero no se pueden permitir.
La silla nunca queda vacía
Nuestra historia reciente está empedrada de nombres que hoy habitan el olvido o el exilio por haber intentado «negociar» los plazos de sus deudas. El sistema político venezolano tiene un horror natural al vacío. Si un aliado no cumple con los compromisos que lo llevaron a la cima, la maquinaria no se detiene a discutir las razones. Simplemente lo reemplaza.
A diferencia de otras latitudes donde los procesos son lentos y burocráticos, en nuestro país la ejecución política es sumaria. El deudor que se retrasa es «congelado»: su presupuesto se evapora, su visibilidad desaparece y, de la noche a la mañana, sus antiguos protectores dejan de atenderle el teléfono. Es el ostracismo aplicado con precisión quirúrgica.
El perfil del «mal pagador»
El error más común en nuestra fauna política es confundir la cercanía personal con la inmunidad. Muchos creen que por pertenecer al «círculo» o por haber «estado siempre allí», la factura puede ser ignorada. Pero el sistema es pragmático: en un entorno de recursos escasos y sanciones, cada gramo de poder debe ser rentable. Si no produces los resultados prometidos o no retribuyes la inversión de quienes te sostienen, te conviertes en un pasivo. Y los pasivos —especialmente en tiempos de crisis— se liquidan.
Una sentencia de supervivencia
Hoy vemos cómo figuras que parecían intocables terminan siendo carne de cañón o piezas de sacrificio en mesas de negociación. No es falta de lealtad. Es, simplemente, el cobro de una deuda vencida. El poder en Venezuela es una mesa para pocos y la lista de espera es larga.
Quien no entiende que en política el tiempo es la moneda más cara, termina descubriendo —generalmente cuando ya no hay marcha atrás— que el poder no solo no espera, sino que posee una memoria implacable para los morosos. Al final del día, en este tablero, el que no paga con favores, termina pagando con su propia cabeza política.
- —
Tamara Navarro Aranguren es politóloga (UCV), Magíster en Gerencia, especialista en Seguridad y analista de Inteligencia enfocada en poder, gestión y amenazas de entorno. X: [@Tamara_Navarro](https://x.com/Tamara_Navarro). Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de la autora.
Fuentes principales
- Análisis original de la autora basado en su trayectoria como politóloga y analista de Inteligencia.
- Cuenta de la autora en X: @Tamara_Navarro
-
Política2 semanas agoEl economista, los bonos y Citgo
-
Inciso1 mes agoLa paciencia de Washington
-
Política3 semanas agoRoberto Smith Perera: «La reconstrucción no puede esperar a la elección»
-
Política1 mes agoDelsa Solórzano: «Sin reinstitucionalización no hay estabilización; sin estabilización no hay recuperación; sin recuperación no hay elecciones libres»
-
Política2 meses agoRuta tripartita define transición en Venezuela
-
Política1 mes agoEl revés del mundo
-
Inciso1 semana agoIn-Maduros
-
Inciso2 semanas agoLa foto velada
