Inciso
La doble tutela
Washington exige a la oposición venezolana que negocie con el rodrigato. Al rodrigato le exige que entregue presos políticos, exiliados y desarme paramilitar. Es la postal de la doble tutela. La que ejercen los padres cuando obligan a dos hijos peleados a darse la mano antes del almuerzo, sin que ni
Washington exige a la oposición venezolana que negocie con el rodrigato. Al rodrigato le exige que entregue presos políticos, exiliados y desarme paramilitar. Es la postal de la doble tutela. La que ejercen los padres cuando obligan a dos hijos peleados a darse la mano antes del almuerzo, sin que ninguno crea del todo en la reconciliación. Como en toda casa, la pregunta queda flotando: ¿qué pasa cuando los padres se van? El Inciso firmado del sábado 30 de mayo.
Por Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe de INCÍSOS
Las casas tienen su pedagogía. Cuando dos hermanos se pelean, alguien adulto los sienta frente a frente, les dice que se den la mano y los obliga a almorzar en la misma mesa. Ninguno de los dos cree del todo en la reconciliación. Los dos saben que el gesto es para los padres, no para ellos. Pero el almuerzo ocurre. Y el almuerzo, con los años, termina siendo lo que pasó. La pelea se convierte en recuerdo. La reconciliación de mentira se convierte en convivencia de verdad.
A veces.
Veintiocho años después del primer arranque opositor venezolano que reconstruimos en el Especial Arqueología del viernes 29 de mayo, lo que ocurre en mayo de 2026 entre Caracas, Ciudad de Panamá y Washington tiene una forma que conviene nombrar con precisión: es la doble tutela.
La administración Trump, a través del secretario Marco Rubio, le exigió a un lado que negocie. A la oposición venezolana, encabezada por María Corina Machado y respaldada por la Plataforma Unitaria y la Alianza ConVzla, le pidieron que se siente a la mesa. Que reconozca el Plan de Tres Fases como marco estratégico. Que diseñe una ruta de transición ordenada, no insurreccional, no maximalista. Que firme un Manifiesto que reconozca al rodrigato como contraparte interlocutora, no solo como régimen ilegítimo. La oposición lo hizo. El Manifiesto de Panamá se firmó el jueves 28 de mayo.
Al otro lado, Washington le exige al rodrigato que ceda. Que libere a los presos políticos civiles y militares. Que permita el retorno seguro de los exiliados. Que desmantele el aparato represivo y los grupos armados ilegales. Que acepte un nuevo Consejo Nacional Electoral con personalidades independientes. Que se siente con Machado, a quien hace cuatro meses calificó de prófuga.
Los dos lados saben que el otro no actúa por convicción propia. Los dos lados saben que el otro está sentado en la mesa porque Washington puso la silla. Y los dos lados saben que Washington ha hecho lo más difícil en cualquier mediación de familia: dejar la silla puesta sin decir cuánto tiempo se va a quedar a vigilar.
Ahí aparece la pregunta incómoda. ¿Qué pasa si Washington se levanta antes de que el almuerzo termine?
La historia opositora venezolana que reconstruimos en el Especial Arqueología tiene una constante. Cada vez que el actor externo se retiró, el proceso se diluyó. La Coordinadora Democrática de 2002 perdió tracción cuando el Centro Carter cerró la mesa y el Grupo de los Amigos se desbandó. El interinato de 2019 sobrevivió mientras la primera administración Trump lo sostuvo y dejó de existir cuando dejó de sostenerlo. La negociación con la administración Biden en Doha entregó Barbados como gesto y nunca completó la ruta. Cuando los padres se van, los hermanos vuelven a la pelea.
Esto no es crítica al Plan Rubio. Es lectura de archivo.
Y el archivo dice tres cosas operativas.
La primera. La doble tutela funciona mientras el tutor sostiene presencia activa. No solo política. Operativa. Calendarios, plazos verificables, costos concretos para quien no cumple. El Manifiesto reconoce el Plan Rubio como marco estratégico pero también registra, en silencio, que el plan no tiene fechas de cierre por fase. Esa omisión no es del Manifiesto. Es del plan.
La segunda. Cuando la tutela es asimétrica —cuando un tutor empuja más a un lado que al otro—, el proceso pierde legitimidad doméstica. La oposición venezolana entró a la mesa porque Washington empujó. El rodrigato no ha entrado todavía. Si Washington empuja al rodrigato solo después de noviembre, cuando las elecciones de medio término ya hayan pasado, la simetría se rompe. Y el lado que entró por presión externa termina siendo, paradójicamente, el lado más débil.
La tercera. Los procesos tutelados solo terminan bien cuando los tutelados aprenden a sostener la mesa sin el tutor. Es lo que los padres llaman, en su pedagogía casera, «que ya no me necesiten». La oposición venezolana puede aprender eso. El rodrigato también. Pero ninguno de los dos lo va a aprender si el tutor no enseña a soltar.
La doble tutela, en este momento, es lo que hay. Y es mejor lo que hay que el silencio anterior. Pero no conviene confundirse: lo que en mayo de 2026 parece reconciliación es, todavía, reconciliación de comedor. Funciona hasta el postre. La sobremesa empieza después.
Vale la pena estar preparados.
Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe de INCÍSOS · Sábado 30 de mayo de 2026.
Fuentes principales
- INCÍSOS, Especial Arqueología de la unidad opositora venezolana, edición del 29 de mayo de 2026.
- INCÍSOS, «El Manifiesto de Panamá pone a Machado al frente de la negociación», pieza del 29 de mayo de 2026.
- INCÍSOS, «Las fuerzas democráticas cierran filas detrás del Manifiesto de Panamá», pieza del 30 de mayo de 2026.
- INCÍSOS, «El rodrigato deja la respuesta al Manifiesto en silencio operativo», pieza del 30 de mayo de 2026.
- Manifiesto de Panamá, texto íntegro suscrito por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, Ciudad de Panamá, mayo de 2026.
- Plan de Tres Fases del Gobierno de Estados Unidos para Venezuela, anunciado por el secretario de Estado Marco Rubio el 7 de enero de 2026 ante el Congreso.
Alfredo Yánez
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La procesión por dentro
Llamar “show” al regreso de María Corina Machado evita responder por la ciudadanía que salió a recibirla. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Dicen que fue un show. Que dejen el show.
Lo dicen mientras caminan en cámara lenta para un video. Mientras cuidan el encuadre, administran el gesto y ensayan la serenidad. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello escogieron la misma palabra para descalificar el regreso de María Corina Machado. «Show». Una palabra cómoda: les permite hablar de la dirigente sin hacerse cargo de la gente.
Porque ahí está lo que les cuesta admitir.
El 25 de octubre hubo un escenario itinerante, impresionante, construido a lo largo de una carretera por ciudadanos que salieron a recibirla. Una manifestación de esperanza colectiva. Cada tramo añadía personas, voces, manos. Y algo que ningún aparato de propaganda puede producir por decreto: la voluntad de estar allí.
Reducir aquello a un espectáculo es despreciar a quienes participaron. Suponer que no tienen razones, memoria ni criterio. Que alguien los coloca, los mueve, los utiliza. Que el ciudadano solo adquiere dignidad política cuando aplaude al poder.
Ese desprecio tiene historia.
Durante años, el chavismo ha pretendido reservarse la representación del pueblo. Lo invoca, lo interpreta, habla en su nombre. Pero cuando ese mismo pueblo aparece por su cuenta, cuando ocupa la calle alrededor de un liderazgo que el poder no controla, lo rebaja a una escenografía.
Ellos deciden cuándo una multitud es pueblo y cuándo es un show.
Justo ellos. Los herederos de una política que convirtió el gobierno en una transmisión permanente. Los expertos en musicalizar la crisis, en bailar mientras tantas familias lloraban, en hacer de la humillación ajena un segmento de televisión.
Ahora les incomoda la puesta en escena.
Cabe preguntarse cuánto de esa descalificación intenta ocultar una inquietud más profunda. Quienes hoy detentan el poder administran una provisionalidad condicionada por Washington. Conservar el despacho, la escolta y la cadena de televisión no equivale a disponer libremente del futuro.
La cámara lenta puede alargar una caminata. No vuelve permanente un encargo.
Y el regreso de Machado introduce una presencia que no pueden resolver con un comunicado ni borrar con una burla. Hay una fuerza política y ciudadana que exige contar en las decisiones sobre Venezuela. Puede discutirse su estrategia, cuestionarse sus propuestas, exigirle respuestas. Eso es política. Despachar a sus seguidores como figurantes revela la dificultad de reconocerlos como ciudadanos.
Tampoco conviene confundir la emoción de una jornada con una transición consumada. La esperanza necesita organización, garantías, instituciones y votos que se cuenten. Ninguna multitud, por impresionante que sea, sustituye ese trabajo.
Pero ninguna negociación debería pretender sustituir a la gente.
Ese es el peso de lo ocurrido: recordar que el país tiene voz propia, que no cabe entero en una mesa y que no está obligado a esperar en silencio mientras otros deciden cuándo podrá elegir.
Pueden seguir llamándolo show.
El problema que tienen es que la gente salió del papel que le habían asignado.
Inciso
La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
Inciso
El calendario no elige a los jueces
Una fecha permite exigir que el proceso avance. Un criterio público permite preguntar hacia dónde.
La fecha tiene una virtud: obliga a mirar el reloj. Después de tantas promesas sin día, saber cuándo comienza una postulación y cuándo se prevé entregar una lista permite formular preguntas precisas. ¿Se abrió el proceso? ¿Se recibieron los expedientes? ¿Se cumplió la etapa anunciada? El calendario convierte una intención en algo que puede ser observado.
Pero el reloj no responde quién merece administrar justicia. Esa respuesta necesita otra clase de precisión: qué se exige, cómo se comprueba y por qué una credencial vale más que otra. El procedimiento puede avanzar puntualmente y dejar intacta la duda sobre la calidad de su resultado.
Un aspirante no se vuelve independiente porque llegue a tiempo. Tampoco una hoja de vida se vuelve intachable por acumular páginas. Entre el documento y la decisión hay un juicio que debe poder explicarse. Allí está la importancia del baremo: no como una palabra técnica para especialistas, sino como una regla que permita seguir la comparación.
La sociedad necesita saber qué contará como mérito, qué impedirá avanzar y cómo podrá objetar una candidatura. Necesita, además, reconocer el uso de esas reglas cuando aparezca la lista final. Una tabla publicada y luego ignorada sería apenas otra forma de cumplir con la apariencia.
La expectativa de un tribunal distinto merece algo más sólido que la satisfacción de tachar casillas. Merece expedientes examinables, respuestas a las objeciones y decisiones cuyos argumentos sobrevivan a la pregunta más sencilla: ¿por qué esta persona?
Celebrar que haya calendario es razonable. Vigilar qué ocurre dentro de él es indispensable. La credibilidad del nuevo tribunal comenzará a construirse antes de que sus integrantes ocupen una sala: en la manera de escogerlos, en lo que se permita conocer y en lo que sus responsables estén dispuestos a explicar.
El calendario puede decirnos cuándo termina una selección. La confianza dependerá de que podamos entender cómo se hizo.
Fuentes y documentos
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