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Inciso

Escribo esto sabiendo que no es el momento

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INCISO · ESPECIAL EL PAÍS QUE TEMBLÓ

Voy a empezar por la confesión, porque cualquier otra cosa sería deshonesta. Mientras escribo estas líneas, hay gente bajo los escombros en Caracas, en la costa, en pueblos cuyo nombre todavía no aparece en los reportes. Y yo estoy aquí, eligiendo palabras, ordenando ideas, montando un análisis sobre hospitales que no funcionan y fuerzas armadas que se despliegan para vigilar y no para rescatar. Y no se me escapa lo que eso tiene de incómodo, casi de impúdico. Hay una pregunta que me persigue desde la primera línea de este especial: ¿no estaré, yo también, metiendo la tragedia por el aro del cálculo político? ¿No será que el periodista, en su afán de contexto, termina perdiendo lo único que de verdad importa esta noche, que es la persona que tiene miedo?

Porque esta no es una noche de análisis. Es una noche de linternas. Es una noche en la que, en Altamira, los vecinos salieron a la calle con agua y con sus propias manos a apartar concreto, sin esperar que nadie les explicara nada. Es una noche en la que María Corina Machado no habló de política, habló de oraciones: «mi corazón, mi abrazo infinito y mis oraciones están con cada hogar venezolano». Es una noche en la que Edmundo González, desde la distancia del exilio, escribió la frase más honesta de todas, la que resume el dolor de millones: «los venezolanos de afuera no pueden saber si sus familias están bien». Ellos hicieron lo que había que hacer en la primera hora. Acompañar. No calcular. Y uno, frente a eso, siente que cualquier párrafo sobre responsabilidades del Estado llega a destiempo, como quien discute la causa del incendio mientras la casa todavía arde.

Lo sé. Sé que estas horas, y los días, y las semanas que vienen, no son para leer columnas. Son para recoger escombros. Para rescatar de las ruinas. Para abrazar al que perdió, para alojar al que se quedó sin techo, para hacer la fila del agua y de la noticia de los que faltan. La audiencia no tiene tiempo ahora para párrafos cargados de verdad, y menos de una verdad que puede sonar extemporánea, impertinente, fuera de lugar. El país necesita, con todo derecho, mirar hacia otro lado. No por indiferencia. Por pura necesidad de sobrevivir el momento. El que está cavando no lee, y hace bien en no leer.

Y sin embargo. Sin embargo, escribo. Escribo precisamente por eso. Porque alguien tiene que dejar constancia, en directo, de lo que está ocurriendo ahora, en el primer minuto, cuando todavía no hay relato oficial que lo acomode ni tiempo que lo suavice. La inmediatez hoy grita por otras razones, las urgentes, las que salvan vidas, y está bien que grite por ellas. Pero hay otro grito que también hace falta, uno más callado, que es el de dejar anotado lo que se vio desde el primer momento: que los heridos llegaron a hospitales vacíos de insumos, que el aliado que se decía socio solo habló para los suyos, que la respuesta llegó envuelta en la palabra «seguridad». No para usarlo hoy como arma. Para poder regresar mañana a estas líneas y reconocer que ya estaba todo a la vista desde la primera noche.

Esa es, creo, la única justificación honesta de lo que hacemos. No competir con el rescate. No sustituir la oración por el análisis. No robarle a nadie el derecho a llorar primero y entender después. Sino guardar el registro de la primera hora para cuando llegue la hora de las preguntas. Porque esa hora va a llegar. Cuando se hayan recogido los escombros y se cuenten los muertos y empiece la reconstrucción, alguien va a querer contar otra historia, una más cómoda, donde el Estado estuvo a la altura y la desgracia unió a todos bajo una misma bandera. Y ese día, estas líneas escritas a contratiempo, casi con vergüenza, servirán para decir: no fue así, y aquí está lo que vimos cuando nadie tenía tiempo de mirar.

Así que pido disculpas y no me disculpo. Disculpas por escribir de esto mientras duele. Pero no me disculpo por escribirlo, porque la memoria de un país también se rescata de los escombros, y eso sí es trabajo de estas horas. Hoy no leas esto. Hoy ve a abrazar a tu gente, ayuda al vecino, busca al que falta. Estas líneas van a esperar. Estarán aquí cuando vuelvas, cuando tengas tiempo, cuando el polvo baje y empiecen las preguntas. Y entonces, espero, servirán para algo más que para llorar: para no olvidar, y para no dejar que nos cuenten otra cosa.

Que Dios proteja a cada venezolano. Y que nos dé, después del rescate, la serenidad para exigir lo que esta noche apenas nos atrevemos a anotar.

Alfredo Yánez Mondragón

Editor en jefe de INCÍSOS


Un mes después, el editor volvió sobre estas líneas.
→ Vuelvo a estas líneas · Inciso · 24 de julio de 2026

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Se fue la luz donde se vendía la energía

El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.

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Calle de Caracas durante un apagón, imagen editorial.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.

El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.

Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.

Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.

La paradoja completa

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.

Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.

La isla de luz

Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.

Eso no es recuperación. Es un enclave.

Lo que falta

La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?

No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.

La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.

Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.


Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.

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Inciso

Pasos en alguna dirección

Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.

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Weathered signpost marking two diverging country roads at sunset

INCISO

Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.

En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.

Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.

Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.

Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.

Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.

La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.

Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.

Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.

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Inciso

Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

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Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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