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Colaboradores Invitados

La retina es política

Vivimos una situación ad factum, que no comporta estrictos marcos regulatorios. La retina es política y posibilista, no confusional y lírica.

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Foto editorial sobria de una instalación energética, un puerto o una sala institucional. Nunca retratos del autor ni de funcionarios. Nunca banderas.

Por Orlando Viera-Blanco

Lamento los recurrentes comentarios, argumentos-cliché y lugares comunes, resumidos en la supuesta «opacidad, ilegitimidad e ilegalidad» del acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela.

Opiniones minadas de generalizaciones infecundas, abstracciones y silogismos de cuatro patas —falaces non sequitur— que sabotean la fase de estabilización, liberación y restauración republicana.

Olvidan los analistas viento en contra que vivimos una situación ad factum, la cual como tal no comporta estrictos marcos regulatorios, análisis normativos ni jurídicos. La retina es política y posibilista, no confusional y lírica.

La reinstitucionalización llegará a través del estómago del pueblo, la recuperación de la devastación económica y social, elecciones sostenibles con gobernanza real y no con posturas normativas desde zooms, ordenadores y tic tocs.

Ya lo decía Miranda: bochinche, bochinche y más bochinche.

La oportunidad

No comprender la necesidad, alcance y fortaleza de este acuerdo para viabilizar la transición política en Venezuela desde la base económica, petrolera, tecnológica, de gestión y control de un agente externo muy poderoso, es despreciar las prioridades de la gente, desentender el proceso y desperdiciar una oportunidad irrepetible.

Insistir en nuestra impenitente historia de fragmentación, inmediatez e indómita y mal administrada irreverencia cultural nos impide refundar una república democrática y moderna con armonía y sensatez.

Los egos y ansiedades figurativas nos embriagan y enceguecen.

Sobre la opacidad

Hablar de opacidad es no comprender cómo opera la realidad política norteamericana cuando actúa en el marco de la diplomacia de fuerza, emergencia, reserva y control.

Es no saber que Estados Unidos sí rinde cuenta de lo que suscribe, y es tratar bajo presunción de culpabilidad a quien nos asiste, asumió los riesgos, puso los soldados, el dinero y la vida política para sacarnos de esta pesadilla.

Estados Unidos ha demostrado históricamente que tiene un proyecto. Ahí están doscientos cincuenta años de vida republicana —solvente y democrática— que jamás hemos tenido nosotros. Esa es la llave para salir de este «accidente histórico» en el cual nos metimos.

Sobre la ilegalidad

A los que hablan de ilegalidad los invito a explicar cómo, con esa certeza normativa, salimos del oscurantismo.

Soy hombre de leyes, pero también de realidades y posibilidades.

En otro sentido, las pautas del acuerdo están a la vista: partes, regalías, OPEX, impacto de inversión, rentabilidad, sostenibilidad, tiempos y condiciones. Y el partner es el Pentágono, socio que controla el bloque concesionario: poder, crédito, administración —dinero, auditoría, distribución y liquidación—, recaudación y pago.

¿De qué otro modo puede actuar un tutor?

Aplican instrumentos warrant’s penny ya usados en crisis pasadas, permutables mediante swaps en los mercados internacionales.

Vamos al cielo y vamos llorando, decía la abuela. Entramos en el sistema internacional financiero y de energía, y lo que hacemos es cuestionar, elevar quejas y plantar cara —sin leverage— a quienes nos dan pulmón. Mala cosa.

Ni el petróleo dejará de pertenecer a los venezolanos, ni lo explotado, extraído y vendido será regalado —como sí lo fue el petróleo a Cuba y otros—, ni Estados Unidos dejará de fiscalizar y pagar a precio de mercado lo que obtenga del acuerdo.

Sobre la ilegitimidad

Hablar de ilegitimidad es otra redundancia inapropiada.

Exigimos un acuerdo como si estuviésemos en Noruega y en una democracia perfecta y sólida.

Estados Unidos no legitima a nadie. Ni lo requiere, ni lo necesita. Solo agota una agenda de seguridad, fuerza, interés y tutela que les permita acceder a lo que hasta ayer saquearon rusos, chinos, cubanos e iraníes, viabilizando la anhelada liberación y refundación democrática.

La última oportunidad

Es la última oportunidad que tenemos de recuperar nuestra democracia y volver a casa en sana paz.

Ojalá la historia no nos vuelva a facturar por nuestra displicencia, indiferencia e ingratitud contra quienes nos apoyan y con quienes hacemos alianza ideal. Y contra nosotros mismos.


Orlando Viera-Blanco
Colaboración invitada

Los artículos de la sección Colaboradores Invitados expresan la posición de sus autores y no necesariamente la línea editorial de INCÍSOS.

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Colaboradores Invitados

La urdimbre y la tribuna: hacia una elocuencia femenina

Maigualida Gamero examina si existe una oratoria propia de las mujeres y por qué reducirla al sentimiento es una forma de infantilizar su inteligencia estratégica.

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Mujer ante una tribuna, sin rostro identificable, como recurso editorial sobre oratoria pública.

¡Hola a todos! Bienvenidos de nuevo a este espacio de encuentro donde la palabra se habita, se siente y se proyecta. Hoy quiero abrir el debate sobre un territorio que durante siglos ha estado marcado por una sola cartografía: la oratoria. Cuando pensamos en el discurso público tradicional, en el estrado imponente, en la retórica de la confrontación y el mando, estamos evocando una estructura profundamente patriarcal y masculina. Pero, en pleno siglo XXI, con figuras luminosas como Michelle Obama, Emma Watson o Michelle Bachelet rediseñando el mapa de la palabra, cabe preguntarnos: ¿Existe una oratoria propia para las mujeres? ¿Cómo dialoga el discurso femenino frente al molde clásico masculino? ¿Es verdad que se habla desde el corazón, o hay una estrategia de poder y presencia mucho más profunda detrás?

El desafío al molde tradicional y la sombra de la plaza pública

Durante generaciones, el estándar de la elocuencia ha sido el modelo de plaza pública: competitivo, vertical, enfocado en convencer mediante la fuerza argumental o la imposición jerárquica. La mujer que accedía a la tribuna solía verse en la encrucijada de imitar ese tono imperativo para ser tomada en serio, perdiendo en el camino su voz genuina.

Esta imposición se vuelve especialmente compleja en naciones con una fuerte impronta histórica de gestas independentistas y republicanas —como nuestra propia América Latina—, donde el relato fundacional fue escrito y declamado por hombres de sable y tribuna militar. En estas repúblicas nacientes, la oratoria pública heredó la épica del campo de batalla: un discurso marcial, de arenga encendida, vertical y solemne, diseñado para un ágora concebida exclusivamente por y para varones.

La voz oculta en la gesta. En sociedades donde la historia oficial elevó al prócer y al orador guerrero al altar de la patria, las mujeres que poseían una lucidez política desbordante —como nuestras heroínas independentistas— a menudo tuvieron que ejercer su elocuencia en los intersticios: en las tertulias clandestinas, en el correo epistolar cifrado, en la acción sorda de la resistencia. El espacio público formal les vedaba el estrado, obligándolas, cuando finalmente lograron alzar la voz en los siglos posteriores, a calzarse un traje retórico ajeno que no les pertenecía.

La gerencia de la presencia en voz de mujer

Cuando observamos a líderes contemporáneas como Emma Watson defendiendo la equidad ante la ONU, o a Michelle Obama conectando con millones a través de la narrativa íntima de su propia vida, entendemos que la gerencia de la presencia femenina no busca imitar la arenga marcial del viejo caudillo, sino resonar más hondo. No se trata meramente de «hablar desde el corazón» como un cliché emotivo, sino de integrar la vulnerabilidad y la vivencia como herramientas legítimas de autoridad.

El discurso femenino contemporáneo subvierte el viejo paradigma porque:

  • Integra la experiencia vivida. Conecta lo personal con lo político, transformando la vivencia cotidiana en un argumento de peso universal.

  • Sustituye la verticalidad por la circularidad. En lugar de pararse sobre la audiencia para aleccionar, la oradora se sitúa con la audiencia, creando un espacio de complicidad y escucha activa.

  • Reivindica el silencio y la pausa. Al igual que nuestros poetas que habitaban los espacios en blanco, la mujer elocuente domina el tiempo escénico sabiendo que lo no dicho también comunica.

Más allá del mito: ¿corazón o estrategia?

Reducir la oratoria de las mujeres a un asunto exclusivo de «sentimiento» es caer en la trampa de infantilizar su intelecto estratégico. Cuando Michelle Bachelet articula su visión política o cuando una mujer toma la palabra en un escenario corporativo o artístico, lo que hay sobre la mesa es una maestría en la gestión de la empatía como tecnología de poder. Es la capacidad de desmontar la coraza de la confrontación para abrir paso a la verdadera persuasión.

Construir nuestra oratoria escénica desde la identidad femenina significa apropiarnos de nuestro propio registro, sin disculpas ni imitaciones al viejo modelo de la plaza militar. Es entender que nuestra palabra tiene el peso de un escudo solar y la precisión de una flecha certera. ¡Hasta nuestra próxima entrega en INCÍSOS!

Maigualida Gamero
Caracas, Venezuela · 12 de septiembre de 2026
@Maigua_Gamero

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Colaboradores Invitados

El cuerpo delata el síndrome del impostor antes de la primera sílaba

El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico. Se instala en los hombros caídos, en la respiración superficial y en la urgencia de ocupar el menor espacio posible. Tres claves desde las tablas para desarmarlo.

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Escenario vacío iluminado para la colaboración de Maigualida Gamero sobre presencia y síndrome del impostor

COLABORACIÓN · ORATORIA ESCÉNICA

El autoconocimiento y la fisicalidad como antídoto contra el síndrome del impostor en la mujer contemporánea.

Por Maigualida Gamero


Hay un instante que conozco bien. Las luces de la sala bajan, el silencio se apodera de las butacas y, tras el telón, una mujer —directora, ejecutiva, madre, investigadora o creadora— repasa mentalmente su discurso con el corazón latiendo a mil por hora. No teme no saber del tema; lo domina a la perfección. Su terror más profundo, casi silencioso y paralizante, es que descubran que «no encaja», que no es suficiente, que todo ha sido un golpe de suerte. Es la sombra persistente del síndrome del impostor, un inquilino invisible que habita con demasiada frecuencia en la mente de la mujer contemporánea.

Durante décadas, nos han enseñado a pensar la comunicación desde el intelecto. Nos han dicho que para ser escuchadas debemos acumular títulos, pulir argumentos y tener respuestas para todo. Sin embargo, en mis años sobre las tablas y guiando procesos desde la oratoria escénica y la gerencia de la presencia, comprendí una verdad radical: el cuerpo no miente, y la verdadera transformación no empieza en la garganta, sino en la planta de los pies.

El escenario como espejo: cuando el cuerpo revela lo que callamos

En el teatro, el actor aprende temprano que la voz no es un ente separado del cuerpo; la voz es el cuerpo en vibración. Cuando una mujer sube a un escenario —ya sea corporativo, académico o artístico— y se encoge, cruza los brazos como escudo protector o desplaza todo su peso hacia atrás buscando una salida invisible, su cuerpo está emitiendo un mensaje antes de pronunciar la primera sílaba. Está manifestando inseguridad.

El síndrome del impostor no es solo un constructo psicológico abstracto; tiene una geografía física muy concreta. Se instala en los hombros caídos, en la respiración clavicular superficial que ahoga el timbre natural y en la necesidad urgente de ocupar el menor espacio posible para no incomodar.

Desde la perspectiva de la gerencia de la presencia, el autoconocimiento deja de ser un ejercicio de introspección pasiva para convertirse en una práctica de soberanía corporal. Reconocernos en el espacio no es un acto de ego, sino de legitimidad.

Tres claves desde las tablas para recuperar la escena

Para desarmar esa voz interna que nos disminuye, debemos cambiar las reglas del juego. No se trata de «fingir seguridad hasta lograrlo» —un consejo vacío que solo agrava el desgaste emocional—, sino de habitar la fisicalidad con conciencia dramática.

1. El enraizamiento: ocupar el suelo con derecho propio

En el teatro, la primera tarea de un intérprete antes de entrar a escena es conectar con el eje de gravedad. ¿Dónde están tus pies? ¿Sientes el peso de tu cuerpo distribuido equitativamente sobre el suelo? Cuando una mujer contemporánea sufre el síndrome del impostor, suele flotar en una urgencia mental constante, desconectada de su base física.

La práctica: sentir el suelo firme bajo tus pies te ancla en el presente. Al respirar de manera consciente y descender la energía hacia la tierra, la postura se endereza de forma natural, sin rigidez. El cuerpo le comunica al cerebro: «Estoy aquí, este espacio me pertenece y tengo derecho a habitarlo».

2. La expansión del gesto: del repliegue a la apertura

El miedo nos contrae. Nos hace encoger el pecho, cerrar los brazos y apagar la mirada. Romper esta inercia requiere un acto deliberado de dirección escénica personal. La oratoria escénica nos enseña que los gestos amplios, fluidos y congruentes con el discurso no solo proyectan seguridad hacia la audiencia, sino que envían una señal interna de poder y calma.

La práctica: abre el pecho, expande tus brazos con naturalidad y permite que tus manos habiten el aire. Al ensanchar tu presencia física, el cerebro interpreta que estás a salvo, disolviendo el pánico escénico desde la raíz somática.

3. La pausa y el silencio: el dominio del tiempo

Quien padece el síndrome del impostor suele hablar rápido, atropelladamente, como si pidiera disculpas por ocupar el tiempo de los demás. En las tablas, aprendemos que el silencio no es un vacío temible, sino un recurso dramático de altísimo valor. El silencio es poder.

La práctica: atrévete a hacer una pausa antes de responder, a sostener la mirada de tu interlocutor o de tu auditorio sin vacilar. Dominar el ritmo de tu propia voz es el reflejo más fiel de que confías en tu propio criterio y en el valor de lo que tienes para decir.

La mujer contemporánea como directora de su propia narrativa

La mujer de hoy vive atravesada por demandas múltiples: liderar, producir, cuidar, crear y destacar. En esa vorágine, es fácil perder el centro y delegar nuestra validación en la mirada ajena.

Reconocerse a través de la fisicalidad y la oratoria escénica es un viaje de retorno a casa. Es entender que no necesitamos convertirnos en otra persona para brillar; necesitamos quitar los bloqueos físicos y mentales que impiden que nuestra verdadera potencia salga a la luz.

Cuando una mujer pisa firme, respira con conciencia, estructura su mensaje con la fuerza de una dramaturgia viva y alza la voz sin pedir permiso, deja de ser una impostora en su propia vida para convertirse en la directora indiscutible de su propia escena.

El escenario está listo. El telón ya se ha abierto. Es tu turno de habitarlo.


Maigualida Gamero es escritora, actriz, locutora, productora teatral, coach y conferencista. Escribe sobre comunicación, oratoria y presencia personal. En redes: @Maigua_Gamero.

Caracas, 5 de septiembre de 2026.

Las colaboraciones invitadas expresan la posición de quien las firma. Este texto tiene fines divulgativos y no sustituye la orientación de un profesional de la salud mental.

También puede leer: «Todo gran discurso esconde la estructura de una obra teatral».

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Colaboradores Invitados

Machado debe ser garante de la transición

Oponerse en bloque preservaría la pureza política y arriesgaría el respaldo de Washington. Aceptar sin condiciones legitimaría una arquitectura sin elecciones. Hay una tercera vía.

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Paisaje financiero e industrial sin personas como recurso editorial para una nota sobre intermediación y transparencia.

Por Orlando Viera Blanco

La respuesta de María Corina Machado al acuerdo petrolero anunciado por Washington debería partir de una premisa incómoda pero esencial: el entendimiento entre Trump, Delcy Rodríguez y NABEP no se enfrenta eficazmente desde la indignación, sino desde la realpolitik. Son momentos que exigen mucha retina estratégica y bastante menos apasionamiento.

Washington ha dejado claro cuál es su prioridad inmediata. Energía, estabilidad regional y reconstrucción económica. La transición democrática aparece como un objetivo posterior y condicionado. Conviene decir, además, algo que la dirigencia política suele omitir: para la gran mayoría del pueblo venezolano la prioridad también es el estómago y la nevera.

La Casa Blanca presenta el acuerdo como parte de una estrategia de estabilización y transición. Lo anunciado el 31 de agosto concede a NABEP derechos sobre diecisiete campos y unos 65.000 millones de barriles de reservas probadas, con una inversión proyectada cercana a los 100.000 millones de dólares. Estados Unidos obtendría una participación de 35% en la matriz de la empresa, acceso al 20% de la producción a costo y derechos preferenciales sobre el resto.

Para Machado, rechazarlo frontalmente sería políticamente comprensible y estratégicamente peligroso. Trump podría interpretar una oposición absoluta como resistencia a un proyecto que considera central para la seguridad energética de su país. Y una vez que Washington ha decidido que Delcy Rodríguez constituye un interlocutor funcional, confrontar al presidente estadounidense podría terminar aislando precisamente a quien necesita conservar influencia sobre la transición futura.

La distinción que hay que hacer es entre inversión petrolera y legitimidad política. La alternativa inteligente no consiste en aprobar ni en condenar el acuerdo en bloque. Consiste en sostener una posición precisa: Venezuela necesita inversión, producción y capital estadounidense, y no necesita una operación económica que sustituya la soberanía popular ni determine por anticipado quién gobernará el país.

Ese planteamiento le permitiría convertir el problema en una oportunidad. Desde ahí puede exigir transparencia contractual, auditoría independiente, competencia, protección de los ingresos fiscales, reglas ambientales, participación de la industria estatal y rendición de cuentas. Y por encima de todo, garantías de que los recursos derivados del petróleo financiarán la reconstrucción nacional y no servirán para perpetuar una estructura política.

Hay además una dimensión ética que no conviene esquivar. Machado no debería sacrificar sus principios democráticos por conveniencia. Pero la ética política también exige evitar que el maximalismo termine perjudicando a una población devastada económicamente. Si la inversión genera empleo, producción, infraestructura y recursos fiscales, oponerse por el solo hecho de que participe un empresario cuestionado sería difícil de justificar ante los venezolanos.

Los escenarios son tres y conviene enunciarlos sin adornos.

El primero es la confrontación. Preserva la pureza política y arriesga la pérdida del apoyo de Trump.

El segundo es la aceptación. Otorga acceso al proceso económico y corre el riesgo de legitimar una arquitectura política sin elecciones.

El tercero, que me parece el más inteligente por sensato y moderado, es la cooperación condicionada. Reconocer la necesidad de la reconstrucción económica mientras se exige que la riqueza petrolera sea compatible con una transición democrática.

La clave está en que María Corina Machado emerja como garante político del acuerdo en términos de viabilidad de la transición. No como su adversaria ni como su avalista, sino como la condición que lo vuelve sostenible.

Su mensaje podría ser inequívoco. Presidente Trump, Venezuela necesita su inversión, su mercado, su apoyo y su liderazgo. Pero una Venezuela económicamente reconstruida solo será estable si también es políticamente legítima. Hagamos que ambas cosas ocurran juntas.

Queda un último punto. Machado debe regresar, y no de manera inmediata ni unilateral. Debe convertir el regreso en una operación política negociada y no en un gesto de desafío.

Su liderazgo supera cualquier individualidad. Es la garantía de un salto histórico hacia una refundación republicana moderna y liberal. Un reto de esa magnitud demanda prudencia, visión y aplomo.


Orlando Viera Blanco

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