Inciso
La mesa empezó a hablar de otra cosa
Un cambio de vocabulario en política nunca es casual. Puede ser una conversión o puede ser un ajuste de comunicación, y hay una forma de saberlo.
Hay que fijarse en dónde ocurrió.
No fue en el hemiciclo. No fue en una rueda de prensa convocada. No fue a la salida de una sesión de trabajo. Fue a la salida del arzobispado, después de una audiencia que la propia delegación pidió y que nadie había anticipado.
Eso ya es información. Pero lo que importa vino después, en lo que se dijo.
Durante seis semanas este proceso ha hablado un solo idioma. Artículo 65. Comité de postulaciones. Segunda discusión. Ciclo. Baremo. Reinstitucionalización. Yo mismo he escrito en ese idioma, porque es el que corresponde cuando se discuten reglas y hay que discutirlas con precisión.
Y de pronto, el lunes, apareció otro vocabulario.
La madre que necesita llevar a sus hijos a la escuela y no tiene cómo sostenerlos ni en su casa. La mujer que da a luz en un hospital donde no hay con qué atenderla. El padre que sale a trabajar y regresa con un dólar que no alcanza para la canasta básica.
Eso no es lenguaje de negociación. Es lenguaje de parroquia, y llegó por la puerta por donde suele llegar.
Los cambios de registro en política nunca son casuales. Un equipo negociador no cambia de vocabulario porque se le ocurrió esa mañana. Lo cambia porque decidió hablarle a alguien distinto.
Y ahí está lo que me parece relevante. Hasta el lunes, esa mesa le hablaba a las partes, a los observadores internacionales y a la prensa. El lunes empezó a hablarle al país.
No sé si eso durará. Lo que sé es que hasta ahora los dos acuerdos que ha producido este proceso fueron institucionales: la renovación de un tribunal y la reclamación de unos activos. Ambos necesarios, ambos legítimos, y ninguno de los dos se siente en una cocina a fin de mes.
Un país que lleva veintisiete años esperando no evalúa un proceso por sus acuerdos. Lo evalúa por su nevera.
Por eso me detengo en una frase concreta. La delegación anunció que va a conversar con la gente y describió eso como el principal diálogo que debe existir en el país.
Es una frase grande y la voy a tomar en serio, que es la manera respetuosa de tratarla.
Tomarla en serio significa no aplaudirla. Significa preguntar cuándo, dónde, con quién y qué se hace después con lo que se recoja.
Porque un diálogo con la gente puede ser dos cosas muy distintas. Puede ser un mecanismo que entra a la mesa: escuchar, sistematizar y convertir eso en un punto de agenda que la otra parte tenga que responder. O puede ser una gira. Actos, fotografías, aplausos y regreso al mismo temario de siempre.
La diferencia entre una y otra no se sabe el día del anuncio. Se sabe en la ronda siguiente, mirando si la agenda cambió.
Y si de verdad va a empezar un diálogo con la gente, hay un lugar donde empezar que no requiere convocatoria ni logística. Frente a los penales hay familias que llevan más de doscientos treinta y cinco días esperando. Ya escribieron. Ya pidieron una reunión por escrito, a las dos delegaciones. Una acusó recibo. La otra no ha respondido.
Ese es el examen más barato y más rápido que existe. No hace falta organizar nada: hace falta contestar un documento que ya está sobre la mesa.
Hay algo más que conviene decir, y es sobre el sitio.
Que este cambio de tono saliera de un arzobispado no es un detalle de agenda. En Venezuela, durante décadas, cuando la política se quedó sin palabras para hablar de la gente, la Iglesia siguió teniéndolas. No porque sea infalible ni porque le corresponda gobernar, sino porque atiende una ventanilla donde la gente llega sin filtro.
Quien sale de ahí y repite lo que escuchó está haciendo, como mínimo, un ejercicio de escucha. Y en un proceso que ha funcionado a puerta cerrada, escuchar a alguien de afuera ya es una novedad.
No estoy diciendo que esto resuelva nada. No resuelve nada.
Estoy diciendo que cuando un negociador cambia de idioma, conviene anotarlo, porque es de las pocas cosas que se pueden verificar después. Las promesas se discuten. El vocabulario queda grabado.
Dentro de una semana sabremos si aquella frase era un anuncio o era una manera de decir buenas tardes.
Yo prefiero anotarla y volver. Es lo que hace un periódico.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el martes 15 de septiembre de 2026
Alfredo Yánez
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They are conjugating us in the past tense
A heritage is what remains of someone who is gone. Applying that word to 70 million living people does work worth naming.
INCÍSOS SPECIAL · HEIRS
By Alfredo Yánez Mondragón
Founder and editor-in-chief
Leer en español
For one month a year, this country celebrates something it calls Hispanic heritage. I have spent weeks examining what that word actually contains. I want to start there, before any figure, because the word is doing work almost nobody looks at.
Heritage is what remains of someone who is gone. The term belongs to inheritance law before it belongs to culture: the property, rights and obligations a person transmits at death. We extend it to civilizations that finished their run, to empires that left ruins and languages behind. In every one of those uses, one element holds constant. The person who left the estate is not in the room when the will is read.
The Census Bureau counted 70.1 million Hispanics in this country. A fifth of the population. Their median age is 31.1, in a nation that is aging and whose principal economic competitors are watching their labor forces shrink. That population is not in transit toward the past. It is at the middle of its arc, and it grows more by births inside these borders than by arrivals from outside them, which means a rising share of those 70 million are American citizens from their first day of life.
This is what gets called a heritage. And there is the move.
Conjugating something in the past tense is not decoration. It is a ruling on the status of the thing named. What is declared a legacy exits certain conversations automatically. A legacy does not compete for appropriations; it gets commemorated. It does not claim seats; it gets exhibited. It does not demand measurement; it gets thanked. We thank the past. With the present, we have to negotiate. That difference looks like nuance. It is a difference in rights.
Consider what happened while I worked through the categories of this special, one at a time, not looking for a pattern.
The national museum of Latino history was created by law almost six years ago. It has a director, a board, a collection, and no building. Its opening is estimated at ten to twelve years out, and one recent presidential budget request contained not a dollar for it. The 631 universities that graduate two-thirds of this country’s Latino college students had funding Congress had already appropriated to them redirected — $229 million — on constitutional grounds. Hispanic representation in the House of Representatives fell from 48 to 45. Latino actors held under three percent of lead roles in American film, while Latinos are twenty-one percent of the country. And roughly 18 million Hispanic adults left the labor force, more than a million more than twelve months earlier.
Five different categories. Five different institutions. The same verb: contracting.
I am not claiming a plan exists. I have no document proving one and I will not invent it; this entire special was built on the rule of publishing nothing that cannot be sustained. What I can state is that a coincidence exists and that it has a recognizable internal logic. Celebration and contraction do not contradict each other. They complete each other. What gets celebrated in September is precisely what is being withdrawn the rest of the year, and the celebration performs a function: it converts withdrawal into orderly closure. A tribute is the graceful way to declare something finished.
That is the fence. It does not consist of banning Hispanic presence, which would be unworkable at 70 million people and illegal besides. It consists of reclassifying it. Of moving it from present to past by way of vocabulary, and celebrating it enthusiastically in order to do so. A month of recognition is not the opposite of displacement. It may be its most efficient form, because it disarms the objection before anyone can make it. Who complains about being honored?
Many years ago, when I seriously considered a religious vocation, I read Augustine of Hippo closely. In Book XI of the Confessions he asks what time is, and arrives at a conclusion that never left me: that speaking of three tenses is imprecise, because strictly there are three presents. The present of things past, which is memory. The present of things present, which is attention. And the present of things future, which is expectation. All three occur now. None of them is somewhere else.
Translated: not even the past is past. It exists only as an operation someone is performing at this moment. And if that holds, then calling a living community a heritage sends it nowhere. It keeps it here, present, and it exposes the fact that whoever names it that way is doing something now, for a reason that belongs to now.
Which is why this special is not called Heritage. It is called Heirs.
A heritage is an object. An heir is a person with standing to claim. An object gets catalogued, stored, displayed in whatever room the budget allows, and if the budget falls short it goes into storage and does not object. An heir shows up in court holding the deed.
The deed exists. St. Augustine, Florida was founded in 1565, forty-two years before Jamestown. The oldest capital city in this country is named Santa Fe. In 1848 Mexico ceded fifty-five percent of its territory, and the people living there did not migrate anywhere: the border moved, and the treaty made them citizens without their having to leave the house. And for thirty years, California’s first constitution required every law of the state to be published in English and in Spanish — a provision its delegates approved without opposition and deliberately declined to give an expiration date, because they did not understand it as a temporary accommodation.
None of that is inherited. It is bedrock. What arrived later, in those places, was the United States.
So I want to end where I started, with grammar, because the matter is simpler than it looks and I want it said without ornament.
We are not what this country received. We are part of what this country is, now, in the present indicative. Four point four trillion dollars of current output is nobody’s legacy: it was generated this year, by hands that are working at this moment, while you read this. An heir can be denied the house. The reading of the will can be delayed. The line item can be haggled over for ten or twelve years.
What cannot be done is declaring him dead to simplify the paperwork.
Alfredo Yánez Mondragón is a journalist with more than two decades in the field and the author of more than twenty published titles. His book Entra en ti collects part of his reading of Augustine of Hippo.
An Inciso is a brief remark that interrupts a sentence to add nuance. It is the signed column of this publication, and the origin of its name.
Inciso
Y si todo esto fuera de verdad
No pido fe. Pido un permiso de dos minutos: mirar las piezas juntas, como quien encuentra el borde de un rompecabezas antes de tener la imagen.
Llevamos veintisiete años entrenados para desconfiar.
Es un entrenamiento serio, además. Lo pagamos caro y funcionó: cada vez que alguien nos prometió algo, la desconfianza resultó ser la respuesta correcta. Aprendimos a leer el anuncio buscando la trampa, a contar los días que faltaban para que se cayera, a no celebrar nada antes de tenerlo en la mano.
Eso nos salvó de muchas decepciones. Y ahora quizá nos esté impidiendo ver algo.
Miren las piezas por separado, que es como las hemos mirado.
El 3 de enero. El acuerdo petrolero. La reforma de la ley del Tribunal Supremo. La apertura en hidrocarburos y también en otros rubros, incluido el agrícola. La mesa que se reinstala. Los anuncios sobre el árbitro electoral. Los acuerdos eléctricos. El regreso de María Corina Machado, que ella misma ya anunció y que varios dirigentes dan por inminente.
Cada una de esas piezas la hemos examinado, criticado y encontrado incompleta. Y hemos tenido razón en cada crítica: no hay contrato publicado, no hay baremo, no hay cronograma electoral, no hay censo de damnificados.
Pero hay algo que no hemos hecho, y es ponerlas todas juntas sobre la mesa y preguntarnos qué forman.
Quien haya armado un rompecabezas sabe que lo primero que uno busca no son las piezas bonitas del centro. Son las del borde. Y el borde no revela la imagen: revela el tamaño, y sobre todo revela que hay una imagen.
Lo que quiero proponer hoy es incómodo y lo digo sabiendo que lo es. ¿Y si estas piezas fueran el borde?
No estoy diciendo que ya cambió nada. Cualquiera que lea este medio sabe que hemos sido implacables con cada anuncio, y lo vamos a seguir siendo.
Todo lo que estaba mal sigue estando mal. La comida sigue impagable y el tema cambiario sigue jugando contra el que cobra en bolívares. No hay agua corriente en buena parte del país. El servicio eléctrico sigue siendo deficiente, y no es un adjetivo: son nueve de cada diez hogares con cortes recurrentes. Las carreteras siguen siendo inseguras, y no solo por el asfalto, sino por los que extorsionan en ellas, incluidos algunos que llevan uniforme.
Y de cuando en cuando aparece algo que lo recuerda todo de golpe. Una mujer humillada por un funcionario en un episodio que dio la vuelta al país. Un hombre retenido unas horas por caminar con un afiche. Trescientas veintiocho personas presas por lo que piensan, treinta y siete de ellas enfermas y sin atención.
Nada de eso desaparece porque uno decida mirar el borde del rompecabezas. Sigue ahí, y sigue siendo lo primero que hay que exigir.
Lo que pido es otra cosa, y es más modesta.
Pido un permiso de dos minutos.
El permiso de considerar, sin comprometerse a nada, que después de veintisiete años quizá estemos dentro de un proceso y no dentro de otro engaño. Que las cosas que nos parecen lentas sean lentas porque son reales, y no porque estén fingiendo. Que la institucionalidad que se está discutiendo, con todas sus fallas, sea el principio de una institucionalidad.
Nos han entrenado tan bien para el desengaño que ya no distinguimos entre una promesa falsa y un proceso difícil. Y no son lo mismo. Una promesa falsa nunca avanza. Un proceso difícil avanza mal, avanza con retrocesos y avanza tarde, pero avanza.
Yo no sé cuál de las dos cosas estamos viviendo. Nadie lo sabe todavía, y quien diga que sí lo sabe está vendiendo algo.
Lo que sí sé es que veintisiete años de urgencia acumulada nos hacen querer que se resuelva hoy, y que esa prisa, que es legítima y que yo comparto, puede impedirnos reconocer un cambio cuando esté ocurriendo delante.
Hay un riesgo cierto en lo que estoy escribiendo, y prefiero nombrarlo yo antes de que lo nombre alguien más. El riesgo de la esperanza es que la usen. Ya pasó. A un país que quiere creer se le puede vender cualquier cosa, y hay quien lleva años perfeccionando ese oficio.
Por eso esto no es un llamado a bajar la guardia. Es exactamente lo contrario.
Esperar no es confiar. Se puede esperar exigiendo. Se puede tener la posibilidad en la cabeza y el reclamo en la mano, al mismo tiempo, sin que una cosa anule la otra. De hecho es la única manera que tiene sentido: quien no espera nada no exige nada, porque exigir supone creer que algo puede cambiar.
Mañana volvemos a preguntar dónde está el contrato, cuándo se publica el baremo, quién responde por los presos enfermos y por qué no hay un censo de damnificados. Eso no se negocia y es lo que nos toca.
Pero hoy, a horas de que vuelva a instalarse la mesa, quiero dejar dicha una sola cosa.
Si resulta que estas piezas sueltas eran el borde de algo, ojalá no se nos pase por estar mirando el piso.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el lunes 14 de septiembre de 2026
Inciso
El manejo de la expectativa
El segundo ciclo de la mesa llega con una agenda más difícil que la primera y con la conversación pública secuestrada por el petróleo. La expectativa sube sin que nadie la administre.
Cuando la mesa se instaló en Caracas, el 6 de agosto, escribí que había que darle el beneficio de la duda. La duda sigue ahí, intacta y sana. Pero el problema de este segundo ciclo ya no es la duda. Es la expectativa, y nadie la está administrando.
El 28 de agosto el acuerdo petrolero se comió la conversación. No digo que alguien lo haya calculado así; digo que el efecto fue ese. Desde entonces, la relación entre Venezuela y Estados Unidos se discute en barriles, en concesiones y en ceremonias de firma, y el trabajo de los delegados quedó a un costado del foco. Negociar bajo un reflector apuntado hacia otra parte tiene una consecuencia concreta: nadie está explicando qué puede y qué no puede entregar esta ronda, y en ese silencio la gente supone lo máximo.
Supone bien, además, porque lo que viene es más pesado que lo que ya se firmó. El primer ciclo cerró con dos acuerdos institucionales: la renovación del Tribunal Supremo de Justicia y la recuperación de activos para la emergencia del terremoto. Difíciles, pero acotados. La agenda anunciada para este ciclo entra en garantías políticas, garantías civiles y libertad de expresión, y ahí la palabra libertad deja de ser abstracta muy rápido.
Libertad política no significa solamente que los dirigentes puedan hacer política. Significa que un ciudadano pueda asociarse, pueda marchar, pueda decir en voz alta lo que piensa sin calcular el costo. Y si esa es la conversación, entonces están sobre la mesa la ley contra el odio, la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión que todo el mundo llama ley mordaza, y una familia de normas que regulan la vida pública desde la moralidad con un margen de discrecionalidad enorme.
La discrecionalidad es el punto. Una ley que puede aplicarse a casi cualquiera no necesita aplicarse para funcionar. Funciona antes, en el cálculo que hace la persona que iba a publicar algo y decide que mejor no. Ese cálculo no lo deroga ningún comunicado conjunto: lo deroga la certeza de que la norma ya no está.
Y luego están las tarjetas, que es donde la negociación deja de discutir instituciones y empieza a discutir quién existe. Acción Democrática lleva desde el 15 de junio de 2020 con una directiva designada por el Tribunal Supremo y encabezada por José Bernabé Gutiérrez. Primero Justicia quedó dos días después en manos de José Brito. Voluntad Popular fue intervenida el 7 de julio del mismo año. Copei arrastra su propia versión del mismo procedimiento. Cuatro partidos históricos existiendo por duplicado: una versión con el símbolo y otra con la gente.
Del otro extremo del problema está Vente Venezuela, que no tiene el problema de una tarjeta secuestrada sino el de no haber conseguido nunca inscribirse. Y encima quedan las inhabilitaciones políticas, cuya cara más visible, más gruesa y más difícil de explicar hacia afuera es la de la premio Nobel de la Paz 2025 María Corina Machado.
Nada de eso es técnico. Es la pregunta de si un partido puede existir y si una persona puede postularse, que son las dos cosas sin las cuales una elección es un trámite de conteo.
Le pongo el nombre completo a lo que me preocupa. No es que la mesa fracase; todavía no ha tenido tiempo de fracasar. Es que llegue a su tercer ciclo arrastrando una expectativa que nunca prometió cumplir, y que el día que entregue un resultado parcial y real —una ley derogada, una tarjeta devuelta, una inhabilitación levantada— eso se lea como poco, porque el país esperaba todo.
Y mientras tanto pasa lo que pasa cuando un vacío se queda quieto demasiado tiempo: alguien lo llena. El 23 de agosto circuló una supuesta Gaceta Oficial que anunciaba la nulidad de las inhabilitaciones, la intervención del Consejo Nacional Electoral y la excarcelación de los presos políticos. Era falsa. No tenía número de edición, le faltaba el código QR de validación, las tipografías estaban alteradas y le atribuía a Delcy Rodríguez el cargo de vicepresidenta, cuando las gacetas verdaderas de este año la identifican como presidenta encargada. El video que la acompañaba dio 75,7% de probabilidad de haber sido generado con inteligencia artificial.
Nadie falsifica un documento que a nadie le importa. Esa gaceta apócrifa es la medida exacta de cuánta gente está esperando justamente eso, y de lo poco que se le ha dicho sobre cuándo y cómo podría llegar.
La expectativa no es enemiga de una negociación. La expectativa sin administrar sí lo es. Y administrarla no consiste en pedirle paciencia a la gente, que ya lleva demasiada. Consiste en que alguien diga, antes de sentarse y no después de levantarse, qué cabe en esta ronda y qué no.
Eso todavía no lo ha dicho nadie.
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