Política
Las cinco condiciones de la transición venezolana: cuánto hay de real
Machado y González pusieron condiciones para negociar: nuevo CNE, presos políticos, amnistía, exiliados, libertad política. Revisamos qué se cumplió y qué falta
Machado y González pusieron condiciones para negociar: nuevo CNE, presos políticos, amnistía, exiliados, libertad política. Revisamos qué se cumplió y qué falta.

La oposición venezolana fijó su precio. En el Manifiesto de Panamá, firmado el 23 de mayo por María Corina Machado, Edmundo González Urrutia y la Plataforma Unitaria Democrática, el bloque democrático puso sobre la mesa las condiciones bajo las cuales aceptaría negociar con el gobierno interino de Delcy Rodríguez una salida hacia elecciones libres. No son consignas: son requisitos verificables. Y la única manera seria de medir la transición es revisarlos uno por uno, preguntando en cada caso lo de siempre: ¿qué se prometió, qué se hizo, qué falta?
Conviene una advertencia previa. Al cierre de esta edición, el gobierno interino no se había pronunciado formalmente sobre su participación en la negociación propuesta. De modo que lo que sigue no mide un acuerdo —no lo hay todavía— sino el terreno sobre el cual ese acuerdo tendría que construirse.
1. Un nuevo CNE: la condición sin avance
El corazón de la exigencia opositora es la designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral, integrado por «personalidades independientes y respetables», acompañado de un cronograma electoral «viable y verificable». La lógica es elemental: no hay elección creíble con el árbitro actual, hoy controlado por funcionarios afines al chavismo.
Aquí el balance es el más pobre de los cinco. No hay, a la fecha, ningún proceso anunciado para renovar el CNE, ni un perfil acordado de sus rectores, ni un calendario. El Manifiesto lo plantea como objetivo de una negociación que aún no empieza. Es, en rigor, una condición en estado cero: enunciada, no iniciada. Todo lo demás —los perfiles independientes, el equilibrio entre poderes, la observación internacional que la oposición reclama— depende de una mesa que todavía no se ha sentado.
2. Presos políticos: el avance más visible, y el más incompleto
Es el terreno donde más se ha movido la aguja, y también donde más discrepan las cifras. Tras la captura de Maduro el 3 de enero, el gobierno interino inició excarcelaciones por goteo. Para el 8 de marzo, el Foro Penal había verificado al menos 670 liberaciones desde el 8 de enero. El gobierno, por su parte, ha manejado números mayores y, a finales de mayo, anunció que superaría las 500 excarcelaciones «bajo la Ley de Amnistía», dentro de un universo de más de 8.700 personas con «algún beneficio legal».
Pero el detalle desarma el optimismo. El propio Foro Penal advierte que muchos liberados salieron con medidas cautelares —presentaciones periódicas, prohibición de salir del país— y que las cifras oficiales a veces incluyen excarcelaciones de años anteriores. Sobre todo: la organización contabilizaba aún cientos de personas detenidas por motivos políticos después de las grandes liberaciones. Familiares siguen acampando frente a cárceles como El Helicoide y Zona 7, denunciando que las promesas —incluida la del propio presidente del Parlamento, Jorge Rodríguez, de liberar a «todos»— no se han cumplido del todo. La condición avanza, sí, pero «todos los presos políticos» sigue sin ser «todos».
3. La amnistía: aprobada, pero con agujeros
La Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática fue aprobada por la Asamblea Nacional el 19 de febrero de 2026. Cubre un periodo de 27 años —de 1999 a 2026— para delitos como rebelión, traición y resistencia a la autoridad cometidos en contextos de protesta. No cesó: está vigente y es el instrumento legal bajo el cual se han tramitado liberaciones y regresos.
El problema es su alcance. El Foro Penal señaló que la ley es incompleta: de los 28 eventos políticos ocurridos entre 1999 y 2026, la amnistía solo cubre 13, dejando fuera 15 —en su mayoría episodios de alzamiento militar y civil—. La organización de exiliados Veppex la rechazó por excluir a militares presos y a perseguidos en el exilio. Y la ley, correctamente, excluye crímenes de lesa humanidad y violaciones de derechos humanos, conforme al artículo 29 de la Constitución. El resultado es una amnistía real pero selectiva: sirve para muchos, no para todos, y deja en zona gris a los casos más espinosos.
4. El regreso de los exiliados: una rendija, no una puerta
Aquí hay hechos concretos y recientes. Acogiéndose a la amnistía, dirigentes que llevaban años fuera han vuelto: Carlos Ocariz regresó este mes tras exiliarse a finales de 2024; Lester Toledo, vocero de Voluntad Popular, relató haber pasado por Maiquetía, presentarse ante el tribunal y la Fiscalía; Yon Goicoechea volvió el 21 de mayo tras ocho años fuera. Son señales tangibles de apertura.
Pero la propia crónica de esos regresos trae la metáfora justa: «más que una puerta franca, aquí en principio solo asoma una rendija». El retorno funciona caso por caso, mediante un trámite de «ponerse a derecho» ante tribunales y Fiscalía —es decir, sometiéndose al mismo sistema judicial cuya independencia está en cuestión—. No es un retorno garantizado por derecho, sino tolerado por gestión. Y el caso de Machado lo ilustra al extremo: el gobierno la considera prófuga y advirtió que, si vuelve, «tendrá que responder ante Venezuela». La rendija deja pasar a algunos; a otros, los más incómodos, todavía no.
5. Libertad para la actividad política: el frente más cuestionado
¿Hay libertad para el proselitismo? La evidencia dice que solo en parte. Es cierto que las protestas aumentaron —el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social registró casi 1.926 en el primer trimestre de 2026, 144% más que un año antes— y que la ciudadanía percibe «una reducción de la represión abierta». Pero ni el OVCS ni los organismos internacionales hablan de transformación estructural.
La Misión Internacional Independiente de la ONU fue categórica en marzo: «la extensa maquinaria legal e institucional que ha facilitado graves violaciones permanece intacta», y documentó al menos 87 nuevas detenciones por motivos políticos bajo el gobierno interino, además de hostigamiento a opositores y periodistas y la continuidad de los colectivos armados. Human Rights Watch y análisis regionales coinciden en que las libertades civiles «siguen severamente restringidas». La represión abierta bajó; el aparato que la hace posible, no se ha desmontado. Y el desmantelamiento de ese aparato es, precisamente, otra de las condiciones del Manifiesto.
El balance
Puestas en fila, las cinco condiciones dibujan una transición desigual. Dos muestran movimiento real aunque incompleto —las liberaciones y el regreso de algunos exiliados—. Una está aprobada pero con agujeros —la amnistía—. Una sigue severamente cuestionada —la libertad política—. Y la más decisiva de todas, el nuevo CNE, no ha dado un solo paso.
La conclusión no es cínica ni complaciente: es de método. Hay apertura, y negarlo sería faltar a la verdad. Pero apertura no es transición consumada, y gesto no es garantía. Cada una de estas cinco condiciones sigue, en distinto grado, conjugada en futuro. La pregunta que ordena todo —¿qué falta para que pase?— tiene aquí cinco respuestas distintas, y ninguna es «nada». El precio que la oposición puso sobre la mesa todavía no se ha pagado completo. Falta, sobre todo, que la negociación que da sentido a todas estas condiciones deje de ser una propuesta y se convierta en una mesa.
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Alfredo Yánez
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JetBlue–Caracas: qué falta realmente para que la ruta despegue
JetBlue anunció vuelos Fort Lauderdale–Caracas para fin de 2026. Avión, posibles precios, licencias y permisos pendientes: lo que implica la ruta.
JetBlue anunció vuelos Fort Lauderdale–Caracas para fin de 2026. Avión, posibles precios, licencias y permisos pendientes: lo que implica la ruta.

El anuncio llegó el 28 de mayo y se movió rápido por los grupos de WhatsApp de la diáspora: JetBlue quiere volar a Caracas. La aerolínea de bajo costo con sede en Nueva York comunicó su intención de operar una ruta directa entre Fort Lauderdale y el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar antes de que termine 2026, con boletos a la venta «en los próximos meses». De concretarse, sería la primera vez que JetBlue toca suelo venezolano y la convertiría en la segunda aerolínea estadounidense en reconectar a ambos países, después del regreso de American Airlines el 30 de abril.
Conviene leer el verbo con cuidado. JetBlue no anunció una ruta: anunció una intención. La propia compañía aclaró que el servicio «está sujeto a la aprobación del gobierno y a la finalización de los trámites necesarios para operar en Venezuela». Entre el comunicado y el primer despegue hay una distancia que se mide en licencias, permisos bilaterales y verificaciones de seguridad. Vale la pena recorrer esa distancia con datos.
La aeronave
JetBlue operaría la ruta con un Airbus A320, el caballo de batalla de su flota de fuselaje estrecho. La compañía adelantó que el servicio a Caracas incluiría Wi-Fi gratuito (Fly-Fi), entretenimiento en cada asiento y refrigerios y bebidas sin costo. Es la misma configuración con la que la aerolínea opera buena parte de su red caribeña y latinoamericana desde Fort Lauderdale.
El contraste con American Airlines es relevante. American no vuela a Caracas con su propia flota mayor: la ruta Miami–Caracas la opera su filial regional Envoy Air con un Embraer 175, un birreactor regional de menor capacidad. El A320 de JetBlue es un avión más grande, con cabina de pasillo único de mayor aforo. En la práctica, eso significa más asientos por frecuencia y, potencialmente, una estructura de costos por silla que el modelo de bajo costo está diseñado para exprimir.
Las rutas y el aeropuerto
El trazado anunciado es FLL–CCS, sin escalas. Fort Lauderdale funciona como la puerta de entrada de JetBlue al Caribe y América Latina; Caracas se sumaría como uno de los cerca de veinte destinos latinoamericanos y caribeños que la aerolínea opera desde esa terminal. La duración de un vuelo directo Florida–Caracas ronda las tres horas y veinte minutos a tres horas y media, según la referencia de la operación de American entre Miami y Caracas.
Del lado venezolano, la infraestructura no es el obstáculo. Maiquetía cuenta con una pista principal (10/28) de 3.500 metros, habilitada para aterrizaje y despegue en ambos sentidos, diseñada en su momento tomando como patrón al Boeing 747-400. Un A320 está holgadamente dentro de esa capacidad: el aeropuerto ha recibido aeronaves de fuselaje ancho durante décadas, incluido el Concorde en su época. A mayo de 2026, según el Ministerio de Transporte venezolano, doce aerolíneas internacionales operan desde Maiquetía. La pista no necesita acondicionamiento para recibir a JetBlue; lo que falta es de naturaleza administrativa y diplomática, no de asfalto.
Lo que falta: licencias y permisos
Aquí está el verdadero cuello de botella. La reapertura aérea entre EE.UU. y Venezuela no descansa en un levantamiento general de sanciones, sino en autorizaciones específicas. La pieza clave para la aviación es la Licencia General 30B de la OFAC, que autoriza las transacciones ordinariamente incidentales y necesarias para la operación y el uso de puertos y aeropuertos en Venezuela, incluso cuando intervengan el Gobierno venezolano o el Instituto Nacional de los Espacios Acuáticos. Esa licencia cubre tasas aeroportuarias, servicios de tierra, combustible y pagos asociados que de otro modo chocarían con el régimen de sanciones.
A eso se suma el plano bilateral: el Departamento de Transporte de EE.UU. (DOT) autorizó en 2026 el restablecimiento gradual de las operaciones tras casi siete años de suspensión, y cada aerolínea requiere su propio permiso de ruta y la verificación de seguridad correspondiente. Del lado venezolano, el Instituto Nacional de Aeronáutica Civil (INAC) debe habilitar slots, frecuencias y permisos de aterrizaje. El propio comunicado de JetBlue condiciona el inicio a «la aprobación del gobierno» —en plural práctico, los dos gobiernos— y a la conclusión de trámites.
Todo esto se inscribe en el plan de tres fases que la administración Trump, con seguimiento del secretario de Estado Marco Rubio, ha planteado para Venezuela: estabilización, recuperación económica y transición política. La reactivación aérea es parte del segundo eje. Su continuidad depende, por tanto, de variables que ninguna aerolínea controla: el rumbo de las sanciones y el de la relación bilateral.
Las opciones —y los precios— para los venezolanos
Para la diáspora, la pregunta no es técnica sino doméstica: ¿podré pagarlo? La experiencia reciente con American Airlines obliga a la cautela. En sus primeras fechas, los boletos de ida y vuelta entre Miami y Caracas superaron los 2.700 dólares; ya en mayo las tarifas moderaron hacia un rango de entre 1.000 y 1.800 dólares, con tarifas puntuales de ida desde algo más de 300 dólares en fechas específicas. Como referencia incómoda: volar a Bogotá en fechas comparables se mantenía alrededor de los 300 dólares ida y vuelta. La ruta a Caracas arrancó cara porque arrancó con oferta escasa y demanda contenida durante siete años.
El argumento a favor del pasajero es estructural: JetBlue es una aerolínea de bajo costo, y entra a un mercado hoy dominado por dos frecuencias diarias de un solo operador. Más capacidad por avión y un competidor adicional presionan, en teoría, hacia la baja. La teoría, sin embargo, supone que las aprobaciones lleguen, que las frecuencias se sostengan y que el contexto de sanciones no se revierta. Ninguna de esas condiciones está garantizada al momento de publicar.
Para el venezolano que sopesa un viaje a fin de año, el panorama es este: existirá, previsiblemente, una segunda alternativa estadounidense a Caracas, operada con un avión más grande y un modelo de tarifas más agresivo. Pero «existirá» sigue conjugado en futuro. Entre el anuncio y el embarque median las licencias de la OFAC, los permisos del DOT y del INAC, y un esquema de relaciones bilaterales cuya estabilidad es, por ahora, el verdadero precio del boleto.
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Política
Rumbo a noviembre: el Senado se ve rojo, la Cámara es la incógnita
El 3 de noviembre EE.UU. renueva el Congreso. El mapa favorece al GOP en el Senado, pero la Cámara está en disputa. Qué se vislumbra y por qué importa.
El 3 de noviembre EE.UU. renueva el Congreso. El mapa favorece al GOP en el Senado, pero la Cámara está en disputa. Qué se vislumbra y por qué importa.

Faltan cinco meses para el 3 de noviembre, y conviene decirlo con todas las letras: las urnas de las midterms todavía no son urnas. Son encuestas, primarias y pronósticos. Pero el tablero ya tiene forma, y vale la pena leerlo sin entusiasmos prematuros de ningún lado.
Empecemos por lo más firme. En el Senado, los republicanos parten con ventaja de mapa. De los 35 escaños en juego, 22 son hoy republicanos —lo que parecería un riesgo, pero en la práctica muchos están en estados sólidamente rojos—. Los demócratas necesitan recuperar al menos cuatro asientos para dar vuelta la cámara alta, hoy en manos republicanas 53-47. Es una tarea cuesta arriba. Por eso, a esta altura, el consenso de los pronósticos ve el Senado más probablemente rojo que azul, aunque carreras como Georgia, Alaska y New Hampshire mantienen la puerta entreabierta.
La Cámara de Representantes es otra historia. Ahí los republicanos defienden una mayoría estrechísima —de apenas un puñado de escaños— y la historia juega en su contra: el partido del presidente suele perder bancas en las elecciones de medio término. A eso se suma un dato incómodo para el oficialismo: el malestar por la política económica y arancelaria ha pesado en el ánimo, y los demócratas han rendido por encima de lo esperado en comicios especiales recientes. La Cámara es, hoy, la verdadera incógnita de noviembre.
El factor Trump en las primarias
Hay una variable que distingue a estas midterms: el presidente no solo respalda candidatos, también ataca a los suyos. Trump ha apoyado a retadores en primarias contra republicanos que considera «poco leales», lo que ha producido contiendas internas de alto voltaje —el caso Cornyn-Paxton en Texas es el más visible— y la posibilidad de sorpresas que reordenen el mapa republicano antes incluso de llegar a la elección general. En paralelo, nueve senadores anunciaron su retiro, entre ellos el veterano Mitch McConnell, lo que abre escaños y reacomoda equilibrios.
La apuesta de la Casa Blanca, según operadores del propio partido, es clara: convertir las midterms en una extensión de la energía de la campaña de 2024, con Trump como motor de movilización. Es una estrategia de doble filo, porque la misma figura que moviliza a la base también activa a la oposición.
Qué falta
La pregunta de fondo no se responde con encuestas de mayo. Falta que se resuelvan las primarias —donde el respaldo o el veto de Trump puede cambiar candidatos—, falta ver si el descontento económico se traduce en voto de castigo, y falta saber si la base trumpista se moviliza sin el nombre del presidente en la boleta. Lo que hoy puede decirse, con prudencia, es esto: el Senado se inclina hacia los republicanos, la Cámara está genuinamente en juego, y noviembre dirá si los dos años finales de Trump tienen contrapeso o vía libre. Por ahora, como todo en este mes, está conjugado en futuro.
Política
«Until We’re All Free»: el Pride de Columbus llega, y la familia latina también
El Pride más grande del Medio Oeste vuelve a Columbus en junio. Fechas, eventos y qué significa para las familias latinas LGBTQ+ de Ohio central.
El Pride más grande del Medio Oeste vuelve a Columbus en junio. Fechas, eventos y qué significa para las familias latinas LGBTQ+ de Ohio central.

Hace más de cuatro décadas, menos de doscientas personas marcharon por el centro de Columbus en la primera demostración de orgullo de la ciudad. Este junio, Stonewall Columbus espera a más de 700.000. El Pride de Columbus es hoy el más grande del Medio Oeste, y arranca su mes grande este mismo lunes.
El tema de 2026 es «Until We’re All Free» —hasta que todos seamos libres—, una consigna que, según los organizadores, llama a la responsabilidad compartida de sostenerse «a través de identidades, generaciones y movimientos». El artista, historiador y líder comunitario LuSter Singleton fue designado Patrón del Pride de este año, en reconocimiento a décadas de trabajo en la vida LGBTQ+ de Ohio central.
El calendario
El mes abre hoy, 1 de junio, con la iluminación del City Hall al anochecer. El plato fuerte llega el fin de semana del 19 y 20: el Festival y Feria de Recursos en Goodale Park (viernes 19 de 4 a 10 p.m.; sábado 20 de 11 a.m. a 8 p.m.), gratuito y abierto al público. La Marcha del Orgullo —Columbus prefiere «marcha» a «desfile», en honor a las raíces de protesta del movimiento— sale el sábado 20 a las 10:30 a.m. desde Broad & High y sube por High Street hasta Goodale Park, con más de 200 grupos.
A lo largo del mes hay eventos en los suburbios de Ohio central: Delaware, Westerville, Worthington, Canal Winchester, Hilliard, Gahanna y Bexley, entre otros, suman sus propias celebraciones. El Pride de Columbus no es un día: es un mes y una región.
Por qué importa para la familia latina
Para la comunidad latina de Columbus, el Pride toca un punto que rara vez se nombra en voz alta. En muchas familias hispanas, la conversación sobre identidad de género u orientación sexual sigue atravesada por el silencio, la fe y el peso de «el qué dirán». Un festival gratuito, familiar y a plena luz del día ofrece algo concreto: un espacio donde una madre puede acompañar a su hijo o hija sin tener que elegir entre su cultura y su afecto.
No es un detalle menor que esto ocurra en Ohio, un estado que en años recientes ha sido escenario de batallas legislativas en torno a derechos LGBTQ+. El tema «Until We’re All Free» no es solo un lema festivo; es, también, una afirmación política en un terreno que no da las cosas por sentadas.
Qué hacer con esto
Si vives en Columbus, las fechas están arriba y los eventos son gratuitos. Si tu familia está navegando estas conversaciones, el área de recursos del festival reúne organizaciones que ofrecen acompañamiento en español y servicios comunitarios. Y si solo quieres ver a tu ciudad en su versión más diversa, basta con pararse en High Street el sábado 20 por la mañana. Lo demás —la conversación, el abrazo, el acompañamiento— sucede después, en casa, que es donde de verdad importa.
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