Política
Colombia parte en dos: De la Espriella y Cepeda van a segunda vuelta
Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda disputarán el balotaje del 21 de junio. Colombia eligió, pero no resolvió: el país queda partido casi por mitad.
Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda disputarán el balotaje del 21 de junio. Colombia eligió, pero no resolvió: el país queda partido casi por mitad.

Colombia votó este domingo y, en rigor, no eligió: eligió volver a votar. Con casi la totalidad de las mesas escrutadas, ningún candidato alcanzó el 50% más uno que exige la ley para ganar en primera vuelta. El resultado manda a Abelardo de la Espriella, de la derecha, y a Iván Cepeda, del oficialista Pacto Histórico, a un balotaje el próximo 21 de junio.
Los números cuentan una historia de país dividido casi por la mitad. De la Espriella encabezó con alrededor del 43,8% (más de diez millones de votos); Cepeda lo siguió de cerca con cerca del 40,9% (unos nueve millones y medio). La candidata Paloma Valencia, del uribismo, quedó muy atrás, por debajo del 7%. La distancia entre los dos primeros —algo más de medio millón de votos— es real pero estrecha: nada está decidido.
Hay un dato que conviene subrayar, porque mide la temperatura del momento: tanto De la Espriella como Cepeda superaron, cada uno por separado, la votación con que Gustavo Petro ganó la primera vuelta de 2022. La participación creció en más de dos millones de sufragios respecto a aquel año. Colombia no está desmovilizada; está intensamente partida.
Lo que está en juego para la región
Para el lector venezolano en Estados Unidos, el desenlace colombiano no es asunto ajeno. Colombia comparte con Venezuela la frontera más sensible del continente, es el principal país de acogida de la diáspora venezolana y un actor decisivo en cualquier escenario de transición en Caracas. Que Bogotá se incline hacia una derecha dura o mantenga la línea del petrismo cambia el tablero regional justo cuando Venezuela atraviesa su propia redefinición y Petro encara el final de su mandato.
Qué falta
La aritmética del balotaje es la pregunta abierta: ¿hacia dónde van los votos que no fueron ni de De la Espriella ni de Cepeda? El uribismo de Valencia, el voto de Fajardo y el centro disperso se vuelven, de golpe, el fiel de la balanza. En tres semanas Colombia decidirá de verdad. Por ahora, lo que tiene es dos finalistas y un país dividido en dos mitades casi exactas. La elección, como casi todo en este sexto mes, quedó conjugada en futuro.
Alfredo Yánez
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JetBlue–Caracas: qué falta realmente para que la ruta despegue
JetBlue anunció vuelos Fort Lauderdale–Caracas para fin de 2026. Avión, posibles precios, licencias y permisos pendientes: lo que implica la ruta.
JetBlue anunció vuelos Fort Lauderdale–Caracas para fin de 2026. Avión, posibles precios, licencias y permisos pendientes: lo que implica la ruta.

El anuncio llegó el 28 de mayo y se movió rápido por los grupos de WhatsApp de la diáspora: JetBlue quiere volar a Caracas. La aerolínea de bajo costo con sede en Nueva York comunicó su intención de operar una ruta directa entre Fort Lauderdale y el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar antes de que termine 2026, con boletos a la venta «en los próximos meses». De concretarse, sería la primera vez que JetBlue toca suelo venezolano y la convertiría en la segunda aerolínea estadounidense en reconectar a ambos países, después del regreso de American Airlines el 30 de abril.
Conviene leer el verbo con cuidado. JetBlue no anunció una ruta: anunció una intención. La propia compañía aclaró que el servicio «está sujeto a la aprobación del gobierno y a la finalización de los trámites necesarios para operar en Venezuela». Entre el comunicado y el primer despegue hay una distancia que se mide en licencias, permisos bilaterales y verificaciones de seguridad. Vale la pena recorrer esa distancia con datos.
La aeronave
JetBlue operaría la ruta con un Airbus A320, el caballo de batalla de su flota de fuselaje estrecho. La compañía adelantó que el servicio a Caracas incluiría Wi-Fi gratuito (Fly-Fi), entretenimiento en cada asiento y refrigerios y bebidas sin costo. Es la misma configuración con la que la aerolínea opera buena parte de su red caribeña y latinoamericana desde Fort Lauderdale.
El contraste con American Airlines es relevante. American no vuela a Caracas con su propia flota mayor: la ruta Miami–Caracas la opera su filial regional Envoy Air con un Embraer 175, un birreactor regional de menor capacidad. El A320 de JetBlue es un avión más grande, con cabina de pasillo único de mayor aforo. En la práctica, eso significa más asientos por frecuencia y, potencialmente, una estructura de costos por silla que el modelo de bajo costo está diseñado para exprimir.
Las rutas y el aeropuerto
El trazado anunciado es FLL–CCS, sin escalas. Fort Lauderdale funciona como la puerta de entrada de JetBlue al Caribe y América Latina; Caracas se sumaría como uno de los cerca de veinte destinos latinoamericanos y caribeños que la aerolínea opera desde esa terminal. La duración de un vuelo directo Florida–Caracas ronda las tres horas y veinte minutos a tres horas y media, según la referencia de la operación de American entre Miami y Caracas.
Del lado venezolano, la infraestructura no es el obstáculo. Maiquetía cuenta con una pista principal (10/28) de 3.500 metros, habilitada para aterrizaje y despegue en ambos sentidos, diseñada en su momento tomando como patrón al Boeing 747-400. Un A320 está holgadamente dentro de esa capacidad: el aeropuerto ha recibido aeronaves de fuselaje ancho durante décadas, incluido el Concorde en su época. A mayo de 2026, según el Ministerio de Transporte venezolano, doce aerolíneas internacionales operan desde Maiquetía. La pista no necesita acondicionamiento para recibir a JetBlue; lo que falta es de naturaleza administrativa y diplomática, no de asfalto.
Lo que falta: licencias y permisos
Aquí está el verdadero cuello de botella. La reapertura aérea entre EE.UU. y Venezuela no descansa en un levantamiento general de sanciones, sino en autorizaciones específicas. La pieza clave para la aviación es la Licencia General 30B de la OFAC, que autoriza las transacciones ordinariamente incidentales y necesarias para la operación y el uso de puertos y aeropuertos en Venezuela, incluso cuando intervengan el Gobierno venezolano o el Instituto Nacional de los Espacios Acuáticos. Esa licencia cubre tasas aeroportuarias, servicios de tierra, combustible y pagos asociados que de otro modo chocarían con el régimen de sanciones.
A eso se suma el plano bilateral: el Departamento de Transporte de EE.UU. (DOT) autorizó en 2026 el restablecimiento gradual de las operaciones tras casi siete años de suspensión, y cada aerolínea requiere su propio permiso de ruta y la verificación de seguridad correspondiente. Del lado venezolano, el Instituto Nacional de Aeronáutica Civil (INAC) debe habilitar slots, frecuencias y permisos de aterrizaje. El propio comunicado de JetBlue condiciona el inicio a «la aprobación del gobierno» —en plural práctico, los dos gobiernos— y a la conclusión de trámites.
Todo esto se inscribe en el plan de tres fases que la administración Trump, con seguimiento del secretario de Estado Marco Rubio, ha planteado para Venezuela: estabilización, recuperación económica y transición política. La reactivación aérea es parte del segundo eje. Su continuidad depende, por tanto, de variables que ninguna aerolínea controla: el rumbo de las sanciones y el de la relación bilateral.
Las opciones —y los precios— para los venezolanos
Para la diáspora, la pregunta no es técnica sino doméstica: ¿podré pagarlo? La experiencia reciente con American Airlines obliga a la cautela. En sus primeras fechas, los boletos de ida y vuelta entre Miami y Caracas superaron los 2.700 dólares; ya en mayo las tarifas moderaron hacia un rango de entre 1.000 y 1.800 dólares, con tarifas puntuales de ida desde algo más de 300 dólares en fechas específicas. Como referencia incómoda: volar a Bogotá en fechas comparables se mantenía alrededor de los 300 dólares ida y vuelta. La ruta a Caracas arrancó cara porque arrancó con oferta escasa y demanda contenida durante siete años.
El argumento a favor del pasajero es estructural: JetBlue es una aerolínea de bajo costo, y entra a un mercado hoy dominado por dos frecuencias diarias de un solo operador. Más capacidad por avión y un competidor adicional presionan, en teoría, hacia la baja. La teoría, sin embargo, supone que las aprobaciones lleguen, que las frecuencias se sostengan y que el contexto de sanciones no se revierta. Ninguna de esas condiciones está garantizada al momento de publicar.
Para el venezolano que sopesa un viaje a fin de año, el panorama es este: existirá, previsiblemente, una segunda alternativa estadounidense a Caracas, operada con un avión más grande y un modelo de tarifas más agresivo. Pero «existirá» sigue conjugado en futuro. Entre el anuncio y el embarque median las licencias de la OFAC, los permisos del DOT y del INAC, y un esquema de relaciones bilaterales cuya estabilidad es, por ahora, el verdadero precio del boleto.
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Política
Rumbo a noviembre: el Senado se ve rojo, la Cámara es la incógnita
El 3 de noviembre EE.UU. renueva el Congreso. El mapa favorece al GOP en el Senado, pero la Cámara está en disputa. Qué se vislumbra y por qué importa.
El 3 de noviembre EE.UU. renueva el Congreso. El mapa favorece al GOP en el Senado, pero la Cámara está en disputa. Qué se vislumbra y por qué importa.

Faltan cinco meses para el 3 de noviembre, y conviene decirlo con todas las letras: las urnas de las midterms todavía no son urnas. Son encuestas, primarias y pronósticos. Pero el tablero ya tiene forma, y vale la pena leerlo sin entusiasmos prematuros de ningún lado.
Empecemos por lo más firme. En el Senado, los republicanos parten con ventaja de mapa. De los 35 escaños en juego, 22 son hoy republicanos —lo que parecería un riesgo, pero en la práctica muchos están en estados sólidamente rojos—. Los demócratas necesitan recuperar al menos cuatro asientos para dar vuelta la cámara alta, hoy en manos republicanas 53-47. Es una tarea cuesta arriba. Por eso, a esta altura, el consenso de los pronósticos ve el Senado más probablemente rojo que azul, aunque carreras como Georgia, Alaska y New Hampshire mantienen la puerta entreabierta.
La Cámara de Representantes es otra historia. Ahí los republicanos defienden una mayoría estrechísima —de apenas un puñado de escaños— y la historia juega en su contra: el partido del presidente suele perder bancas en las elecciones de medio término. A eso se suma un dato incómodo para el oficialismo: el malestar por la política económica y arancelaria ha pesado en el ánimo, y los demócratas han rendido por encima de lo esperado en comicios especiales recientes. La Cámara es, hoy, la verdadera incógnita de noviembre.
El factor Trump en las primarias
Hay una variable que distingue a estas midterms: el presidente no solo respalda candidatos, también ataca a los suyos. Trump ha apoyado a retadores en primarias contra republicanos que considera «poco leales», lo que ha producido contiendas internas de alto voltaje —el caso Cornyn-Paxton en Texas es el más visible— y la posibilidad de sorpresas que reordenen el mapa republicano antes incluso de llegar a la elección general. En paralelo, nueve senadores anunciaron su retiro, entre ellos el veterano Mitch McConnell, lo que abre escaños y reacomoda equilibrios.
La apuesta de la Casa Blanca, según operadores del propio partido, es clara: convertir las midterms en una extensión de la energía de la campaña de 2024, con Trump como motor de movilización. Es una estrategia de doble filo, porque la misma figura que moviliza a la base también activa a la oposición.
Qué falta
La pregunta de fondo no se responde con encuestas de mayo. Falta que se resuelvan las primarias —donde el respaldo o el veto de Trump puede cambiar candidatos—, falta ver si el descontento económico se traduce en voto de castigo, y falta saber si la base trumpista se moviliza sin el nombre del presidente en la boleta. Lo que hoy puede decirse, con prudencia, es esto: el Senado se inclina hacia los republicanos, la Cámara está genuinamente en juego, y noviembre dirá si los dos años finales de Trump tienen contrapeso o vía libre. Por ahora, como todo en este mes, está conjugado en futuro.
Política
«Until We’re All Free»: el Pride de Columbus llega, y la familia latina también
El Pride más grande del Medio Oeste vuelve a Columbus en junio. Fechas, eventos y qué significa para las familias latinas LGBTQ+ de Ohio central.
El Pride más grande del Medio Oeste vuelve a Columbus en junio. Fechas, eventos y qué significa para las familias latinas LGBTQ+ de Ohio central.

Hace más de cuatro décadas, menos de doscientas personas marcharon por el centro de Columbus en la primera demostración de orgullo de la ciudad. Este junio, Stonewall Columbus espera a más de 700.000. El Pride de Columbus es hoy el más grande del Medio Oeste, y arranca su mes grande este mismo lunes.
El tema de 2026 es «Until We’re All Free» —hasta que todos seamos libres—, una consigna que, según los organizadores, llama a la responsabilidad compartida de sostenerse «a través de identidades, generaciones y movimientos». El artista, historiador y líder comunitario LuSter Singleton fue designado Patrón del Pride de este año, en reconocimiento a décadas de trabajo en la vida LGBTQ+ de Ohio central.
El calendario
El mes abre hoy, 1 de junio, con la iluminación del City Hall al anochecer. El plato fuerte llega el fin de semana del 19 y 20: el Festival y Feria de Recursos en Goodale Park (viernes 19 de 4 a 10 p.m.; sábado 20 de 11 a.m. a 8 p.m.), gratuito y abierto al público. La Marcha del Orgullo —Columbus prefiere «marcha» a «desfile», en honor a las raíces de protesta del movimiento— sale el sábado 20 a las 10:30 a.m. desde Broad & High y sube por High Street hasta Goodale Park, con más de 200 grupos.
A lo largo del mes hay eventos en los suburbios de Ohio central: Delaware, Westerville, Worthington, Canal Winchester, Hilliard, Gahanna y Bexley, entre otros, suman sus propias celebraciones. El Pride de Columbus no es un día: es un mes y una región.
Por qué importa para la familia latina
Para la comunidad latina de Columbus, el Pride toca un punto que rara vez se nombra en voz alta. En muchas familias hispanas, la conversación sobre identidad de género u orientación sexual sigue atravesada por el silencio, la fe y el peso de «el qué dirán». Un festival gratuito, familiar y a plena luz del día ofrece algo concreto: un espacio donde una madre puede acompañar a su hijo o hija sin tener que elegir entre su cultura y su afecto.
No es un detalle menor que esto ocurra en Ohio, un estado que en años recientes ha sido escenario de batallas legislativas en torno a derechos LGBTQ+. El tema «Until We’re All Free» no es solo un lema festivo; es, también, una afirmación política en un terreno que no da las cosas por sentadas.
Qué hacer con esto
Si vives en Columbus, las fechas están arriba y los eventos son gratuitos. Si tu familia está navegando estas conversaciones, el área de recursos del festival reúne organizaciones que ofrecen acompañamiento en español y servicios comunitarios. Y si solo quieres ver a tu ciudad en su versión más diversa, basta con pararse en High Street el sábado 20 por la mañana. Lo demás —la conversación, el abrazo, el acompañamiento— sucede después, en casa, que es donde de verdad importa.
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