Colaboradores Invitados
La Constitución venezolana después del 28 de julio no ha muerto; ha sido desalojada del poder
La Constitución venezolana no ha sido formalmente sustituida. Sigue siendo, en términos normativos, la ley suprema del Estado. El propio texto lo dice con claridad en su artículo 7, y añade, en el artículo 333, una cláusula extraordinaria: aun si dejare de observarse por acto de fuerza o por cualquier medio distinto del previsto en ella, no perderá vigencia, y todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia.
José Vicente Carrasquero
Caracas, Venezuela
Politólogo, matemático y consultor en Opinión Pública.
Hay preguntas que parecen jurídicas, pero en realidad obligan a mirar de frente una tragedia política. Ésta es una de ellas. ¿Cómo quedó la Constitución de Venezuela después de todo esto? ¿Para qué sirve hoy? La tentación, en medio del hartazgo, es responder con una frase tajante: no sirve para nada. La tentación contraria, más cómoda pero menos honesta, es repetir que sigue plenamente vigente y que basta con invocarla para encontrar una salida. Ninguna de las dos respuestas alcanza.
La Constitución venezolana no ha sido formalmente sustituida. Sigue siendo, en términos normativos, la ley suprema del Estado. El propio texto lo dice con claridad en su artículo 7, y añade, en el artículo 333, una cláusula extraordinaria: aun si dejare de observarse por acto de fuerza o por cualquier medio distinto del previsto en ella, no perderá vigencia, y todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia. Es una cláusula notable porque presupone, con lúcida severidad, que puede llegar un momento en que el poder se separe de la Constitución sin lograr por ello anularla. (Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, arts. 7 y 333)
Eso es, precisamente, lo que ha ocurrido en Venezuela. La Constitución sobrevive como texto, como fuente de legitimidad, como criterio de juicio y como reserva normativa del futuro; pero ha sido gravemente erosionada como límite efectivo del poder. No ha desaparecido. Ha quedado, más bien, desplazada. El poder político continúa hablando en su nombre, jurando sobre ella, citándola, recubriendo sus decisiones con lenguaje constitucional; pero cada vez con mayor evidencia la usa como ornamento de legalidad y no como frontera vinculante.
La elección presidencial del 28 de julio de 2024 profundizó esta ruptura. El Carter Center, que participó como observador, concluyó que la elección no cumplió estándares internacionales de integridad electoral, que no podía considerarse democrática y que no era posible verificar o corroborar los resultados anunciados por el CNE, subrayando además que la falta de publicación de resultados desagregados por mesa constituyó una grave violación de principios electorales. La Unión Europea sostuvo igualmente que la ausencia de actas publicadas impedía reconocer los resultados anunciados con legitimidad democrática suficiente.
Ése fue el punto de quiebre visible. Porque una Constitución puede soportar incluso gobiernos mediocres, corruptos o abusivos; lo que no puede soportar indefinidamente sin desfigurarse es la destrucción del vínculo entre soberanía popular y ejercicio del poder. El artículo 5 de la Constitución establece que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo. El artículo 6 añade que el gobierno de la República y de las entidades políticas será y siempre será democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables. Cuando el acceso y permanencia en el mando ya no pueden ser explicados de modo convincente por la voluntad verificable de los ciudadanos, la lesión deja de ser electoral en un sentido estrecho y pasa a ser constitucional en el sentido más profundo. (Constitución, arts. 5 y 6)
Por eso, la pregunta correcta no es si la Constitución sigue “vigente” en un sentido meramente textual. La pregunta correcta es qué tipo de vigencia conserva. Y la respuesta, a estas alturas, exige distinguir entre existencia normativa y eficacia política.
En un régimen constitucional sano, la Constitución cumple tres funciones simultáneas: organiza el poder, lo limita y lo legitima. En la Venezuela de hoy, la primera de esas funciones subsiste sólo parcialmente. Todavía existen órganos, cargos, procedimientos, juramentos, sentencias, gacetas, ceremonias y retórica institucional. El poder sigue presentándose como si fuese el producto de una maquinaria constitucional en funcionamiento. Pero la segunda función —limitar el poder— ha sido gravemente demolida. Y la tercera —legitimarlo— se encuentra fracturada por una crisis de origen que ya no puede ser disimulada con formalidades.
La Constitución venezolana no carece de remedios. Al contrario, contiene garantías robustas. El artículo 25 declara nulo todo acto del Poder Público que viole o menoscabe los derechos garantizados por la Constitución y la ley, y afirma la responsabilidad de los funcionarios que lo ordenen o ejecuten. El artículo 26 garantiza acceso a una justicia imparcial, idónea, autónoma, independiente y expedita. El artículo 334 obliga a todos los jueces a asegurar la integridad de la Constitución. El artículo 335 atribuye al Tribunal Supremo la garantía de su supremacía y efectividad. Sobre el papel, no es un texto inerme. (Constitución, arts. 25, 26, 334 y 335)
El problema venezolano es otro: la captura de los órganos llamados a hacer valer esas garantías. Cuando los mecanismos de control, arbitraje y tutela quedan subordinados al mismo poder que deberían contener, la Constitución no desaparece, pero pierde musculatura institucional. Sigue pudiendo decir lo que debería ocurrir; deja de poder imponerlo. La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela documentó una intensificación de la represión antes y después de la elección de 2024, incluyendo detenciones arbitrarias, persecución de opositores y uso de aparatos de seguridad e inteligencia para silenciar la disidencia. Eso no es un dato marginal. Es la prueba de que las instituciones no sólo dejaron de proteger la Constitución: en muchos casos han sido usadas para neutralizarla.
De allí se sigue una conclusión incómoda pero necesaria: la Constitución ya no organiza plenamente el poder; hoy, sobre todo, lo deslegitima.
Esto merece ser dicho con cuidado. No porque la Constitución haya dejado de ser la norma suprema, sino porque se ha convertido en un espejo demasiado severo para el régimen. Su texto ya no sirve tanto para describir cómo funciona el sistema, sino para mostrar en qué se ha convertido. Sirve como prueba de la distancia entre la república constitucional prometida y el orden realmente existente. Sirve para medir la desviación. Sirve para nombrar jurídicamente la anomalía.
Eso tiene una importancia inmensa. Sin Constitución, sólo habría indignación moral, denuncia política o protesta histórica. Con Constitución, en cambio, existe un lenguaje normativo que permite afirmar que la soberanía popular ha sido desconocida, que la tutela judicial efectiva ha fallado, que el pluralismo ha sido vaciado, que la alternabilidad ha sido cancelada en la práctica, que las garantías han sido torcidas y que los actos de autoridad pueden ser nulos e ineficaces, aunque continúen produciendo efectos por la fuerza. El artículo 138 lo dice en una fórmula lapidaria: toda autoridad usurpada es ineficaz y sus actos son nulos. El hecho de que esta cláusula no encuentre hoy un aparato institucional independiente que la haga valer automáticamente no la convierte en irrelevante; la convierte en una acusación jurídica permanente contra la ficción de normalidad. (Constitución, art. 138)
La Constitución sirve también para algo más profundo: impide que la fuerza se convierta, por sí sola, en derecho. Ésa es quizá su función más decisiva en este momento. Un régimen puede controlar el territorio, la burocracia, los tribunales, los cuerpos armados, los medios oficiales y los procedimientos electorales; puede incluso obtener pronunciamientos, sentencias y juramentaciones. Pero todo eso no basta para transformar automáticamente en legítimo cuanto hace. La Constitución conserva abierta la distinción entre poder y legitimidad, entre posesión del mando y título válido para ejercerlo. Y mientras esa distinción siga abierta, la república no ha sido jurídicamente absorbida por completo por el aparato que la domina.
Esa reserva normativa es esencial para cualquier futuro. Porque si la Constitución hubiese desaparecido de verdad, la reconstrucción democrática tendría que comenzar desde un vacío. Y no es así. La Constitución venezolana sigue siendo el punto de continuidad jurídica desde el cual podrá reconstruirse un orden republicano, redefinir competencias, reconstituir independencia judicial, rehabilitar el sufragio como fuente auténtica del poder y reponer garantías hoy vaciadas. Incluso herida, incluso desplazada, incluso instrumentalizada, sigue siendo el esqueleto normativo de una eventual restitución institucional.
También sirve, desde luego, para fundar la resistencia jurídica. El artículo 333 no es una simple nota doctrinal; es una cláusula de continuidad constitucional frente al acto de fuerza. El artículo 350, por su parte, establece que el pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana y a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos. Estas disposiciones no producen por sí solas una transición. No sustituyen la organización, la estrategia, la correlación de fuerzas ni la presión política. Pero sí preservan algo crucial: la idea de que puede llegar un punto en que obedecer al poder y ser fiel a la Constitución ya no sean la misma cosa. (Constitución, arts. 333 y 350)
Sirve, además, como archivo jurídico de responsabilidades futuras. El artículo 25, una vez más, no debe leerse como una simple declaración de estilo. Establece responsabilidad individual por violaciones constitucionales. Eso significa que, aunque hoy el sistema no sancione a quienes usan el poder contra la Constitución, la base normativa para exigir cuentas no ha sido cancelada. La impunidad presente no equivale a inocencia jurídica. La Constitución conserva la memoria del agravio y la forma legal de su imputación futura. (Constitución, art. 25)
Ahora bien, también conviene decir con igual claridad para qué no sirve hoy la Constitución. No sirve, por sí sola, para sostener la ficción de que Venezuela vive todavía una normalidad constitucional. No sirve para el autoengaño legalista según el cual bastaría citar artículos para corregir un sistema cuyos órganos de control han sido colonizados. No sirve para esconder la diferencia entre texto y realidad. No sirve, en suma, para convertir una Constitución vigente en un constitucionalismo efectivo cuando el poder ha aprendido a administrar la distancia entre ambos.
Ése es el drama venezolano actual: la Constitución permanece, pero el constitucionalismo se ha retirado.
No se trata de una diferencia menor. Una Constitución puede existir como documento, como símbolo, como referencia doctrinal e incluso como fuente formal de decisiones. El constitucionalismo, en cambio, exige otra cosa: exige separación de poderes real, garantías judiciales creíbles, límites efectivos al mando, elecciones verificables, responsabilidad de los gobernantes y sometimiento del poder a reglas que no controle por completo. Lo que ha sido devastado en Venezuela no es sólo una elección, ni sólo una institución, ni sólo una oposición: ha sido el principio mismo de que el poder debe ser jurídicamente controlable.
Por eso, la respuesta más seria a la pregunta inicial quizá sea ésta: la Constitución venezolana sirve hoy menos para gobernar el presente que para juzgarlo. Sirve menos como manual operativo del poder que como prueba de su desviación. Sirve menos como límite eficaz inmediato que como reserva de legitimidad democrática. Sirve menos para describir el régimen existente que para demostrar hasta qué punto se ha separado de la república que la propia Constitución promete.
Y, sin embargo, eso no es poca cosa. En tiempos de captura autoritaria, conservar una Constitución que aún pueda nombrar la usurpación, declarar la nulidad, distinguir entre fuerza y derecho, fundar la obligación de restablecimiento y preservar la continuidad republicana no es un residuo inútil. Es una forma de impedir que el poder cierre por completo el horizonte moral y jurídico del país. Es, si se quiere, la última frontera normativa antes de la pura desnudez del mando.
La Constitución venezolana no ha muerto. Lo que ha ocurrido es, quizá, más inquietante: sigue viva, pero exiliada del centro efectivo del poder. Sigue ahí, recordando que no todo lo que manda es legítimo, que no toda autoridad es válida, que no toda formalidad equivale a legalidad, y que la república puede ser traicionada sin quedar por ello jurídicamente extinguida.
Ésa es su utilidad actual. No la de garantizar por sí sola la libertad inmediata, sino la de impedir que la dominación consiga presentarse como orden justo. No la de resolver mecánicamente la crisis, sino la de conservar el lenguaje con el cual la crisis puede ser juzgada, resistida y, algún día, revertida.
José Vicente Carrasquero
Caracas, Venezuela
Politólogo, matemático y consultor en Opinión Pública.
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Historias Cotidianas (I)
A todos nos encantan las historias, lo del género a que ellas pertenezcan vendrá después. Cuántas veces nos hemos encontrado a nosotros mismos imaginando cuentos y escenas en nuestra mente, mientras estamos en cualquier situación cotidiana.
Maigualida Patricia Gamero Mondragón
Caracas, Venezuela
Escritora y artista venezolana. Prosa poética experimental.
✉ maiguagamero@gmail.com
📷 Instagram: @MAIGUA_GAMERO
✍ Blog: maiguagamero.blogspot.com
A todos nos encantan las historias, lo del género a que ellas pertenezcan vendrá después. Cuántas veces nos hemos encontrado a nosotros mismos imaginando cuentos y escenas en nuestra mente, mientras viajamos en el metro, el carro, el tren o en cualquier situación cotidiana. Los momentos que vivimos son oportunidades de crear miles de “Había una vez”.
Así las cosas les puedo referir una conversación que escuché mientras viajaba en el vagón del Metro de Caracas. Una joven conversaba con una mujer adulta, tal vez eran familia o amigas; pero la forma en cómo se dirigía la una a la otra denotaba familiaridad y confianza. El caso es que la joven tenía una controversia con su hermana, ya que la misma, al parecer, no le gusta estudiar. Ella, la hermana, tiene 15 años y tiene novio. Sin embargo, para la joven del metro allí no radicaba el problema, sino en el hecho de que ese novio no representaba a su hermanita, debido a que era un vago, entre otras calificaciones. La muchacha en cuestión reflexionaba que sus objetivos eran llegar a la universidad, seguir sacando buenas notas y sí, tener un novio, que la represente y la ayude a salir del barrio, porque ella tiene ambiciones y eso no es malo, refería la chica.
De todo ello puedo extraer un mensaje “Cada cabeza es un mundo”, en el que se crean historias y se sueña; pero a la vez se quiere un futuro mejor, y es con el estudio y el esfuerzo que se puede lograr, más allá de depender de un amor que te rescate, es tener un amor que te acompañe. La cultura popular venezolana, tiene en su esencia esa dependencia de una figura que te arrope y te solucione la existencia, limitando, en ocasiones, tus posibilidades de demostrar que si te esfuerzas ganas. Esto claro está es una generalización, pero el hecho de escuchar esta temática en la actualidad me lleva a decir que los valores que ofrece la familia están disgregados y para el joven actual no hay referencias claras de qué quieren realmente en la vida. Una quinceañera que busca en lo que cree es el amor duradero, un apego, un escape a la escasez de sentimientos que tal vez vivió en su infancia.
Historias cotidianas que nos acompañan entre estaciones. Cuentos que tienen aspectos comunes a todos: el amor, la amistad, la familia y el querer surgir. Buscar un cambio para ser mejores personas y tener un estatus de vida digno. En fin, que se pueda vivir y no, sobrevivir.
En estos tiempos en los que se discute el embarazo precoz o adolescente es necesario por demás escuchar estas conversaciones, llanas, cotidianas, verdaderas para saber que tal vez esa hermanita de la joven del metro pueda encontrar en una política pública, en un Plan de apoyo sostenido en el tiempo, las herramientas que le permitan salir de una zona en la que se formó una figura interminable de desamores, de escasez, convertido más bien en espiral de pobreza espiritual y económica, que no le permite ver más allá de lo inmediato, un plato de comida, sexo o satisfacción efímera.
Rescatemos las palabras de la joven del metro “Surgir” “Salir del barrio para mejorar”. Y agreguemos: para transformar la realidad y convertir el país y la ciudad en una zona creativa, amable, segura y que genere confianza en todos los sentidos.
He llegado a la estación de destino, ella quizás siguió su cuento, otros fueron los oídos y los ojos que se quedaron con el cuento de la joven del metro.
Maigualida Patricia Gamero Mondragón
Caracas, Venezuela
Escritora y artista venezolana. Prosa poética experimental.
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Colaboradores Invitados
Colores en fuga. Del exilio al regreso.
La noticia llegó vía e-mail. Llegó el día. Aquel «Algún día» es HOY… Prosa poética experimental sobre la diáspora venezolana, el exilio y el regreso a la tierra de Gracia.
Maigualida Patricia Gamero Mondragón
Caracas, Venezuela
Escritora y artista venezolana. Prosa poética experimental.
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— Colaboradora Invitada
Ensayo · Prosa poética experimental · Teatro híbrido · Absurdo
La noticia llegó vía e-mail. Llegó el día. Aquel «Algún día» es HOY…
Colores en fuga
Sensaciones encontradas.
Un país en el espejo
Me refleja
Venezuela huele a posibilidad.
Tantos pensamientos dando vueltas se agolpan en el pecho.
Un corazón galopando ¡Libertad!
Mi mente me habla:
¡Refugio. Asilo. Política!
¡Religión. Sexo. Iglesia!
¡Piedra. Petróleo. Explosión!
Caigo. Cuántas veces. Alucino.
Busco ¿Libertad? Sí, Libertad, progreso, dignidad de vivir en la Tierra de Gracia.
Vértigo.
Frente al espejo aparece un ángel — es la caída de agua más bella que he visto. Me reflejo.
ALUCINACIÓN: Explosión de colores. Amarillo. Azul. Rojo. Siete estrellas… ¿o eran ocho? Bolívar. Miranda. Sucre. Llevamos ADN heroico, épico, mucho siglo XIX en la genética.
Grifo sanador.
El agua de la ducha me inunda de médanos,
De Pico Bolívar. Nieve. Sí nieve en el trópico.
De verde Ávila.
De esfera naranja en la autopista.
Mis ojos hechos agua.
¿Por qué huir de tu color natal?
¡de tu olor a tierra originaria!
Si Dios hizo el mundo sin fronteras o si el mundo es lo que armamos y amamos en nuestra cabeza… qué es lo que sucede.
¿Por qué las fronteras, los muros?
Los que se fueron en esa búsqueda o regresaron o no llegaron a su destino… ¿dónde están?
Los que se quedaron, ¿qué habrá sido de ellos?
Miles de historias que se parecen que se mezclan como en un lienzo. Sueño que regreso.
Despierto frente al espejo. El regreso es hoy. No lo puedo creer — estoy de vuelta. Salgo del baño. Un aeropuerto lleno. Voces parlantes en muchos idiomas. Sensación de saudade, morriña, nostalgia.
Qué pasa cuando el piso de Cruz Diez es penetrado con la maleta-recipiente de sueños. Las ruedas van marcando ritmo, huida, fuga. Sí, de la fuga. Es una sensación de ahogo que no se detiene en el interminable pasillo donde todo parece expulsar los colores a la nada… Me fui. ¡Y ahora regreso!
Añorando.
La arepita frita con mantequilla,
el ají que sabe a cariño,
la chicha que alimenta los ancestros.
Yo tuve que pisar un mural,
salí por el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar…
un mural lleno de colores vibrantes.
Colores que invitaban al movimiento.
Siempre me repetí: y volveré alguna vez a mi país que todo el mundo quiere. A mi pequeña Venecia. A mi Venezuela. ¿Saben? fue llamado la tierra de Gracia. (Recuerda) tu país, mi país… (se le quiebra la voz) como dice la canción: en este país, mi país, tu país… en este país… desde que el sol se levanta…
Pienso, me quiebro. Me repongo — ¿qué hará el país con nosotros o nosotros qué haremos con el País?
SILENCIO IMPORTANTE.
Dejo de alucinar, se disipa el Salto Ángel. Ahora estoy frente al Ávila VERDE LIBERTAD. Realidad — Ficción.
La noche estalló en relámpagos… El avión despegó… Hoy hace tiempo de eso… El grito: ¡Naciste hoy! Es la mejor noticia para un país de héroes y heroínas. Hoy nazco porque somos algo más que un cuerpo, que un concurso, que petróleo. Camaleona 2.0. Mujer Diáspora por los que tuvieron que partir. Hoy mujer matria. Mujer semilla. Mujer país. ¡Naciste hoy Venezuela!
Regreso a mi verde posibilidad. A mi Ávila. Waraira Repano.
Porque somos eso: divergentes. Pero sobre todo alegría y progreso.
Al norte del sur está mi país. La cultura rica y variada. Naturaleza y urbanidad. Emprendimiento y sol.
Regresé de la grieta a la meta y sí tal como lo dije a la periodista: «Somos la flor que nace de las grietas».
Mujer tacón concurso
Un país posible se hizo realidad.
Tres maletas.
Cicatrices.
Crecimos en la grieta. Es hora de florecer y educar por un futuro en la excelencia. Amar y servir.
Caras de niños estudiando orgullosos de nuestra geografía y recorriendo el llano, la montaña, la playa.
El país industria, amable, puerto y aeropuerto.
Soto — Cruz Diez — Díaz — Abreu; parte de nuestro imaginario.
Aterrizo.
Bienvenidos al aeropuerto Internacional Simón Bolívar.
Venezuela se hizo posible.
Cambiamos el odio por amor.
Maigualida Patricia Gamero Mondragón
Caracas, Venezuela
Escritora y artista venezolana. Prosa poética experimental.
✉ maiguagamero@gmail.com
📷 Instagram: @MAIGUA_GAMERO
✍ Blog: maiguagamero.blogspot.com
Colaboradores Invitados
Tiempos de cambio
90 años atrás, en 1936, un genio llamado Charles Chaplin presentaba al mundo lo que algunos consideran como la mejor película de su carrera: «Tiempos modernos». Desde ese primer minuto, Chaplin dejaba claro su punto de vista: nos estamos convirtiendo en máquinas, estamos perdiendo nuestra humanidad.
Pablo Sánchez Noguera
Periodista especializado en tecnología. Profesor de inglés como segundo idioma.
— Colaborador Invitado
90 años atrás, en 1936, un genio llamado Charles Chaplin presentaba al mundo lo que algunos consideran como la mejor película de su carrera. Un largometraje llamado «Tiempos modernos» en el que aparecía un gigantesco reloj de fondo durante los créditos de inicio. La primera escena de este largometraje mostraba un montón de ovejas caminando hacia el frente y que luego, tras una breve transición, se convertían en decenas de obreros que seguían la misma dirección.
Desde ese primer minuto, Chaplin dejaba claro su punto de vista a la audiencia: «Nos ven como borregos»… «nos estamos convirtiendo en ganado»… «estamos perdiendo nuestra humanidad»…
Precisamente por esta «falta de humanidad» el protagonista de la película sufre un, divertidísimo, colapso nervioso y se convierte en un vagabundo.
¿Me pregunto cómo sería el inicio de esa película hoy en día…? Al final de este texto les diré lo que me imagino… pero primero quiero ir al grano con lo más importante.
Y es que, el mundo cambió para siempre en aquellos años. Antes de la «Revolución Industrial» entre el 80% y el 90% de la población trabajaba en el campo. Después, esta cifra cambió del 2 al 5% en países desarrollados y del 20 al 50% en los demás. Sí, se perdieron muchísimos trabajos y la economía cambió para siempre; pero no necesariamente fue algo negativo.
De hecho, nunca antes en la historia de la humanidad había habido indicadores positivos como estos. En el año 2026 no es exageración decir que:
- Nunca antes había sido tan fácil el acceso a la información y a la educación a nivel mundial.
- Nunca antes habían habido tantos seres humanos vivos al mismo tiempo. Ya somos más de 8 mil millones de personas en el planeta (hace 100 años éramos apenas 2 mil millones).
- Nunca antes había habido tantas posibilidades para comunicarnos con lugares remotos de modo tan económico.
Y sin embargo, también enfrentamos retos únicos porque:
- Nunca antes había sido tan fácil permanecer distraídos.
- Nunca antes habíamos tenido tanta competencia.
- Nunca antes había sido tan importante aprender a pensar por nosotros mismos para poder progresar en un mundo en donde «hacer las cosas igual que ayer» podría dejarnos fuera del mercado.
Y éste es, precisamente el punto de este texto: ¡El mundo está cambiando más rápido que nunca!
Por primera vez en la historia de la humanidad, ni el más experto de los expertos puede predecir con certeza cómo será el mercado laboral dentro de 20, 15 o incluso 10 años.
Y, por supuesto, la situación nos asusta.
Los tiempos de cambio, siempre asustan… pero hay cosas que JAMÁS van a cambiar y Charles Chaplin lo entendió hace ya casi 100 años atrás.
Mientras el inicio de su película plantea cómo el hombre pareciera estar convirtiéndose en una máquina, afuera de las fábricas Chaplin desarrolla la historia de una chica sin hogar que intenta salir adelante en este mundo que se mueve rápidamente del siglo 19 al siglo 20. Y allí, ambos se encuentran y se conectan ayudándose mutuamente en una sociedad que parece deshumanizada.
Fue en esta película en que por primera vez Charles Chaplin usó su voz real (pues el sonido apenas estaba llegando a los cines) y lo hizo cantando palabras sin sentido pero cuyo mensaje cualquiera es capaz de entender (si han visto la película saben a lo que me refiero).
Es por todo esto que digo que Chaplin lo entendió: lo más importante no son las palabras, sino la forma en que nos conectamos con los demás.
A pesar de que hoy la humanidad enfrenta un cambio sin precedentes, nuestro lado más humano nunca cambiará. Nuestra esencia radica en esto: aprender a conectarnos, ayudarnos mutuamente y aprender a reír a pesar de lo duro que pueda ser nuestro entorno y lo difíciles que puedan ser nuestros retos.
No existe prácticamente ningún trabajo en donde alguna de estas premisas no se cumplan: conectarnos con el otro, ayudar a otros y/o hacernos reír. En el sentido más profundo de estas 3 necesidades, las máquinas jamás podrán reemplazarnos efectivamente.
Cuando compramos un servicio, no siempre escogemos «al más barato» o «al mejor» o «al que queda más cerca»… compramos al que nos genera más confianza, el que más resuena con nosotros mismos o al que conocemos mejor.
Es por ello que es tan importante hoy en día que aprendamos a conectarnos con nuestro prójimo. El mundo del mañana puede que no sea de color rosa, pero estoy casi seguro de que tampoco será tan oscuro como muchos quieren pintarlo.
Y aunque está claro que yo no soy un genio como Chaplin, me atrevo a imaginar que el intro de una película hecha en el 2026 y que se titule «Tiempos de cambio» también comenzaría con un reloj gigantesco en primer plano pero no mostraría ovejas en la primera escena, sino datos transmitidos a través de Internet. Datos que se convertirían en la siguiente escena en personas trabajando en sus computadoras, hablando por teléfono, jugando videojuegos e incluso viendo sus series y películas favoritas… mientras afuera, algún vagabundo sufre un colapso nervioso y conoce a una chica que también intenta sobrevivir…
…y al conectarse, se ayudan y nos recuerdan que hay algo que nunca cambiará: la humanidad, siempre necesitará conexión, ayuda y risas a pesar de los retos y las dificultades.
Pablo Sánchez Noguera
Periodista especializado en tecnología. Profesor de inglés como segundo idioma.
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