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2026: la renovación que repite el método de 2004

El proceso de transición de 2026 usa el mismo manual que el referéndum revocatorio de 2004: presión gradual, instituciones como arena.

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INCÍSOS
· Especial · Institucionalidad Democrática · Pieza 8 de 9

Especial · Institucionalidad
§ 07 La institucionalidad en Venezuela
Reportaje · 2026

2026: la renovación que repite el método de 2004

La transición renueva la Fiscalía, la Defensoría y el Tribunal Supremo. Amplía de 20 a 32 los magistrados, exactamente como hizo Chávez hace veintidós años. Cambian los rostros. Falta saber si cambia la regla.

Reportaje
Lectura · 8 min
5 de junio de 2026

Las 6W · La brújula de la pieza
Qué
La renovación por fases de Fiscalía, Defensoría y Tribunal Supremo, con una reforma que amplía de 20 a 32 los magistrados.
Quién
La presidenta encargada Delcy Rodríguez y la Asamblea Nacional de mayoría chavista; el fiscal Larry Devoe y la defensora Eglée González Lobato ya designados.
Cuándo
El fiscal y la defensora, el 9 de abril de 2026; la reforma del TSJ, el 12 de mayo; las postulaciones, abiertas hasta el 6 de junio.
Dónde
Caracas, dentro del gobierno de transición tutelado bajo el plan de tres fases.
Por qué
Una transición se mide por si reconstruye la autonomía de las instituciones o solo cambia a quienes las ocupan.
Cómo
Ampliando el número de magistrados y designándolos con la misma mayoría parlamentaria que controla el proceso.

Tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 y la apertura de una transición tutelada por Washington, Venezuela inició lo que su gobierno encargado llama una «reforma profunda» de la justicia. Sobre el papel, es justo lo que un país que sale de un régimen necesita: instituciones nuevas, jueces nuevos, una Fiscalía que vuelva a investigar. La pregunta que organiza esta pieza es si lo que está ocurriendo reconstruye la institucionalidad descrita en este especial, o si reproduce su patología con otros nombres.

Conviene mirar la secuencia con frialdad, porque la velocidad de los anuncios puede confundirse con profundidad del cambio.

La fase uno: el Poder Ciudadano

El 9 de abril de 2026, la Asamblea Nacional —de mayoría chavista desde 2020— designó a Larry Devoe como fiscal general y a Eglée González Lobato como defensora del pueblo. Dos de las tres cabezas del Poder Ciudadano, renovadas en un solo acto. La reacción fue inmediata: más de sesenta organizaciones de la sociedad civil —entre ellas Provea, Acceso a la Justicia, Espacio Público y Cepaz— cuestionaron ambos nombramientos y los describieron como una captura política del Poder Ciudadano, señalando que la lógica de la lealtad había desplazado al procedimiento constitucional.

El dato no es menor por una razón que este especial ya explicó: el Poder Ciudadano es uno de los filtros que la Constitución interpone en la designación de los magistrados del Tribunal Supremo. Quien controla la Fiscalía y la Defensoría controla dos de los tres tamices por los que pasa la lista de futuros jueces. La fase uno no era un fin en sí misma. Era la preparación de la fase dos.

La fase dos: el espejo de 2004

El 12 de mayo de 2026, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad una reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia. La medida amplía el número de magistrados de 20 a 32 y reorganiza las salas: la Constitucional pasa de cinco a siete integrantes, y las demás de tres a cinco. El 22 de mayo se abrió la convocatoria pública de postulaciones, con plazo hasta el 6 de junio. En la práctica, el proceso sustituye a ocho magistrados salientes por jubilación o renuncia y suma doce nuevos a los doce que permanecen.

Cualquier lector que haya seguido este especial hasta aquí debería sentir un escalofrío de reconocimiento. Ampliar el número de magistrados para recomponer la mayoría del máximo tribunal no es una idea nueva en Venezuela. Es, exactamente, lo que hizo Hugo Chávez en 2004, cuando llevó la Sala Plena de 20 a 32 integrantes. Y el objetivo de entonces fue preciso: con los nuevos jueces afines, el Tribunal recompuesto anuló en 2005 la sentencia del «vacío de poder» que tanto había irritado al gobierno. La pieza § 4 de este especial narró esa maniobra. Veintidós años después, la transición que dice romper con el chavismo está usando el mismo instrumento que el chavismo usó para capturar la justicia.

Estado de los poderes · Junio de 2026
Qué se renovó, qué está en proceso, qué sigue intacto
Poder Ciudadano
Fiscalía (Devoe) y Defensoría (González Lobato), 9 abril 2026

Renovado

Poder Judicial
Reforma del 12 de mayo; postulaciones hasta el 6 de junio

En proceso

Poder Legislativo
Asamblea Nacional de mayoría chavista desde 2020

Sin cambios

Poder Ejecutivo
Delcy Rodríguez, presidenta encargada

Encargado

Poder Electoral · CNE
Misma directiva que el 28 de julio de 2024

Intacto

La renovación avanza sobre los poderes que designa la Asamblea. El árbitro electoral —el que cuenta los votos— es el único que no ha sido tocado por la reforma.

La fase que no llega: el árbitro electoral

Hay un poder que la reforma no ha tocado, y es precisamente el más decisivo para una transición democrática. El Consejo Nacional Electoral sigue con la misma directiva que tenía el día de la elección presidencial del 28 de julio de 2024. La misma que, a casi dos años de aquellos comicios, no ha publicado las actas de escrutinio mesa por mesa. Mientras la Fiscalía, la Defensoría y el Tribunal Supremo se renuevan a toda velocidad, el órgano que organiza y certifica las elecciones permanece intacto.

El orden de las prioridades dice más que cualquier declaración. Una transición genuinamente preocupada por devolver la soberanía al voto empezaría, lógicamente, por el árbitro electoral. La secuencia inversa —renovar primero los poderes que controlan la justicia y dejar para el final, o para nunca, el que controla las elecciones— sugiere una lógica distinta: asegurar el aparato judicial antes de arriesgarse a cualquier proceso electoral.

La legitimidad de una transición no se mide por cuántos magistrados se renuevan.
Se mide por quién cuenta los votos.

El plan de fondo, y su punto ciego

Todo esto se inscribe en el plan de tres fases —estabilización, recuperación, transición— que el Departamento de Estado estadounidense formuló en enero de 2026, tras la captura de Maduro. La reconfiguración institucional que se observa desde abril es la ejecución de la primera fase: estabilizar el aparato del Estado para que vuelva a funcionar. Sería injusto atribuir el proceso a la improvisación; responde a un diseño. La crítica pertinente no es que no haya plan, sino que el plan carece de algo esencial: fechas de cierre de fase. No hay un calendario público que indique cuándo termina la estabilización y empieza la verdadera transición, ni cuándo —ni con qué árbitro— se convocarán elecciones.

Y aquí regresamos al corazón conceptual de este especial. Renovar magistrados no es, por sí mismo, reconstruir la institucionalidad. Si los nuevos jueces son designados por la misma mayoría que controlaba a los anteriores, a través de un Poder Ciudadano recién capturado, mediante una ampliación de cupos calcada de 2004, lo que cambia es la nómina, no la regla. La institucionalidad —recordando a Huntington— se reconstruye cuando las instituciones recuperan autonomía frente a quien las nombra: cuando un futuro fiscal pueda acusar al gobierno que lo designó, como ocurrió en 1993. Nada en la secuencia de 2026 garantiza todavía ese desenlace.

No es una condena anticipada. Una transición real puede tomar tiempo, y los procesos institucionales no se construyen en un trimestre. Pero la vara para medirla ya está fijada por las piezas anteriores, y es exigente: ¿las nuevas instituciones serán autónomas de quien las nombra? ¿Sobrevivirán a sus fundadores? ¿O Venezuela volverá a tener el organigrama completo —cinco poderes renovados, un Tribunal ampliado, una Fiscalía nueva— y ninguna regla que mande de verdad? La pieza final del especial se ocupa precisamente de eso: de qué haría falta para que la respuesta, esta vez, fuera distinta.

Fuentes principales

Reforma de la Ley Orgánica del TSJ aprobada por la Asamblea Nacional el 12 de mayo de 2026 (Infobae). Convocatoria de postulaciones a magistrados, 22 de mayo de 2026 (EFE). Designación del fiscal general y la defensora del pueblo, 9 de abril de 2026. Pronunciamientos de Provea, Acceso a la Justicia, Espacio Público y Cepaz. Antecedente: ampliación de la Sala Plena del TSJ en 2004 y anulación de la sentencia del «vacío de poder» en 2005.

Cierra el especial

§ 8 · Qué podría haber

Los escenarios de reinstitucionalización: justicia transicional, un árbitro electoral independiente y las condiciones que distinguen una transición real de un cambio de rostros.


Contexto, análisis y criterio para entender lo que pasa.

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Columna

El aplauso que no es amor, es factura

La antipolítica no es entusiasmo por el de afuera: es despecho con el de adentro. El inciso que abre el especial.

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Hay un malentendido cómodo en la manera en que se cuenta el ascenso de los outsiders. Se dice que la gente se enamoró del que venía de afuera. Que lo siguió por su carisma, por su discurso, por su promesa de barrer con todo. Y hay algo de eso. Pero la palabra está mal elegida. Lo que el votante siente cuando aplaude al recién llegado casi nunca es amor. Es despecho. Y el despecho, a diferencia del amor, siempre tiene una dirección: apunta a alguien.

Apunta al partido que prometió y no cumplió. Al dirigente que llegó hablando del pueblo y se fue hablando de sí mismo. A la estructura que pidió el voto cada cinco años y devolvió silencio los otros cuatro. El outsider no entra por la puerta que abre su propio mérito. Entra por la que dejaron abierta los que estaban adentro. Es, antes que nada, un hueco con forma de hombre.

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Por eso conviene leer el fenómeno al revés de como suele leerse. El que vota contra los partidos no está votando por una idea nueva: está pasando una factura vieja. Y la factura se acumuló durante años de representación que se volvió trámite, de militancia que se volvió nómina, de programa que se volvió eslogan. Cuando por fin aparece alguien que dice «yo no soy de ellos», el votante no examina demasiado qué es. Le basta con que no sea eso.

El problema empieza después. Porque la factura se cobra una sola vez, pero el país sigue ahí al día siguiente, con sus instituciones, sus equilibrios, su necesidad aburrida de que alguien gobierne. Y entonces el outsider tiene que decidir qué hace con el poder que le prestaron en un arranque de bronca. Algunos descubren que gobernar se parece sospechosamente a lo que hacían los que vinieron a reemplazar. Otros deciden que, ya que llegaron rompiendo, lo coherente es seguir rompiendo. Ninguno de los dos caminos es gratis.

Este especial no viene a celebrar la antipolítica ni a condenarla de entrada. Viene a tomarle la temperatura. A entender por qué un votante en Pensilvania, otro en la provincia de Buenos Aires y otro en Caracas llegaron, por rutas distintas, a la misma conclusión: que el sistema de partidos dejó de hablarles. Esa coincidencia no es casualidad ni contagio. Es síntoma. Y los síntomas no se curan gritándoles que se callen; se curan averiguando qué los produce.

Venezuela conoce esta historia mejor que casi nadie, y no desde ahora. Tuvo su antipolítico de la televisión antes de que la televisión fuera el medio natural de los antipolíticos. Tuvo su outsider que arrasó las encuestas y terminó devorada por otro outsider más hábil. Tuvo, sobre todo, al hombre que prometió barrer la partidocracia y se quedó veinticinco años. Quien quiera entender lo que se juega hoy, cuando vuelven a circular nombres que se presentan como ajenos al aparato, haría bien en mirar ese archivo antes de aplaudir o de descalificar.

Hay una pregunta que recorrerá todas las piezas que siguen, y conviene dejarla planteada desde la primera línea. No toda renovación es demolición, y no todo el que viene de afuera viene a destruir. Hay quien tiene ideas en función del país y simplemente no milita en ningún partido, y llamarlo «antipolítico» como insulto es una manera barata de defender lo indefendible. Pero también hay quien usa el lenguaje de la renovación para justificar que no quede nada en pie. Distinguir entre los dos no es un lujo intelectual. Es, probablemente, la tarea política más urgente de la década.

El aplauso, ya lo dijimos, no es amor. Es una factura. La pregunta es quién la cobra, a nombre de quién, y qué piensa hacer con lo que recaude.

Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS


FUENTES PRINCIPALES: Inciso de autor. Pieza de opinión firmada.

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Especiales

El votante no abandonó la política, la política lo abandonó primero

La desafección con los partidos es global y simultánea. El outsider es su consecuencia, no su causa.

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Ficha 6W

Pregunta Respuesta
Qué La confianza ciudadana en los partidos tradicionales cayó a mínimos históricos en EE.UU., Europa y América Latina de forma simultánea.
Quién Votantes desafectos, partidos en erosión, encuestadoras (Fundación BBVA, UnidosUS, V-Dem, Latinobarómetro).
Cuándo El desencanto se profundiza entre 2024 y 2026, con datos de los primeros cinco meses de 2026.
Dónde España, Estados Unidos y América Latina como casos paralelos; el votante hispano de EE.UU. como foco.
Por qué Corrupción, distancia entre élite y base, promesas incumplidas y una representación que se volvió trámite.
Cómo Caída de afiliación, abstención, fuga hacia el «independiente» y reciclaje del descontento en voto antiestablishment.

El número que retrata una época

En una escala del cero al diez, los ciudadanos españoles le ponen a sus partidos políticos un 2,5. No es una nota baja: es un suspenso humillante, por debajo del gobierno, del parlamento y de los gobiernos autonómicos, según la encuesta de confianza de la Fundación BBVA difundida a comienzos de 2026. Ninguna institución política aprueba, pero los partidos son los últimos de la fila.

Ese número no es una rareza española. Es el rostro local de un fenómeno que los politólogos llaman desafección democrática y que en 2026 dejó de ser una preocupación de seminario para volverse el dato dominante de la política occidental. El instituto V-Dem documentó que cerca de un cuarto de la población mundial vivió algún retroceso democrático durante 2025, y que entre los países en regresión aparecen, por primera vez en mucho tiempo, democracias del centro de Europa y de América del Norte. La desconfianza ya no apunta solo a los gobiernos: alcanza a los partidos, a los medios, a las universidades, a los expertos. A todo lo que media entre el ciudadano y el poder.

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Qué se rompió, exactamente

La desafección no es apatía. El votante desencantado no es alguien a quien la política dejó de importarle; al contrario, suele importarle demasiado. Lo que se rompió es más preciso: el vínculo de representación. La sensación, repetida en encuestas de tres continentes, de que el partido pide el voto cada cierto número de años y desaparece en el intervalo. De que la militancia se volvió una nómina y el programa, un eslogan.

Tres factores aparecen una y otra vez en los estudios. El primero es la corrupción, que en sondeos recientes de América Latina escaló hasta los primeros lugares de preocupación ciudadana, desplazando a problemas que durante años la superaron. El segundo es la distancia: la percepción de una élite desconectada que se reparte cargos mientras la vida cotidiana se encarece. El tercero es la promesa incumplida, el residuo acumulado de campañas que ofrecieron transformación y entregaron administración.

Cuando esos tres factores se juntan, producen un vacío. Y el vacío, en política, nunca queda vacío mucho tiempo.

El votante hispano: el laboratorio del desencanto

Hay un caso que vale más que cualquier abstracción europea, porque ocurre dentro de Estados Unidos. El votante hispano —más de treinta y seis millones con derecho a voto— se convirtió en el ejemplo más nítido de lo que la desafección produce cuando madura.

Durante décadas, el electorado latino funcionó como un bloque previsible. Eso terminó. El consultor republicano Mike Madrid lo resumió en una frase que vale como diagnóstico de toda una era: lo que vive el votante hispano no es un realineamiento, es un desalineamiento. No se está mudando ordenadamente de un partido a otro: se está fragmentando en identidades políticas que ya no responden a ninguna lealtad partidaria estable. Cerca de un tercio se declara independiente. Las prioridades —costo de vida, empleo, vivienda— cruzan las líneas ideológicas y dejan a los dos grandes partidos hablándole a un electorado que ya no los escucha como antes.

El dato más elocuente llegó en mayo de 2026. Según una encuesta de UnidosUS, uno de cada cuatro hispanos que respaldó a Donald Trump en 2024 sugiere ahora que se arrepiente de ese voto. El porcentaje de arrepentidos casi se duplicó en pocos meses, de un 13% en noviembre a un 25% en la primavera. No es un dato sobre Trump: es un dato sobre la volatilidad. El mismo votante que castigó a un establishment votando por el outsider está dispuesto, poco después, a castigar también al outsider. La factura, una vez que el votante aprende a emitirla, no se archiva.

Por qué esto importa antes de hablar del outsider

Aquí está la tesis que ordena todo este especial. El outsider no es la causa del desencanto: es su consecuencia. Llega después, no antes. Quien quiera entender por qué un empresario sin partido, un economista que insulta a «la casta» o un militar que prometía refundar el país lograron movilizar a millones, tiene que empezar por el agujero que los precedió. El antiestablishment es una oferta que solo prospera donde ya existía la demanda.

Esa demanda hoy es global y es simultánea. Un votante en Madrid que le pone 2,5 a sus partidos, uno en Texas que se declara independiente y arrepentido, y uno en Caracas que lleva veinticinco años viendo cómo un outsider que prometió barrerlo todo terminó construyendo su propia maquinaria, comparten algo más que el malestar. Comparten la intuición de que el sistema de partidos dejó de representarlos. En las piezas siguientes, este especial examina qué hacen los políticos de afuera con esa intuición. Pero el punto de partida es este: el desencanto es real, está medido, y no se va a curar pidiéndole al votante que vuelva a confiar sin darle una razón.


FUENTES PRINCIPALES: Fundación BBVA (confianza institucional, 2026) · V-Dem Institute (informe de regresión democrática 2025) · UnidosUS (encuesta de votantes latinos, mayo de 2026) · Axios / Mike Madrid (fragmentación del voto hispano, febrero de 2026) · Latinobarómetro.

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Especiales

El outsider no nace: se fabrica donde los partidos dejaron un hueco

El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje de vacío, canal directo y discurso de ajenidad.

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Ficha 6W

Pregunta Respuesta
Qué El conjunto de condiciones que permiten que un liderazgo antiestablishment se construya y prospere.
Quién Outsiders políticos, asesores de campaña, ciudadanías hiperconectadas, partidos debilitados.
Cuándo Un patrón consolidado en el ciclo electoral 2024-2026.
Dónde América Latina, Estados Unidos y Europa, con el caso latinoamericano como modelo.
Por qué La crisis de los partidos eliminó la mediación entre el líder y la sociedad.
Cómo Comunicación directa por redes, un discurso de ajenidad y la promesa de no deber nada a nadie.

Una oferta necesita una demanda

La pieza anterior de este especial dejó establecido el diagnóstico: el desencanto con los partidos es real, está medido y precede al outsider. Esta pieza explica el paso siguiente. Porque el vacío de representación es condición necesaria pero no suficiente. El hueco, por sí solo, no produce un líder. Hace falta alguien que sepa ocuparlo, y un método para hacerlo. El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje.

La politóloga argentina María Matilde Ollier lo formuló con precisión: la crisis de las fuerzas tradicionales hizo que los liderazgos ya no se construyan a través de los partidos, sino mediante otros instrumentos, como los medios y las redes sociales. En una ciudadanía hiperconectada, sostiene, desaparece la mediación entre el líder y la sociedad. Ese es el primer ingrediente del mecanismo: un canal directo. Donde antes el partido filtraba, organizaba y traducía el mensaje, ahora el líder habla solo, sin intermediarios, a una audiencia que lo recibe sin filtro.

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El que dice lo que la gente siente

El segundo ingrediente es el mensaje, y su fórmula es vieja pero eficaz. Se ve favorecido, explica Ollier, quien dice en voz alta lo que la gente percibe como su problema más urgente: la corrupción, la inseguridad, el estancamiento. El outsider no necesita tener razón en el diagnóstico técnico; necesita nombrar el malestar antes y más fuerte que nadie. Su ventaja sobre el político tradicional no es programática, es emocional: llega sin la mochila de las promesas incumplidas que arrastra el aparato.

De ahí la consigna que define a toda la categoría: yo no soy de la casta. El antiestablishment se ofrece como lo único que el sistema no puede ofrecer de sí mismo: distancia respecto de sí mismo. Un análisis reciente sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos —la que vino después del fenómeno de Nayib Bukele— detecta un giro revelador. El outsider de hoy ya no necesita venir literalmente de fuera de la política. Le basta con posicionarse como ajeno a la política existente. Puede llevar años en cargos públicos y aun así presentarse como el que viene a romper la baraja. La ajenidad dejó de ser una biografía para volverse una postura.

El método tiene límites

Conviene no idealizar el mecanismo, porque también falla. El mismo análisis advierte un error recurrente: confundir la popularidad digital con la traducción electoral. Las métricas de redes no votan. Convertir una audiencia en votos exige un trabajo de activación territorial que ningún truco comunicacional elimina. Por eso no todo influencer indignado llega a ningún lado, y por eso varios que parecían imbatibles en las redes se desinflaron en las urnas.

Hay también una distinción que esta pieza necesita dejar sentada, porque será decisiva al final del especial. No todos los que entran al sistema como outsiders se quedan afuera de él. El francés Emmanuel Macron y el chileno Sebastián Piñera fueron calificados de outsiders en su momento, y ambos terminaron ingresando al sistema y jugando con sus reglas. Ese es un destino posible: el de afuera que se institucionaliza. El otro destino —el del que llega para romper y sigue rompiendo— es el que este especial examinará en sus casos venezolanos. La diferencia entre ambos no está en cómo llegan, sino en qué hacen una vez adentro.

La carta de Venezuela

Carmen Beatriz Fernández, analista venezolana de comunicación política, aporta el marco regional. En contextos de alta fragmentación partidaria, sostiene, la polarización y el populismo encuentran terreno fértil porque los propios sistemas electorales premian la confrontación. Es decir: el mecanismo del outsider no opera en el vacío, sino sobre reglas de juego que muchas veces lo incentivan. Donde el sistema de partidos está fragmentado y las instituciones premian al que grita más fuerte, el político de afuera no es una anomalía. Es la consecuencia lógica del diseño.

Venezuela conoce ese terreno mejor que casi nadie, porque ya vio el mecanismo funcionar hasta sus últimas consecuencias. Las piezas que siguen reconstruyen esa historia: la de un país que tuvo outsiders mucho antes de que el mundo les pusiera ese nombre, y que aprendió, del modo más duro, lo que ocurre cuando la oferta antiestablishment gana y no sabe —o no quiere— transformarse en otra cosa.


FUENTES PRINCIPALES: María Matilde Ollier, Escuela de Política y Gobierno (UNSAM), vía La Nación · Carmen Beatriz Fernández, ensayo sobre polarización y populismo en América Latina (febrero de 2026) · análisis sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos posterior a Bukele (junio de 2026) · literatura académica sobre populismo y redes.

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