Inciso
Pónganle la firma
Columna del editor sobre la apertura petrolera venezolana: por qué la ausencia de contratos firmados dice más que cualquier cifra de producción.
Hay una manera rápida de saber si algo está ocurriendo de verdad en la industria petrolera, y no tiene nada que ver con los anuncios. Se pregunta cuántos contratos se firmaron.
La respuesta, seis meses después de la reunión en la Casa Blanca, es cero.
No es una interpretación mía. Memorandos de entendimiento hay. Cartas de intención hay. Visitas técnicas, licencias, comunicados y fotografías, todo eso hay. Firmas vinculantes que comprometan capital, taladros y empleo, no hay ninguna. Y ninguna de las empresas que se sentaron a esa mesa en enero ha desplegado personal ni maquinaria en el terreno.
Cero es un número aburrido. También es el único que no admite matices.
Durante meses se ha instalado un relato según el cual Venezuela estaría vendiendo más crudo que nunca y las refinerías del golfo estarían recibiendo cargamentos venezolanos como en los viejos tiempos. Que se muevan barriles es cierto y es una buena noticia; no pienso restarle importancia a que un buque zarpe.
Pero un barril embarcado hoy no es una inversión. Es inventario.
Vender lo que ya está extraído no repara un pozo, no rehabilita una refinería, no reemplaza un taladro de treinta años ni recupera un campo apagado. Lo primero se hace con logística y con licencias. Lo segundo se hace con contratos a veinte años y con alguien dispuesto a poner dinero que no verá de vuelta en una década.
Confundir las dos cosas es el error más caro que se puede cometer en este expediente. Y se está cometiendo con entusiasmo.
El plan de tres fases —estabilización, recuperación, transición— no es improvisado. Fue presentado ante el Congreso el 7 de enero y ampliado el 28 del mismo mes, con solapamiento anunciado entre fases desde el principio. Tiene arquitectura, tiene lógica y tiene autor.
Lo que no tiene es fechas de cierre.
Y esa ausencia no es un detalle de forma. Una fase sin fecha de término no es una fase: es un estado. Puede durar seis meses o cuatro años y en ambos casos se puede decir, con toda honestidad técnica, que el plan avanza. Nadie miente. Simplemente nadie puede demostrar lo contrario.
Un plan con dirección pero sin calendario es una brújula sin mapa. Sirve para saber hacia dónde se camina. No sirve para saber si se llegó.
Reconozco lo que sí está pasando, porque sería deshonesto no hacerlo. La mesa de Caracas está trabajando en lo político y en lo institucional. Se acordó un mecanismo de cuatro pasos para renovar el máximo tribunal. Se abrió una vía para los activos depositados en Londres. Se produjeron excarcelaciones. Nada de eso es humo.
Pero todo eso ocurre en un solo carril. Y este país necesita dos.
Mientras un equipo discute magistrados y comités de postulaciones, alguien tiene que estar discutiendo apertura, exploración, explotación, refinación, transporte, comercialización y arbitrajes. Ese segundo trabajo no es consecuencia del primero: es paralelo. Y hasta donde se puede verificar públicamente, va mucho más lento.
La recuperación económica es la segunda fase del plan. Si no hay contratos, no hay inversión. Si no hay inversión, la segunda fase no se cumple. Y si la segunda fase no se cumple, la tercera —la que a todos nos interesa, la que se llama transición— se corre sola, sin que nadie tenga que anunciarlo.
Lo más incómodo de este asunto es que el obstáculo principal no es político. Es jurídico, y es viejo.
Venezuela arrastra una deuda externa que supera los ciento cincuenta mil millones de dólares. Y una parte considerable de sus acreedores son exactamente las mismas empresas a las que hoy se les pide que vuelvan. Dos de ellas reclaman cerca de catorce mil millones por expropiaciones de hace dos décadas.
Póngase usted en el lugar de un comité de inversión. Le proponen poner mil millones de dólares en un país donde el producto de esa inversión puede ser embargado en un tribunal extranjero por una demanda que no es suya. La respuesta no es no. La respuesta es todavía no, y esa es peor, porque no obliga a nadie a resolver nada.
Se intentó neutralizarlo declarando los ingresos petroleros activos soberanos bajo custodia del Tesoro estadounidense. Funciona como blindaje. Y a la vez deja algo dicho que conviene no pasar por alto: el Estado venezolano perdió, por ahora, la libre disposición de su renta principal.
De ahí que mi conclusión no sea un reclamo político sino uno técnico, y espero que se lea así.
Hace falta más gente, y de otro tipo, trabajando en esto. Especialistas en industria petrolera que sepan qué cuesta rehabilitar un campo maduro y en cuánto tiempo. Abogados de derecho internacional que sepan desmontar la maraña de arbitrajes, sentencias y embargos que hoy hace impagable cualquier riesgo. Negociadores fiscales capaces de discutir regalías del treinta por ciento e impuestos del cincuenta sin convertir la conversación en una consigna.
No es un problema de voluntad. Es un problema de oficio. Y el oficio se contrata.
Mientras tanto conviene medir con el instrumento correcto. No cuántos buques salieron, sino cuántas firmas hay. No cuántos comunicados se emitieron, sino cuántas fechas de cierre se comprometieron. No cuántas fases se anunciaron, sino cuántas se cerraron.
Un país no se levanta con anuncios. Se levanta cuando alguien firma un papel que lo obliga a algo durante veinte años, y después cumple.
Venezuela lleva demasiado tiempo escuchando la música y esperando que empiece el baile. Pero el ritmo todavía no llega a la calle. Y sin ritmo no hay danza, por más que la orquesta esté afinando desde enero.
Que empiecen a firmar. Después bailamos.
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS.
Esta columna expresa la opinión de su autor y no constituye asesoría financiera ni de inversión.
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La república de los rehenes
«Usaron a mi familia como rehén». Cuatro noticias de una misma semana muestran el método que sostuvo al chavismo, y lo que falta para desmontarlo.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Una magistrada que firma con su familia presa. Estadounidenses encarcelados para negociar. Militares juzgados por militares. Una Nobel que no puede aterrizar. En una sola semana, Venezuela mostró el método que la sostuvo durante años. Una transición no termina cuando se liberan los rehenes, sino cuando el sistema deja de necesitarlos.
«Usaron a mi familia como rehén». La frase es de Bárbara César Siero, que fue vicepresidenta de la Sala Político Administrativa del Tribunal Supremo de Justicia. La hizo pública el 6 de octubre de 2026 para explicar por qué firmó las inhabilitaciones de María Corina Machado y de otros dirigentes en diciembre de 2023: la contrainteligencia militar tenía detenidos a dos de sus hermanos y a su cuñada.
Rehén. Es una palabra que los venezolanos conocemos demasiado bien. La usamos para hablar de un preso político, de un familiar que no puede salir del país, de un pasaporte que no se renueva. Pero pocas veces se ve el mecanismo con tanta claridad como en estos días. Basta poner juntas cuatro noticias de una misma semana.
Cuatro rehenes
La magistrada. Según su relato, el 15 de diciembre de 2023 se llevaron a su familia y el 22 de diciembre ella firmó, con una asistente esperando en su despacho a que terminara. Un tribunal acaba de condenar a sus familiares. No hace falta absolverla para entender lo que describe: una firma conseguida con una vida ajena como garantía. Y, como recuerda Ángel Alberto Bellorín, esa Sala tenía la obligación constitucional de anular esas inhabilitaciones, no de confirmarlas.
Los estadounidenses. La Fiscalía de Nueva York prepara, según CNN, cargos contra Nicolás Maduro y Cilia Flores por la tortura de más de una docena de ciudadanos estadounidenses presos en Venezuela. Durante años, esos presos fueron fichas de intercambio: se encarcelaba para luego canjear.
Los militares. La CIDH acaba de exigir la liberación de 196 militares y policías presos por razones políticas, según Justicia, Encuentro y Perdón. Seis han muerto bajo custodia. Los juzgan tribunales militares y los custodian los mismos organismos de inteligencia que los arrestaron. Entre ellos, los hermanos de la magistrada.
La Nobel. María Corina Machado cumplió 59 años el 7 de octubre fuera de su país. Su equipo cuenta siete intentos fallidos de regreso. Washington niega haberla bloqueado; Países Bajos no explica por qué Curazao le negó el aterrizaje; Caracas dice que puede volver cuando quiera. Y ella sigue afuera.
El rehén no es un daño colateral
Lo que une las cuatro historias no es la crueldad, que la hubo. Es el método. El rehén no fue un exceso del sistema: fue una de sus herramientas de gobierno. Sirvió para conseguir firmas, para negociar con Washington, para disciplinar cuarteles y para mantener a raya a la oposición. Un sistema así no necesita convencer a nadie. Le basta con tener algo que el otro no puede perder.
Por eso conviene leer con cuidado las buenas noticias. Las excarcelaciones de los últimos meses son reales y cada una es una familia que respira. Pero mientras los militares sigan en tribunales militares, mientras la custodia siga en manos de la DGCIM y del Sebin, y mientras quien firmó bajo coacción no tenga a dónde denunciarlo dentro del país, el mecanismo sigue intacto. Se pueden soltar rehenes sin desmontar la fábrica.
También el calendario
Hay un rehén más, menos visible: el voto. La mesa de diálogo vuelve a reunirse a mediados de octubre. Ha acordado cosas importantes, como el comité para renovar el TSJ o el desbloqueo de portales. Pero la fecha de las elecciones no está en la agenda. Washington habla de un plan en tres fases donde el comercio va primero; su subsecretario de Comercio estuvo en Caracas el 7 de octubre. Mientras no haya fecha, los venezolanos, adentro y afuera, también esperan a que otros decidan por ellos.
Desde Columbus, como desde Madrid, Miami o Bogotá, cualquiera que tenga un familiar preso o una casa a la que no puede volver sabe de qué hablo. La diáspora también fue, a su manera, una forma de rehén: millones que no pueden votar, que no pueden regresar sin miedo, que mandan dinero para sostener a los que se quedaron.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que se acabe la república de los rehenes faltan cuatro cosas concretas. Que salgan los presos que el sistema todavía usa como fichas, empezando por los militares. Que sus causas pasen a tribunales ordinarios. Que el nuevo TSJ revise lo que se firmó bajo coacción. Y que haya una fecha para votar, porque sin calendario el país entero sigue esperando un permiso.
Una república no se mide por cuántos rehenes libera. Se mide por cuántos deja de necesitar.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Infobae y El Estímulo, 7 de octubre de 2026 (Bárbara César Siero); CNN, 7 de octubre de 2026 (cargos por tortura); CIDH, 6 de octubre de 2026; Infobae y EFE, 7 de octubre de 2026 (Machado y Rubio); Infobae, 26 de septiembre de 2026 (diálogo).
Inciso
Al amparo de Dios
«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.
«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.
Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.
El amparo que se cerró
El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.
En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.
El amparo que se quedó
Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.
Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.
El amparo de la fe
Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.
No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.
Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.
Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: .
Inciso
Al amparo de Dios
«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.
«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.
Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.
El amparo que se cerró
El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.
En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.
El amparo que se quedó
Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.
Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.
El amparo de la fe
Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.
No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.
Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.
Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.
Alfredo Yánez Mondragón
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