Colaboradores Invitados
Comunicación y Oratoria
Actualmente podemos decir que la Oratoria viene ganando terreno nuevamente. Este camino se había perdido y se confinó al Parlamento. Sin embargo, la empresa de hoy sabe de la necesidad de mejorar no solo la oratoria, sino también los procesos de comunicación corporativa y de comunicación para el desarrollo social.
Maigualida Patricia Gamero Mondragón
Caracas, Venezuela
Escritora y artista venezolana. Prosa poética experimental.
✉ maiguagamero@gmail.com
📷 Instagram: @MAIGUA_GAMERO
✍ Blog: maiguagamero.blogspot.com
La ciudadanía desde la época de la Grecia Clásica se reunía para debatir temas específicos. Hallamos así que la influencia que pudiera ejercerse en las personas dependía sobre todo de la capacidad de convicción de los ponentes. Evidenciamos hasta ahora que el valor de la palabra hablada y el dominio de los gestos son vitales.
Así comienzo a releer el artículo “El manejo de la palabra”, para iniciar la conversación con ustedes a través de estas palabras escritas. Aurora Blyde, escribió ese texto en el diario de circulación nacional venezolano El Universal, en la primera década del año 2000. Disculpen la inexactitud en la fecha; pero mi fotocopia no la tiene. Les puedo asegurar que el ensayo de Blyde centra su interés en la Gerencia y la Comunicación como fuente de productividad.
Ahora bien, qué se entiende por productividad. En esta ocasión enfoquémonos en la palabra como creadora de realidades y, precisamente, en esas realidades se producen acciones, objetos, eventos, abundancia y posibilidades. La palabra produce entonces posibilidades.
Sigamos con Aurora Blyde ella nos apunta algunas palabras escogidas, aparentemente, al azar: Voz, control, volumen, pausa, tono, orden confianza, pronunciación, palabra, trabajo, claridad y ritmo. Todos estos factores aseguran el éxito.
Y en este momento les transcribo literalmente lo afirmado por Blyde respecto a la importancia que tenía en la Grecia Clásica el hablar bien ante un público:
“Los que se exaltaban, los que se intimidaban, los que se descompensaban, los que no atinaban con las palabras adecuadas o los que no conjugaban su verbo con sus gestos, nunca lograron hacerse escuchar en el ágora, sobre todo porque eran demasiados los que sí tenían claro el poder de la palabra, de los gestos, y en muchos casos, del silencio”.
Interesante conclusión. Actualmente podemos decir que la Oratoria viene ganando terreno nuevamente. Este camino se había perdido y se confinó al Parlamento. Sin embargo, la empresa de hoy sabe de la necesidad de mejorar no solo la oratoria, sino también los procesos de comunicación corporativa y de comunicación para el desarrollo social.
Aprovechando el re-impulso que me ha dado la lectura de Aurora Blyde “El manejo de la palabra”, les comento que en estos días pregunté en las distintas redes sociales lo siguiente: ¿Te gusta tu voz? Fueron pocos los que aceptaron el reto de responder en público. Algunas de las respuestas son estas: “No, no me gusta mi voz. Sobre todo al escucharme grabado”. “No me gusta lo nasal y aguda que me sale la voz”. Ambas respuestas dadas por dos hombres. Y por la parte de las mujeres me respondieron tres: “Sí, sí me gusta mi voz”, otra afirmó también gustarle y una tercera afirmó “Me encanta mi voz, tanto que quiero ser locutora”. Ahora bien, el número de “likes” superó el número diez. Interesante resultado a analizar en otro ensayo.
Para lograr comunicar un mensaje hablado de manera efectiva mis queridos y consecuentes lectores es importante formarse en el área. El objetivo será convertirse en un orador a quien no se puede dejar de escuchar.
Es tiempo de decidir, de elegir si queremos utilizar la palabra como germen de la productividad o si queremos entrar en el limbo de los oradores a los que se puede escuchar porque no queda otra opción mejor o ser de aquellos a quienes nadie quiere escuchar.
Quiero leer sus comentarios.
Maigualida Patricia Gamero Mondragón
Caracas, Venezuela
Escritora y artista venezolana. Prosa poética experimental.
✉ maiguagamero@gmail.com
📷 Instagram: @MAIGUA_GAMERO
✍ Blog: maiguagamero.blogspot.com
Alfredo Yánez
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La pugna por el poder en Venezuela: lo que El Helicoide revela sobre Washington
José Vicente Carrasquero analiza el traslado de presos políticos desde El Helicoide como síntoma de la pugna por el poder en Venezuela.
Quienes reducen la política a una sucesión de titulares suelen interpretar los acontecimientos venezolanos bajo una lógica lineal: Washington presiona o negocia, Caracas responde, y los hechos se ordenan después como si obedecieran a una cadena previsible de causa y efecto. Esa lectura, cómoda y aparentemente racional, suele fallar precisamente donde el poder se vuelve más opaco. El poder real rara vez opera como una línea recta. Es relacional, fragmentado, asimétrico y, con frecuencia, contradictorio.
El reciente episodio en torno a El Helicoide —el traslado de decenas de presos políticos desde ese centro de detención hacia cárceles como El Rodeo, Yare, el INOF o Tocuyito— obliga a mirar más allá de la superficie. No se trata sólo de un movimiento penitenciario. Tampoco puede reducirse a una concesión humanitaria o a una señal administrativa de normalización. Es, ante todo, un síntoma: una manifestación concreta de la forma en que se distribuye, se negocia y se resiste el poder en la Venezuela de 2026.
Para comprender lo ocurrido, es necesario desmontar la narrativa del control absoluto. Ni Washington controla plenamente lo que ocurre en Caracas, ni la estructura venezolana actúa como un bloque monolítico. Entre la directriz política, la presión diplomática, la operación policial y la administración cotidiana de la coerción existe una zona gris. Allí se libra buena parte de la verdadera pugna.
La paradoja de la tutela y la obediencia selectiva
El tablero venezolano se encuentra hoy atravesado por una dinámica evidente de tutela internacional. Desde Washington, la política exterior estadounidense intenta fijar las coordenadas de una transición administrada. El flujo petrolero, las licencias operativas, la economía de los inventarios, las sanciones financieras y los canales de interlocución con actores fácticos en Caracas forman parte de un mismo sistema de incentivos y presiones.
La lectura simplificada supone que ese direccionamiento se ejecuta de manera vertical: se decide en Washington, se transmite a Caracas y se cumple en el terreno. Pero los hechos recientes sugieren una realidad más compleja. Lo que parece estar operando no es una obediencia mecánica, sino una obediencia selectiva. Los actores locales aceptan ciertos gestos exigidos por el entorno internacional, pero preservan aquellos mecanismos que les permiten seguir administrando capacidad de coerción, negociación y supervivencia.
Cuando desde Washington se afirma o se deja entender que un centro como El Helicoide ha sido cerrado o desactivado como parte de un proceso de distensión, la respuesta interna no necesariamente es la liberación real de los detenidos ni la restitución de sus garantías. Puede ser algo mucho más limitado: desplazar el problema, reorganizarlo y hacerlo menos visible.
Los traslados de madrugada, la ausencia de información oficial suficiente, la angustia de los familiares y la dispersión de detenidos hacia centros penitenciarios alejados de Caracas no expresan, por sí mismos, el cumplimiento de una política humanitaria. Más bien revelan la diferencia entre producir una señal para el consumo internacional y modificar de fondo la estructura represiva.
Se puede vaciar un edificio sin desmontar el sistema que lo hizo posible. Se puede cerrar una fachada sin cerrar la lógica política que utilizó ese lugar como instrumento de control.
El Helicoide como moneda de cambio fragmentada
En el análisis del poder venezolano hay un elemento que no puede ignorarse: los presos políticos no son tratados por la estructura de control como ciudadanos sometidos a un proceso judicial ordinario. Son administrados como factores de presión. Su libertad, su traslado, su aislamiento, su visibilidad o su desaparición del debate público forman parte de una economía política de la coerción.
Esto no significa que todos los actores internos respondan a una única racionalidad. Precisamente allí está el punto. El aparato de seguridad venezolano no funciona como una pieza perfectamente homogénea, guiada de manera dócil por la diplomacia internacional. Opera mediante capas, lealtades, intereses corporativos, mandos intermedios, redes de protección y mecanismos de autopreservación.
Por eso, dispersar presos políticos hacia cárceles distantes de la capital no es un mero trámite logístico. Es un mensaje dirigido a dos tableros al mismo tiempo. Hacia Washington, la señal es ambigua: la presión externa produce movimientos visibles, pero no necesariamente resultados sustantivos. El centro que genera ruido internacional puede ser vaciado, mientras la situación jurídica y humanitaria de los detenidos sigue intacta o incluso se agrava por la pérdida de trazabilidad.
Washington puede influir sobre las licencias petroleras, sobre las sanciones y sobre los incentivos económicos de la transición. Pero el control efectivo de una celda en Yare, El Rodeo o Tocuyito sigue dependiendo de dinámicas locales que la diplomacia internacional muchas veces no alcanza a comprender, o prefiere subestimar.
El error de confundir señal con transformación
El caso de El Helicoide enseña una lección mayor: en política, no toda señal equivale a una transformación. Un traslado no es una liberación. Una excarcelación bajo medidas restrictivas no es necesariamente restitución plena de derechos. Un anuncio de cierre no implica, por sí solo, el fin de la estructura que produjo tortura, arbitrariedad, aislamiento y miedo.
La política venezolana está llena de operaciones destinadas a producir percepción de cambio sin alterar el núcleo del poder. Por eso, el análisis no puede limitarse a registrar el titular. Hay que preguntarse qué actor gana tiempo, qué actor preserva capacidad de daño, qué actor administra el costo reputacional, qué actor convierte una concesión aparente en una nueva herramienta de negociación.
La verdadera pregunta no es sólo si El Helicoide cierra o no cierra. La pregunta es qué ocurre con la lógica política que hizo de El Helicoide un símbolo de la represión venezolana. Si esa lógica se desplaza a otros centros, si los detenidos continúan bajo opacidad, si las familias siguen sin información completa y si el debido proceso permanece suspendido en los hechos, entonces el problema no ha sido resuelto. Sólo ha sido reubicado.
El método detrás del análisis
Episodios como éste muestran los límites de consumir noticias de manera pasiva. La política no se comprende acumulando datos dispersos, sino identificando relaciones de poder, incentivos, actores, capacidades y zonas de fricción. Lo visible importa, pero rara vez basta. El titular informa; el método permite entender.
La Venezuela de 2026 exige precisamente ese tipo de mirada. No basta con decir que Washington presiona, que Caracas concede o que los presos son trasladados. Hay que observar cómo se traducen esas presiones en decisiones concretas, quién las ejecuta, quién las resiste, qué se concede, qué se preserva y qué queda fuera de la escena pública. Allí se encuentra la diferencia entre la propaganda y el análisis estratégico.
José Vicente Carrasquero A., PhD
Colaborador invitado de INCÍSOS
«Un príncipe sabio no siempre gobierna con principios rectos, sino muchas veces con astucia, pues los hombres se dejan guiar más por las apariencias que por la verdad.»
De su experiencia en el estudio de la mecánica del poder nace su programa digital de formación «Desentrañando el poder», dirigido a profesionales, analistas, comunicadores y tomadores de decisiones que buscan leer escenarios complejos con método y sentido estratégico. Temario y registro aquí.
Colaboradores Invitados
Venezuela tiene una oportunidad histórica, y es de voluntad política
Roberto Smith Perera plantea que la transición venezolana enfrenta un dilema fiscal y propone abrir la economía a la inversión privada.
Esto no le va a gustar a mis amigos opositores radicales, pero alguien tiene que decirlo. La Presidenta Encargada enfrenta una realidad brutal, y conviene nombrarla sin eufemismos.
Si decide ordenar las finanzas públicas, dolarizar y eliminar el déficit fiscal, tendrá que reducir una burocracia de millones de empleados públicos que hoy cuestan al Estado cerca de mil millones de dólares al mes, una carga que la economía no puede sostener. Si no lo hace, deberá continuar el mismo esquema de emisión monetaria para mantener un elefante que poco produce: inflación, devaluación y empobrecimiento, exactamente lo que destruyó a Venezuela.
Existe una vía mejor. Abrir de inmediato la economía a una ola masiva de inversión privada internacional, anclada en una alianza estratégica con Estados Unidos: seguridad jurídica, protección a la propiedad privada, privatizaciones, apertura petrolera, reforma eléctrica, eliminación de trabas legales y reglas claras para invertir.
Las cadenas de producción de la construcción, la infraestructura, el turismo, la energía, la minería y el petróleo pueden generar cientos de miles de empleos en pocos meses y millones de empleos en pocos años. El colapso eléctrico puede resolverse con inversión privada, competencia y modernización, no con más burocracia estatal.
La reducción del Estado y la expansión explosiva del sector privado deben ocurrir de forma simultánea. Los empleos que desaparezcan en la burocracia tienen que reaparecer en una economía que vuelva a crecer aceleradamente. No se trata de abandonar a nadie: se trata de mover el empleo desde donde destruye valor hacia donde lo crea.
Eso fue, en esencia, lo que hicieron los países que salieron con éxito de la devastación de la guerra o del comunismo: Alemania Occidental, Japón, Polonia, Estonia, la República Checa o Lituania. No esperaron a que todo fuera políticamente perfecto. Crearon las condiciones para invertir, producir y crecer.
Confíe en la inversión privada. Confíe en el espíritu animal de los capitalistas, que ven en Venezuela un gran destino para su dinero.
Porque la alternativa es seguir administrando la miseria. No es un problema técnico: es un problema de voluntad política. Las oportunidades históricas no esperan, y Venezuela tiene hoy una que pocas naciones han tenido jamás.
Roberto Smith Perera
Colaborador invitado de INCÍSOS
Colaboradores Invitados
Theodore Roosevelt: Un bronco en la Casa Blanca. Legado y obra
Theodore Roosevelt llegó a la presidencia en 1901 y transformó la Casa Blanca en el centro dinámico del poder político mundial. Un siglo después, su legado sigue siendo símbolo de carácter, energía y compromiso con la grandeza nacional.
Columna de opinión
Orlando Viera-Blanco
Abogado · Activista DDHH · Ex Embajador de Venezuela en Canadá · @ovierablanco
En sus palabras
Roosevelt: El bronco que transformó a Estados Unidos
Theodore Roosevelt llegó a la presidencia de Estados Unidos en 1901, a los 42 años de edad, tras el asesinato del presidente William McKinley. Lo que parecía una transición inesperada terminó convirtiéndose en uno de los momentos más trascendentales de la historia norteamericana. Antes de Roosevelt, la presidencia era vista principalmente como una oficina administrativa; después de él, la Casa Blanca se transformó en el centro dinámico del poder político mundial.
Desde sus primeros días en el cargo, Roosevelt desafió a las élites políticas y económicas que creían poder controlarlo. Considerado por sus detractores como un «bronco salvaje», asumió el gobierno con una energía inagotable y una visión clara: el Estado debía servir al interés nacional y no a los privilegios de unos pocos.
Su principal batalla interna fue contra los monopolios y los abusos corporativos. Utilizando la Ley Sherman Antitrust, enfrentó a gigantes económicos que dominaban sectores enteros de la economía. Para Roosevelt, la regulación no era una cuestión ideológica sino moral. Defendía un equilibrio entre el capital y el bienestar ciudadano, principio que sintetizó en su famoso Square Deal, una propuesta de trato justo para trabajadores, empresarios y consumidores.
Roosevelt también revolucionó la relación entre la presidencia y la opinión pública. Comprendió antes que muchos el poder de la prensa y utilizó los medios para acercarse directamente a los ciudadanos, convirtiéndose en el primer presidente verdaderamente moderno en el manejo de la comunicación política.
En materia social, protagonizó gestos de enorme simbolismo, como la histórica invitación al líder afroamericano Booker T. Washington a cenar en la Casa Blanca, desafiando las barreras raciales de su época, aunque manteniendo contradicciones propias del contexto histórico en que vivió.
Su pasión por la conservación ambiental fue igualmente extraordinaria. Creó parques nacionales, refugios de vida silvestre y reservas forestales que protegieron cerca de 230 millones de acres de territorio estadounidense. Convencido de que la prosperidad de una nación dependía de la preservación de sus recursos naturales, dejó una huella imborrable en la política ambiental moderna.
En política exterior, impulsó la doctrina del «Gran Garrote» (Big Stick), combinando diplomacia y poder militar. Apoyó decisivamente la independencia de Panamá para facilitar la construcción del Canal, fortaleció la presencia estadounidense en el Caribe y desempeñó un papel relevante en la mediación de la guerra ruso-japonesa, esfuerzo que le valió el Premio Nobel de la Paz.
Tras dejar la presidencia, continuó influyendo en la vida pública y protagonizó episodios legendarios, como continuar un discurso político después de haber recibido un disparo durante la campaña de 1912.
Cuando murió en 1919, Theodore Roosevelt dejó mucho más que una trayectoria política. Legó una concepción del liderazgo basada en el coraje, el servicio público, la voluntad de reformar y la capacidad de convertir la adversidad en fuerza. Más de un siglo después, sigue siendo símbolo de carácter, energía y compromiso con la grandeza nacional, demostrando que la historia pertenece a quienes se atreven a moldearla con determinación y propósito.
Orlando Viera-Blanco es abogado, activista de derechos humanos y ex Embajador de Venezuela en Canadá. Twitter/X: @ovierablanco
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