El voto colombiano en EE.UU. eligió a la derecha por goleada
La elección colombiana se definió por menos de un punto, pero entre los colombianos en EE.UU. no hubo duda: De la Espriella arrasó. Qué dice ese voto de la diáspora latina.
La segunda vuelta colombiana se decidió por menos de un punto porcentual. Pero el voto de los colombianos en Estados Unidos no fue cerrado: respaldó al candidato de derecha de forma abrumadora. Esa asimetría dice algo sobre la diáspora latina.
| Qué | Abelardo de la Espriella ganó la presidencia de Colombia; en el voto exterior de EE.UU. obtuvo una ventaja muy superior a la nacional. |
| Quién | Abelardo de la Espriella (Defensores de la Patria), Iván Cepeda (Pacto Histórico) y los más de 450.000 colombianos habilitados en EE.UU. |
| Cuándo | Segunda vuelta del domingo 21 de junio de 2026; primera vuelta el 31 de mayo. |
| Dónde | Colombia y los consulados en Miami, Houston, Nueva York y Washington, entre otros. |
| Por qué | El perfil socioeconómico de la diáspora y su relación con el sistema estadounidense inclinan su voto hacia la derecha. |
| Cómo | A través del voto consular, que se contabilizó junto al escrutinio nacional. |
Fuentes principales: Registraduría Nacional del Estado Civil (preconteo); La Nación, Semana, El Colombiano, Primicias (21 de junio de 2026); declaraciones de Yann Basset (Universidad del Rosario).
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La vuelta cambia el problema, no lo resuelve
El regreso de María Corina Machado a Venezuela eleva las expectativas y abre una nueva fase de disputa política. Pero popularidad no equivale a capacidad efectiva de negociación, organización o cambio institucional.
Por Orlando Viera Blanco
El regreso de María Corina Machado a Venezuela cambia el problema, pero no lo resuelve. Hay una diferencia sustantiva entre la dirigente que estaba en el extranjero y la que vuelve ahora al territorio: afuera era víctima de un sistema que la expulsó y, al mismo tiempo, voz de una diáspora que encontró en ella una referencia. Dentro del país le corresponde asumir un reto distinto: pasar de la resistencia y la presión internacional a una ofensiva política por el poder.
Eso no significa que haya llegado al epicentro de las decisiones. La transición avanza con centros de gravedad que no controla plenamente: Washington, el gobierno encargado que ejerce Delcy Rodríguez, los sectores institucionales y la mesa de Caracas. Su retorno le devuelve presencia y capacidad de iniciativa, pero no le entrega por sí solo una silla desde la cual decidir el rumbo del proceso.
Desde el exterior, su instrumento principal era la presión internacional. Podía sostener conversaciones, activar respaldos, fijar posiciones ante gobiernos y organismos y mantener el caso venezolano en la agenda. Desde Venezuela puede intentar combinar esa presión con organización política, movilización ciudadana y negociación directa. Esa combinación es más poderosa, pero también mucho más exigente.
El retorno la expone a las autoridades, a eventuales restricciones de actividad y a una responsabilidad inevitable frente a una población que espera resultados. Aumentan las expectativas y también el costo de no cumplirlas. El liderazgo que desde lejos podía ser visto como símbolo deberá medirse ahora por su capacidad de producir respuestas, ordenar fuerzas y sostener una estrategia en condiciones mucho más complejas.
El dilema es especialmente relevante porque el proceso de transición ha seguido avanzando sin que ella controle sus decisiones centrales. Su regreso le permite intentar recuperar espacio, pero no garantiza que Washington, Delcy Rodríguez, los sectores institucionales o incluso algunos aliados acepten su estrategia. Es posible imaginar escenarios en los que desde Washington se privilegien primero elecciones regionales o se postergue una elección presidencial. Que Machado esté en Venezuela no elimina esas tensiones; las vuelve más visibles y más urgentes.
La pregunta esencial, por tanto, no es si su popularidad subirá de inmediato. La pregunta es si puede transformar el capital político que conserva en capacidad efectiva de negociación, organización y cambio institucional. Si logra hacerlo, el regreso fortalecerá su liderazgo. Si no lo consigue, la distancia entre la expectativa y los resultados puede erosionar su credibilidad.
Hay, además, un terreno que exige especial cuidado: la agenda económica y la ansiedad de una población que quiere mejorar su calidad de vida. Para una mayoría que vive bajo presión cotidiana, la narrativa de «elecciones ya» no puede presentarse como si fuera la única prioridad. La nevera, el empleo, los servicios y la posibilidad de recomponer la vida material forman parte de la política. Ignorarlo sería renunciar a comprender el tamaño real del país que se pretende conducir.
Por eso conviene separar variables. Un eventual aumento de popularidad no equivale automáticamente a una apertura democrática. Del mismo modo, un desgaste temporal no demostraría que Machado ha perdido relevancia política. Popularidad, apertura institucional, poder de negociación y capacidad de imponer agenda son planos distintos. Habrá que observarlos por separado.
La consolidación o el desgaste de este nuevo momento dependerán de su capacidad de adaptación, de la calidad de sus respuestas y de la posibilidad de imponer prioridades en un proceso que ya tiene actores, intereses y ritmos propios. Vuelve a un país que la espera, pero también a una transición que no se detuvo mientras ella estaba fuera.
En todo caso, bienvenida a tu país. Mucho juicio y Dios te bendiga.
Orlando Viera Blanco
Incisos
Vuelta a la patria: la escena cambia; las reglas siguen pendientes
La edición dominical: el retorno de María Corina Machado, el calendario del TSJ, la mesa, la calle, el petróleo y las preguntas que siguen abiertas.
INCÍSOS Contexto, análisis y criterio para entender lo que pasa. Edición del domingo · 25 de octubre de 2026 | ||||||
Análisis · La semana en Venezuela Vuelta a la patria: la escena cambia; las reglas siguen pendientesEsta semana cambió la escena: María Corina Machado regresó a Venezuela y se presentó en una iglesia de Barquisimeto, estado Lara; la oposición volvió a la calle, la mesa firmó acuerdos para revisar leyes, Dinorah Figuera llegó a Miraflores y el acuerdo petrolero volvió a ser presentado como una ruta de recuperación. Pero moverse no es lo mismo que cambiar. Una reunión no sustituye la representación de la calle; un acuerdo no es todavía una garantía; una inspección petrolera no prueba por sí sola cuánto llegará al país. Y una fecha no define cómo se medirá a los aspirantes a magistrados ni resuelve qué ocurre con las leyes aprobadas por una Constituyente que la Constitución no reconoce. La política puede moverse sin que cambien las reglas. Esa es la pregunta que atraviesa esta edición. Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe | ||||||
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Seis claves para entender la semana
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El cierre El 28 de octubre comienzan las postulaciones al TSJ. La vuelta a la patria cambia la escena política, pero no sustituye esa prueba: ese día empezará a verse si el movimiento de la semana trae criterios públicos o solo una sucesión de fechas. La calle, la mesa, Miraflores y el petróleo dejan preguntas distintas; todas terminan en la misma exigencia: reglas que puedan comprobarse. Nos leemos el próximo domingo. Mientras tanto, informarse sigue siendo una decisión. | ||||||
| INCÍSOS · Columbus, Ohio · incisos.com · Archivo de ediciones |
Inciso
La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
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