Economía
El petróleo sigue cediendo y el surtidor hispano empieza a notarlo
El crudo se mantiene a la baja rumbo a la firma del acuerdo con Irán el viernes. El alivio en el surtidor avanza, aunque será gradual. Qué esperar esta semana.
Con el acuerdo entre EE.UU. e Irán camino a firmarse el viernes en Ginebra, el crudo se estabiliza a la baja. Qué esperar en la gasolina esta semana y por qué el alivio, aunque real, será gradual.
| 6W | |
|---|---|
| Qué | El precio del petróleo se mantiene a la baja a la espera de la firma del acuerdo. |
| Quién | Los consumidores estadounidenses y las familias hispanas. |
| Cuándo | En la semana del 15 de junio; la firma será el viernes 19. |
| Dónde | En los mercados globales y el surtidor de EE.UU. |
| Por qué | La desescalada con Irán retira la prima de riesgo del precio. |
| Cómo | A través de la traslación gradual del crudo más barato al combustible. |
La buena noticia económica para el bolsillo hispano sigue su curso. Tras el desplome del crudo de cerca del 13% que siguió al anuncio del acuerdo entre Estados Unidos e Irán, el precio se mantiene a la baja a la espera de la firma formal, prevista para el viernes 19 de junio en Ginebra. Para las familias que llenan el tanque cada semana, el efecto empieza a sentirse, aunque conviene entender su ritmo.
Dónde está el precio
El acuerdo, que contempla la reapertura del estrecho de Ormuz, retiró del precio buena parte de la prima de riesgo que la guerra había añadido. El barril de referencia se estabilizó en torno a niveles muy inferiores a los del pico bélico. «Que fluya el petróleo», resumió Trump al autorizar la reapertura del paso por donde circulaba cerca del 20% de la energía mundial.
Para el consumidor, la traducción es directa: el «premio de guerra» de hasta 30 dólares por barril, que funcionaba como un impuesto invisible, se está desinflando. Y eso debería seguir reflejándose en el surtidor en los próximos días y semanas.
Por qué el alivio es gradual
Conviene, eso sí, administrar las expectativas. El precio del crudo tarda semanas en trasladarse del todo a la gasolina, de modo que el alivio llega por etapas, no de golpe. Además, analistas advierten que la reapertura de Ormuz será probablemente parcial al principio, por el daño que la guerra causó a la infraestructura del Golfo y por los inventarios agotados.
Es decir: la dirección es claramente a la baja, pero la velocidad dependerá de que el acuerdo se firme el viernes y, sobre todo, se cumpla. Una tregua que se rompiera devolvería la prima de riesgo al precio. Por ahora, los indicios apuntan a desescalada.
Consejos para esta semana
Mientras el alivio se materializa, las herramientas de siempre ayudan a estirar cada dólar. Comparar precios con aplicaciones como AAA o GasBuddy permite encontrar las estaciones más económicas de la zona, donde la diferencia entre una y otra puede ser notable. Los programas de fidelidad de las cadenas y las tarjetas que devuelven un porcentaje en combustible suman ahorro adicional.
Para quien pueda posponer un llenado grande unos días, esperar puede tener sentido si la tendencia a la baja se confirma tras la firma del viernes. No es una regla fija —los precios locales se mueven por muchos factores— pero la dirección general juega, esta vez, a favor del conductor.
El panorama
Después de meses en que la gasolina solo subía, la noticia de que ahora cede es un respiro tangible para la economía doméstica hispana. El combustible más barato no solo alivia el costo de llenar el tanque: abarata el transporte de mercancías y, con él, el precio de muchos bienes.
La geopolítica, que durante la guerra encareció la vida cotidiana sin que muchos entendieran por qué, juega ahora en sentido contrario. Si el acuerdo se firma y se sostiene, el verano podría traer al surtidor el alivio que la primavera negó. Conviene seguir la evolución, comparar antes de cargar y aprovechar la tendencia mientras dure.
Esta nota tiene carácter informativo y no constituye asesoría financiera. Los precios del combustible varían por zona y momento.
Fuentes principales: Reportes de mercados sobre la evolución del crudo tras el anuncio del acuerdo EE.UU.-Irán (junio de 2026); datos de AAA sobre precios de gasolina; análisis sobre la reapertura gradual de Ormuz.
Alfredo Yánez
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De Viana propone subastas para privatizar la ruina estatal
El expresidente de Hidrocapital propone subastas públicas y transparentes frente a la «privatización silenciosa». Su policy brief calcula los dividendos en producción, fisco y empleo.
De Viana propone subastas para privatizar la ruina estatal
| **6W** | |
|---|---|
| **Qué** | Una propuesta de privatización transparente de las empresas estatales venezolanas. |
| **Cuándo** | En el contexto de la apertura económica de 2026. |
| **Por qué** | El modelo estatal colapsó y las cesiones opacas amenazan con repetir el daño. |
En medio de la fiebre de acuerdos que vive Venezuela, una voz con autoridad técnica propone hacer las cosas de otra manera. El ingeniero José María de Viana —expresidente de Hidrocapital y de Movilnet, una de las pocas figuras que dirigió empresas públicas venezolanas con reconocimiento de eficiencia— plantea en un documento de análisis lo que llama el «triple dividendo» de la privatización transparente. Su propuesta es, a la vez, una hoja de ruta y una advertencia.
Quién lo dice importa
De Viana no es un ideólogo de la privatización a ultranza. Ingeniero civil de la UCAB, profesor jubilado y miembro de la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat, su trayectoria está en las empresas públicas de servicios: dirigió Hidrocapital entre 1992 y 1999, transformándola de una empresa en ruinas en un caso de estudio regional. Durante años sostuvo una tesis matizada: que el problema venezolano «más que privatización, es ausencia del Estado». Que sea él quien ahora plantee un modelo de transferencia al sector privado le da peso al argumento: no viene de un dogmático, sino de un gerente que conoce por dentro lo que falló.
El inventario de la ruina
El punto de partida del documento es un diagnóstico demoledor. Venezuela llegó a tener más de 900 empresas propiedad del Estado, que abarcan toda la cadena de valor: manufactura, agroalimentación, hidrocarburos y energía. Lejos de generar riqueza, muchas se convirtieron en lo que el documento llama «agujeros negros de subsidios», cuyos déficits crónicos se financiaron con emisión monetaria —uno de los motores de la hiperinflación histórica—.
A ese costo interno se suma un pasivo internacional enorme: más de 30.000 millones de dólares en demandas por expropiaciones, con casos emblemáticos como Agroisleña y ConocoPhillips. Mantener ese portafolio paralizado, advierte el análisis, condena a la economía a la descapitalización y a la exclusión de los mercados globales.



La encrucijada: dos caminos
Aquí está el corazón de la propuesta, y su advertencia central. De Viana contrapone dos modelos. Uno es lo que denomina la «privatización silenciosa»: cesiones confidenciales, sin licitación, amparadas en figuras como la Ley Antibloqueo y su estatus de «secreto de Estado», que evaden la contraloría y el control parlamentario. Ese camino, alerta, sustituye un monopolio público ineficiente por un monopolio privado extractivo, sin incentivos reales de inversión.
El otro modelo es la privatización competitiva, el estándar internacional: subastas públicas, «data rooms» auditables bajo normas contables internacionales, transparencia radical. Ese camino, sostiene, maximiza los ingresos para el fisco, atrae operadores con conocimiento técnico y capital genuino, y expande la frontera de producción. La diferencia entre ambos no es ideológica: es la diferencia entre reconstruir y saquear de nuevo, esta vez en privado.
El triple dividendo
El nombre del documento alude a los tres beneficios que, según el análisis, produce una transferencia bien hecha. Primero, un shock de producción: la propuesta estima expansiones de la producción física y saltos de eficiencia operativa cuando la gestión privada releva al Estado y se relaja la restricción de inversión. Segundo, un saneamiento fiscal: cesa la hemorragia de subsidios financiados con emisión, y los ingresos de las ventas —si se usan con ortodoxia, para amortizar deuda y no para gasto corriente— sanean las cuentas. Tercero, un efecto sobre el empleo en forma de «curva J»: una fricción inicial inevitable, seguida de un efecto multiplicador a mediano plazo conforme la inversión reactiva sectores enteros.
El documento añade un matiz importante sobre el origen de las ganancias privadas: según los datos que cita, la mayor parte proviene de mejoras de productividad e innovación, no del aumento de precios al consumidor. Es decir, la rentabilidad vendría de hacer las cosas mejor, no de exprimir al usuario, siempre que exista un ente regulador independiente.
La conexión con el presente
Lo que vuelve esta propuesta especialmente pertinente es el momento. Mientras Venezuela firma acuerdos a diario —licencias petroleras, memorandos eléctricos, cesiones de gas—, la pregunta de fondo es si esas transferencias siguen el camino transparente que De Viana defiende o el camino silencioso que advierte. El dossier que esta cobertura publicó sobre la legalidad de los acuerdos y el historial de los 37.600 millones perdidos en el sector eléctrico dialoga directamente con este análisis: ambos apuntan a que la diferencia entre recuperación y saqueo está en la transparencia y el control.
La advertencia final
La propuesta de De Viana no es una defensa entusiasta de vender el patrimonio público, sino un alegato por hacerlo bien si se va a hacer. Su mapa de ruta —saneamiento, precalificación y licitación, adjudicación— exige tiempo (estima que una subasta competitiva bien hecha toma alrededor de 335 días) y advierte que «saltarse estos pasos hacia la opacidad destruye el valor del patrimonio público».
Para el lector venezolano, el mensaje es claro y oportuno: la reconstrucción del país pasará, en buena medida, por el destino de sus empresas estatales. Que ese destino se decida en subastas públicas y auditables, o en despachos cerrados bajo secreto de Estado, marcará la diferencia entre una economía que renace con bases sólidas y una que repite, en versión privada, los vicios que la llevaron a la ruina. La voz de quien supo gerenciar lo público con eficiencia merece, al menos, ser escuchada en ese debate.
Esta nota tiene carácter informativo y no constituye asesoría financiera ni de inversión. Resume y analiza un documento de su autor; las cifras citadas provienen de ese material y de fuentes públicas.
Fuentes principales: Documento «El Triple Dividendo: Impacto Estructural de la Privatización Transparente de las Empresas Estatales en Venezuela», de José María de Viana; trayectoria y declaraciones del autor recogidas por Prodavinci, El Ucabista, Runrun.es y AlbertoNews.
Economía
La privatización destruye empleo antes de crearlo: la curva J
Privatizar una empresa estatal cuesta empleos al principio y los multiplica después. Entender esa «curva J» es clave para que la transición no deje a la gente atrás.
La privatización destruye empleo antes de crearlo: la curva J
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|---|---|
| **Qué** | El patrón de pérdida y recuperación de empleo que sigue a una privatización. |
| **Cuándo** | En el horizonte de una eventual transferencia al sector privado. |
| **Por qué** | El costo laboral inicial puede tener gran impacto social si no se gestiona. |
Hay un costo de las privatizaciones que conviene mirar de frente, porque es el que más duele en lo inmediato: el empleo. Cuando una empresa estatal pasa a manos privadas, el efecto sobre los puestos de trabajo no es lineal. Sigue una trayectoria que los economistas llaman «curva J»: primero baja, luego sube. Entender esa curva es esencial para que la reconstrucción venezolana no se haga a costa de los trabajadores.
Qué es la curva J del empleo
La forma de la letra J describe el fenómeno. Al inicio de una privatización, el empleo suele caer: las empresas estatales venezolanas, infladas durante años por el clientelismo político, cargan con nóminas abultadas que un operador privado racionaliza para volverlas competitivas. Esa es la parte descendente de la J, la fricción inicial, y puede ser dolorosa: estimaciones sobre procesos comparables hablan de reducciones significativas de la nómina directa en los primeros años.
Pero la curva no termina ahí. Pasada la fase de ajuste, viene la parte ascendente: la inversión que el nuevo operador inyecta reactiva la empresa, expande su capacidad y genera empleo nuevo, no solo en ella sino en sus proveedores, contratistas y cadenas de suministro. Estudios sobre procesos de privatización muestran que una porción importante de los trabajadores desvinculados al inicio termina recontratada por el mismo sector en un plazo relativamente corto, conforme la actividad se reactiva.
El riesgo de quedarse en la parte baja
El peligro está en la transición entre ambas fases. Si la fricción inicial no se gestiona con políticas de acompañamiento, el costo social puede ser severo: familias que pierden su sustento justo cuando la economía todavía no genera los empleos nuevos. La parte descendente de la J es real, y para quien la vive no es un dato estadístico, sino la pérdida de un trabajo.
Por eso la forma en que se maneje esa transición importa tanto como la privatización misma. Una transferencia bien diseñada incluye mecanismos para amortiguar el golpe: programas de retiro voluntario, recapacitación, apoyo temporal. Sin ellos, la curva J puede convertirse en una herida social que deslegitime todo el proceso.
La protección transicional
Aquí es donde la planificación marca la diferencia. Los modelos de privatización mejor diseñados incorporan lo que se llama «protección transicional»: programas financiados de retiro voluntario, jubilaciones anticipadas y, sobre todo, recapacitación para que los trabajadores desplazados puedan reinsertarse en la economía que se reactiva.
Estos programas tienen un costo, que suele negociarse entre el Estado y el operador privado. Pero ese costo es una inversión en estabilidad social: una privatización que cuida a sus trabajadores en la transición tiene muchas más probabilidades de ser aceptada y sostenible que una que los abandona a su suerte.
La lectura para el trabajador
Para el trabajador venezolano de una empresa estatal, entender la curva J es entender tanto el riesgo como la oportunidad. El riesgo: que la privatización implique, al inicio, ajustes de personal. La oportunidad: que la reactivación genere, después, empleos de mayor calidad y mejor remunerados, vinculados a la productividad y no al favor político.
La clave está en exigir que cualquier proceso de transferencia incluya las protecciones transicionales adecuadas. La reconstrucción de Venezuela no puede hacerse pasando por encima de quienes trabajaron en esas empresas. Una transición justa es aquella que reconoce la curva J y la gestiona, para que el costo inicial sea lo más breve y amortiguado posible, y el beneficio posterior alcance a todos. Esa es la diferencia entre una modernización con rostro humano y un ajuste a secas.
Esta nota tiene carácter informativo y no constituye asesoría laboral ni financiera.
Fuentes principales: Documento «El Triple Dividendo» de José María de Viana; literatura económica general sobre el efecto de las privatizaciones en el empleo.
Economía
El «capitalismo popular»: que los trabajadores sean dueños
¿Y si los trabajadores fueran dueños de parte de las empresas privatizadas? El «capitalismo popular» propone democratizar la riqueza. Cómo funciona y qué precedentes existen.
El «capitalismo popular»: que los trabajadores sean dueños
| **6W** | |
|---|---|
| **Qué** | Un modelo que permite a trabajadores y fondos adquirir acciones de empresas privatizadas. |
| **Cuándo** | Como opción en futuros procesos de transferencia. |
| **Por qué** | Democratiza la propiedad y reduce la resistencia a la privatización. |
¿Y si la privatización, en lugar de concentrar la propiedad en pocas manos, la repartiera entre muchos? Esa es la idea detrás del «capitalismo popular», un modelo que permite que los propios trabajadores y los fondos de pensiones se conviertan en dueños de una parte de las empresas que se transfieren. Es un concepto que conviene conocer, porque cambia la conversación sobre quién gana con la reconstrucción.
En qué consiste
El mecanismo es sencillo en su lógica. En lugar de vender una empresa estatal completa a un solo gran operador, una porción de las acciones se ofrece a los trabajadores activos y a los fondos de pensiones, a menudo con descuentos o financiamiento preferencial que hacen la compra accesible. Así, quienes trabajan en la empresa —y los ahorristas del sistema de pensiones— se vuelven copropietarios.
La idea tiene un doble atractivo. Por un lado, democratiza la riqueza: los beneficios de una empresa exitosa no van solo a un gran inversor, sino que se reparten entre muchos pequeños accionistas. Por otro, alinea incentivos: un trabajador que es además dueño tiene motivos adicionales para que la empresa funcione bien.
Los precedentes regionales
El modelo no es una utopía teórica; tiene antecedentes en la región. Procesos de privatización en países como Perú, Chile y Colombia incorporaron, en distintos grados, esquemas que permitieron a trabajadores y fondos participar en la propiedad de empresas transferidas. Esas experiencias ofrecen lecciones —tanto de aciertos como de errores— para un eventual proceso venezolano.
Un beneficio político no menor del modelo es que reduce la resistencia a la privatización. Cuando los trabajadores ven que pueden participar de los beneficios, en lugar de ser solo víctimas del ajuste, la oposición sindical y social a la transferencia disminuye. El «capitalismo popular» convierte a potenciales perdedores en participantes.
Las cautelas necesarias
Como todo modelo, tiene riesgos que conviene reconocer. La compra de acciones es una inversión, y como tal conlleva riesgo: el valor puede subir o bajar. Para trabajadores con ahorros limitados, comprometer recursos en acciones de una sola empresa —justamente aquella de la que dependen para su salario— puede ser una concentración de riesgo peligrosa. Si la empresa va mal, perderían a la vez el empleo y la inversión.
Por eso estos esquemas requieren diseño cuidadoso: educación financiera para los participantes, límites prudentes, diversificación, y transparencia sobre los riesgos. El «capitalismo popular» mal implementado puede convertirse en una transferencia de riesgo del Estado a los trabajadores, en lugar de una democratización genuina de la riqueza.
La lectura para el lector
Para el trabajador y el ahorrista venezolano, el «capitalismo popular» es una idea que vale la pena conocer y, llegado el caso, evaluar con criterio. Bien diseñado, ofrece una vía para que la reconstrucción del país beneficie a muchos y no solo a unos pocos grandes inversores. Mal diseñado, puede ser una trampa que traslade riesgos a quienes menos pueden asumirlos.
La recomendación, como en toda decisión financiera, es informarse bien antes de participar: entender qué se compra, a qué precio, con qué riesgos y con qué horizonte. Si en el futuro Venezuela abre esquemas de este tipo, la educación financiera será la mejor herramienta para que los trabajadores aprovechen la oportunidad sin exponerse de más. La propiedad compartida puede ser una buena idea; como toda buena idea, depende de cómo se ejecute.
Esta nota tiene carácter informativo y no constituye asesoría financiera ni de inversión. Toda inversión en acciones implica riesgo de pérdida.
Fuentes principales: Documento «El Triple Dividendo» de José María de Viana; experiencias de privatización con participación de trabajadores en Perú, Chile y Colombia.
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