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Política

La coreografía de una transición sin música

Cada movimiento parece calculado. Un análisis de los pasos que se ven y los que no.

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La coreografía de la transición venezolana

Dominical · Política · Análisis

Contexto · análisis · criterio
Política · Análisis

La coreografía de una transición sin música

En una sola semana, cuatro actores ejecutaron su paso: Rubio en el Congreso, Machado en Oslo, el general Caine en Caracas y los exiliados por Maiquetía. Todos se mueven. Falta saber quién pone el compás.

Las 6WINCÍSOS
Qué
Cuatro movimientos políticos casi simultáneos que perfilan una nueva fase de la transición venezolana.
Quién
El secretario Marco Rubio, María Corina Machado, el general Dan Caine y los exiliados que regresan.
Cuándo
La primera semana de junio de 2026, con el miércoles 3 como día de mayor coincidencia.
Dónde
Washington, Oslo, Caracas y el aeropuerto de Maiquetía, escenarios de un mismo guion.
Por qué
Cada actor busca fijar su posición antes de una negociación que todos invocan y nadie ha convocado.
Cómo
Mediante comparecencias, foros, visitas militares y retornos, sin que ninguno anuncie una fecha electoral.

Si uno observa la semana venezolana movimiento por movimiento, ve noticias sueltas. Si la observa entera, ve una coreografía. En apenas siete días, cuatro actores de la transición ejecutaron su paso casi al mismo tiempo, cada uno en su escenario, cada uno con su público. Y el día de mayor coincidencia, el miércoles 3 de junio, la imagen fue casi teatral: mientras la presidenta encargada Delcy Rodríguez despegaba hacia India, el militar de más alto rango de Estados Unidos aterrizaba en Caracas.

La pregunta que deja la semana no es qué hizo cada quien. Es si todos bailan la misma pieza, o si solo coinciden en el escenario. Porque hay un detalle que une los cuatro movimientos y a la vez los delata: todos hablan de negociación y de elecciones, y ninguno pone una fecha.

Primer movimiento · Washington

IRubio fija las condiciones, no el calendario

Ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara, defendiendo el presupuesto del Departamento de Estado e interpelado sobre Venezuela, el secretario Marco Rubio repitió el libreto de la fase de recuperación: el objetivo son elecciones libres y multipartidistas, pero antes hacen falta condiciones. Las enumeró: prensa independiente, partidos que puedan organizarse libremente y una nueva comisión electoral. Y marcó el límite que más pesa: no habrá fecha cierta de votación hasta que esas condiciones se cumplan. Pidió paciencia —»cinco meses no es mucho tiempo» para recuperarse del trauma, dijo—. Es el guion de Washington: primero la arquitectura, después la urna.

Segundo movimiento · Oslo

IIMachado cierra el círculo donde lo abrió

María Corina Machado regresó a Oslo, la misma ciudad a la que llegó tras salir clandestinamente de Venezuela en diciembre de 2025. Ante el Oslo Freedom Forum dijo que vuelve «con la misión casi completada» y que regresará a Venezuela «muy pronto», sin dar fecha. Fue recibida por el primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre. Y reiteró el punto que más le importa: que ella debe ser la interlocutora en cualquier negociación con Delcy Rodríguez, apoyándose en el «manifiesto de Panamá» suscrito por el sector mayoritario de la oposición. Su mensaje, en esencia, es que la negociación puede arrancar cuando el oficialismo quiera. La condición, otra vez, queda en el aire.

Tercer movimiento · Caracas

IIIEl general entra cuando la encargada sale

Es el movimiento más cargado de simbolismo. El miércoles 3 de junio, el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos —el militar de mayor rango del país—, hizo su primera visita oficial a Caracas. Lo hizo el mismo día en que Delcy Rodríguez partía hacia India. No se reunió con ella: lo recibió el viceministro Oliver Blanco. Caine subrayó el compromiso de la Fuerza Conjunta con la implementación del plan de tres fases y visitó la embajada reabierta. La visita llegó días después de un ejercicio militar de respuesta rápida en Caracas a finales de mayo. El mensaje no necesita palabras: cuando la jefa civil de la transición viaja, quien aparece en la capital es el uniforme estadounidense.

Cuarto movimiento · Maiquetía

IVLos que vuelven, y los que siguen presos

En el aeropuerto de Maiquetía, la escena se repite: dirigentes que vuelven del exilio tras siete años. Esta semana llegaron Wilmer Azuaje —exmilitante chavista que denunció a la familia de Chávez— el 31 de mayo, y Richard Blanco, presidente de Alianza Bravo Pueblo, el 2 de junio. «Venimos a exigir las elecciones presidenciales muy pronto», dijo Blanco al llegar. Se suman a una ola previa que ya había traído de regreso a Lester Toledo, Yon Goicoechea y Carlos Ocariz. Pero la coreografía tiene un contrapunto que no conviene ocultar: mientras unos entran por Maiquetía, Foro Penal denunció el traslado de al menos noventa presos políticos desde El Helicoide a otras cárceles, con dudas sobre el debido proceso. La puerta se abre para unos y se reacomoda para otros.

¿Coordinación o coincidencia?

La tentación es leer los cuatro movimientos como una sola partitura dirigida desde Washington. Y algo de eso hay: el plan de tres fases es el pentagrama común, y la visita del general Caine el mismo día del viaje de Rodríguez no parece azar. Pero conviene no exagerar la sincronía. Machado tiene su propia agenda y su propio reloj; los exiliados responden a la Ley de Amnistía y a decisiones personales; Rubio habla para el Congreso de su país tanto como para Caracas. No es una orquesta con un solo director. Es, más bien, un grupo de solistas que tocaron la misma semana.

Lo revelador es lo que comparten. Los cuatro movimientos apuntan hacia una negociación y unas elecciones que todos dan por inevitables. Y los cuatro evitan, con cuidado, comprometerse con una fecha. Rubio dice que no la habrá hasta cumplir condiciones. Machado dice «muy pronto». Los que regresan exigen elecciones «lo más pronto posible». El gobierno encargado viaja a buscar petróleo mientras tanto. Todos miran al mismo punto del horizonte y ninguno dice cuándo se llega.

Todos hablan de negociación y de elecciones. Ninguno pone una fecha. Es una coreografía perfecta a la que solo le falta la música.

Lo que esta semana le dice al lector

Para el venezolano en Estados Unidos, esta coreografía no es un espectáculo lejano: es el mapa de su propia espera. Cada paso de esta semana —las condiciones de Rubio, el regreso de los dirigentes, la presencia militar— alimenta la sensación de que algo se mueve. Y a la vez, la ausencia de una fecha alimenta la sospecha de que el movimiento puede prolongarse sin desenlace. La diáspora ha aprendido a distinguir entre actividad y avance, y esta semana fue, sobre todo, de actividad.

La transición venezolana parece haber entrado en una fase nueva, más diplomática que militar, más de gestos que de hechos consumados. Es una coreografía elegante, ensayada, vistosa. Pero una coreografía sin música es solo gente moviéndose en el mismo espacio. La música, en política, es el calendario: la fecha que convierte la promesa en compromiso. Hasta que alguien la ponga, lo que vimos esta semana seguirá siendo ensayo, no función.

INCÍSOS

Análisis de coyuntura. Hechos verificados con fuentes independientes (Reuters, AP, EFE, Efecto Cocuyo, El Nacional, La Patilla, Infobae, Runrun.es) y comunicados oficiales del Estado Mayor Conjunto de EE.UU. y la oficina de la representante María Elvira Salazar. Datos al cierre del 7 de junio de 2026. · Contexto, análisis y criterio para entender lo que pasa.

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Política

Zair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»

El exfiscal venezolano habla sobre el sistema judicial, los presos políticos y lo que viene después de la transición.

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Dominical

Contexto · análisis · criterio
Entrevista

Zair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»

Fue el tercero en la jerarquía del Ministerio Público entre 2014 y 2017, y hoy es fuente obligada de las ONG de derechos humanos. Esa doble condición despierta sospechas. Zair Mundaray —53 años, criminalista, exiliado— se sentó a contestarlas.

Las 6WINCÍSOS
QuéUn exalto fiscal del Ministerio Público responde a la pregunta que lo persigue: cómo combatió el aparato al que sirvió.
QuiénZair Mundaray, criminalista de carrera y exdirector general de Actuación Procesal, hoy exiliado con orden de captura.
CuándoSu gestión clave transcurre entre 2014 y 2017; la conversación se publica el 7 de junio de 2026.
DóndeVenezuela, desde la Unidad Criminalística del Ministerio Público hasta el exilio tras la ruptura de 2017.
Por quéEl testimonio expone desde dentro el aparato penitenciario y judicial que la transición tutelada hereda intacto.
CómoA través de evidencia forense: balística, autopsias y video que le quitaron al poder el monopolio sobre la verdad de sus crímenes.

Hay una pregunta que persigue a Zair Mundaray como una sombra: ¿cómo puede quien ocupó el tercer cargo del Ministerio Público durante los años más represivos del chavismo presentarse hoy como referente de derechos humanos? Es la pregunta correcta, y se la hicimos de entrada, sin amortiguar el golpe. Su respuesta no fue una disculpa ni un mea culpa: fue una reconstrucción minuciosa de casi dos décadas de trabajo criminalístico, articulada alrededor de una tesis que sostiene con la frialdad del forense que es. La frontera entre quien sirvió al aparato y quien lo combatió, dice, no se mide por el cargo sino por lo que cada quien hizo con él. Y lo que él hizo, afirma, fue construir una unidad científica que le quitó al poder el monopolio de la verdad sobre sus propios crímenes.

Lo que sigue es esa conversación, ordenada y depurada. INCÍSOS no avala ni desmiente la totalidad de sus afirmaciones —varias remiten a expedientes que solo un tribunal independiente podría ventilar—, pero sí verificó los hechos estructurales.

La Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales existió, fue reconocida internacionalmente y figuras como la entonces procuradora argentina Alejandra Gils Carbó visitaron su modelo; organizaciones como Provea documentaron su trabajo; y los casos que cita —Bassil Da Costa, Juan Pablo Pernalete, Carlos Castillo, el psiquiatra Edmundo Chirinos, las masacres de Tumeremo, Barlovento y Cariaco— son parte del registro público.

«Sin anestesia»

Usted es hoy una fuente obligada de ONG y de periodistas para hablar de violaciones de derechos humanos en Venezuela. Pero entre 2014 y 2017 estuvo en la cúspide del Ministerio Público; hay quien dice que fue el número tres del aparato que ejecutó buena parte de esas violaciones. ¿Por qué deberíamos creerle hoy a Zair Mundaray?

Esa pregunta nace de una ignorancia que, debo decirlo, en parte creó el propio modelo de Estado, y en parte el propio Ministerio Público, que nunca explicó bien lo que hacía. De los cargos que tuve, solo uno —Actuación Procesal— era de alta responsabilidad política; los demás eran funciones de apoyo a los fiscales, a la función pública. Pero lo importante es lo que hicimos desde el área de investigación.

Cuando llegué a la Dirección de Investigaciones inauguramos algo único en el mundo: la Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales. Una unidad de criminalistas, forenses e investigadores —con telefonía, con experticia informática— dedicada solo a investigar casos de derechos humanos. Vinieron de Argentina, de Ecuador, de República Dominicana a ver el modelo. ¿Por qué la creamos? Porque nos dimos cuenta de una realidad: no era posible investigar a un aparato que se investigaba a sí mismo. Si el CICPC mataba a alguien en un supuesto enfrentamiento, los actos de investigación los hacía el propio CICPC. ¿Usted cree que iba a haber investigación? Evidentemente no. Esta unidad tenía la capacidad de deslastrarse de los resultados oficiales. Esa es la diferencia.

No era posible investigar a un aparato que se investigaba a sí mismo. Si el CICPC mataba a alguien, los actos de investigación los hacía el propio CICPC.

El caso Bassil Da Costa

Usted dice que esa unidad llegó a contradecir al propio poder.

El Día de la Juventud, cuando matan a Bassil Da Costa, salimos a la calle en paralelo: el CICPC por un lado y nuestra unidad por el otro. A los pocos días ya sabíamos que lo que había dicho Nicolás Maduro no era cierto. Buscamos más de 150 horas de video y determinamos que los únicos tiradores en el momento del disparo eran cuatro funcionarios del Sebin y el escolta personal de Rodríguez Torres: cinco personas armadas disparando en la misma dirección. El proyectil era ojival, de cañón rayado convencional; el del escolta de Rodríguez Torres tenía otra característica. Hicimos la comparación balística y ahí estaban los responsables. Tan incómodo fue, que destituyeron al director del SEBIN después de que me entregó las armas. Un funcionario del Sebin fue condenado a 30 años. ¿Quién lo demostró? La ciencia. Esa ciencia que después Tarek William Saab desmanteló cuando llegó.

Tumeremo, Barlovento, las OLP

Su cronología se pasea por casos emblemáticos.

¿Quién le dijo al país que en Tumeremo hubo una masacre, cuando habían quitado los cadáveres? La criminalística. Lo mismo en Barlovento: los muertos los conseguí yo, con ayuda de funcionarios que todavía están en Venezuela y por eso no nombro. En las OLP me paré en una reunión del Consejo General de Policía, en 2015, y le dije al ministro en su cara: «Las OLP son asesinatos en masa». Porque las estábamos investigando, y no nos dábamos abasto de tantas muertes. En los casos que pudimos procesar, las personas no eran delincuentes, no tenían registro, se las llevaban vivas de sus casas y las asesinaban; no hubo tal enfrentamiento.

El «doble tap»

¿Cómo lo determinaron técnicamente?

Acumulamos cerca de cien casos con protocolos de autopsia. Aparecía un patrón: dos disparos lineales, uno al lado del otro, en la parte superior del tórax. Eso no ocurre en un enfrentamiento real. En un enfrentamiento real hay tiros en la mano, rasantes en el pie, en cualquier parte, porque el cuerpo está en movimiento, cae y dispara. Estos eran tiros limpios y de frente. Conseguimos el video de San Vicente: un policía sujetaba a la persona por un brazo, otro por el otro, y un tercero disparaba de frente. Creían que si el tiro era frontal podían simular un enfrentamiento. Lo que dejaron fue un patrón de asesinato. Ese «doble tap» está hoy en la Corte Penal Internacional. Lo halló mi equipo. ¿Y quién dio la cara? Yo. Por eso me han perseguido tanto tiempo: porque yo no tenía compromiso.

El doble tap está hoy en la Corte Penal Internacional. Lo halló mi equipo. ¿Y quién dio la cara? Yo.

El caso Chirinos

No todo fue confrontación política. Usted invoca también un caso que marcó al país: el del psiquiatra Edmundo Chirinos.

Ese fue uno de los enfrentamientos jurídicos más hermosos de mi vida, y uno de los primeros grandes choques. Chirinos era el psiquiatra de tres presidentes, exrector de la Universidad Central, excandidato presidencial. Un hombre intocable. Y era un criminal serial: violó a muchas mujeres y mató a Roxana Vargas, una estudiante de diecinueve años. Me eché encima casi a toda la Universidad Central, a buena parte del estamento político que decía que yo estaba mintiendo. Me mandaron emisarios; un consultor jurídico del partido de gobierno, que era su abogado, me dijo que en la tarde estaría destituido. Le respondí que esperaba mi resolución, pero que si me botaban iba a filtrar todos los casos de homicidio, porque ese hombre no se iba a quedar impune por tener contacto político.

Reuní todo: ADN, que en ese momento ni se trabajaba y tuve que procesar con una universidad; planimetría; trayectoria. Enfrenté en el juicio a quien fue mi maestra en la PTJ y a los mejores peritos que trajo la defensa. Después de leer el expediente, su propio equipo técnico dijo que no había nada que hacer. De las pocas veces que un fiscal agotó toda la evidencia. Lo condenaron. Por eso me extrañó tanto que después me llamaran para un caso bancario, el de Arné Chacón, donde mi primera reacción al ver los expedientes fue decirles a los fiscales: «En esta vaina no hay sangre, y sin sangre no es mi terreno». El homicidio siempre fue mi foco.

Verificación INCÍSOS

Edmundo Chirinos, exrector de la UCV y terapeuta de los presidentes Jaime Lusinchi, Rafael Caldera y Hugo Chávez, fue condenado en septiembre de 2010 a veinte años de prisión por el homicidio intencional de Roxana Vargas, estudiante de Comunicación Social de diecinueve años hallada muerta el 14 de julio de 2008 en Parque Caiza. Mundaray actuó como fiscal 48° nacional, junto al fiscal 50° del Área Metropolitana, Pedro Montes; durante seis meses de juicio presentaron entre 70 y 80 órganos de prueba. El tribunal inhabilitó a Chirinos para ejercer la psiquiatría. El caso es registro público y verifica el relato.

La cadena de mando

Volvamos a la estructura. Usted fue el tercero. Luisa Ortega Díaz era la fiscal general y traía un proyecto. ¿Cómo se vivió ese momento, entre 2016 y 2017, con la oposición ya en la Asamblea Nacional?

Yo venía de carrera: fiscal de pueblo en Caucagua, Barlovento, Guarenas; luego fiscal nacional. Nunca había trabajado con Ortega Díaz personalmente porque yo estaba en el campo, en la investigación. Todo el mundo en la institución conocía mi postura política, que no ocultaba y que compartían mayoritariamente los fiscales.

El primer indicio de que algo cambiaba fue cuando me asignaron, a mí, investigar un supuesto magnicidio contra Chávez denunciado por Iris Varela. Es el único caso de magnicidio que se sobreseyó. Presenté un informe: no había tal plan, la denuncia no era seria. Le pregunté a la diputada Varela quién estaba detrás, a quién debía procesar, y me respondió: «Barack Obama». Imagínese. Ahí entendí que, cuando de verdad querían saber la verdad, me mandaban a mí; cuando querían torcer algo, tenían otros nombres para eso.

Después me llamó Ortega Díaz: «Hay que reconducir muchas cosas; quiero que te encargues de Actuación Procesal». Le dije de frente: «¿Usted cree que va a poder trabajar conmigo? Porque lo que yo le informe muy probablemente no se corresponda con lo que usted quiere oír». Me respondió: «Eso es lo que necesito, y probablemente es lo que necesita el país en este momento». Le puse una condición: libertad para hacer lo que hubiera que hacer. Si no, que me dejaran en mi laboratorio.

Castillo y Pernalete

¿Cómo se sostiene una investigación así contra todo el aparato?

Plantándose. A Néstor Reverol le pedí que me entregara a los que mataron a Gruseny Canelón en Barquisimeto; me dijo que si lo hacía, se caía el gobierno, porque eran doce guardias nacionales. En el caso de David José Vallenilla, el estudiante de la Universidad Santa María, me pararon en la puerta de la comandancia de la Carlota y me dijeron: «Aquí no manda usted, aquí manda Maduro». Respondí: «Aquí manda la Constitución». Vallenilla no disparó a nadie; lo mató una metra de plomo, y yo tenía el cuerpo y la evidencia. Querían que el caso lo llevara la Fiscalía Militar; no lo permití. A Juan Pablo Pernalete lo investigué desde el levantamiento del cadáver. A los críticos que hoy hablan desde la tribuna los invito a que hagan lo que hice yo: pararse en el sitio del suceso, frente a cuatro generales, y pedir las órdenes de captura.

Tengo el cuerpo y tengo la evidencia. Ellos tienen la evidencia y nosotros el cuerpo.

«La mano que mece la cuna»

Se ha publicado, con base en información y desinformación, sobre presuntos esquemas de extorsión y manipulación de expedientes que involucrarían a Luisa Ortega Díaz, a Germán Ferrer y, por asociación, a usted. ¿Existió una acusación formal? ¿Funcionó así?

Le cuento de dónde viene ese señalamiento. En 2016, cuando me designan, empiezan mis choques con Gustavo González López. Hubo un caso —el de un joven, Alejandro Puglia— en el que pidieron una orden por una conducta que no encajaba en ningún delito del ordenamiento jurídico. Pedí su libertad. En otro caso, González López puso a un adolescente de quince años a declarar en televisión que le habían pagado para quemar cosas; le habían dado un parlamento y le pusieron una pistola enfrente. Lo desmontamos: conectamos con la fiscalía de menores, el niño explicó la coacción, y con su propia entrevista pedimos la libertad del acusado y del menor. Una jueza de menores —cuyo nombre no sé, pero a quien le agradezco donde esté— se atrincheró en el tribunal con el niño, llamó a la Guardia Nacional y logró sacarlo escoltado hasta su casa, frente al Sebin que quería llevárselo.

Esa noche González López me llamó, furioso: «¿Tú crees que mandas solo?». Le dije: «Yo no trabajo para ti; mi obediencia es a la Constitución». Al día siguiente Mario Silva, en su programa, leyó un informe que decía que «la mano que mece la cuna en el Ministerio Público es Zair Mundaray». A partir de ahí me mandaron los colectivos. Y pusieron a investigarme: a un general de apellido Mora, jefe de la Policía contra la Corrupción, y a un exdirector del Ministerio Público desleal. Me investigaron todo 2016 y todo 2017: una investigación patrimonial completa. ¿El resultado? Le dijeron a Saab que no encontraron nada por corrupción ni por tema patrimonial. Me inhabilitaron por no haber presentado la declaración jurada de 2017 y por no haber entregado el cargo, cosas materialmente imposibles en mi situación. Me allanaron la casa y me apuntaron.

Si ese esquema de extorsión hubiera existido, lo habría encontrado quien me investigó dos años enteros. Yo siempre dije: ¿quiere saber quién es el ladrón del Ministerio Público? Vea quién tiene qué. Yo terminé de pagar mi casa y mis carros en el exilio, por la caja de ahorros, haciendo trabajo manual.

¿Quiere saber quién es el ladrón del Ministerio Público? Vea quién tiene qué.

PDVSA-Cripto

Le ha puesto mucho énfasis al caso PDVSA-Cripto. ¿Qué está ocurriendo ahí?

Es el caso de criminalidad organizada más grande que ha tenido el país, y tiene una particularidad escalofriante: los perpetradores y los investigadores se confunden. Buena parte de los presos son delincuentes, sí —Samark, Tarek y otros—, pero fueron procesados por otra organización criminal, la que dirigían González López y Tarek William Saab. Esa estructura extorsionó, se apoderó de bienes, torturó y violó todos los derechos fundamentales de los detenidos. Y hay personas presas que no tienen relación alguna con la trama: el señor de Mérida que tenía una posada, la muchacha cuyo único vínculo era sentimental.

Lo medular es esto: el daño no está cuantificado. No se sabe dónde está la plata. La Procuraduría, que debe velar por el patrimonio público y es parte del proceso, no ha podido cuantificar el daño patrimonial. Las defensas corren solas porque el Estado no tiene representación real; los venezolanos, como víctimas, no estamos representados. Es, esencialmente, un gran fraude montado para hacer un show: vestir de naranja a sesenta y tantas personas para justificar una pérdida enorme. Y mientras tanto, ¿por qué no están presos quienes hicieron exactamente lo mismo —vender petróleo como brókeres fuera de las sanciones, cambiar la identidad de los barcos— y no devolvieron el dinero? Hay quien me ataca diciendo que defiendo a estos procesados. No: defiendo el derecho de los venezolanos a saber dónde está su dinero.

Al cierre de esta edición

El juicio PDVSA-Cripto, con 64 acusados, atraviesa su audiencia número quince. El 1 de junio de 2026, seis detenidos iniciaron una huelga de hambre en protesta por las audiencias telemáticas; las defensas denuncian que el expediente original no está disponible en sala y han pedido la nulidad del proceso y la presencia de observadores internacionales. Reportes de TalCual coinciden con el diagnóstico de Mundaray: el juicio no esclarece el desfalco ni el paradero del dinero.

Los fiscales invisibles

Una última reflexión.

Lo que me duele como ser humano son los fiscales. Hablé hace poco con uno que fue fiscal superior, que mandaba en todo un estado, y hoy hace delivery en moto en Chile; tiene cuarenta y un años y me dice que le da pena con su madre. Tengo una colega que fue la fiscal nacional de menores, de las más preparadas del país, manejando un montacargas en un depósito. Otra vende tortas; otra hace soldadura de noche. Hay más de cuatrocientos o quinientos fiscales que, por haber enfrentado al poder en 2017, están exiliados, perseguidos, con órdenes de captura. Es una población invisible. Y cuando salen a decir algo, les cae encima una parte de la población que solo recuerda que fueron fiscales en aquella época. ¿Quién nos repone lo que arriesgamos? ¿Quién le repone los años de sufrimiento a la juez Mariela Casado, cuya hermana fue asesinada por error, en un atentado dirigido contra ella?

Hay más de cuatrocientos fiscales exiliados y perseguidos. Es una población invisible.

Ficha del entrevistado

Zair Mundaray Rodríguez. 53 años. Abogado por la Universidad Central de Venezuela. Especialista en criminalística y en derecho penal; magíster en criminología y victimología por la Universidad de Valencia; doctorado en Derecho Constitucional inconcluso por la persecución, según su testimonio. Fiscal de carrera durante cerca de dos décadas, recorrió cargos en Miranda hasta llegar a fiscal nacional. Dirigió la Dirección de Investigaciones y la Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales del Ministerio Público, y fue Director General de Actuación Procesal hasta 2017. En el exilio desde ese año, con inhabilitación y órdenes de captura dictadas por el chavismo. Es fuente recurrente de organizaciones de derechos humanos.

INCÍSOS

Entrevista editada para publicación a partir de una conversación grabada. Las afirmaciones sobre conversaciones privadas corresponden al testimonio del entrevistado. Los hechos estructurales y los casos citados fueron verificados con fuentes públicas (Provea, Fiscales.gob.ar, El Nacional, El Universal, TalCual, La Patilla). · Contexto, análisis y criterio.

 

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Zair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»

El exfiscal venezolano habla sobre el sistema judicial, los presos políticos y lo que viene después de la transición.

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Zair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»

Fue el tercero en la jerarquía del Ministerio Público entre 2014 y 2017, y hoy es fuente obligada de las ONG de derechos humanos. Esa doble condición despierta sospechas. Zair Mundaray —53 años, criminalista, exiliado— se sentó a contestarlas.

Las 6WINCÍSOS
Qué
Un exalto fiscal del Ministerio Público responde a la pregunta que lo persigue: cómo combatió el aparato al que sirvió.
Quién
Zair Mundaray, criminalista de carrera y exdirector general de Actuación Procesal, hoy exiliado con orden de captura.
Cuándo
Su gestión clave transcurre entre 2014 y 2017; la conversación se publica el 7 de junio de 2026.
Dónde
Venezuela, desde la Unidad Criminalística del Ministerio Público hasta el exilio tras la ruptura de 2017.
Por qué
El testimonio expone desde dentro el aparato penitenciario y judicial que la transición tutelada hereda intacto.
Cómo
A través de evidencia forense: balística, autopsias y video que le quitaron al poder el monopolio sobre la verdad de sus crímenes.

Hay una pregunta que persigue a Zair Mundaray como una sombra: ¿cómo puede quien ocupó el tercer cargo del Ministerio Público durante los años más represivos del chavismo presentarse hoy como referente de derechos humanos? Es la pregunta correcta, y se la hicimos de entrada, sin amortiguar el golpe. Su respuesta no fue una disculpa ni un mea culpa: fue una reconstrucción minuciosa de casi dos décadas de trabajo criminalístico, articulada alrededor de una tesis que sostiene con la frialdad del forense que es. La frontera entre quien sirvió al aparato y quien lo combatió, dice, no se mide por el cargo sino por lo que cada quien hizo con él. Y lo que él hizo, afirma, fue construir una unidad científica que le quitó al poder el monopolio de la verdad sobre sus propios crímenes.

Lo que sigue es esa conversación, ordenada y depurada. INCÍSOS no avala ni desmiente la totalidad de sus afirmaciones —varias remiten a expedientes que solo un tribunal independiente podría ventilar—, pero sí verificó los hechos estructurales.

La Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales existió, fue reconocida internacionalmente y figuras como la entonces procuradora argentina Alejandra Gils Carbó visitaron su modelo; organizaciones como Provea documentaron su trabajo; y los casos que cita —Bassil Da Costa, Juan Pablo Pernalete, Carlos Castillo, el psiquiatra Edmundo Chirinos, las masacres de Tumeremo, Barlovento y Cariaco— son parte del registro público.

«Sin anestesia»

Usted es hoy una fuente obligada de ONG y de periodistas para hablar de violaciones de derechos humanos en Venezuela. Pero entre 2014 y 2017 estuvo en la cúspide del Ministerio Público; hay quien dice que fue el número tres del aparato que ejecutó buena parte de esas violaciones. ¿Por qué deberíamos creerle hoy a Zair Mundaray?

Esa pregunta nace de una ignorancia que, debo decirlo, en parte creó el propio modelo de Estado, y en parte el propio Ministerio Público, que nunca explicó bien lo que hacía. De los cargos que tuve, solo uno —Actuación Procesal— era de alta responsabilidad política; los demás eran funciones de apoyo a los fiscales, a la función pública. Pero lo importante es lo que hicimos desde el área de investigación.

Cuando llegué a la Dirección de Investigaciones inauguramos algo único en el mundo: la Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales. Una unidad de criminalistas, forenses e investigadores —con telefonía, con experticia informática— dedicada solo a investigar casos de derechos humanos. Vinieron de Argentina, de Ecuador, de República Dominicana a ver el modelo. ¿Por qué la creamos? Porque nos dimos cuenta de una realidad: no era posible investigar a un aparato que se investigaba a sí mismo. Si el CICPC mataba a alguien en un supuesto enfrentamiento, los actos de investigación los hacía el propio CICPC. ¿Usted cree que iba a haber investigación? Evidentemente no. Esta unidad tenía la capacidad de deslastrarse de los resultados oficiales. Esa es la diferencia.

No era posible investigar a un aparato que se investigaba a sí mismo. Si el CICPC mataba a alguien, los actos de investigación los hacía el propio CICPC.

El caso Bassil Da Costa

Usted dice que esa unidad llegó a contradecir al propio poder.

El Día de la Juventud, cuando matan a Bassil Da Costa, salimos a la calle en paralelo: el CICPC por un lado y nuestra unidad por el otro. A los pocos días ya sabíamos que lo que había dicho Nicolás Maduro no era cierto. Buscamos más de 150 horas de video y determinamos que los únicos tiradores en el momento del disparo eran cuatro funcionarios del Sebin y el escolta personal de Rodríguez Torres: cinco personas armadas disparando en la misma dirección. El proyectil era ojival, de cañón rayado convencional; el del escolta de Rodríguez Torres tenía otra característica. Hicimos la comparación balística y ahí estaban los responsables. Tan incómodo fue, que destituyeron al director del SEBIN después de que me entregó las armas. Un funcionario del Sebin fue condenado a 30 años. ¿Quién lo demostró? La ciencia. Esa ciencia que después Tarek William Saab desmanteló cuando llegó.

Tumeremo, Barlovento, las OLP

Su cronología se pasea por casos emblemáticos.

¿Quién le dijo al país que en Tumeremo hubo una masacre, cuando habían quitado los cadáveres? La criminalística. Lo mismo en Barlovento: los muertos los conseguí yo, con ayuda de funcionarios que todavía están en Venezuela y por eso no nombro. En las OLP me paré en una reunión del Consejo General de Policía, en 2015, y le dije al ministro en su cara: «Las OLP son asesinatos en masa». Porque las estábamos investigando, y no nos dábamos abasto de tantas muertes. En los casos que pudimos procesar, las personas no eran delincuentes, no tenían registro, se las llevaban vivas de sus casas y las asesinaban; no hubo tal enfrentamiento.

El «doble tap»

¿Cómo lo determinaron técnicamente?

Acumulamos cerca de cien casos con protocolos de autopsia. Aparecía un patrón: dos disparos lineales, uno al lado del otro, en la parte superior del tórax. Eso no ocurre en un enfrentamiento real. En un enfrentamiento real hay tiros en la mano, rasantes en el pie, en cualquier parte, porque el cuerpo está en movimiento, cae y dispara. Estos eran tiros limpios y de frente. Conseguimos el video de San Vicente: un policía sujetaba a la persona por un brazo, otro por el otro, y un tercero disparaba de frente. Creían que si el tiro era frontal podían simular un enfrentamiento. Lo que dejaron fue un patrón de asesinato. Ese «doble tap» está hoy en la Corte Penal Internacional. Lo halló mi equipo. ¿Y quién dio la cara? Yo. Por eso me han perseguido tanto tiempo: porque yo no tenía compromiso.

El doble tap está hoy en la Corte Penal Internacional. Lo halló mi equipo. ¿Y quién dio la cara? Yo.

El caso Chirinos

No todo fue confrontación política. Usted invoca también un caso que marcó al país: el del psiquiatra Edmundo Chirinos.

Ese fue uno de los enfrentamientos jurídicos más hermosos de mi vida, y uno de los primeros grandes choques. Chirinos era el psiquiatra de tres presidentes, exrector de la Universidad Central, excandidato presidencial. Un hombre intocable. Y era un criminal serial: violó a muchas mujeres y mató a Roxana Vargas, una estudiante de diecinueve años. Me eché encima casi a toda la Universidad Central, a buena parte del estamento político que decía que yo estaba mintiendo. Me mandaron emisarios; un consultor jurídico del partido de gobierno, que era su abogado, me dijo que en la tarde estaría destituido. Le respondí que esperaba mi resolución, pero que si me botaban iba a filtrar todos los casos de homicidio, porque ese hombre no se iba a quedar impune por tener contacto político.

Reuní todo: ADN, que en ese momento ni se trabajaba y tuve que procesar con una universidad; planimetría; trayectoria. Enfrenté en el juicio a quien fue mi maestra en la PTJ y a los mejores peritos que trajo la defensa. Después de leer el expediente, su propio equipo técnico dijo que no había nada que hacer. De las pocas veces que un fiscal agotó toda la evidencia. Lo condenaron. Por eso me extrañó tanto que después me llamaran para un caso bancario, el de Arné Chacón, donde mi primera reacción al ver los expedientes fue decirles a los fiscales: «En esta vaina no hay sangre, y sin sangre no es mi terreno». El homicidio siempre fue mi foco.

Verificación INCÍSOS

Edmundo Chirinos, exrector de la UCV y terapeuta de los presidentes Jaime Lusinchi, Rafael Caldera y Hugo Chávez, fue condenado en septiembre de 2010 a veinte años de prisión por el homicidio intencional de Roxana Vargas, estudiante de Comunicación Social de diecinueve años hallada muerta el 14 de julio de 2008 en Parque Caiza. Mundaray actuó como fiscal 48° nacional, junto al fiscal 50° del Área Metropolitana, Pedro Montes; durante seis meses de juicio presentaron entre 70 y 80 órganos de prueba. El tribunal inhabilitó a Chirinos para ejercer la psiquiatría. El caso es registro público y verifica el relato.

La cadena de mando

Volvamos a la estructura. Usted fue el tercero. Luisa Ortega Díaz era la fiscal general y traía un proyecto. ¿Cómo se vivió ese momento, entre 2016 y 2017, con la oposición ya en la Asamblea Nacional?

Yo venía de carrera: fiscal de pueblo en Caucagua, Barlovento, Guarenas; luego fiscal nacional. Nunca había trabajado con Ortega Díaz personalmente porque yo estaba en el campo, en la investigación. Todo el mundo en la institución conocía mi postura política, que no ocultaba y que compartían mayoritariamente los fiscales.

El primer indicio de que algo cambiaba fue cuando me asignaron, a mí, investigar un supuesto magnicidio contra Chávez denunciado por Iris Varela. Es el único caso de magnicidio que se sobreseyó. Presenté un informe: no había tal plan, la denuncia no era seria. Le pregunté a la diputada Varela quién estaba detrás, a quién debía procesar, y me respondió: «Barack Obama». Imagínese. Ahí entendí que, cuando de verdad querían saber la verdad, me mandaban a mí; cuando querían torcer algo, tenían otros nombres para eso.

Después me llamó Ortega Díaz: «Hay que reconducir muchas cosas; quiero que te encargues de Actuación Procesal». Le dije de frente: «¿Usted cree que va a poder trabajar conmigo? Porque lo que yo le informe muy probablemente no se corresponda con lo que usted quiere oír». Me respondió: «Eso es lo que necesito, y probablemente es lo que necesita el país en este momento». Le puse una condición: libertad para hacer lo que hubiera que hacer. Si no, que me dejaran en mi laboratorio.

Castillo y Pernalete

¿Cómo se sostiene una investigación así contra todo el aparato?

Plantándose. A Néstor Reverol le pedí que me entregara a los que mataron a Gruseny Canelón en Barquisimeto; me dijo que si lo hacía, se caía el gobierno, porque eran doce guardias nacionales. En el caso de David José Vallenilla, el estudiante de la Universidad Santa María, me pararon en la puerta de la comandancia de la Carlota y me dijeron: «Aquí no manda usted, aquí manda Maduro». Respondí: «Aquí manda la Constitución». Vallenilla no disparó a nadie; lo mató una metra de plomo, y yo tenía el cuerpo y la evidencia. Querían que el caso lo llevara la Fiscalía Militar; no lo permití. A Juan Pablo Pernalete lo investigué desde el levantamiento del cadáver. A los críticos que hoy hablan desde la tribuna los invito a que hagan lo que hice yo: pararse en el sitio del suceso, frente a cuatro generales, y pedir las órdenes de captura.

Tengo el cuerpo y tengo la evidencia. Ellos tienen la evidencia y nosotros el cuerpo.

«La mano que mece la cuna»

Se ha publicado, con base en información y desinformación, sobre presuntos esquemas de extorsión y manipulación de expedientes que involucrarían a Luisa Ortega Díaz, a Germán Ferrer y, por asociación, a usted. ¿Existió una acusación formal? ¿Funcionó así?

Le cuento de dónde viene ese señalamiento. En 2016, cuando me designan, empiezan mis choques con Gustavo González López. Hubo un caso —el de un joven, Alejandro Puglia— en el que pidieron una orden por una conducta que no encajaba en ningún delito del ordenamiento jurídico. Pedí su libertad. En otro caso, González López puso a un adolescente de quince años a declarar en televisión que le habían pagado para quemar cosas; le habían dado un parlamento y le pusieron una pistola enfrente. Lo desmontamos: conectamos con la fiscalía de menores, el niño explicó la coacción, y con su propia entrevista pedimos la libertad del acusado y del menor. Una jueza de menores —cuyo nombre no sé, pero a quien le agradezco donde esté— se atrincheró en el tribunal con el niño, llamó a la Guardia Nacional y logró sacarlo escoltado hasta su casa, frente al Sebin que quería llevárselo.

Esa noche González López me llamó, furioso: «¿Tú crees que mandas solo?». Le dije: «Yo no trabajo para ti; mi obediencia es a la Constitución». Al día siguiente Mario Silva, en su programa, leyó un informe que decía que «la mano que mece la cuna en el Ministerio Público es Zair Mundaray». A partir de ahí me mandaron los colectivos. Y pusieron a investigarme: a un general de apellido Mora, jefe de la Policía contra la Corrupción, y a un exdirector del Ministerio Público desleal. Me investigaron todo 2016 y todo 2017: una investigación patrimonial completa. ¿El resultado? Le dijeron a Saab que no encontraron nada por corrupción ni por tema patrimonial. Me inhabilitaron por no haber presentado la declaración jurada de 2017 y por no haber entregado el cargo, cosas materialmente imposibles en mi situación. Me allanaron la casa y me apuntaron.

Si ese esquema de extorsión hubiera existido, lo habría encontrado quien me investigó dos años enteros. Yo siempre dije: ¿quiere saber quién es el ladrón del Ministerio Público? Vea quién tiene qué. Yo terminé de pagar mi casa y mis carros en el exilio, por la caja de ahorros, haciendo trabajo manual.

¿Quiere saber quién es el ladrón del Ministerio Público? Vea quién tiene qué.

PDVSA-Cripto

Le ha puesto mucho énfasis al caso PDVSA-Cripto. ¿Qué está ocurriendo ahí?

Es el caso de criminalidad organizada más grande que ha tenido el país, y tiene una particularidad escalofriante: los perpetradores y los investigadores se confunden. Buena parte de los presos son delincuentes, sí —Samark, Tarek y otros—, pero fueron procesados por otra organización criminal, la que dirigían González López y Tarek William Saab. Esa estructura extorsionó, se apoderó de bienes, torturó y violó todos los derechos fundamentales de los detenidos. Y hay personas presas que no tienen relación alguna con la trama: el señor de Mérida que tenía una posada, la muchacha cuyo único vínculo era sentimental.

Lo medular es esto: el daño no está cuantificado. No se sabe dónde está la plata. La Procuraduría, que debe velar por el patrimonio público y es parte del proceso, no ha podido cuantificar el daño patrimonial. Las defensas corren solas porque el Estado no tiene representación real; los venezolanos, como víctimas, no estamos representados. Es, esencialmente, un gran fraude montado para hacer un show: vestir de naranja a sesenta y tantas personas para justificar una pérdida enorme. Y mientras tanto, ¿por qué no están presos quienes hicieron exactamente lo mismo —vender petróleo como brókeres fuera de las sanciones, cambiar la identidad de los barcos— y no devolvieron el dinero? Hay quien me ataca diciendo que defiendo a estos procesados. No: defiendo el derecho de los venezolanos a saber dónde está su dinero.

Al cierre de esta edición

El juicio PDVSA-Cripto, con 64 acusados, atraviesa su audiencia número quince. El 1 de junio de 2026, seis detenidos iniciaron una huelga de hambre en protesta por las audiencias telemáticas; las defensas denuncian que el expediente original no está disponible en sala y han pedido la nulidad del proceso y la presencia de observadores internacionales. Reportes de TalCual coinciden con el diagnóstico de Mundaray: el juicio no esclarece el desfalco ni el paradero del dinero.

Los fiscales invisibles

Una última reflexión.

Lo que me duele como ser humano son los fiscales. Hablé hace poco con uno que fue fiscal superior, que mandaba en todo un estado, y hoy hace delivery en moto en Chile; tiene cuarenta y un años y me dice que le da pena con su madre. Tengo una colega que fue la fiscal nacional de menores, de las más preparadas del país, manejando un montacargas en un depósito. Otra vende tortas; otra hace soldadura de noche. Hay más de cuatrocientos o quinientos fiscales que, por haber enfrentado al poder en 2017, están exiliados, perseguidos, con órdenes de captura. Es una población invisible. Y cuando salen a decir algo, les cae encima una parte de la población que solo recuerda que fueron fiscales en aquella época. ¿Quién nos repone lo que arriesgamos? ¿Quién le repone los años de sufrimiento a la juez Mariela Casado, cuya hermana fue asesinada por error, en un atentado dirigido contra ella?

Hay más de cuatrocientos fiscales exiliados y perseguidos. Es una población invisible.

Ficha del entrevistado

Zair Mundaray Rodríguez. 53 años. Abogado por la Universidad Central de Venezuela. Especialista en criminalística y en derecho penal; magíster en criminología y victimología por la Universidad de Valencia; doctorado en Derecho Constitucional inconcluso por la persecución, según su testimonio. Fiscal de carrera durante cerca de dos décadas, recorrió cargos en Miranda hasta llegar a fiscal nacional. Dirigió la Dirección de Investigaciones y la Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales del Ministerio Público, y fue Director General de Actuación Procesal hasta 2017. En el exilio desde ese año, con inhabilitación y órdenes de captura dictadas por el chavismo. Es fuente recurrente de organizaciones de derechos humanos.

INCÍSOS

Entrevista editada para publicación a partir de una conversación grabada. Las afirmaciones sobre conversaciones privadas corresponden al testimonio del entrevistado. Los hechos estructurales y los casos citados fueron verificados con fuentes públicas (Provea, Fiscales.gob.ar, El Nacional, El Universal, TalCual, La Patilla). · Contexto, análisis y criterio.

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Política

El coronel que le hace juicio constitucional al poder

El caso Bellorín revela cómo el régimen usa el poder constituyente como instrumento de control.

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El coronel que le hace juicio constitucional al poder

Ángel Alberto Bellorín desconfió de Chávez, enfrentó a Maduro y hoy vigila a la transición. Su arma sigue siendo la misma: la Constitución. Aun cuando la fuerza resolvió lo que la norma no pudo, él no suelta el expediente.

Las 6WINCÍSOS
Qué
El pensamiento y las propuestas de un jurista militar que litiga, desde hace tres décadas, por el mérito constitucional.
Quién
El coronel retirado Ángel Alberto Bellorín, doctor en Derecho Constitucional y abogado magna cum laude.
Cuándo
De un reclamo de ascenso en 1992 a sus análisis sobre la transición tutelada de 2026.
Dónde
Venezuela: del cuartel y los tribunales a la tribuna de opinión pública.
Por qué
Su voz activa ilustra el choque entre el argumento jurídico y el realismo político en la crisis venezolana.
Cómo
Agotando la vía administrativa, luego la judicial y, cuando ambas fallan, escribiendo con fecha y artículo exactos.

Hay una manera venezolana de pelear contra el poder que no usa armas ni multitudes, sino artículos, expedientes y fechas. El coronel retirado Ángel Alberto Bellorín la encarna mejor que casi nadie: oficial del Ejército convertido en abogado magna cum laude y doctor en Ciencias Jurídicas mención Derecho Constitucional, lleva más de tres décadas litigando una idea obstinada: que el mérito existe, que está escrito en la Constitución, y que el Estado venezolano lleva años fingiendo que no.

Su historia no es la de un converso. Es la de algo más raro y más difícil: la de alguien cuya desconfianza ha sido siempre pareja, y lo sigue siendo. Desconfió de Chávez cuando aún gobernaba, enfrentó a Maduro hasta pedirle la renuncia, y hoy desconfía de la transición tutelada que llegó después. Y sigue activo: litiga, escribe y publica con la misma constancia. Su coherencia no está en la respuesta —que cambia con los hechos—, sino en la pregunta, que es siempre la misma: ¿quién responde por las instituciones destruidas?

Este perfil combina hechos verificados en fuentes independientes —el llamado público a Maduro a renunciar, los recursos ante el Tribunal Supremo, el contenido del artículo 331— con el testimonio del propio Bellorín, expresado mayoritariamente en sus columnas de opinión. Donde la afirmación proviene solo de su relato, el texto lo indica. Sus interpretaciones son, por naturaleza, suyas.

El origen: un fraude de cinco puntos

Su biografía pública nace, según su propio relato, de un agravio concreto y medible. En abril de 1992, siendo mayor que aspiraba al grado de teniente coronel, Bellorín descubrió que en su calificación de servicios se había colocado una nota de 94,959 cuando, dice, correspondía 99,960: le habían asignado cero puntos en el examen físico —cuya planilla afirma haber entregado con recibo—, restándole cinco puntos y desplazándolo en el orden de ascenso.

Lo que para muchos habría sido una pataleta de cuartel, en él se volvió método. Cuenta que la Inspectoría le dio la razón y recomendó su ascenso en un expediente de julio de 1992, pero no fue ascendido a teniente coronel sino hasta julio de 1993, sin reconocimiento de antigüedad y con la sugerencia de que se quedara tranquilo. No se quedó tranquilo. Esa decisión marcó el patrón que mantiene hasta hoy: agotar la vía administrativa, después la judicial, y cuando ambas fallan, escribir.

La cruzada por el artículo 331

El núcleo doctrinal de Bellorín es un solo artículo de la Constitución de 1999. El artículo 331 establece que los ascensos militares se obtienen por mérito, escalafón y plaza vacante. Para él, esas tres palabras son principios jurídicos vinculantes, no adornos retóricos, y el Estado nunca dictó la ley que debía desarrollarlas.

El 17 de abril de 2001 interpuso ante la Sala Constitucional un recurso de interpretación de ese artículo, para que el máximo tribunal fijara criterio sobre qué significan mérito, escalafón y plaza vacante. La Sala le respondió, en sentencia de octubre de 2001, que el artículo era «claro y preciso», sin ambigüedad, y que al remitir a una ley posterior no era susceptible de interpretación: declaró inadmisible el recurso. En 2005 volvió a intentarlo, pidiendo que el tribunal considerara que seis años eran suficiente omisión legislativa. Según él, se «lavó las manos» otra vez.

El desenlace de su reclamo original es casi una alegoría del país. En 2016 —según su relato, veinticuatro años después de iniciado el reclamo— la Sala Político-Administrativa anuló el acto administrativo de ascensos, pero sin asignar responsabilidades ni resarcimiento. Bellorín la calificó de sentencia «de antología»: más de cincuenta páginas que, denuncia, no mencionaban ni una vez el artículo 331 que estaban obligados a cumplir.

Art. 331
«Los ascensos militares se obtienen por mérito, escalafón y plaza vacante.» Tres palabras de la Constitución de 1999 que, según Bellorín, el Estado nunca quiso desarrollar en ley. Su batalla de tres décadas cabe en esa frase.

El enemigo doctrinal: el «factor de corrección»

Si hay un concepto que Bellorín ha perseguido con saña intelectual, es el llamado factor de corrección: una fórmula de un reglamento de 1986 que faculta a las juntas para modificar discrecionalmente las calificaciones de los oficiales, y con ellas el mérito mismo. Sostiene que la Junta de Ascenso suele estar formada por oficiales que a su vez están siendo evaluados por otras juntas, de modo que se quita mérito a quienes estorban y se otorga a los beneficiarios, todo «con el barniz de órgano colegiado». Una máquina de cooptación disfrazada de procedimiento.

De ahí su proyecto más concreto: una Ley de Ascensos Militares de 71 artículos que redactó en 2020 y que fue presentada a la Asamblea Nacional ese año. Plantea eliminar el factor de corrección y frenar la inflación de grados que ha llevado al país a tener, según su denuncia, cerca de dos mil generales, muchos de ellos ociosos. Para Bellorín, exigir la verdadera meritocracia en la Fuerza Armada es el punto de partida para sanear todas las demás instituciones, y lo sigue planteando.

Una teoría del país: la mediocridad como sistema

Lo que distingue a Bellorín de un simple litigante agraviado es que convirtió su caso en una tesis sobre Venezuela. Habla de «una mediocridad en arraigada metástasis social e institucional» que no quiere medirse de forma transparente. Y esa idea se extiende más allá del cuartel: en sus escritos recientes traslada la misma lógica al escalafón universitario y al salario mínimo, frentes —dice— de una misma guerra contra el mérito.

Su lectura es sistémica. Vincula el artículo 91, sobre el salario mínimo vital, con el 80, que ordena igualar las pensiones al salario mínimo, para denunciar que el «salario mínimo integral» anunciado por el gobierno fragmenta el ingreso en bonos y convierte el salario en dádiva y no en derecho. E insiste en que los artículos 328, 330 y 331 forman «un todo integrado»: desde ese andamiaje denuncia, por ejemplo, los ascensos a general que se otorgaron a oficiales que habían sido gobernadores y militantes del partido de gobierno, en violación —sostiene— del artículo 330, que prohíbe a los militares activos optar a cargos de elección popular.

El llamado a Maduro: rendirse para evitar la tragedia

A finales de diciembre de 2025, su pluma jurídica se volvió intervención política directa. El 23 de diciembre, Bellorín —junto al también coronel retirado y jurista Hidalgo Valero Briceño— instó públicamente a Maduro a reconocer la derrota electoral del 28 de julio de 2024 y a renunciar, calificándolo como la solución menos costosa para el país.

Su posición tuvo un matiz que conviene no perder: rechazó de plano cualquier conflicto armado. «Yo tampoco quiero guerra, y estoy seguro de que ningún venezolano de bien desea una invasión militar ni sufrir las penurias de una guerra», declaró. Le planteó a Maduro que la salida estaba en sus manos: reconocer la derrota y rendir cuentas ante la justicia internacional, donde —a diferencia del sistema venezolano— se respetaría la presunción de inocencia. Y, anticipándose a la acusación de traidor, marcó distancia de cualquier agenda externa: dijo no conocer a ningún norteamericano ni haber pisado ese país, y aseguró que lo único que conoce a la perfección es la Constitución.

Yo tampoco quiero guerra, y estoy seguro de que ningún venezolano de bien desea una invasión militar ni sufrir las penurias de una guerra.

Cuando el realismo político mató al argumento jurídico

Y entonces ocurrió lo que su arma de toda la vida no pudo lograr. El 3 de enero de 2026, comandos estadounidenses capturaron a Maduro y lo sacaron del país. El abogado constitucionalista que llenaba escritos de artículos hizo la confesión más incómoda para alguien de su formación: que la fuerza, no la norma, había resuelto lo que la norma nunca pudo.

En un texto del 4 de enero sostuvo que en Venezuela el estado de derecho había dejado de existir hacía años, y que cuando eso ocurre la política como ciencia de lo posible desplaza a lo jurídico. El antiguo litigante invocó entonces a los teóricos del poder: dijo que la dignidad y la moral de María Corina Machado, apeladas a la razón y a la norma, «nunca fue suficiente para domar a la bestia», y que en 27 años debió aprenderse que «el realismo político mata el argumento jurídico». No celebró la intervención: leyó con frialdad que las armas que sacaron a Maduro están en manos de Trump y de sus intereses.

Donde su voz se volvió más personal fue en la suerte de los soldados. Lamentó que, pasadas las primeras horas, se desconociera aún el listado de jóvenes militares caídos, «venezolanos sacrificados injustamente» por un alto mando que, dice, subordinó la Fuerza Armada a un proyecto partidista. La culpa, para él, no recae en quien disparó desde afuera, sino en quien entregó la institución.

En 27 años de destrucción populista debió aprenderse que el realismo político mata el argumento jurídico.

La misma vara para los nuevos actores

Lo notable es que sus obsesiones no desaparecieron con el régimen caído. Bajo el gobierno de transición que encabeza Delcy Rodríguez como presidenta encargada, Bellorín siguió denunciando lo mismo que antes. Atacó el «salario mínimo integral» anunciado en mayo de 2026 como una falacia más, insistiendo en que ningún gobierno puede legislar por decreto por encima de la Constitución. El aplanamiento del mérito —del escalafón militar, del universitario, de la escala salarial— es, para él, una enfermedad estructural que sobrevive a los gobiernos que la encarnaron.

Tampoco se volvió un celebrante de la tutela extranjera. Cuando la Academia de Ciencias Políticas y Sociales se pronunció sobre la vacancia presidencial, Bellorín no discutió la mecánica jurídica sino la amnesia: criticó que el comunicado pareciera omitir que la ruptura constitucional venía de antes, como si «el 3 de enero de 2026 nació la República», ignorando que el desconocimiento del resultado electoral databa del 28 de julio de 2024. Y en textos recientes, con títulos como «Protectorado gringo en el TSJ», dejó claro que su preocupación por la soberanía y por una reconstrucción auténticamente venezolana sigue viva. El realismo con que aceptó los hechos no se confunde, en él, con entusiasmo por un protectorado.

Tango, expediente y filo

Bellorín escribe como litiga: con la fecha exacta, la cita constitucional textual y una vena literaria que suele desembocar en el tango «Cambalache», que cita para retratar un país donde «es lo mismo ser derecho que traidor». Esa imagen —el aplanamiento moral como metáfora de la abolición del mérito— es su obsesión central. Y su firma lo dice todo sobre cómo quiere ser leído: «Abogado Magna Cum Laude, Doctor en Ciencias Jurídicas mención Derecho Constitucional». No firma como coronel primero. Hace tiempo que su batalla dejó el cuartel.

Su pensamiento gira sobre un eje único y coherente: el mérito como principio constitucional traicionado por el Estado, primero en los ascensos militares, luego en las universidades y los salarios, y finalmente en la propia legitimidad del poder. Su propuesta no es revolucionaria sino, paradójicamente, legalista hasta la médula: que se cumpla la Constitución que el chavismo redactó y que —según él— nunca tuvo intención de obedecer. Por eso desconfía de todos por igual. Y por eso su pregunta, la única que nunca cambia, sigue esperando respuesta — y él, sin soltar el expediente, sigue formulándola.

Su coherencia no está en la respuesta, que cambió con los hechos. Está en la pregunta: ¿quién responde por las instituciones destruidas?

INCÍSOS

Reportaje de perfil. Los hechos públicos —el llamado a Maduro a renunciar del 23 de diciembre de 2025, los recursos ante el Tribunal Supremo, el contenido del artículo 331 y la captura del 3 de enero de 2026— se verificaron en fuentes independientes (Infobae, La Patilla, repositorios del TSJ). Las afirmaciones sobre su caso personal de ascenso y las interpretaciones políticas provienen del testimonio y las columnas del propio Bellorín, y se presentan como tales. · Contexto, análisis y criterio para entender lo que pasa.

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