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Inciso

Otra vez la rana y el alacrán

No habían pasado veinticuatro horas desde los terremotos y ya circulaban instrucciones para que los centros de acopio quedaran bajo control de una sola mano. El alacrán picará, porque es su naturaleza.

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INCISO · ESPECIAL EL PAÍS QUE TEMBLÓ

Hay una fábula que lo explica todo. El alacrán le pide a la rana que lo cruce al otro lado del río. La rana duda, teme el aguijón, pero el alacrán la convence: «¿por qué iba a picarte, si los dos nos ahogaríamos?». A mitad del cruce, el alacrán clava su veneno. Mientras se hunden, la rana alcanza a preguntar por qué lo hizo, si ahora morirán los dos. Y el alacrán responde lo único que podía responder: «es mi naturaleza».

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No habían pasado veinticuatro horas desde los dos terremotos que reconfiguraron la vida de Venezuela —desde que el suelo se abrió, cayeron edificios y empezó el conteo doloroso de los que faltan— y ya empezaban a circular instrucciones para que los centros de acopio de la ayuda solidaria quedaran bajo control de una sola mano. La ayuda que nace del impulso más limpio que tiene un pueblo, el de socorrer al que sufre, apenas asomó y ya había quien quería ponerle dueño, sello y color. No importó el momento. No importó que la gente estuviera todavía sacando vecinos de los escombros. La pulsión de apropiarse llegó antes que el primer camión de cobijas. Es su naturaleza.

Y conviene detenerse en quiénes son los que sienten esa pulsión. Son los mismos que, ocupando cargos que se llaman de servicio público, no fueron capaces de mantener una flota de ambulancias andando, ni de equipar a un cuerpo de bomberos, ni de sostener una Protección Civil digna de ese nombre, ni de garantizar el agua que hoy falta en media docena de estados. Durante años administraron la desidia con una eficiencia notable: lo único que nunca falló fue el deterioro. Y ahora esos mismos personajes, que no pudieron con lo elemental, descubren de pronto una vocación organizativa feroz cuando lo que está sobre la mesa es la generosidad ajena. No saben encender una ambulancia, pero saben exactamente cómo apropiarse de una donación.

Mientras tanto, la verdad de estas horas ocurre en otra parte, lejos de los escritorios. Es la gente la que está salvando a la gente. Con maquinaria si la hay y con las manos desnudas si no la hay. Con la linterna del teléfono, con el agua de su casa, con la cobija de su cama, con la fuerza de mover un bloque de concreto entre cuatro vecinos que no se conocían hasta esa noche. Esa solidaridad no pidió permiso ni esperó coordinación de nadie. Brotó sola, como brota siempre lo mejor de un país cuando el Estado no aparece. Y es esa solidaridad espontánea, esa que no lleva uniforme ni consigna, la que algunos quisieran ahora canalizar, administrar, capitalizar. Qué desfachatez. Qué pequeñez frente a la grandeza de lo que la gente está haciendo sola.

Dicen que no hay que politizar la tragedia. Lo dicen ellos, que son siempre los primeros en hacerlo. Lo dicen mientras calculan cómo convertir cada caja de alimentos en una foto, cada centro de acopio en un puesto de mando, cada gesto de amor en un acto de propaganda. No es casual que, en estas mismas horas, voces de la oposición hayan tenido que reclamar en voz alta que la ayuda humanitaria llegue con entrega directa a la gente, sin intermediarios que la usen como instrumento de control. Cuando hay que pedir eso, es porque alguien ya está intentando lo contrario. Pero la tragedia, en rigor, no tiene rédito político; y si alguno tuviera, ya mostró hace rato lo contrario de lo que ellos quisieran: dejó a la vista quién quedó con los pantalones en los tobillos. Porque un evento natural descoloca a cualquier país del mundo, eso es cierto. Pero cuando golpea a una nación entregada a casi tres décadas de desidia, el terremoto no solo derrumba edificios: derrumba la coartada. Aviva el escándalo de todo lo que no se hizo. Enciende la luz sobre el hueco donde debía estar el Estado.

Que quede claro, entonces, lo que de verdad importa. Venezuela es muchísimo más que uno, cinco o mil centros de acopio. Venezuela es la gente que esta semana se está partiendo el lomo por desconocidos sin preguntar a quién votaron. Y esa Venezuela, la de verdad, la que queda cuando se le quitan de encima los capataces de rojo vestir, es de una nobleza que asombra: es tan grande de corazón que sería capaz de conseguirle cobijas, alimento y agua hasta a las madres de quienes hoy quieren adueñarse de su bondad. Esa es la diferencia de fondo, la que ninguna instrucción de pasillo podrá borrar: unos ven en la tragedia una oportunidad de mando; el pueblo ve en ella una razón para abrazarse.

El alacrán picará, porque es su naturaleza, y quizás se hunda con su propio veneno. Pero la rana —el pueblo— sigue cruzando el río, cargando sobre su lomo incluso a quien la lastima. Esa terquedad de seguir siendo bueno a pesar de todo no es debilidad. Es, acaso, lo único que este país no ha perdido en veintisiete años. Y mientras eso siga intacto, ningún capataz será dueño del potrero, por más que se lo crea.

Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe de INCÍSOS

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Inciso

El silencio también es una posición

Columna de Alfredo Yánez Mondragón sobre el lugar de Machado en una transición que avanza sin convocarla, y lo que ese vacío deja al descubierto.

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Hay un detalle en la política venezolana de estos días que pesa más por lo que falta que por lo que ocurre. El tablero se mueve: una dirigente regresa del exilio, se abre un canal directo con el chavismo, una coalición se reúne a puerta cerrada, Washington pone la mano sobre la mesa y un presidente estadounidense repite que el país «es feliz». Y en medio de ese movimiento, la figura que concentró durante meses la esperanza de millones de venezolanos no aparece en la fotografía. María Corina Machado no está en la mesa que se está armando. Y, por ahora, tampoco habla de ello.

Conviene tener cuidado con el lugar desde donde se interpreta ese silencio. Es tentador llenarlo de intenciones —que si es estrategia, que si es cálculo, que si es desplazamiento—, pero esas son lecturas que decimos más sobre quien las hace que sobre quien calla. Lo que sí podemos afirmar, porque es verificable, es el contorno del vacío: Machado quedó fuera de la primera fase de la transición que diseñó Estados Unidos; el canal que hoy avanza lo encabeza otra dirigente, con otro mandato; y dentro de su propia coalición ya hay voces, como la de Freddy Superlano, que piden en voz alta que se la incluya. El silencio, entonces, no es de ella sola. Es también el de un proceso que no la convoca.

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Y ahí está lo que de verdad importa, más allá de cualquier figura. Una transición que se presenta como el regreso de la democracia tendría que poder explicar por qué la líder que ganó la calle, la que movilizó, la que recibió un Nobel por su defensa de la libertad, está fuera del cuarto donde se decide el futuro. No es una pregunta sobre las preferencias de Washington ni sobre los méritos de quienes sí están en la mesa. Es una pregunta sobre la naturaleza del proceso: si una transición democrática puede construirse dejando afuera al liderazgo que la mayoría reconoce, entonces hay que mirar con atención qué clase de democracia se está negociando.

El plan de tres fases que impulsa el secretario de Estado tiene una arquitectura ordenada y no nació de la improvisación. Pero su punto ciego sigue siendo el mismo desde enero: no hay fechas de cierre, no hay un cronograma electoral que le ponga relojes a la transición. En ese vacío de plazos, el silencio de Machado y la exclusión de Machado terminan siendo la misma cosa vista desde dos ángulos. Mientras no haya calendario, la pregunta de quién está dentro y quién está fuera no es un detalle de protocolo: es la pregunta de fondo.

Tal vez Machado esté esperando su momento. Tal vez calcule que intervenir ahora la debilita y que el tiempo juega a su favor. Tal vez, sencillamente, prefiera no avalar con su voz un proceso que no la incluyó. No lo sé, y desconfío de quien diga saberlo con certeza. Lo que sí sostengo es esto: en política, el silencio nunca es neutral. Cuando quien calla es la persona que más representa, su silencio se vuelve un mensaje que todos leen, aunque cada quien lo lea a su manera. Y un proceso que necesita que su figura más popular guarde silencio para avanzar debería preguntarse si está avanzando hacia donde dice.

La transición venezolana se juega estos meses su credibilidad. No la mide el entusiasmo de un presidente extranjero ni la velocidad de los acuerdos energéticos. La mide algo más simple y más difícil: si al final del camino los venezolanos sienten que decidieron, o que les decidieron. El silencio de hoy es, en ese sentido, una advertencia. Conviene escucharla.

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Escribo esto sabiendo que no es el momento

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INCISO · ESPECIAL EL PAÍS QUE TEMBLÓ

Voy a empezar por la confesión, porque cualquier otra cosa sería deshonesta. Mientras escribo estas líneas, hay gente bajo los escombros en Caracas, en la costa, en pueblos cuyo nombre todavía no aparece en los reportes. Y yo estoy aquí, eligiendo palabras, ordenando ideas, montando un análisis sobre hospitales que no funcionan y fuerzas armadas que se despliegan para vigilar y no para rescatar. Y no se me escapa lo que eso tiene de incómodo, casi de impúdico. Hay una pregunta que me persigue desde la primera línea de este especial: ¿no estaré, yo también, metiendo la tragedia por el aro del cálculo político? ¿No será que el periodista, en su afán de contexto, termina perdiendo lo único que de verdad importa esta noche, que es la persona que tiene miedo?

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Porque esta no es una noche de análisis. Es una noche de linternas. Es una noche en la que, en Altamira, los vecinos salieron a la calle con agua y con sus propias manos a apartar concreto, sin esperar que nadie les explicara nada. Es una noche en la que María Corina Machado no habló de política, habló de oraciones: «mi corazón, mi abrazo infinito y mis oraciones están con cada hogar venezolano». Es una noche en la que Edmundo González, desde la distancia del exilio, escribió la frase más honesta de todas, la que resume el dolor de millones: «los venezolanos de afuera no pueden saber si sus familias están bien». Ellos hicieron lo que había que hacer en la primera hora. Acompañar. No calcular. Y uno, frente a eso, siente que cualquier párrafo sobre responsabilidades del Estado llega a destiempo, como quien discute la causa del incendio mientras la casa todavía arde.

Lo sé. Sé que estas horas, y los días, y las semanas que vienen, no son para leer columnas. Son para recoger escombros. Para rescatar de las ruinas. Para abrazar al que perdió, para alojar al que se quedó sin techo, para hacer la fila del agua y de la noticia de los que faltan. La audiencia no tiene tiempo ahora para párrafos cargados de verdad, y menos de una verdad que puede sonar extemporánea, impertinente, fuera de lugar. El país necesita, con todo derecho, mirar hacia otro lado. No por indiferencia. Por pura necesidad de sobrevivir el momento. El que está cavando no lee, y hace bien en no leer.

Y sin embargo. Sin embargo, escribo. Escribo precisamente por eso. Porque alguien tiene que dejar constancia, en directo, de lo que está ocurriendo ahora, en el primer minuto, cuando todavía no hay relato oficial que lo acomode ni tiempo que lo suavice. La inmediatez hoy grita por otras razones, las urgentes, las que salvan vidas, y está bien que grite por ellas. Pero hay otro grito que también hace falta, uno más callado, que es el de dejar anotado lo que se vio desde el primer momento: que los heridos llegaron a hospitales vacíos de insumos, que el aliado que se decía socio solo habló para los suyos, que la respuesta llegó envuelta en la palabra «seguridad». No para usarlo hoy como arma. Para poder regresar mañana a estas líneas y reconocer que ya estaba todo a la vista desde la primera noche.

Esa es, creo, la única justificación honesta de lo que hacemos. No competir con el rescate. No sustituir la oración por el análisis. No robarle a nadie el derecho a llorar primero y entender después. Sino guardar el registro de la primera hora para cuando llegue la hora de las preguntas. Porque esa hora va a llegar. Cuando se hayan recogido los escombros y se cuenten los muertos y empiece la reconstrucción, alguien va a querer contar otra historia, una más cómoda, donde el Estado estuvo a la altura y la desgracia unió a todos bajo una misma bandera. Y ese día, estas líneas escritas a contratiempo, casi con vergüenza, servirán para decir: no fue así, y aquí está lo que vimos cuando nadie tenía tiempo de mirar.

Así que pido disculpas y no me disculpo. Disculpas por escribir de esto mientras duele. Pero no me disculpo por escribirlo, porque la memoria de un país también se rescata de los escombros, y eso sí es trabajo de estas horas. Hoy no leas esto. Hoy ve a abrazar a tu gente, ayuda al vecino, busca al que falta. Estas líneas van a esperar. Estarán aquí cuando vuelvas, cuando tengas tiempo, cuando el polvo baje y empiecen las preguntas. Y entonces, espero, servirán para algo más que para llorar: para no olvidar, y para no dejar que nos cuenten otra cosa.

Que Dios proteja a cada venezolano. Y que nos dé, después del rescate, la serenidad para exigir lo que esta noche apenas nos atrevemos a anotar.

Alfredo Yánez Mondragón

Editor en jefe de INCÍSOS

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Inciso

La universidad que se negó a olvidar

Mientras las cúpulas negocian la transición desde arriba, un grupo de estudiantes recordó que hay decisiones que la calle todavía se reserva. La memoria como frontera.

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La universidad que se negó a olvidar

La universidad que se negó a olvidar

Hay gestos pequeños que dicen más que un comunicado de gobierno. El lunes 22 de junio, en la Universidad Central de Venezuela, un grupo de estudiantes impidió que el diputado Nicolás Maduro Guerra ofreciera una conferencia sobre «la vida y obra» de su padre. No hubo violencia ni necesidad de ella. Bastaron unas pancartas, unas consignas y la decisión de no permitir que ese acto ocurriera. El hijo de Maduro no se presentó. La conferencia nunca empezó.

Conviene detenerse en lo que realmente pasó, porque es más hondo de lo que el episodio sugiere. No se trató de impedir que alguien hablara. Se trató de impedir que se reescribiera la historia.

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El acto tenía un propósito transparente: presentar la gestión de Nicolás Maduro como un legado, exaltar su «obra», construir un relato amable de casi tres décadas de poder. Y lo iba a hacer en el lugar menos dispuesto a creerlo: una universidad asfixiada durante años, con aulas vaciadas por la emigración, profesores empujados a renunciar por sueldos miserables, estudiantes que vivieron la persecución en carne propia. Pedirle a esa universidad que aplaudiera el legado de quien contribuyó a vaciarla era pedirle que negara su propia experiencia.

Los estudiantes lo dijeron con una claridad que ningún editorial mejora. «La UCV no olvida.» «La UCV tiene memoria.» «¿Cuáles son los logros de tu padre? ¿Asfixiar a la universidad?» No eran consignas de partido. Eran un inventario. La memoria de las aulas vacías. La memoria de los profesores que se fueron. La memoria de los detenidos y los perseguidos. Frente al relato que llegaba a maquillar, ellos respondieron con la lista de lo que de verdad ocurrió.

Vale la pena situar este gesto en el momento que vive Venezuela. La transición avanza, pero avanza desde arriba. Washington administra su tutela, reconoce legitimidades cruzadas, negocia cronogramas. El chavismo reformula su discurso y admite, en voz de su presidenta encargada, el giro que durante años negó. Las cúpulas conversan, calculan, reparten. En ese tablero de despachos y comunicados, la sociedad parece reducida a espectadora de lo que otros deciden por ella.

Y entonces, un lunes cualquiera, un grupo de estudiantes recuerda que no todo se decide arriba. Que hay una frontera que las negociaciones no pueden cruzar sin permiso: la del relato sobre lo que pasó. Se podrá negociar el poder, los plazos, las cuotas. Pero la memoria de quienes sufrieron no está sobre la mesa. No se rehabilita a un responsable de la ruina con una conferencia en el aula de sus víctimas, por más diputado que sea el ponente y por más apellido que cargue.

Hay quien dirá que es un gesto menor, simbólico, sin consecuencias sobre el rumbo real de la transición. Tal vez. Pero los símbolos importan precisamente cuando todo lo demás parece decidido. En un proceso donde la gente común tiene poco que decir sobre las grandes piezas, decidir qué historia se acepta y cuál se rechaza es una forma de soberanía que nadie le ha podido quitar. Los estudiantes de la UCV ejercieron esa soberanía. Dijeron: esta historia, no.

Me detengo en un detalle que no es menor. Lo hicieron en una universidad herida, no en una desde la abundancia. Quien defiende la memoria desde la precariedad la defiende de verdad, porque no le sale gratis. Esa universidad pobre, vaciada, golpeada, tuvo algo que muchos con más recursos han perdido: la dignidad de no aplaudir a quien los dañó.

La transición venezolana se escribirá, en sus grandes líneas, en los despachos de Caracas y de Washington. Pero hay una parte que no se escribe ahí. La que decide si Maduro será recordado como un estadista con «obra» o como lo que su propio país vivió. Esa parte se escribe en otro lado: en la calle, en el aula, en la negativa de un grupo de jóvenes a dejar que les cuenten una historia que ellos saben falsa.

El 22 de junio, la UCV no impidió una conferencia. Defendió el derecho de un país a recordar lo que le pasó. Y mientras haya quien defienda ese derecho, ninguna transición tutelada podrá decretar el olvido.

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