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Política

El terremoto abre dos caminos y el país aún no sabe cuál tomará

Una catástrofe de esta escala puede ser dos cosas muy distintas. El inicio de una reconstrucción nacional real, hecha con criterio de país y no de partido. O una nueva plataforma para la épica de la «eficiencia revolucionaria» y la concentración de poder. El estado de emergencia que se anuncia será la primera señal de cuál camino se elige.

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ESPECIAL INCÍSOS · EL PAÍS QUE TEMBLÓ

Una catástrofe de esta escala puede ser dos cosas muy distintas. El inicio de una reconstrucción nacional real, hecha con criterio de país y no de partido. O una nueva plataforma para la épica de la «eficiencia revolucionaria» y la concentración de poder. El estado de emergencia que se anuncia será la primera señal de cuál camino se elige.

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Ficha 6W

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Qué El terremoto coloca a Venezuela ante una bifurcación entre reconstrucción real y politización de la desgracia.
Quién El gobierno de Delcy Rodríguez, la sociedad civil y los actores de la transición.
Cuándo A partir del 24 de junio de 2026 y en las semanas decisivas de la respuesta.
Dónde En todo el país, en las decisiones sobre cómo se gestiona la emergencia.
Por qué La forma de gestionar la catástrofe definirá si fortalece al país o solo al relato del poder.
Cómo A través de decisiones como el estado de emergencia y la concentración de la autoridad de respuesta.

Una catástrofe es siempre una bifurcación

Los desastres naturales tienen una cualidad incómoda: revelan y deciden. Revelan el estado real de un país —lo que sus hospitales pueden, lo que su Estado tiene, lo que su sociedad aguanta— y deciden un rumbo, porque obligan a tomar decisiones que en tiempos normales se postergan. Venezuela está, desde la tarde del 24 de junio, en uno de esos puntos de bifurcación. Y conviene nombrarlo con claridad, porque de cómo se transite depende mucho más que la respuesta inmediata.

El primer camino es el de la reconstrucción real. Un país que aprovecha la tragedia —sin buscarla jamás— para hacer lo que debió hacer antes: levantar hospitales de verdad, reforzar estructuras, modernizar la gestión de riesgo, invertir donde se había desinvertido. Una reconstrucción pensada como proyecto de nación, por encima de los colores políticos, donde la pregunta sea qué necesita la gente y no qué conviene al relato. Es el camino difícil, el que exige humildad para reconocer el deterioro y generosidad para construir más allá del propio mandato.

El segundo camino es el de la politización de la desgracia. La tragedia convertida en escenario para la épica: el despliegue como espectáculo, la solidaridad como propaganda, la reconstrucción como mérito partidista. El relato de la «eficiencia revolucionaria» agitado sobre los escombros, donde cada bolsa de comida lleva el sello del poder y cada rescate se cuenta como hazaña ideológica. Es el camino conocido, el que ya se transitó otras veces en la historia reciente del país, y el más cómodo para un gobierno que necesita legitimidad.

La primera señal: el estado de emergencia

¿Cómo saber, desde temprano, hacia cuál de los dos caminos se inclina la respuesta? Hay señales que conviene leer con atención, y la primera es la arquitectura de poder que se monta para gestionar la emergencia. En su mensaje a la nación, la presidenta encargada Delcy Rodríguez anunció la activación de un Estado Mayor de contingencia, la declaratoria del estado de emergencia y el cierre del aeropuerto internacional de Maiquetía por daños estructurales.

Conviene citar con precisión lo que dijo, porque el detalle importa. Rodríguez anunció: «He designado como autoridad única en este estado mayor para la contingencia al mayor general de la Guardia Nacional Bolivariana», el mayor general Sulbarán, y agregó que se declaraba el estado de emergencia «tal como lo contempla nuestra Constitución». Es decir, la «autoridad única» que anunció no es una autoridad única sobre el país: es el mando operativo de un Estado Mayor creado para coordinar el rescate, integrado además por varios vicepresidentes sectoriales. Leído así, es lo que cualquier manual de emergencias recomienda: un mando claro para que alguien dirija sin ambigüedad en el caos. Y eso, en sí mismo, es buena gestión, no motivo de alarma.

Un estado de emergencia es, igualmente, una herramienta legítima y a menudo necesaria ante una catástrofe: agiliza decisiones, moviliza recursos y permite una respuesta que la burocracia normal haría lenta. INCÍSOS no va a fabricar un fantasma donde hay, de momento, una medida razonable. El problema no está en designar un mando para el rescate ni en decretar la emergencia. El problema, si aparece, estará en otra parte: en el alcance que se le dé a esos poderes, en cuánto tiempo se sostengan más allá de la urgencia real, en qué controles los acompañen, y —sobre todo— en el relato con que se envuelvan.

Aquí está la advertencia, dicha con cabeza fría y sin presumir intenciones. Este es un gobierno que ya gobernó buena parte de 2026 bajo un estado de conmoción que suspendió garantías, y cuyo discurso insiste en una Venezuela «más fuerte» que «se sobrepone a las agresiones», con una épica de resiliencia siempre lista. En la misma alocución del terremoto, junto a las medidas sensatas, asomó ya el envoltorio: el llamado repetido a la «unión nacional», la activación del «poder popular organizado» y los consejos comunales como protagonistas de la respuesta, y la afirmación —en la transmisión oficial— de que el gobierno tiene «alta experiencia» en la solución de problemas comunitarios. Nada de eso es ilegítimo en sí. Pero es el lenguaje con el que una gestión de emergencia empieza a convertirse en relato de gesta, y conviene registrarlo desde el primer minuto.

Porque ahí, y no en el organigrama del rescate, se juega la bifurcación. Un mando único para coordinar la contingencia es sensato. La emergencia decretada conforme a la Constitución es legítima. Lo que habrá que vigilar es si esa estructura se desmonta cuando pase la urgencia o se queda; si la reconstrucción se mide en hospitales reparados o en actos de propaganda; si la «unidad nacional» sirve para salvar vidas o para silenciar preguntas. La diferencia entre las dos no estará en el decreto, sino en lo que se haga con él en las semanas que vienen.

Lo que distingue un camino del otro

Hay criterios concretos para distinguir la reconstrucción real de la politización, y conviene tenerlos a mano para evaluar lo que viene. La reconstrucción real publica cifras, aunque duelan; la politización las administra. La reconstrucción real acepta y agradece la ayuda venga de donde venga; la politización la filtra según convenga al relato. La reconstrucción real reparte sin preguntar afiliación; la politización condiciona. La reconstrucción real rinde cuentas; la politización exhibe logros. La reconstrucción real fortalece instituciones; la politización fortalece liderazgos.

La sociedad venezolana ya dio, esa misma tarde, una lección sobre el primer camino: en Altamira, vecinos y voluntarios salieron a la calle con linternas y agua a apoyar a los rescatistas, sin esperar instrucción ni reconocimiento. Esa solidaridad espontánea, que no agita banderas, es el material del que está hecha la reconstrucción verdadera. La pregunta es si el Estado estará a la altura de su propia gente o si intentará apropiarse de ese impulso para su relato.

Por qué INCÍSOS mantendrá vivo este punto

Para el venezolano, dentro y fuera, esta es la pregunta que importa más allá del día uno. La emergencia inmediata pasará —los escombros se removerán, los heridos se atenderán como se pueda— pero la decisión de fondo se jugará en las semanas siguientes, cuando se decida cómo se reconstruye y para quién. Ahí estará la verdadera medida de esta transición.

INCÍSOS no va a soltar este hilo. Seguiremos el alcance del estado de emergencia, el destino de los recursos, el manejo de la ayuda internacional y el tono del relato oficial, contrastando cada anuncio con lo que efectivamente ocurra sobre el terreno. Porque la historia reciente enseña que el momento más peligroso para un país no es siempre el del desastre, sino el de la reconstrucción: ahí se decide si la tragedia se convierte en oportunidad de país o en capital de poder. Venezuela está, de nuevo, ante esa elección. Y esta vez vale la pena no apartar la mirada.

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Política

La agenda de la semana en Columbus

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Miércoles 24 de junio

México cierra su grupo en el Mundial. La selección mexicana juega contra Chequia a las 9:00 de la noche, hora de Columbus, en el cierre de su fase de grupos. El Tri llega con dos victorias y es favorito. Varios locales del centro y el área lo transmiten con ambiente latino.

Día soleado. Máxima cercana a los 82°F (28°C), buen momento para los pendientes al aire libre antes de la lluvia del fin de semana.

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Jueves 25 y viernes 26 de junio

El Mundial sigue. La fase de grupos continúa con partidos cada día; conviene revisar la programación para no perderse las selecciones de la región. Es buena semana para reunir a la familia en torno al fútbol.

Atención al clima. La probabilidad de lluvia empieza a subir hacia el viernes. Quien tenga trámites o salidas al aire libre, mejor adelantarlos a los primeros días de la semana.

Fin de semana: 27 y 28 de junio

Tiempo de comunidad. El fin de semana es la ocasión para las jornadas de salud, los mercados y los eventos comunitarios que suelen programarse en sábado. Conviene confirmar fechas y horarios por los canales de cada organización antes de salir.

Para tener a mano. Para orientación y recursos, la línea de atención a familias de Community Refugee and Immigration Services (CRIS) es el 614-583-8739.

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Política

Venezuela admite una deuda de 240.000 millones y rompe todos los cálculos

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Una cifra que supera todas las previsiones

El número impresiona incluso a un mercado acostumbrado a las malas noticias venezolanas. Según reveló el Financial Times, Venezuela está cerca de reconocer una deuda total cercana a los 240.000 millones de dólares, una cifra que supera ampliamente los 150.000 a 200.000 millones que los analistas venían estimando. Si se confirma, encaminaría al país a la mayor reestructuración de deuda soberana jamás registrada, por encima incluso del histórico default de Grecia en 2012.

El dato no surge de la nada. En mayo, el gobierno de Delcy Rodríguez anunció el inicio formal de un proceso «integral y ordenado» para reestructurar la deuda externa de la República y de la petrolera estatal PDVSA. Lo que ahora se conoce es la dimensión real de esa deuda, y es mayor de lo que casi todos suponían. Venezuela dejó de pagar su deuda externa en 2017 y es uno de los mayores casos de default soberano del mundo, con bonos en circulación de la República y de PDVSA por unos 60.000 millones de dólares.

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De qué está hecha esa montaña

La deuda venezolana no son solo bonos. Es una acumulación de obligaciones de distinta naturaleza: bonos soberanos y de PDVSA en default, préstamos bilaterales —se estima que cerca de una décima parte corresponde a créditos de China—, intereses acumulados durante años de impago, laudos arbitrales por expropiaciones de la era Chávez y juicios internacionales pendientes. Sumar todo eso es lo que lleva la cifra hacia los 240.000 millones.

Para dimensionar el peso, conviene compararlo con el tamaño de la economía. Venezuela prevé publicar un marco macroeconómico que estimaría su PIB en torno a los 100.000 millones de dólares, lo que situaría la relación deuda/PIB por encima del 200%. Es decir, el país debe más del doble de lo que produce en un año. Pocas economías en la historia han enfrentado una reestructuración con semejante desproporción.

Los mercados reaccionan, pero con cautela

La noticia movió los precios. Tras la publicación del Financial Times, los bonos soberanos venezolanos y los de PDVSA subieron alrededor de un centavo por dólar, continuando un repunte que arrancó con la captura de Maduro en enero y la apuesta de los inversionistas por una eventual reestructuración. Hay apetito: los fondos que compraron deuda venezolana a precios de remate ven ahora una posibilidad de recuperar valor.

Pero el escepticismo domina. El banco central reportó ingresos petroleros de apenas 5.500 millones de dólares en el primer trimestre, una leve mejora respecto al final del gobierno de Maduro pero todavía lejos de los niveles previos a las sanciones. Sin petróleo suficiente que respalde los pagos, pocos creen que el acuerdo se cierre en 2026; la mayoría ya mira hacia 2027. Además, el Departamento del Tesoro de EE.UU. mantiene restricciones: autorizó servicios de asesoría —Venezuela contrató a la firma Centerview Partners— pero aún prohíbe negociaciones directas con acreedores y la participación de entidades de Rusia, Irán, China, Corea del Norte y Cuba.

Por qué esta deuda le importa al venezolano

Para el venezolano, dentro y fuera del país, esta cifra no es una abstracción financiera. La deuda condiciona todo el futuro económico. Cada dólar comprometido con acreedores es un dólar que no va a salud, electricidad, educación o infraestructura. El gobierno presenta la reestructuración como una vía para «liberar al país de la carga de la deuda» y «garantizar un alivio sustancial», pero el resultado real dependerá de cuánto se logre renegociar y en qué condiciones.

Y hay un trasfondo que el lector debe tener presente. El tamaño de la deuda, la falta de transparencia histórica sobre el manejo de los fondos públicos y los antecedentes de corrupción en torno a PDVSA son precisamente los obstáculos que complican recuperar la credibilidad ante los inversionistas. La reestructuración no será solo una negociación de cifras: será una prueba de si la Venezuela en transición puede ofrecer la transparencia que su pasado reciente no dio. De esa prueba depende, en buena medida, el ritmo de su recuperación.

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Política

El dólar oficial sigue subiendo y ya nadie lo contiene

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La escalada que no se detiene

El dato se repite cada día con un número mayor. Para el miércoles 24 de junio, el Banco Central de Venezuela fijó la tasa oficial del dólar en 621,52 bolívares, por encima de los 617,63 del día anterior. No es un salto aislado: es la continuación de una escalada sostenida que llevó al dólar oficial de unos 558 bolívares a comienzos de junio hasta superar los 621 en cuestión de semanas.

Lo relevante no es solo el número, sino lo que indica. Durante meses, el BCV mantuvo la tasa oficial deliberadamente rezagada respecto al precio real al que vendía divisas. Esa contención se rompió: la tasa oficial alcanzó a la de intervención y ahora sube con ella, sin el freno artificial de antes. El banco dejó de fingir un bolívar más fuerte del que su propia política sostenía.

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Por qué cedió la contención

Sostener artificialmente el bolívar tiene un costo, y se paga en divisas. Cada vez que el Estado inyecta dólares al mercado para frenar el alza, gasta reservas que no son infinitas. La intervención cambiaria habría superado los 5.500 millones de dólares en lo que va del año, según estimaciones del sector. A ese ritmo, mantener la ficción de una tasa baja se volvió insostenible, sobre todo cuando los ingresos petroleros, aunque mejoraron, siguen siendo modestos.

A eso se sumaron los cupos a la compra de divisas que el BCV impuso a comienzos de junio —límites mensuales y anuales para personas— que, según advirtieron economistas, en lugar de calmar el mercado empujan a más gente hacia el dólar paralelo. El resultado es una tasa oficial que corre detrás del mercado en vez de marcarle el ritmo.

El golpe llega a la canasta básica

Para el venezolano de a pie, esta escalada tiene una consecuencia inmediata y dolorosa. La tasa oficial del BCV es la referencia legal para fijar precios, calcular impuestos y marcar productos. Cuando sube, los precios suben detrás. El ajuste cambiario que el banco dejó de contener se traslada directo a la canasta básica, a los servicios y al costo de vida.

Es el mecanismo más cruel de la devaluación: el salario en bolívares pierde poder de compra a la velocidad a la que sube el dólar, pero los sueldos no se ajustan al mismo ritmo. Cada alza diaria de la tasa oficial es, para una familia que cobra en moneda nacional, un poco menos de comida en la mesa. El bolívar acumula una depreciación pronunciada en el año, y la subida de la tasa oficial no la frena: la oficializa.

Lo que esto dice de la economía en transición

Para el venezolano en la diáspora que envía remesas o sigue la economía del país, la lectura de fondo es importante. El relato oficial habla de recuperación, apertura y reconexión con los mercados. Pero la realidad cambiaria muestra otra cara: un bolívar que se deprecia, un banco central que gastó miles de millones para contener lo incontenible y un ajuste que finalmente recae sobre el bolsillo de la gente.

La estabilización macroeconómica —el control de la inflación y del tipo de cambio— es una de las condiciones que el propio sector privado señala como indispensable para atraer inversión. La escalada del dólar oficial recuerda que esa estabilidad todavía no llegó, por más que las cifras de deuda se renegocien y las delegaciones empresariales recorran el mundo. La economía real, la que se mide en el mercado y en el supermercado, va a su propio ritmo. Y ese ritmo, por ahora, es de alza.

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