Inciso
La alcabala no era el punto
Un punto fijo tiene una propiedad que nadie valoraba porque parecía obvia: se puede nombrar. Un patrullaje no.
INCISO
Se anunció el fin de las alcabalas policiales urbanas y su sustitución por patrullaje. Lo que se denunció durante años no era el lugar. Era lo que pasaba en el lugar.
El 24 de agosto de 2026, hacia el minuto ocho de su mensaje a la nación, la presidenta encargada Delcy Rodríguez anunció que en los próximos días se eliminarán las alcabalas policiales en las ciudades. En su lugar, dijo, se reforzará el mecanismo de patrullaje. Y agregó una justificación con la que es difícil discrepar: la seguridad debe garantizarse con mecanismos eficaces, profesionales y respetuosos de los derechos de las personas.
Cualquiera que haya manejado en Venezuela en los últimos veinte años entiende por qué esa frase se recibe con alivio. Vale la pena sostener el alivio unos minutos antes de celebrarlo.
Empiezo por una precisión que no es menor. El anuncio dice dos cosas que conviene leer despacio: dice «policiales» y dice «en las ciudades». Los puntos de control de las carreteras y autopistas del país, los que atraviesa quien viaja de un estado a otro, los del tramo largo, los que aparecen a las dos de la mañana en medio de la nada, no son en su mayoría policiales ni son urbanos. No fueron mencionados. Quien esperaba que este anuncio le cambiara el viaje entre Caracas y Barquisimeto, o entre Maracaibo y Valencia, debe volver a leer la frase.
Pero el fondo del asunto está en otra parte. Una alcabala no es una conducta: es un lugar. Lo que se denunció durante años en Venezuela no fue la existencia de un sitio donde un funcionario verifica documentos, porque eso existe en todos los países del mundo. Fue lo que ocurría en ese sitio. El cobro. La amenaza envuelta en amabilidad. El documento retenido hasta que aparece el billete. La falta inventada. La detención que se resuelve con dinero y no con derecho. El matraqueo no vive en el asfalto: vive en la relación entre un funcionario con poder discrecional y un ciudadano sin testigos. Mover el asfalto no toca esa relación.
Y hay algo más, que es lo que de verdad debería preocuparnos. Un punto fijo tiene una propiedad que nadie valoraba porque parecía obvia: se puede nombrar. Una denuncia necesita un dónde. «Me ocurrió en la alcabala de tal sector, el jueves, como a las tres de la tarde.» Con eso se puede establecer qué unidad estaba asignada, qué turno cubría, qué funcionarios firmaron la novedad. Es el punto de partida mínimo de cualquier investigación y también de cualquier registro que permita ver un patrón. Un patrullaje no tiene dónde. Ocurre en un lugar cualquiera, a una hora cualquiera, con una dotación que mañana está en otro municipio. La denuncia pierde su ancla y se queda en la palabra de uno contra la de otro.
Dicho sin adorno: la extorsión ejercida en un punto fijo es una práctica localizable. La misma extorsión ejercida desde un vehículo en movimiento es una práctica que no deja dirección. Eso no es una mejora. Es la misma conducta con menos rastro.
Conviene ponerle nombre a lo que puede salir de aquí, porque todavía no lo tiene: la alcabala itinerante. No es una figura retórica. Es la posibilidad concreta de que el dispositivo se disperse en lugar de desaparecer y de que, al dispersarse, gane algo que antes no tenía. Un conductor podía aprender dónde estaban las alcabalas. Podía evitarlas, tomar otra ruta, salir a otra hora, prepararse. Nadie puede aprender dónde estará un patrullaje. Para quien ejerce el abuso, esa imprevisibilidad no es un obstáculo: es una ventaja operativa.
Una medida contra el abuso en los controles no empieza moviendo el control. Empieza por cosas que se pueden verificar desde afuera: cámaras corporales cuya grabación quede bajo custodia de una instancia distinta del cuerpo policial; identificación visible y registrable del funcionario que interviene, sin excepción y sin discrecionalidad; un canal de denuncia que no dependa de la misma institución denunciada; publicación periódica del número de casos abiertos y de sanciones efectivamente aplicadas. Ninguna de esas cuatro cosas se anunció. Ninguna tiene fecha.
Un anuncio se aplaude cuando se sabe qué resuelve. Este todavía no lo dice. Puede que detrás haya un plan de depuración, un régimen disciplinario nuevo, un mecanismo de supervisión que simplemente no cabía en once minutos. Ojalá. Pero eso no se presume: se publica.
Mientras no se publique, lo que hay no es el fin de la alcabala.
Es su desaparición del mapa.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el martes 25 de agosto de 2026
Alfredo Yánez
9 libros que te cambian la perspectiva
Finanzas, emprendimiento, migración y más — disponibles en Amazon
VER LIBROS →Inciso
La alocución no dijo presos políticos
El 24 de agosto las familias llevaron a la calle una palabra. El mensaje a la nación de esa noche, de once minutos, no la pronunció ni una vez.
El 24 de agosto de 2026 las familias llevaron una palabra a la calle. El mensaje a la nación de esa noche, de once minutos, no la pronunció ni una sola vez.
El lunes 24 de agosto de 2026, a las once de la mañana, un grupo de familiares se concentró en la plaza Parque Carabobo, frente a la sede principal del Ministerio Público en Caracas. Vestían de blanco. Llevaban fotografías. La Alianza por la Libertad de los Presos Políticos entregó ese día un documento que reclama la libertad de 300 personas que, según su propio registro, continúan bajo custodia del Estado. Pidieron también la lista oficial de los excarcelados.
Horas más tarde, la presidenta encargada Delcy Rodríguez habló al país en un mensaje grabado de once minutos.
En esos once minutos, la expresión «presos políticos» no aparece una sola vez.
Aparece otra cosa. Aparece que 1.046 venezolanos han sido liberados, que 12.000 personas han recibido beneficios procesales y que todo ello es resultado del Programa de Convivencia Democrática y Paz.
Cada pieza de esa frase hace un trabajo. Conviene desarmarla.
Primero: la categoría
No son presos políticos. Son «venezolanos». No fueron excarcelados porque una detención se reconociera injusta: fueron «liberados» dentro de un programa de convivencia.
La palabra que las familias llevaron a la calle es exactamente la palabra que el Estado no pronunció esa noche. No es un descuido de redacción. Nombrar es reconocer. Si en Venezuela no hay presos políticos sino venezolanos beneficiados por un programa, entonces no existe una injusticia que reparar: existe una generosidad que administrar.
Segundo: el origen
El programa. No la mesa.
Rodríguez menciona en ese mismo tramo el primer acuerdo alcanzado con un sector de la oposición representado en la Asamblea Nacional de 2015, y precisa su contenido: la recuperación de recursos y activos del país y la renovación del Poder Judicial. Dos asuntos. Las liberaciones quedan fuera de esa enumeración.
Ese mismo lunes, en la rueda de prensa semanal del PSUV, el ministro de Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, fue explícito: «Jamás se han tocado esos temas dentro de la mesa».
Buena parte de la cobertura leyó ahí una contradicción entre Miraflores y el partido. No lo es. Es coordinación. Los dos dijeron el mismo día, con palabras distintas, exactamente lo mismo: la libertad de esas personas no es materia de negociación.
Tercero: la consecuencia
Ahí está el punto, y no es semántico.
Un compromiso adquirido en una mesa tiene contraparte, plazo, verificación y, sobre todo, incumplimiento posible. Una concesión no tiene nada de eso. Un compromiso se exige. Una concesión se espera.
Por eso la cifra pudo repetirse idéntica —1.046 el 15 de agosto de 2026 en la cuenta de X de Rodríguez, 1.046 el 24 de agosto en el mensaje a la nación— sin que nadie pueda reclamar que se rompió algo. No se rompió nada porque nunca se prometió nada.
Y por eso tampoco hay lista. Una lista convierte una cifra en una obligación con nombres y apellidos. La distancia entre lo anunciado y lo verificado ya tiene medida: el 14 de agosto de 2026 el Estado anunció 131 medidas de excarcelación y el Foro Penal confirmó primero 64 salidas y luego elevó su balance a 81. Esa brecha no es un rezago administrativo. Es el espacio donde vive la angustia de una familia que no sabe si el nombre de su hijo está escrito en un papel que nadie publica.
La alcabala que no se anunció
En la misma alocución, Rodríguez anunció que en los próximos días se eliminarán las alcabalas policiales en las ciudades, sustituidas por refuerzo del patrullaje. Buena parte del país lo va a agradecer, y con razones documentadas durante años.
Pero conviene ver la figura completa. Se levanta la alcabala de la calle y queda intacta la del expediente: la que decide quién sale, cuándo sale, con qué medidas cautelares y bajo qué condición de regreso. Esa no se anunció. Esa no tiene fecha. Esa sigue operando con la misma discrecionalidad de siempre, solo que ahora con vocabulario de reencuentro.
Mientras tanto, esa misma tarde, cuando la movilización avanzó desde el Ministerio Público hacia la sede del Ministerio de Interior, Justicia y Paz, funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana montaron un piquete en la avenida Universidad para impedirle el paso. Los manifestantes lo rompieron. En imágenes difundidas por Provea se observa a uniformados halando pancartas. Una mujer de la tercera edad fue empujada. Cinco familiares alcanzaron a entregar el documento.
El encuentro
La alocución cierra con una idea que vale la pena tomar en serio: que «Venezuela tiene que renacer» desde el encuentro entre venezolanos que piensan distinto.
Es una buena frase. Solo le falta una condición previa que ningún programa sustituye.
Para reencontrarse con alguien, primero hay que nombrarlo.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el martes 25 de agosto de 2026
Inciso
No es tiempo muerto
El primer ciclo de la mesa de Caracas cerró, y el siguiente está pautado para septiembre. En el medio hay un compás que muchos ya bautizaron como tiempo muerto, con ese tono de fastidio que se le pone a las esperas. Pero de muerto no tiene nada. Es, si acaso, el intervalo más vivo de todo el proceso, porque es el único en el que todavía no hay nada decidido y sí hay tiempo para influir en lo que se decida.
En el baloncesto, un tiempo muerto no es un descanso. Es lo contrario. El reloj se detiene, sí, pero adentro del corrillo pasa todo: el entrenador dibuja la próxima jugada, corrige lo que falló, decide quién entra y quién sale. Los que se sientan a mirar el marcador durante ese minuto son los que están en la tribuna. Los que van a jugar, se paran, escuchan y hablan.
Venezuela está en uno de esos minutos.
El primer ciclo de la mesa de Caracas cerró, y el siguiente está pautado para septiembre. En el medio hay un compás que muchos ya bautizaron como tiempo muerto, con ese tono de fastidio que se le pone a las esperas. Pero de muerto no tiene nada. Es, si acaso, el intervalo más vivo de todo el proceso, porque es el único en el que todavía no hay nada decidido y sí hay tiempo para influir en lo que se decida.
La tentación de la tribuna es comprensible. Después de veinte años y dieciocho diálogos fallidos, uno aprende a protegerse: que hagan ellos, que avisen cuando terminen, y ya veremos si aplaudimos o pateamos. Es una forma del cansancio, y el cansancio venezolano está más que ganado. Pero es también, con perdón, una forma de la comodidad. Porque delegar del todo tiene una ventaja secreta: si sale mal, la culpa fue de otro. Uno se reserva el derecho a la indignación futura a cambio de renunciar al trabajo presente.
Nosotros proponemos lo contrario, y lo proponemos sin ingenuidad.
Este es el momento de ir al detalle. De confiar y desconfiar a la vez —que no son actitudes opuestas, sino las dos manos con las que se sostiene cualquier proceso serio—. Se confía lo suficiente para participar; se desconfía lo suficiente para revisar. Quien solo confía, firma en blanco. Quien solo desconfía, se queda afuera gritando. El criterio vive en la tensión entre las dos cosas, y esa tensión hay que aguantarla despiertos.
Es el momento, también, de hacerse mil preguntas. Pero no las preguntas retóricas que se lanzan al aire para lucir escepticismo, sino las que tienen respuesta si uno se molesta en buscarla. ¿Cuántos días exige la ley para designar un árbitro electoral? ¿En qué orden manda la Constitución reformar y nombrar? ¿Cuál de las dos asambleas es la que menciona el artículo que ordena designar magistrados? ¿Qué pasa con los actos de un poder que se considera usurpado? Ninguna de esas preguntas es un misterio metafísico. Todas están en un texto que se puede leer. Y hacérselas antes de que las respuestas se conviertan en Gaceta Oficial es la diferencia entre un ciudadano y un espectador.
Porque ahí está el punto que de verdad importa. La reinstitucionalización de un país no se recibe por correo. No es un paquete que llega armado, con su cronograma y su lazo, para que uno lo acepte o lo devuelva. Se construye entre muchos, o no se sostiene. Un sistema de justicia que se rehace a espaldas de la gente que va a ser juzgada por él nace sin legitimidad, por impecable que sea su redacción. Un árbitro electoral designado en una sesión sin testigos es un árbitro que empieza debiéndole una explicación al país. La participación no es un adorno democrático: es el pegamento que evita que todo esto haya que rehacerlo dentro de cinco años.
No se trata de que ellos hagan y nosotros acatemos. Se trata de que todos hagamos, revisemos y acordemos. Y para eso hace falta una cosa nada romántica: estudiar. Leer el borrador antes de que sea ley. Comparar lo que se propone con lo que la norma exige. Señalar lo que falta. Proponer de vuelta, aunque nadie nos haya pedido la propuesta. Un país que solo espera el resultado se queda con el resultado que le den. Uno que participa en el proceso se gana el derecho a reclamarlo.
Por eso esta semana publicamos dos especiales, Quién cuenta y Quién juzga, que abren pieza por pieza —con la Constitución y las leyes en la mano— el Poder Electoral y el sistema de justicia que ahora mismo se renegocian en dos mesas técnicas. No los hicimos para que usted tenga una opinión más rápida. Los hicimos para que tenga una mejor fundada. Son, si se quiere, la libreta que uno lleva al tiempo muerto: lo que hay que mirar, escrito antes de que ocurra, para que después nadie pueda decir que la vara se movió.
Que quede claro lo que no estamos diciendo. No pedimos romper el proceso ni boicotearlo; sería irresponsable, y sería regalarle el partido al que juega a que nos cansemos. Tampoco pedimos entusiasmo automático, que es la otra forma de la pereza. Pedimos algo más incómodo y más barato: que la gente que tiene algo que aportar —juristas, gremios, académicos, ciudadanos que se leyeron la ley— lo aporte ahora, en voz alta, mientras todavía se puede escribir distinto.
El reloj está detenido. No el nuestro.
Un tiempo muerto se gana o se pierde según lo que uno haga con él. Si lo pasamos mirando el marcador, volveremos a la cancha exactamente igual de perdidos que salimos. Si lo pasamos parados, escuchando y hablando, quizá entremos con una jugada. No hay garantía de que funcione. La hay, y total, de que sin ella no funciona.
Así que no lo llamemos tiempo muerto. Llamémoslo por lo que es: el rato que tenemos para no dejar que la cosa se muera de abandono. Es poco. Es ahora. Y es nuestro.
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS.
Esta columna expresa la opinión de su autor.
Inciso
La justicia no se decreta
Un país no recupera su justicia el día que nombra jueces nuevos. La recupera el día que deja de poder quitarlos sin explicación.
ESPECIAL INCÍSOS · QUIÉN JUZGA
La justicia no se decreta
La justicia no empieza en una sentencia: empieza en las reglas que nombran y gobiernan a los jueces.
ESPECIAL INCÍSOS · QUIÉN JUZGA
Un país no recupera su justicia el día que nombra jueces nuevos. La recupera el día que deja de poder quitarlos sin explicación.
Hay una tentación comprensible en lo que ocurrió el 12 de agosto de 2026, y conviene nombrarla antes de que endurezca. La tentación de creer que un sistema de justicia se repara cambiando a las personas que lo ocupan.
Es comprensible porque las personas tienen nombre, rostro y expediente. Una estructura no. Es más fácil indignarse con un magistrado que con un artículo de ley, y es infinitamente más fácil celebrar treinta y dos nombramientos que una modificación en el régimen de designación de jueces de instancia. Lo primero se televisa. Lo segundo aparece en una Gaceta que casi nadie abre.
Pero el problema venezolano nunca fue solamente quiénes juzgan. Fue que el mismo cuerpo que juzga administra a quienes juzgan por debajo. Que un juez de circuito puede ser removido con una firma. Que un comité que la Constitución colocó en el Poder Judicial vive, cobra y sesiona en la Asamblea Nacional desde hace dieciséis años. Que la vía de acceso más exigente al máximo tribunal, la del profesor titular con quince años de cátedra, fue desactivada por una sentencia dictada en el año 2000, cuando la Constitución tenía menos de un año de vigencia.
Nada de eso lo hizo un magistrado. Lo hizo una arquitectura, y la arquitectura sobrevive a sus inquilinos.
Hay un hombre que lleva veintidós años diciendo esto en Venezuela sin que casi nadie lo escuchara. Presentó un recurso de nulidad contra la norma que trasladó el comité de postulaciones a la Asamblea, y lo presentó el 15 de diciembre de 2015. Informó por escrito a la Asamblea recién electa en enero de 2016. Volvió a escribirlo en 2021, en 2022, en enero de este año, en junio, en agosto. Escribe todavía, cada pocos días, el mismo argumento con una paciencia que solo se explica por la convicción de que la repetición es una forma de honestidad.
No lo menciono para elogiar a nadie. Lo menciono porque su caso ilustra algo incómodo: en Venezuela el diagnóstico jurídico estaba disponible desde hace dos décadas, publicado, fechado y firmado. Lo que faltó no fue análisis. Faltó voluntad de aplicarlo cuando aplicarlo costaba algo.
Ahora, por primera vez en veinte años de mesas y comunicados, hay un documento firmado que pone la reforma de la ley antes del nombramiento de los magistrados. Ese orden no es un detalle de redacción. Es la diferencia entre corregir el mecanismo y volver a operarlo. Quien haya seguido las dieciocho negociaciones anteriores sabe cuán poco frecuente es que el orden correcto quede escrito.
Y sin embargo. Un documento firmado no es una ley promulgada. Un cronograma anunciado no es un cronograma cumplido. Entre el 12 de agosto de 2026 y la publicación de un proyecto de reforma en Gaceta Oficial hay una distancia que se ha vuelto a recorrer muchas veces en este país, casi siempre en la dirección contraria.
Por eso la única postura razonable para quien informa no es el entusiasmo ni el descreimiento. Es la lista. Escribir qué tendría que aparecer, escribirlo antes de que aparezca, y después comparar. Si el proyecto modifica los artículos 64 y 65. Si el comité se integra sin diputados en ejercicio. Si el baremo exige constancias de ejercicio privado de la abogacía y no años transcurridos desde el grado. Si hay cronograma público de concursos para los tribunales de instancia. Si la remoción de un juez pasa a requerir procedimiento.
Seis puntos. No hace falta ser abogado para revisarlos. Hace falta que estén escritos antes, para que después nadie pueda decir que la vara se movió.
Un país no recupera su justicia el día que nombra jueces nuevos. La recupera el día que deja de poder quitarlos sin explicación. Ese día, si llega, no tendrá acto protocolar ni fotografía en un hotel de Caracas. Vendrá en una Gaceta Oficial, en letra pequeña, y habrá que estar leyendo.
Fuentes principales: Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Comunicado conjunto de las delegaciones, 12 de agosto de 2026.
-
Entrevistas3 meses agoZair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»
-
Política2 meses agoDelcy Rodríguez enfrenta a la prensa internacional: la rueda de prensa que no cerró la brecha
-
Política3 meses agoEl economista, los bonos y Citgo
-
Política3 meses agoRoberto Smith Perera: «La reconstrucción no puede esperar a la elección»
-
Especiales2 meses agoMedia vuelta… mar.
-
Inciso4 meses agoLa paciencia de Washington
-
Política1 mes agoEl semáforo de las estructuras: qué significa cada color tras el terremoto
-
Inciso5 días agoMárquez sabe qué pasó el 28 de julio
