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Economía

La violencia bajó. El problema es que nadie puede probarlo

Los homicidios en Venezuela cayeron drásticamente en una década, y eso es real. Pero el gobierno afirma una tasa que sería inferior a la de Estados Unidos, y la mayoría de las muertes violentas sigue registrada como «en averiguación». Para un inversionista, un dato que no se puede auditar vale lo mismo que un dato malo.

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Los homicidios en Venezuela cayeron drásticamente en una década, y eso es real. Pero el gobierno afirma una tasa que sería inferior a la de Estados Unidos, y la mayoría de las muertes violentas sigue registrada como «en averiguación». Para un inversionista, un dato que no se puede auditar vale lo mismo que un dato malo.

Jorge Jraissati planteó la criminalidad en Incisos no como un problema social sino como una barrera económica concreta: si una empresa quiere desarrollar el sector minero venezolano, no puede llevar a sus mejores ingenieros a un país inseguro.

Es un planteamiento correcto. Pero al ir a los datos aparece algo más interesante que la premisa.

La violencia sí bajó, y mucho

Conviene decirlo primero porque es cierto y porque negarlo destruiría la credibilidad de todo lo demás.

En 2016 Venezuela registró 28.479 homicidios, una tasa de 92 por cada 100.000 habitantes, la segunda más alta de América Latina según el Observatorio Venezolano de Violencia. Caracas llegó a ser la capital más insegura del continente.

Para 2023, esa tasa había caído alrededor de un 70%, hasta 26,8 por cada 100.000, con menos de 7.000 muertes violentas. El Wall Street Journal documentó en marzo de este año el cambio en la vida cotidiana: plazas llenas de noche, peatones que ya no temen el paso de una moto, recorridos guiados por barrios que estuvieron controlados por bandas.

No es propaganda. Es un cambio que la gente vive.

DESTACADO: De las 6.973 muertes violentas de 2023, 4.064 quedaron registradas como muertes cuya causa e intencionalidad está en averiguación. Son casi seis de cada diez.

Y aquí empieza el problema

Mírese la composición de esa cifra de 2023, según el propio OVV:

Categoría Casos
Homicidios cometidos por delincuentes 1.956
Muertes por intervención policial 953
Muertes violentas en averiguación 4.064
Total 6.973

La categoría más numerosa —con diferencia— es la que no está clasificada. Y esa categoría es la que determina si la tasa de homicidios de un país es alta o baja, porque según dónde se asignen esas 4.064 muertes, el número final cambia por completo.

El patrón se repite hacia atrás: en 2022 hubo 9.367 muertes violentas, de las cuales 2.328 se contabilizaron como homicidios comunes y 1.240 como intervenciones policiales. En 2021 fueron 11.081 muertes violentas, con una tasa de 40,9 por cada 100.000.

La afirmación que no cierra

El gobierno de Delcy Rodríguez sostiene que la tasa de homicidios de 2025 bajó a 3 por cada 100.000 habitantes — una cifra que sería inferior a la de Estados Unidos.

Ese número merece escrutinio, y no por prejuicio ideológico. Merece escrutinio porque implicaría que Venezuela pasó de ser uno de los países más violentos del planeta a uno de los más seguros en menos de una década, mientras su sistema estadístico no publica de manera desagregada y auditable las categorías que sostendrían esa conclusión.

Hay además un factor que casi nunca se menciona y que cualquier analista serio tiene que descontar: más de siete millones de personas emigraron, y la emigración venezolana se concentró en hombres jóvenes, que son el grupo demográfico sobre el que recae la mayor parte de los homicidios en cualquier país. Una parte de la caída de la tasa no es mejora de la seguridad: es que se fue el denominador.

Por qué esto es un problema económico y no solo estadístico

Aquí está el punto de la nota, y conecta directamente con lo que planteó Jraissati.

Una empresa que evalúa invertir cientos de millones de dólares en minería venezolana no toma la decisión con una sensación. La toma con una prima de riesgo, y una prima de riesgo se calcula con datos auditables: series históricas consistentes, metodología pública, categorías estables, fuente independiente verificable.

Venezuela puede haberse vuelto genuinamente más segura. Es probable que lo sea. Pero mientras la mayoría de las muertes violentas se registre como «en averiguación» y la cifra oficial no sea auditable, el país no puede cobrar el beneficio económico de esa mejora.

Es exactamente la misma patología del contrato petrolero que nadie ha leído: el problema no es solo lo que dicen los números, es que no hay forma de verificarlos.

Lo que falta reportear

El inciso

Venezuela tiene un problema que es peor que ser insegura: es no poder demostrar que dejó de serlo.

Un país que mejora y no puede probarlo sigue pagando el precio de lo que fue. Y ese precio se cobra en ingenieros que no vienen, en seguros que no se emiten y en inversiones que se van a otra parte.

Publicar estadísticas criminales auditables no cuesta nada. Y es, probablemente, una de las inversiones con mayor retorno que este país podría hacer esta semana.


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Economía

De 16 centavos a 751 dólares: lo que separa a Venezuela del resto de América Latina

Jorge Jraissati sostiene que en cinco años Venezuela podría tener el salario mínimo más alto de la región. Hoy tiene el más bajo del continente, y por un margen que no cabe en una gráfica convencional.

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Jorge Jraissati sostiene que en cinco años Venezuela podría tener el salario mínimo más alto de la región. Hoy tiene el más bajo del continente, y por un margen que no cabe en una gráfica convencional.

Jorge Jraissati dijo en Incisos que, si se hacen las cosas bien, en unos cinco años Venezuela podría tener el salario mínimo más alto de América Latina, «de lejos».

Vale la pena medir desde dónde tendría que arrancar ese recorrido.

El punto de partida

El salario mínimo venezolano permanece fijado en 130,06 bolívares mensuales. Con la tasa oficial del Banco Central de Venezuela de este 4 de septiembre —807,3862 bolívares por dólar—, ese salario equivale a 16 centavos de dólar al mes.

No es un error de tipeo. Dieciséis centavos.

En enero, cuando la tasa era considerablemente menor, distintos rankings regionales ubicaban el salario mínimo venezolano en torno a 0,44 dólares y ya lo señalaban como el último de América Latina. El deterioro cambiario de los meses siguientes hizo el resto: la cifra en bolívares no se movió, pero el dólar acumula en el año un alza superior al 170%.

DESTACADO: El salario mínimo de Costa Rica equivale a más de cuatro mil quinientos salarios mínimos venezolanos.

La tabla regional

País Salario mínimo mensual (USD, 2026)
Costa Rica 751
Uruguay 642–648
Panamá 636,80 (promedio)
Chile 598
República Dominicana 475 (empresas grandes)
Cuba ≈ 4,83 (mercado informal)
Venezuela ≈ 0,16

Cifras compiladas de reportes regionales de 2026. Costa Rica corresponde a trabajadores de ocupaciones no calificadas, tras un ajuste de 1,63%. Panamá varía fuertemente según actividad. Venezuela: cálculo propio de Incisos sobre el salario vigente y la tasa oficial del BCV del 4 de septiembre de 2026.

Lo que tendría que ocurrir

Jraissati no habla de subir el salario mínimo por decreto. Su argumento es el inverso: el salario sube cuando sube la productividad, y la productividad sube cuando existe un aparato económico que funcione.

En su lectura, eso exige reconstruir no solo el petróleo sino la minería, la electricidad, el sistema financiero, la logística y la agricultura, y hacerlo dentro de un crecimiento sostenido de dos dígitos durante una década.

El inciso

Un decreto puede multiplicar el salario mínimo por mil mañana y no cambiaría nada, porque lo que está roto no es el número: es lo que hay detrás del número.

Pero conviene tener la cifra a la vista mientras se discuten concesiones a cien años. Porque el país que va a firmar contratos por un siglo es el mismo país donde el piso legal de un sueldo mensual no alcanza para un café.


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Economía

La única ventaja de no tener nada: Venezuela y la banca que no existe

Jraissati plantea que el sistema financiero venezolano, por estar destruido, podría reconstruirse directamente sobre tecnología nueva y convertirse en referencia regional. Es el argumento del salto tecnológico, y tiene precedentes.

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Jraissati plantea que el sistema financiero venezolano, por estar destruido, podría reconstruirse directamente sobre tecnología nueva y convertirse en referencia regional. Es el argumento del salto tecnológico, y tiene precedentes.

Entre las propuestas que Jorge Jraissati planteó en Incisos hay una que no suele aparecer en las discusiones sobre reconstrucción, y merece nota propia.

Su argumento: en la mayoría de los países, la banca funciona sobre infraestructura heredada, difícil y costosa de modernizar. En Venezuela, dijo, «como no tenemos nada», existe la oportunidad de reconstruir directamente sobre tecnologías nuevas.

De ahí se seguiría la posibilidad de convertirse en referencia latinoamericana en desarrollo de instrumentos financieros, otorgar crédito no solo dentro del país sino en la región, y atraer empresas de tecnología financiera.

El argumento del salto

Lo que describe tiene nombre en la literatura del desarrollo: el salto tecnológico. Sucedió con la telefonía móvil en África, que se expandió sin pasar por la red fija, y con los sistemas de pago digital en varias economías emergentes que nunca tuvieron bancarización masiva.

La lógica es real: no tener infraestructura heredada elimina el costo de desmontarla.

Los tres obstáculos que él mismo nombró

Conviene no soltar la idea sin sus condiciones, porque el propio Jraissati las puso.

Una banca de referencia regional necesita reconexión a los mercados financieros internacionales. Necesita inflación bajo control —él proyecta que rondará el 800% el próximo año—. Y necesita el fin de las mafias cambiarias, que según describió no solo complican la vida diaria de las personas sino que hacen imposible que una empresa maneje un presupuesto.

El inciso

«Como no tenemos nada» es una frase que se puede leer de dos maneras.

Una es la del economista: una hoja en blanco es una oportunidad de diseño.

La otra es la del que vive aquí: una hoja en blanco es lo que queda después de que se llevaron todo.

Las dos son ciertas. Y probablemente la reconstrucción de Venezuela consista, sobre todo, en no dejar que la segunda lectura tenga la última palabra.


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Economía

La brecha cambiaria se cerró. La distorsión no

Jraissati habló de mafias cambiarias que hacen imposible que una empresa maneje su presupuesto. La brecha entre el dólar oficial y el paralelo está hoy en torno al 13%, la más baja en años. Y sin embargo tiene razón, porque el problema nunca fue solo la brecha.

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Jraissati habló de mafias cambiarias que hacen imposible que una empresa maneje su presupuesto. La brecha entre el dólar oficial y el paralelo está hoy en torno al 13%, la más baja en años. Y sin embargo tiene razón, porque el problema nunca fue solo la brecha.

En la entrevista, Jorge Jraissati mencionó al pasar que en Venezuela «todavía existen mafias cambiarias» que no solo complican la vida diaria de las personas, sino que le hacen imposible a una empresa manejar su presupuesto.

Fuimos a verificarlo esperando encontrar una brecha enorme. Encontramos lo contrario. Y el resultado explica mejor el problema que la premisa original.

El dato de hoy

La brecha entre la tasa oficial del Banco Central y las cotizaciones del mercado paralelo se ha ubicado en torno al 13% en las últimas semanas. En una medición reciente, con el BCV en 771,07 bolívares y Binance P2P en 873,39, la diferencia era de 102,32 bolívares por dólar.

Para dimensionarlo: durante buena parte de los años del control de cambios instaurado en 2003, esa brecha se midió en múltiplos, no en porcentajes de dos dígitos.

Pero la brecha se cerró por el lado equivocado

Esta es la parte que importa.

El BCV aceleró el ajuste del tipo de cambio oficial mediante mayores intervenciones, y esa aceleración —no una mejora de los fundamentos— es lo que redujo la distancia con el paralelo. Analistas consultados por medios especializados lo han planteado en esos términos: la reducción de la brecha responde principalmente a que el tipo de cambio oficial se depreció más rápido, no a que la economía funcione mejor.

Los números lo confirman. El dólar oficial acumulaba un alza de 112,44% al 1° de julio. Este 4 de septiembre acumula más de 170% en lo que va del año, y cerró en 807,3862 bolívares.

La brecha no se cerró porque el paralelo bajara. Se cerró porque el oficial subió a alcanzarlo.

DESTACADO: El instrumento cambió. Antes era el dólar en efectivo; hoy es el USDT en plataformas P2P. La operación es legal y masiva.

Qué son hoy, realmente, las «mafias cambiarias»

El término arrastra una imagen de los años del control férreo: el bachaqueo de divisas, las cadenas de intermediarios, el arbitraje entre tasas oficiales preferenciales y el mercado negro.

Ese esquema, tal como existió, se transformó. Hoy la operación de referencia se hace con criptomoneda estable en plataformas globales de intercambio entre personas, y comprar y vender USDT en Binance P2P es legal en Venezuela; el SENIAT trata las criptomonedas como activos sujetos a impuesto sobre la renta. Lo que no es legal es operar divisas físicas fuera del sistema cambiario regulado.

La distorsión que sí está documentada, y que es peor

Aquí está el hallazgo, y explica exactamente lo que Jraissati describió sobre los presupuestos.

La tasa del BCV es la única referencia legal obligatoria para fijar precios, declarar impuestos ante el SENIAT, llevar registros contables y cumplir obligaciones contractuales dentro del país. Usar referencias paralelas para facturar puede acarrear multas, cierres temporales e incluso procesos penales por especulación y usura, conforme a la Ley Orgánica de Precios Justos y la normativa de la SUNDDE.

Ahora júntese eso con lo anterior.

Una empresa está obligada por ley a facturar a una tasa, y obligada por el mercado a reponer sus dólares a otra. Ese diferencial no es una oportunidad de arbitraje: es una pérdida forzosa en cada ciclo de operación, y es ilegal cubrirse de ella facturando al precio real.

Eso es lo que hace imposible manejar un presupuesto. No hace falta ninguna mafia.

Y hay un dato que ilustra el nivel de fragmentación que esto genera: en el estado Táchira llegaron a manejarse siete tipos de cambio distintos simultáneamente, según reportes del sector empresarial local.

Lo que viene

Las proyecciones para el cierre de 2026 abarcan un rango amplísimo, que en sí mismo es un indicador: algunos especialistas ven posible una estabilización cercana a los 800 bolívares; otros advierten que podría ubicarse alrededor de 1.100, e incluso superar los 2.000 en un escenario de mayor presión fiscal.

Lo que definirá el resultado, coinciden, no serán las intervenciones cambiarias sino la capacidad del Estado para financiar la reconstrucción tras los terremotos del 24 de junio, controlar la expansión de la liquidez y sostener el flujo de divisas.

El inciso

Asdrúbal Oliveros lo resumió en una frase que merece quedarse: el problema no es la gente, es el sistema.

Es tentador buscar culpables individuales en un mercado cambiario distorsionado, porque siempre hay alguien haciendo dinero con la distorsión. Pero el que arbitra no creó la brecha: la brecha la crea una arquitectura legal que obliga a una empresa a mentir en su propia factura para no quebrar.

Mientras eso siga en pie, ninguna reconstrucción es planificable. Y un país que no se puede planificar no se puede reconstruir.


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