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Colaboradores Invitados

De la grieta a la meta: la resiliencia como el arte de florecer en nuestra identidad

La resiliencia no es la ausencia de dolor, sino el acto creativo de florecer a través de nuestras grietas. Maigualida Gamero reflexiona sobre el duelo, la identidad y la reconstrucción venezolana.

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Flor creciendo entre grietas de concreto

La tierra tiene memoria, y los caraqueños lo sabemos bien. Ante el doblete sísmico que sacudió al país, Maigualida Gamero reflexiona sobre la resiliencia como el arte de florecer en nuestra identidad, desde la grieta personal hasta la colectiva.

La tierra tiene memoria, y los caraqueños lo sabemos bien. Recientemente, el país ha sido sacudido por un doblete sísmico, recordándonos nuestra fragilidad ante la naturaleza. Pero el sismo externo es solo un eco de los sismos internos que cada uno de nosotros ha tenido que navegar. La Guaira, ese litoral que para muchos es destino de sol y brisa, ha sido para mí un territorio de contrastes; un lugar donde los recuerdos más hermosos coexisten con cicatrices profundas.

El duelo como arquitectura del alma

No se puede hablar de florecer sin hablar de las cenizas. La resiliencia no es la ausencia de dolor, es la capacidad de convertirlo en voz. En 1993, perdí a mi hermano en un accidente de tránsito en La Guaira. Ese evento marcó mi propia «grieta» fundacional, mucho antes de entender que mi propósito sería acompañar a otros en sus procesos de transformación, como artista, docente y coach.

Aquel dolor me enseñó que el duelo no es un callejón sin salida, sino un proceso de alquimia. Lo mismo ocurrió años después, frente a la devastación de La Guaira en 1999. Aquella tragedia nos obligó, de alguna manera a los venezolanos, a los varguenses y a los caraqueños a redefinir el concepto de hogar y de pertenencia. Venezuela sabe de grietas, de salir adelante, de sobrevivir, aunque pueda resultar agotador. Sobre ese paisaje de lodo y esperanza, escribí el siguiente poema, publicado en mi libro Límite de tus pupilas (Amazon, 2015):

FURIA MARINA
A Venezuela. A La Guaira.

El agua socavó mis sueños de existir.
Emergí del fango y me vi todo lodo.
A mi lado sólo mar. Sal. Mar. Lágrimas.
Corazón inundado de emociones.

Cambien a este HOMO LODO,
por un HOMO LUDENS.

Tiempo: De él depende.
Tiempo: Cuenta mis recuerdos.
Tiempo: Germina de nuevo mi ser.

La grieta de nuestra identidad

Al releer mis versos, comprendo que el lodo no fue el final, sino el abono. Porque después de todo, debemos entender que la resiliencia no es la ausencia de dolor, sino ese acto creativo de florecer a través de nuestras grietas, incluso cuando las instituciones que creíamos indestructibles se han fracturado ante nuestros ojos.

Como artista y mentora, observo estas realidades en cada video, en cada entrevista y en el murmullo de los comentarios que pueblan nuestra cotidianidad. La grieta ha tocado nuestra identidad. Nos preguntamos, quizás con miedo, cuál será el momento para hablar de esto. Los psicólogos advierten que apenas comenzamos a procesar el impacto, y es cierto: escribir desde la memoria de lo que somos no nos llevará pocas líneas. Sin embargo, tengo la certeza de que el arte nos reconectará con nuestra grandeza. En un artículo anterior, reflexionaba sobre los «colores en fuga»; hoy sostengo que esos mismos colores volverán a darle un nuevo cariz a nuestra vida, siempre que aceptemos el desafío de atravesar el dolor.

Hacia una nueva conciencia

Ya no podemos ser el país del disimulo, aquel que prefiere no ver para seguir adelante. Esa etapa terminó. Ya no somos un mensaje sin destino, somos el mensaje de la esperanza. Es evidente y necesario que aprendamos a dejarnos ayudar, a reconocer al otro y a reconstruir nuestro tejido social a través de la solidaridad y el encuentro. Las grietas de nuestra identidad serán llenadas, no por viejas estructuras, sino por el reconocimiento del ser que somos todos los venezolanos.

Queremos una vida más tranquila, donde sepamos administrar las riquezas naturales de esta «Tierra de Gracia», con la sabiduría que solo se obtiene cuando aprendemos a escuchar, a observar y a sentir.

La meta: Florecer en las fisuras

En mi conferencia De la grieta a la meta, suelo decir que somos la flor que nace de las grietas. Hoy, ante los recientes eventos que han sacudido nuestra ciudad y país, les invitamos a no mirar solo el desastre. La meta no es volver a ser quienes éramos antes, sino convertirnos en la versión florecida que solo es posible gracias a haber sobrevivido a la fractura.

No permitamos que la grieta defina nuestro paisaje. Usemos el espacio que dejó el silencio para sembrar, paso a paso, una nueva forma de estar en el mundo. Al final del día, la meta no es la solidez inamovible, sino la capacidad de habitar nuestra propia vulnerabilidad y, desde ahí, seguir mirando. La próxima vez que sientan que el suelo se abre —bajo sus pies o bajo sus instituciones—, no busquen el concreto para tapar. Busquen la semilla. Porque el florecimiento solo es posible cuando nos permitimos, por fin, dejar de disimular y empezar a ser.

Maigualida Gamero · @Maigua_Gamero · Julio 2026

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El cuerpo delata el síndrome del impostor antes de la primera sílaba

El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico. Se instala en los hombros caídos, en la respiración superficial y en la urgencia de ocupar el menor espacio posible. Tres claves desde las tablas para desarmarlo.

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Escenario vacío iluminado para la colaboración de Maigualida Gamero sobre presencia y síndrome del impostor

COLABORACIÓN · ORATORIA ESCÉNICA

El autoconocimiento y la fisicalidad como antídoto contra el síndrome del impostor en la mujer contemporánea.

Por Maigualida Gamero


Hay un instante que conozco bien. Las luces de la sala bajan, el silencio se apodera de las butacas y, tras el telón, una mujer —directora, ejecutiva, madre, investigadora o creadora— repasa mentalmente su discurso con el corazón latiendo a mil por hora. No teme no saber del tema; lo domina a la perfección. Su terror más profundo, casi silencioso y paralizante, es que descubran que «no encaja», que no es suficiente, que todo ha sido un golpe de suerte. Es la sombra persistente del síndrome del impostor, un inquilino invisible que habita con demasiada frecuencia en la mente de la mujer contemporánea.

Durante décadas, nos han enseñado a pensar la comunicación desde el intelecto. Nos han dicho que para ser escuchadas debemos acumular títulos, pulir argumentos y tener respuestas para todo. Sin embargo, en mis años sobre las tablas y guiando procesos desde la oratoria escénica y la gerencia de la presencia, comprendí una verdad radical: el cuerpo no miente, y la verdadera transformación no empieza en la garganta, sino en la planta de los pies.

El escenario como espejo: cuando el cuerpo revela lo que callamos

En el teatro, el actor aprende temprano que la voz no es un ente separado del cuerpo; la voz es el cuerpo en vibración. Cuando una mujer sube a un escenario —ya sea corporativo, académico o artístico— y se encoge, cruza los brazos como escudo protector o desplaza todo su peso hacia atrás buscando una salida invisible, su cuerpo está emitiendo un mensaje antes de pronunciar la primera sílaba. Está manifestando inseguridad.

El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico abstracto; tiene una geografía física muy concreta. Se instala en los hombros caídos, en la respiración clavicular superficial que ahoga el timbre natural y en la necesidad urgente de ocupar el menor espacio posible para no incomodar.

Desde la perspectiva de la gerencia de la presencia, el autoconocimiento deja de ser un ejercicio de introspección pasiva para convertirse en una práctica de soberanía corporal. Reconocernos en el espacio no es un acto de ego, sino de legitimidad.

Tres claves desde las tablas para recuperar la escena

Para desarmar esa voz interna que nos disminuye, debemos cambiar las reglas del juego. No se trata de «fingir seguridad hasta lograrlo» —un consejo vacío que solo agrava el desgaste emocional—, sino de habitar la fisicalidad con conciencia dramática.

1. El enraizamiento: ocupar el suelo con derecho propio

En el teatro, la primera tarea de un intérprete antes de entrar a escena es conectar con el eje de gravedad. ¿Dónde están tus pies? ¿Sientes el peso de tu cuerpo distribuido equitativamente sobre el suelo? Cuando una mujer contemporánea sufre el síndrome del impostor, suele flotar en una urgencia mental constante, desconectada de su base física.

La práctica: sentir el suelo firme bajo tus pies te ancla en el presente. Al respirar de manera consciente y descender la energía hacia la tierra, la postura se endereza de forma natural, sin rigidez. El cuerpo le comunica al cerebro: «Estoy aquí, este espacio me pertenece y tengo derecho a habitarlo».

2. La expansión del gesto: del repliegue a la apertura

El miedo nos contrae. Nos hace encoger el pecho, cerrar los brazos y apagar la mirada. Romper esta inercia requiere un acto deliberado de dirección escénica personal. La oratoria escénica nos enseña que los gestos amplios, fluidos y congruentes con el discurso no solo proyectan seguridad hacia la audiencia, sino que envían una señal interna de poder y calma.

La práctica: abre el pecho, expande tus brazos con naturalidad y permite que tus manos habiten el aire. Al ensanchar tu presencia física, el cerebro interpreta que estás a salvo, disolviendo el pánico escénico desde la raíz somática.

3. La pausa y el silencio: el dominio del tiempo

Quien padece el síndrome del impostor suele hablar rápido, atropelladamente, como si pidiera disculpas por ocupar el tiempo de los demás. En las tablas, aprendemos que el silencio no es un vacío temible, sino un recurso dramático de altísimo valor. El silencio es poder.

La práctica: atrévete a hacer una pausa antes de responder, a sostener la mirada de tu interlocutor o de tu auditorio sin vacilar. Dominar el ritmo de tu propia voz es el reflejo más fiel de que confías en tu propio criterio y en el valor de lo que tienes para decir.

La mujer contemporánea como directora de su propia narrativa

La mujer de hoy vive atravesada por demandas múltiples: liderar, producir, cuidar, crear y destacar. En esa vorágine, es fácil perder el centro y delegar nuestra validación en la mirada ajena.

Reconocerse a través de la fisicalidad y la oratoria escénica es un viaje de retorno a casa. Es entender que no necesitamos convertirnos en otra persona para brillar; necesitamos quitar los bloqueos físicos y mentales que impiden que nuestra verdadera potencia salga a la luz.

Cuando una mujer pisa firme, respira con conciencia, estructura su mensaje con la fuerza de una dramaturgia viva y alza la voz sin pedir permiso, deja de ser una impostora en su propia vida para convertirse en la directora indiscutible de su propia escena.

El escenario está listo. El telón ya se ha abierto. Es tu turno de habitarlo.


Maigualida Gamero es escritora, actriz, locutora, productora teatral, coach y conferencista. Escribe sobre comunicación, oratoria y presencia personal. En redes: @Maigua_Gamero.

Caracas, 5 de septiembre de 2026.

Las colaboraciones invitadas expresan la posición de quien las firma. Este texto tiene fines divulgativos y no sustituye la orientación de un profesional de la salud mental.

También puede leer: «Todo gran discurso esconde la estructura de una obra teatral».

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Colaboradores Invitados

Machado debe ser garante de la transición

Oponerse en bloque preservaría la pureza política y arriesgaría el respaldo de Washington. Aceptar sin condiciones legitimaría una arquitectura sin elecciones. Hay una tercera vía.

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Paisaje financiero e industrial sin personas como recurso editorial para una nota sobre intermediación y transparencia.

Por Orlando Viera Blanco

La respuesta de María Corina Machado al acuerdo petrolero anunciado por Washington debería partir de una premisa incómoda pero esencial: el entendimiento entre Trump, Delcy Rodríguez y NABEP no se enfrenta eficazmente desde la indignación, sino desde la realpolitik. Son momentos que exigen mucha retina estratégica y bastante menos apasionamiento.

Washington ha dejado claro cuál es su prioridad inmediata. Energía, estabilidad regional y reconstrucción económica. La transición democrática aparece como un objetivo posterior y condicionado. Conviene decir, además, algo que la dirigencia política suele omitir: para la gran mayoría del pueblo venezolano la prioridad también es el estómago y la nevera.

La Casa Blanca presenta el acuerdo como parte de una estrategia de estabilización y transición. Lo anunciado el 31 de agosto concede a NABEP derechos sobre diecisiete campos y unos 65.000 millones de barriles de reservas probadas, con una inversión proyectada cercana a los 100.000 millones de dólares. Estados Unidos obtendría una participación de 35% en la matriz de la empresa, acceso al 20% de la producción a costo y derechos preferenciales sobre el resto.

Para Machado, rechazarlo frontalmente sería políticamente comprensible y estratégicamente peligroso. Trump podría interpretar una oposición absoluta como resistencia a un proyecto que considera central para la seguridad energética de su país. Y una vez que Washington ha decidido que Delcy Rodríguez constituye un interlocutor funcional, confrontar al presidente estadounidense podría terminar aislando precisamente a quien necesita conservar influencia sobre la transición futura.

La distinción que hay que hacer es entre inversión petrolera y legitimidad política. La alternativa inteligente no consiste en aprobar ni en condenar el acuerdo en bloque. Consiste en sostener una posición precisa: Venezuela necesita inversión, producción y capital estadounidense, y no necesita una operación económica que sustituya la soberanía popular ni determine por anticipado quién gobernará el país.

Ese planteamiento le permitiría convertir el problema en una oportunidad. Desde ahí puede exigir transparencia contractual, auditoría independiente, competencia, protección de los ingresos fiscales, reglas ambientales, participación de la industria estatal y rendición de cuentas. Y por encima de todo, garantías de que los recursos derivados del petróleo financiarán la reconstrucción nacional y no servirán para perpetuar una estructura política.

Hay además una dimensión ética que no conviene esquivar. Machado no debería sacrificar sus principios democráticos por conveniencia. Pero la ética política también exige evitar que el maximalismo termine perjudicando a una población devastada económicamente. Si la inversión genera empleo, producción, infraestructura y recursos fiscales, oponerse por el solo hecho de que participe un empresario cuestionado sería difícil de justificar ante los venezolanos.

Los escenarios son tres y conviene enunciarlos sin adornos.

El primero es la confrontación. Preserva la pureza política y arriesga la pérdida del apoyo de Trump.

El segundo es la aceptación. Otorga acceso al proceso económico y corre el riesgo de legitimar una arquitectura política sin elecciones.

El tercero, que me parece el más inteligente por sensato y moderado, es la cooperación condicionada. Reconocer la necesidad de la reconstrucción económica mientras se exige que la riqueza petrolera sea compatible con una transición democrática.

La clave está en que María Corina Machado emerja como garante político del acuerdo en términos de viabilidad de la transición. No como su adversaria ni como su avalista, sino como la condición que lo vuelve sostenible.

Su mensaje podría ser inequívoco. Presidente Trump, Venezuela necesita su inversión, su mercado, su apoyo y su liderazgo. Pero una Venezuela económicamente reconstruida solo será estable si también es políticamente legítima. Hagamos que ambas cosas ocurran juntas.

Queda un último punto. Machado debe regresar, y no de manera inmediata ni unilateral. Debe convertir el regreso en una operación política negociada y no en un gesto de desafío.

Su liderazgo supera cualquier individualidad. Es la garantía de un salto histórico hacia una refundación republicana moderna y liberal. Un reto de esa magnitud demanda prudencia, visión y aplomo.


Orlando Viera Blanco

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Colaboradores Invitados

Todo gran discurso esconde la estructura de una obra teatral

Maigualida Gamero desmonta los discursos de Steve Jobs, Nelson Mandela y Oprah Winfrey para mostrar que la elocuencia memorable no surge al azar: sostiene una estructura dramática.

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Atril vacío con cortinas teatrales para la columna de Maigualida Gamero sobre la estructura dramática del discurso.

Durante siglos hemos cometido el error de creer que la elocuencia es un don divino reservado para unos pocos elegidos. Pensamos que los grandes oradores de la humanidad subían a un estrado, abrían los brazos y dejaban que la inspiración fluyera como un milagro espontáneo.

Nada más alejado de la realidad.

Si analizamos con lupa a los líderes, creadores y comunicadores que han marcado un antes y un después en la historia, descubriremos un secreto que el teatro conoce bien: ningún discurso memorable ocurre al azar. Detrás de cada palabra hay una estructura dramática implacable, un arco narrativo y un hilo conductor que sostiene el peso de la transformación.

Bajo la óptica de El Método Maigua Gamero, donde fusionamos la gerencia de la presencia, la literatura y la técnica actoral, te invito a desmontar tres discursos icónicos de la historia moderna para entender cómo aplicaron la dramaturgia sin saber necesariamente de teatro, pero dominando el arte de conmover y persuadir.

1. Steve Jobs, Stanford, 12 de junio de 2005

Cuando Steve Jobs subió a dar su célebre discurso de graduación en Stanford, no dio una clase magistral de negocios. Contó una historia con la estructura clásica del viaje del héroe.

La introducción. Rompió las expectativas de inmediato con una frase desarmante: se declaró honrado de estar en la graduación de una de las mejores universidades del mundo, y acto seguido admitió que él nunca se graduó.

El conflicto y el nudo. Dividió su intervención en tres actos perfectamente medidos: conectar los puntos, el amor y la pérdida, y la muerte. En cada uno planteó un quiebre biográfico real, un obstáculo que en su momento pareció insuperable.

El clímax. La revelación de que la muerte es el mejor invento de la vida, porque borra lo viejo para abrir espacio a lo nuevo.

El desenlace. Su lema final, «manténganse hambrientos, manténganse alocados», que funciona como un llamado a la acción poético y contundente.

Jobs entendió que el público no recuerda datos duros. Recuerda la vulnerabilidad estructurada como narrativa.

2. Nelson Mandela, Pretoria, 10 de mayo de 1994

Tras veintisiete años en prisión, Nelson Mandela enfrentaba el reto de hablarle a una nación fracturada, donde el miedo y el odio amenazaban con desatar una guerra civil.

La introducción. La validación de la magnitud del momento histórico y el reconocimiento de la victoria del pueblo sudafricano.

El conflicto. La herida profunda del apartheid y la urgencia de pasar del rencor institucional a la reconciliación democrática.

El clímax. El momento en que eleva su línea pasante de unidad por encima de la venganza. Declaró desde los Union Buildings que había llegado la hora de curar las heridas, de tender puentes sobre los abismos que separaban al país, de construir. La progresión es dramatúrgica pura: tres oraciones que avanzan de la herida al puente y del puente a la obra.

El desenlace. Un compromiso colectivo que transformó su propia biografía en el símbolo viviente de que la oratoria, cuando se alinea con la dignidad humana, puede redimir a un país.

3. Oprah Winfrey, Globos de Oro, 7 de enero de 2018

El discurso de Oprah al recibir el premio Cecil B. DeMille es un manual perfecto de cómo llevar a una audiencia de la empatía a la urgencia social en pocos minutos.

La introducción. Un anclaje temporal y personal poderoso: su infancia, sentada en el suelo, viendo a Sidney Poitier recibir el Óscar.

El conflicto. La denuncia estructural del abuso, el silencio impuesto a las mujeres y la cultura del miedo.

El clímax. El uso magistral de la regla de tres y la sentencia que recorrió el mundo como un estallido dramático, dirigida a los abusadores: su tiempo se acabó.

El desenlace. La promesa de un nuevo amanecer para las niñas y las mujeres del futuro.

Oprah no improvisó. Usó silencios, tonos graves de voz y una progresión dramática impecable que convirtió su intervención en un manifiesto global.

La escena es tuya

Jobs, Mandela y Oprah no triunfaron por casualidad. Supieron usar la introducción para sacudir, el conflicto para generar tensión, el clímax para revelar la verdad y el desenlace para mover a la acción.

Ya sea en una sala de juntas corporativa, frente a un aula universitaria o dictando una conferencia internacional, la pregunta al estructurar tus palabras es siempre la misma: ¿cuál es la obra de teatro que le estás regalando a tu audiencia?

Porque al final, hablar en público no es recitar información. Es habitar el escenario con un guion que merezca ser escuchado.

Caracas, 29 de agosto de 2026

@Maigua_Gamero

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