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Chat Vs El Español: ¿Una contienda en la era digital?

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Chat Vs El Español: ¿Una contienda en la era digital?

Los jóvenes no solo crecen rodeados de aplicaciones: han llegado a entender el mundo como un conjunto de ellas. En ese tablero, ¿qué lugar le queda a las reglas gramaticales, ortográficas y de estilo que rigen el idioma español? Una reflexión a partir de Gardner, Davies, Mayans i Planells y Ávila.

Por Maigualida Gamero

En esta oportunidad me acercaré al tema del uso del español en los medios digitales, con el propósito de reflexionar sobre la importancia de nuestra lengua materna en la era de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. En este sentido revisaré algunas propuestas de autores como Howard Gardner y Kate Davies (2014), los cuales analizan cómo los más jóvenes gestionan su identidad, privacidad y su imaginación en el mundo digital, desde las aplicaciones que nos traen la mayoría de los teléfonos inteligentes o smartphone. Por ello se les llama «La generación APP». En este sentido relacionaré este hecho tecnológico con el uso que se le da en la actualidad (2026) a una de las lenguas más importantes del mundo: el español.

Nuestra teoría es que los jóvenes de ahora no solo crecen rodeados de aplicaciones, sino que además han llegado a entender el mundo como un conjunto de aplicaciones, a ver sus vidas como una serie de aplicaciones ordenadas o quizás en muchos casos, como una única aplicación que se prolonga en el tiempo (…) (Gardner y Davies, 2014:21)

Desde esta óptica me pregunto entonces cómo los más jóvenes pueden conjugar el hecho de aprender todas las reglas gramaticales, ortográficas, de redacción y estilo en una era que ha sido llamada desde la superautopista de la información a comienzos de los 2000 y ahora veintiséis años después la generación post-humana. En dichas eras existe la velocidad, la urgencia y la ley del menor esfuerzo. Todo ello englobado en un concepto que algunos autores llaman el lenguaje del Chat, o como lo explica Joan Mayans i Planells, en su libro Género Chat (2002). Y hoy, en 2026 ya la IA generativa resuelve a decir de muchos, esta situación… pero la contienda aún sigue.

Por otra parte nos enfrentamos al más inorgánico y espontáneo de los registros escritos. Resulta próximo, desprovisto de convenciones y reglas gramaticales o, al menos, de la obligación de su cumplimiento. (…) En un entorno como los chats, el sistema de argumentación es más similar al de una conversación oral: el contenido se improvisa más, se distribuye fragmentado. En un chat no es conveniente hacer frases o intervenciones muy largas, tal y como ocurre en las conversaciones orales, éstas pierden interés y atención del público. (Mayans i Planells, 2002:42-43)

Infografía · Chat Vs El Español: ¿Una contienda en la era digital?
Infografía: Incisos

Así entiendo la contienda, entre un mundo como el digital, que según lo leído va enfocándose más a la oralidad y a lo espontáneo. Por este motivo imagino que se dice, que el escenario de la oralidad es menos riguroso que el discurso escrito, el cual debe cumplir las reglas de la lengua española, contenidas en la Gramática y que se rige por los lineamientos de la Real Academia Española de la Lengua (RAE).

En este orden de ideas, puedo referir lo leído en el texto «Español correcto para Dummies» (2012), redactado por Fernando Ávila, quien nos recuerda que «La ortografía no ha sido jubilada aún» (p.104). Lo más interesante que encontré con relación a este tema fue el hecho de que muchos de los jóvenes siempre dejan la ortografía para que la corrija el computador. Es decir, no se preocupan por aprender, sino de dejarle todo a la máquina, pensando así que ésta nos resolverá todas las debilidades que sobre el tema tengamos (se lo dejan al ChatGPT, Gemini, entre otras).

Al retomar lo expuesto en el libro de Howard Gardner y Kate Davies (2014) en donde se refiere el hecho de un alumno universitario quien le dijo a su profesor, que pronto ya no sería necesario estudiar la gramática, en este caso la inglesa, porque él tenía un «smartphone», por allá en la primera década de este siglo, verifico la poca importancia que le dan los jóvenes a nivel mundial a la escritura y a la reflexión.

El ejemplo, anteriormente referido, me lleva a pensar que ocurre igual en español, creemos que no debemos distinguir entre C, Z y S, por ejemplo, porque el teléfono, el computador o la IA «me lo corregirá»; pero no siempre ha sido así. O en todo caso, como ocurre cuando vamos caminando o en un auto y leemos pancartas que dicen «Se vende nestí», allí encontramos esa diferencia y entiendo que escribir no es hablar, no es un contexto digital; pero me pareció importante reseñarlo debido a que muchos escribimos como hablamos. Y según lo leído los medios digitales apuntan a la oralidad, a permitirnos muchas cosas.

Por ende me gustó la respuesta que le dio el profesor a ese alumno que afirmaba que no sería necesario ir a la escuela con tanta tecnología en sus manos. La respuesta fue: «Sí, tendrá las respuestas a todas las preguntas… excepto a las importantes» (Gardner y Davies, 2014:22).

La respuesta del profesor resume que podemos preguntar mucho al señor «Google», por así decirlo, pero la reflexión y la argumentación es el toque personal que nos distinguirá como profesionales.

He titulado este ensayo: «Chat Vs El Español: ¿Una contienda en la era digital?», porque así lo veo, como una pelea. Los jóvenes pasan muchas horas de nuestro día a día en el mundo digital y no le prestan la debida atención a desarrollar un discurso coherente que responda a las preguntas más básicas como: qué, quién, cómo, cuándo o porqué. Se nos hace difícil porque todo es inmediatez, rapidez y poco sosiego.

He podido leer en el texto de La generación APP (2014) que se ha disminuido la capacidad de elaborar discursos, crear argumentos, a pesar de que las aplicaciones son funcionales y desarrollan la imaginación de los usuarios, en los más jóvenes parece que, en vez de acercarlo al pensamiento reflexivo de la antigüedad, lo está llevando al extremo de la velocidad, que no permite escribir bien, ni pronunciar bien, por lo tanto la contienda está en pleno proceso. ¿Quién ganará?

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La urdimbre y la tribuna: hacia una elocuencia femenina

Maigualida Gamero examina si existe una oratoria propia de las mujeres y por qué reducirla al sentimiento es una forma de infantilizar su inteligencia estratégica.

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Mujer ante una tribuna, sin rostro identificable, como recurso editorial sobre oratoria pública.

¡Hola a todos! Bienvenidos de nuevo a este espacio de encuentro donde la palabra se habita, se siente y se proyecta. Hoy quiero abrir el debate sobre un territorio que durante siglos ha estado marcado por una sola cartografía: la oratoria. Cuando pensamos en el discurso público tradicional, en el estrado imponente, en la retórica de la confrontación y el mando, estamos evocando una estructura profundamente patriarcal y masculina. Pero, en pleno siglo XXI, con figuras luminosas como Michelle Obama, Emma Watson o Michelle Bachelet rediseñando el mapa de la palabra, cabe preguntarnos: ¿Existe una oratoria propia para las mujeres? ¿Cómo dialoga el discurso femenino frente al molde clásico masculino? ¿Es verdad que se habla desde el corazón, o hay una estrategia de poder y presencia mucho más profunda detrás?

El desafío al molde tradicional y la sombra de la plaza pública

Durante generaciones, el estándar de la elocuencia ha sido el modelo de plaza pública: competitivo, vertical, enfocado en convencer mediante la fuerza argumental o la imposición jerárquica. La mujer que accedía a la tribuna solía verse en la encrucijada de imitar ese tono imperativo para ser tomada en serio, perdiendo en el camino su voz genuina.

Esta imposición se vuelve especialmente compleja en naciones con una fuerte impronta histórica de gestas independentistas y republicanas —como nuestra propia América Latina—, donde el relato fundacional fue escrito y declamado por hombres de sable y tribuna militar. En estas repúblicas nacientes, la oratoria pública heredó la épica del campo de batalla: un discurso marcial, de arenga encendida, vertical y solemne, diseñado para un ágora concebida exclusivamente por y para varones.

La voz oculta en la gesta. En sociedades donde la historia oficial elevó al prócer y al orador guerrero al altar de la patria, las mujeres que poseían una lucidez política desbordante —como nuestras heroínas independentistas— a menudo tuvieron que ejercer su elocuencia en los intersticios: en las tertulias clandestinas, en el correo epistolar cifrado, en la acción sorda de la resistencia. El espacio público formal les vedaba el estrado, obligándolas, cuando finalmente lograron alzar la voz en los siglos posteriores, a calzarse un traje retórico ajeno que no les pertenecía.

La gerencia de la presencia en voz de mujer

Cuando observamos a líderes contemporáneas como Emma Watson defendiendo la equidad ante la ONU, o a Michelle Obama conectando con millones a través de la narrativa íntima de su propia vida, entendemos que la gerencia de la presencia femenina no busca imitar la arenga marcial del viejo caudillo, sino resonar más hondo. No se trata meramente de «hablar desde el corazón» como un cliché emotivo, sino de integrar la vulnerabilidad y la vivencia como herramientas legítimas de autoridad.

El discurso femenino contemporáneo subvierte el viejo paradigma porque:

  • Integra la experiencia vivida. Conecta lo personal con lo político, transformando la vivencia cotidiana en un argumento de peso universal.

  • Sustituye la verticalidad por la circularidad. En lugar de pararse sobre la audiencia para aleccionar, la oradora se sitúa con la audiencia, creando un espacio de complicidad y escucha activa.

  • Reivindica el silencio y la pausa. Al igual que nuestros poetas que habitaban los espacios en blanco, la mujer elocuente domina el tiempo escénico sabiendo que lo no dicho también comunica.

Más allá del mito: ¿corazón o estrategia?

Reducir la oratoria de las mujeres a un asunto exclusivo de «sentimiento» es caer en la trampa de infantilizar su intelecto estratégico. Cuando Michelle Bachelet articula su visión política o cuando una mujer toma la palabra en un escenario corporativo o artístico, lo que hay sobre la mesa es una maestría en la gestión de la empatía como tecnología de poder. Es la capacidad de desmontar la coraza de la confrontación para abrir paso a la verdadera persuasión.

Construir nuestra oratoria escénica desde la identidad femenina significa apropiarnos de nuestro propio registro, sin disculpas ni imitaciones al viejo modelo de la plaza militar. Es entender que nuestra palabra tiene el peso de un escudo solar y la precisión de una flecha certera. ¡Hasta nuestra próxima entrega en INCÍSOS!

Maigualida Gamero
Caracas, Venezuela · 12 de septiembre de 2026
@Maigua_Gamero

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Colaboradores Invitados

El cuerpo delata el síndrome del impostor antes de la primera sílaba

El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico. Se instala en los hombros caídos, en la respiración superficial y en la urgencia de ocupar el menor espacio posible. Tres claves desde las tablas para desarmarlo.

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Escenario vacío iluminado para la colaboración de Maigualida Gamero sobre presencia y síndrome del impostor

COLABORACIÓN · ORATORIA ESCÉNICA

El autoconocimiento y la fisicalidad como antídoto contra el síndrome del impostor en la mujer contemporánea.

Por Maigualida Gamero


Hay un instante que conozco bien. Las luces de la sala bajan, el silencio se apodera de las butacas y, tras el telón, una mujer —directora, ejecutiva, madre, investigadora o creadora— repasa mentalmente su discurso con el corazón latiendo a mil por hora. No teme no saber del tema; lo domina a la perfección. Su terror más profundo, casi silencioso y paralizante, es que descubran que «no encaja», que no es suficiente, que todo ha sido un golpe de suerte. Es la sombra persistente del síndrome del impostor, un inquilino invisible que habita con demasiada frecuencia en la mente de la mujer contemporánea.

Durante décadas, nos han enseñado a pensar la comunicación desde el intelecto. Nos han dicho que para ser escuchadas debemos acumular títulos, pulir argumentos y tener respuestas para todo. Sin embargo, en mis años sobre las tablas y guiando procesos desde la oratoria escénica y la gerencia de la presencia, comprendí una verdad radical: el cuerpo no miente, y la verdadera transformación no empieza en la garganta, sino en la planta de los pies.

El escenario como espejo: cuando el cuerpo revela lo que callamos

En el teatro, el actor aprende temprano que la voz no es un ente separado del cuerpo; la voz es el cuerpo en vibración. Cuando una mujer sube a un escenario —ya sea corporativo, académico o artístico— y se encoge, cruza los brazos como escudo protector o desplaza todo su peso hacia atrás buscando una salida invisible, su cuerpo está emitiendo un mensaje antes de pronunciar la primera sílaba. Está manifestando inseguridad.

El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico abstracto; tiene una geografía física muy concreta. Se instala en los hombros caídos, en la respiración clavicular superficial que ahoga el timbre natural y en la necesidad urgente de ocupar el menor espacio posible para no incomodar.

Desde la perspectiva de la gerencia de la presencia, el autoconocimiento deja de ser un ejercicio de introspección pasiva para convertirse en una práctica de soberanía corporal. Reconocernos en el espacio no es un acto de ego, sino de legitimidad.

Tres claves desde las tablas para recuperar la escena

Para desarmar esa voz interna que nos disminuye, debemos cambiar las reglas del juego. No se trata de «fingir seguridad hasta lograrlo» —un consejo vacío que solo agrava el desgaste emocional—, sino de habitar la fisicalidad con conciencia dramática.

1. El enraizamiento: ocupar el suelo con derecho propio

En el teatro, la primera tarea de un intérprete antes de entrar a escena es conectar con el eje de gravedad. ¿Dónde están tus pies? ¿Sientes el peso de tu cuerpo distribuido equitativamente sobre el suelo? Cuando una mujer contemporánea sufre el síndrome del impostor, suele flotar en una urgencia mental constante, desconectada de su base física.

La práctica: sentir el suelo firme bajo tus pies te ancla en el presente. Al respirar de manera consciente y descender la energía hacia la tierra, la postura se endereza de forma natural, sin rigidez. El cuerpo le comunica al cerebro: «Estoy aquí, este espacio me pertenece y tengo derecho a habitarlo».

2. La expansión del gesto: del repliegue a la apertura

El miedo nos contrae. Nos hace encoger el pecho, cerrar los brazos y apagar la mirada. Romper esta inercia requiere un acto deliberado de dirección escénica personal. La oratoria escénica nos enseña que los gestos amplios, fluidos y congruentes con el discurso no solo proyectan seguridad hacia la audiencia, sino que envían una señal interna de poder y calma.

La práctica: abre el pecho, expande tus brazos con naturalidad y permite que tus manos habiten el aire. Al ensanchar tu presencia física, el cerebro interpreta que estás a salvo, disolviendo el pánico escénico desde la raíz somática.

3. La pausa y el silencio: el dominio del tiempo

Quien padece el síndrome del impostor suele hablar rápido, atropelladamente, como si pidiera disculpas por ocupar el tiempo de los demás. En las tablas, aprendemos que el silencio no es un vacío temible, sino un recurso dramático de altísimo valor. El silencio es poder.

La práctica: atrévete a hacer una pausa antes de responder, a sostener la mirada de tu interlocutor o de tu auditorio sin vacilar. Dominar el ritmo de tu propia voz es el reflejo más fiel de que confías en tu propio criterio y en el valor de lo que tienes para decir.

La mujer contemporánea como directora de su propia narrativa

La mujer de hoy vive atravesada por demandas múltiples: liderar, producir, cuidar, crear y destacar. En esa vorágine, es fácil perder el centro y delegar nuestra validación en la mirada ajena.

Reconocerse a través de la fisicalidad y la oratoria escénica es un viaje de retorno a casa. Es entender que no necesitamos convertirnos en otra persona para brillar; necesitamos quitar los bloqueos físicos y mentales que impiden que nuestra verdadera potencia salga a la luz.

Cuando una mujer pisa firme, respira con conciencia, estructura su mensaje con la fuerza de una dramaturgia viva y alza la voz sin pedir permiso, deja de ser una impostora en su propia vida para convertirse en la directora indiscutible de su propia escena.

El escenario está listo. El telón ya se ha abierto. Es tu turno de habitarlo.


Maigualida Gamero es escritora, actriz, locutora, productora teatral, coach y conferencista. Escribe sobre comunicación, oratoria y presencia personal. En redes: @Maigua_Gamero.

Caracas, 5 de septiembre de 2026.

Las colaboraciones invitadas expresan la posición de quien las firma. Este texto tiene fines divulgativos y no sustituye la orientación de un profesional de la salud mental.

También puede leer: «Todo gran discurso esconde la estructura de una obra teatral».

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Colaboradores Invitados

Machado debe ser garante de la transición

Oponerse en bloque preservaría la pureza política y arriesgaría el respaldo de Washington. Aceptar sin condiciones legitimaría una arquitectura sin elecciones. Hay una tercera vía.

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Paisaje financiero e industrial sin personas como recurso editorial para una nota sobre intermediación y transparencia.

Por Orlando Viera Blanco

La respuesta de María Corina Machado al acuerdo petrolero anunciado por Washington debería partir de una premisa incómoda pero esencial: el entendimiento entre Trump, Delcy Rodríguez y NABEP no se enfrenta eficazmente desde la indignación, sino desde la realpolitik. Son momentos que exigen mucha retina estratégica y bastante menos apasionamiento.

Washington ha dejado claro cuál es su prioridad inmediata. Energía, estabilidad regional y reconstrucción económica. La transición democrática aparece como un objetivo posterior y condicionado. Conviene decir, además, algo que la dirigencia política suele omitir: para la gran mayoría del pueblo venezolano la prioridad también es el estómago y la nevera.

La Casa Blanca presenta el acuerdo como parte de una estrategia de estabilización y transición. Lo anunciado el 31 de agosto concede a NABEP derechos sobre diecisiete campos y unos 65.000 millones de barriles de reservas probadas, con una inversión proyectada cercana a los 100.000 millones de dólares. Estados Unidos obtendría una participación de 35% en la matriz de la empresa, acceso al 20% de la producción a costo y derechos preferenciales sobre el resto.

Para Machado, rechazarlo frontalmente sería políticamente comprensible y estratégicamente peligroso. Trump podría interpretar una oposición absoluta como resistencia a un proyecto que considera central para la seguridad energética de su país. Y una vez que Washington ha decidido que Delcy Rodríguez constituye un interlocutor funcional, confrontar al presidente estadounidense podría terminar aislando precisamente a quien necesita conservar influencia sobre la transición futura.

La distinción que hay que hacer es entre inversión petrolera y legitimidad política. La alternativa inteligente no consiste en aprobar ni en condenar el acuerdo en bloque. Consiste en sostener una posición precisa: Venezuela necesita inversión, producción y capital estadounidense, y no necesita una operación económica que sustituya la soberanía popular ni determine por anticipado quién gobernará el país.

Ese planteamiento le permitiría convertir el problema en una oportunidad. Desde ahí puede exigir transparencia contractual, auditoría independiente, competencia, protección de los ingresos fiscales, reglas ambientales, participación de la industria estatal y rendición de cuentas. Y por encima de todo, garantías de que los recursos derivados del petróleo financiarán la reconstrucción nacional y no servirán para perpetuar una estructura política.

Hay además una dimensión ética que no conviene esquivar. Machado no debería sacrificar sus principios democráticos por conveniencia. Pero la ética política también exige evitar que el maximalismo termine perjudicando a una población devastada económicamente. Si la inversión genera empleo, producción, infraestructura y recursos fiscales, oponerse por el solo hecho de que participe un empresario cuestionado sería difícil de justificar ante los venezolanos.

Los escenarios son tres y conviene enunciarlos sin adornos.

El primero es la confrontación. Preserva la pureza política y arriesga la pérdida del apoyo de Trump.

El segundo es la aceptación. Otorga acceso al proceso económico y corre el riesgo de legitimar una arquitectura política sin elecciones.

El tercero, que me parece el más inteligente por sensato y moderado, es la cooperación condicionada. Reconocer la necesidad de la reconstrucción económica mientras se exige que la riqueza petrolera sea compatible con una transición democrática.

La clave está en que María Corina Machado emerja como garante político del acuerdo en términos de viabilidad de la transición. No como su adversaria ni como su avalista, sino como la condición que lo vuelve sostenible.

Su mensaje podría ser inequívoco. Presidente Trump, Venezuela necesita su inversión, su mercado, su apoyo y su liderazgo. Pero una Venezuela económicamente reconstruida solo será estable si también es políticamente legítima. Hagamos que ambas cosas ocurran juntas.

Queda un último punto. Machado debe regresar, y no de manera inmediata ni unilateral. Debe convertir el regreso en una operación política negociada y no en un gesto de desafío.

Su liderazgo supera cualquier individualidad. Es la garantía de un salto histórico hacia una refundación republicana moderna y liberal. Un reto de esa magnitud demanda prudencia, visión y aplomo.


Orlando Viera Blanco

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