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El Mundial se vive en Columbus: dónde verlo y cómo moverse
Aunque Columbus no recibe partidos, la fiebre del Mundial llega a la comunidad latina. Dónde reunirse, cómo organizarse y qué tener en cuenta estas semanas.
Columbus no recibe partidos del Mundial, pero eso no apaga la fiesta. La comunidad hispana de la ciudad vive el torneo a su manera, y vale la pena hacerlo bien informado.
El Mundial arrancó el 11 de junio, y aunque Columbus no figura entre las ciudades sede, la fiebre llega igual a los hogares y barrios de la comunidad hispana. El fútbol, aquí como en cualquier lugar donde haya latinos, es excusa para reunirse, cocinar, gritar un gol y sentirse, por un rato, más cerca de casa.
Verlo en buena compañía
La forma más común de vivir el torneo es en casa, en familia o entre amigos, con la comida que cada quien trae de su tradición. Pero la ciudad también ofrece opciones para quienes prefieren el ambiente colectivo: restaurantes y negocios latinos suelen transmitir los partidos, sobre todo los de las selecciones de mayor convocatoria en la comunidad. Conviene preguntar con anticipación en los locales de confianza, porque muchos ajustan horarios y reservas durante el torneo.
Una temporada para los negocios del barrio
El Mundial es también un buen momento para apoyar a los negocios hispanos de Columbus. Restaurantes, panaderías, tiendas y food trucks viven estas semanas como temporada alta. Consumir en ellos no solo mejora la experiencia del partido: sostiene la economía de la propia comunidad.
Lo práctico
Algunas recomendaciones para disfrutar sin contratiempos. Si el plan implica desplazarse de noche tras un partido, conviene organizar el transporte con anticipación. Para reuniones grandes, repartir tareas evita que todo recaiga en una sola familia. Y si hay niños, los partidos de fin de semana en horario diurno son los más cómodos para todos.
El calor, presente
Estas semanas el clima en Columbus se mantiene cálido, con jornadas que rondan los 82 grados Fahrenheit. Si la reunión es al aire libre o el plan incluye caminar, la hidratación y la protección solar son parte del kit mundialista. El fútbol se disfruta mejor sin un golpe de calor de por medio.
El torneo durará varias semanas. Aprovecharlo es, sobre todo, una oportunidad para que la comunidad se encuentre. En Columbus, el Mundial se juega lejos, pero se vive bien cerca.
Fuentes: INCÍSOS elaboró esta nota con información de fuentes públicas y medios de referencia.
Alfredo Yánez
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Libre de Culpa desmonta la fe vivida como deuda
Un ensayo sobre la culpa que se aprende de niño, la que se instala como sistema y la que carga quien sigue en pie mientras otros no pueden.
LIBROS · RESEÑA
Un ensayo sobre la culpa que se aprende de niño, la que se instala como sistema y la que carga quien sigue en pie mientras otros no pueden.
Las 6W · INCÍSOS
| Qué | Libre de Culpa. Una vida que no empieza en el pecado, un ensayo espiritual en 24 capítulos y tres partes sobre la culpa como forma de vivir la fe, y sobre la Gracia como punto de partida alternativo. |
|---|---|
| Quién | Alfredo Yánez Mondragón, periodista y editor de INCÍSOS, autor de los devocionarios Belén día a día y Cuaresma, tiempo de conversión. Escribe desde la fe católica y lo declara en la nota al lector. |
| Cuándo | Primera edición de 2026, ya a la venta. A diferencia de sus dos libros anteriores, no está atado a ningún tiempo litúrgico: se lee de corrido, en cualquier época del año. |
| Dónde | En Amazon, en edición Kindle. Su lector natural es el católico hispanohablante que creció con una catequesis del miedo, dentro o fuera de su país. |
| Por qué | Porque muchos creyentes viven la fe como una deuda que nunca se termina de pagar, con una pregunta de fondo que rara vez se dice en voz alta: «¿Y si no es suficiente?». Y porque hay una culpa sin falta, la de seguir en pie cuando otros no pueden, que casi nadie nombra. |
| Cómo | En tres movimientos: describe cómo se instala la culpa (La anatomía del miedo), propone cambiar el punto de partida del error a la Gracia (El desplazamiento) y muestra cómo se vive desde ahí (La vida desde otro lugar). Cierra con María, Madre del Buen Consejo. |
Nota de transparencia: el autor de este libro es el editor de INCÍSOS. Esta reseña lo evalúa con el mismo criterio que a cualquier otro título, incluidos sus límites.
Hay libros de espiritualidad que enseñan a rezar y otros que enseñan a portarse bien. Libre de Culpa pertenece a una tercera categoría, menos frecuente en español: la de los libros que se preguntan qué hizo con nosotros la manera en que aprendimos a creer. Su punto de partida no es una doctrina, sino una sensación. La de terminar el día con la impresión de que pudo haber sido mejor. La de dudar de una decisión aunque fuera correcta. La de preguntarse, después de cumplir, si fue suficiente.
El libro está dedicado «para quien siente que siempre le falta algo», y la dedicatoria funciona como diagnóstico. Yánez Mondragón sostiene que esa incomodidad no es una falla puntual, sino una forma de vivir, organizada desde un lugar que pocas veces se examina: la idea de que la vida empieza en el error y consiste en corregirlo. «El problema no es reconocer el error. El problema es convertirlo en origen». Cuando el error ocupa ese lugar, la conducta se vuelve corrección, la relación con Dios se vuelve intento y la vida, un proceso de compensación que nunca termina de cerrarse.
Es una tesis que toca una fibra muy concreta de la experiencia religiosa hispana. Generaciones enteras de católicos latinoamericanos aprendieron la fe a la vez que el examen de conciencia, la lista de pecados antes de la primera comunión y el golpe en el pecho del «por mi culpa». El libro no ataca esa tradición. Pregunta qué produce cuando se transmite sin explicación, y esa pregunta, hecha desde adentro, es lo que le da valor.
El diagnóstico, del Niño Jesús al confesionario
La primera parte, La anatomía del miedo, es la más lograda del libro, porque baja la tesis a escenas que el lector reconoce de inmediato. La más eficaz es también la más cotidiana. Diciembre llega con una promesa: el Niño Jesús, Santa Claus o los Reyes Magos, según el país. La estructura es la misma: hay alguien que observa y sabe cómo te has portado, y lo que llegue dependerá de si has sido suficientemente bueno. El autor no lo presenta como una crueldad. Al contrario, subraya que se decía con ternura y con la mejor intención. Pero el niño, escribe, «aprende que el amor tiene condiciones antes de aprender que el amor puede no tenerlas».
De ahí el libro pasa a una de sus observaciones más finas: la distinción entre pecado venial y pecado mortal. No la discute como doctrina, y reconoce que es, en su origen, una herramienta pastoral honesta. Lo que examina es lo que produce cuando se convierte en el mapa principal de la vida interior. La persona aprende a calcular, casi por reflejo. «¿En qué categoría entra esto?». Esa pregunta, repetida mil veces, no forma solo una conciencia moral. Forma, en palabras del libro, «una burocracia interior. Una contabilidad espiritual que nunca duerme». En ese esquema, la confesión deja de vivirse como encuentro y pasa a funcionar como trámite para quedar habilitado.
El capítulo sobre el Confiteor completa el cuadro. «Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi grandísima culpa». El autor no cuestiona la oración, a la que reconoce historia y profundidad teológica. Mira lo que deja en quien la reza de forma mecánica, año tras año, desde la infancia, sin que nadie le explique lo que dice. Y propone una distinción que recorre todo el libro: la culpa, en su origen, es una señal que permite reconocer un error. El problema empieza cuando deja de ser señal y se convierte en sistema. «Ya no orienta. Condiciona».
El giro, un Dios que no administra castigos
La segunda parte, El desplazamiento, cambia la pregunta. Ya no es «¿qué hice mal?», sino «¿y si el punto de partida era otro?». Aquí el libro se vuelve más doctrinal y se apoya en la tradición paulina, «donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia», para sostener que la Gracia es anterior a cualquier mérito. No compite con el error, lo desborda. Y el amor de Dios no es un premio a la buena conducta, sino el origen de todo lo demás.
El capítulo más incisivo de esta parte es «Dios no administra castigos». Parte de frases que cualquier hispanohablante ha oído en un velorio o en una sala de espera: «por algo será», «Dios sabrá por qué», «esto tiene un propósito». El autor reconoce que intentan consolar, pero señala la lógica que llevan dentro: si Dios gestiona lo que ocurre, también gestiona el dolor. Y ante una catástrofe que destruye miles de vidas, decir que Dios lo permitió por alguna razón «no solo no consuela: hace daño», porque convierte al que sufrió «en instrumento de una pedagogía que no pidió». Es una afirmación fuerte para un libro católico, y está bien argumentada.
La objeción que el libro se adelanta a responder
Un ensayo que propone soltar la culpa corre un riesgo evidente: que se lea como una invitación a que todo da igual. Yánez Mondragón lo sabe y le dedica dos capítulos. En «La trampa de la soberbia» advierte que hay dos maneras de no recibir la Gracia. La primera es sentirse tan insuficiente que uno cree no merecerla. La segunda, más peligrosa, es la de quien no la necesita porque ya cumple, ya se esfuerza y ya se basta a sí mismo. La salida del miedo, insiste, no es la seguridad en uno mismo.
En «La responsabilidad sin culpa» da el paso que hacía falta. La culpa y la responsabilidad no son lo mismo, y confundirlas es parte del problema. «Mientras la culpa tiende a cerrar, la responsabilidad abre». El error sigue siendo real, tiene consecuencias y puede exigir reparación. Lo que cambia es el lugar que ocupa. El capítulo «El error no define» lo resume con una distinción que el lector puede llevarse a la vida diaria: hay una diferencia enorme entre decir «eso estuvo mal» y decir «yo estoy mal». La primera frase deja abierta la corrección. La segunda la clausura.
Y en «Lo que Jesús no dijo primero» el libro deja la tesis y va a los textos. Muestra el orden en que Jesús actúa con el hijo pródigo, con la mujer sorprendida en adulterio y con Zaqueo: primero acoge, después orienta. El padre del pródigo «no administra el retorno. Lo recibe». Es la página donde el argumento se vuelve evidencia, y la que mejor explica la fórmula que el autor propone como clave de lectura del Evangelio: «primero la libertad, después la orientación. No al revés».
La culpa del que sigue en pie
Para el lector de INCÍSOS, el capítulo que más pesa es el 17, «La culpa sin falta». Es el más largo del libro, y se nota que fue escrito con cuidado. Trata de una culpa que no nace de un acto propio, sino del contraste: descubrir que uno está bien, que la vida sigue teniendo sabor, que se puede comer, dormir y hacer planes, mientras otros no pueden. «¿Por qué no hice más? ¿Por qué no estuve? […] ¿Por qué sigo aquí cuando otros no están?».
El autor llega a esa culpa desde las catástrofes naturales, y el libro no menciona a Venezuela. Pero cualquier lector de la diáspora reconocerá ahí una experiencia propia: la del que se fue y vive con normalidad mientras la familia que se quedó atraviesa lo que él ya no vive. La de quien celebra un logro y siente, al mismo tiempo, que no tiene derecho. Es una culpa muy extendida entre los millones de venezolanos que salieron del país y apenas tiene nombre en el lenguaje religioso.
La respuesta del libro no consiste en pedir que se deje de sentir. Consiste en quitarle a esa culpa el falso estatus de deuda, la idea de que haber quedado en pie obliga a pagar algo. Y propone otro destino para ese peso: la Gracia que se comprende «no se almacena», se mueve hacia quien la necesita y se convierte en «mano extendida». No para compensar nada, sino porque eso es lo que hace, dice el libro, quien ha entendido que la vida empieza en el don.
Lo que se le puede pedir
El estilo es, a la vez, la fuerza y el límite del libro. Frases cortas, negaciones encadenadas («No como respuesta. Como fundamento») y separadores que marcan pausas. En dosis breves da ritmo de meditación y obliga a leer despacio. A lo largo de 24 capítulos, el recurso se vuelve reconocible y por momentos amanerado, sobre todo en los cierres, que tienden a resolverse con la misma cadencia.
Hay también un desequilibrio entre el diagnóstico y la experiencia. Las escenas de la primera parte (el Niño Jesús que observa, el examen antes de comulgar) son eficaces porque son de todos. Pero el libro casi no tiene historias de personas concretas, ni casos que muestren cómo se ve en una vida real el paso de la culpa a la responsabilidad. Quien conozca la serie «No te lo explicaron», del mismo autor, sabe que ese recurso funciona. Aquí hace falta, sobre todo en la tercera parte, donde la tesis se aplica a la ética, la oración y la vida ordinaria y por momentos se queda en el plano general.
Por último, el subtítulo promete un debate que el libro no da. «Una vida que no empieza en el pecado» puede leerse como una discusión sobre el pecado original, pero el texto no entra en ella. La nota al lector lo aclara: no es una tesis doctrinal, no busca contradecir la enseñanza de la Iglesia ni proponer una reforma, sino «mirar lo que ya cree, desde un lugar un poco más adentro». Es una aclaración honesta, pero llega en la primera página, y quien juzgue el libro por su portada puede esperar otra cosa. Quien venga de una catequesis rígida puede sentir que el título lo provoca más de lo que el libro lo discute.
Para quién es
- Sí, si: vive la fe con la sensación de no estar nunca a la altura, creció con una catequesis del miedo o carga la culpa de estar bien mientras su familia o su país no lo están.
- Quizá no, si: busca un tratado de teología, una discusión formal sobre el pecado original, un manual práctico con ejercicios o una lectura sin marco religioso.
- Para leer junto a: Cuaresma, tiempo de conversión, que comparte su idea central, la de un Padre que espera y corre al encuentro, desde el formato de la lectura diaria.
Veredicto
Libre de Culpa es el libro más personal y más arriesgado de los tres que Yánez Mondragón ha dedicado a la fe. No es un devocionario, sino una revisión de los cimientos. Acierta en el diagnóstico, que pone nombre a experiencias que muchos lectores reconocerán como propias. Acierta también al anticipar la objeción de la permisividad y al leer el Evangelio como una secuencia en la que la acogida precede a la corrección. Su capítulo sobre la culpa de quien sigue en pie es, para la diáspora, el más valioso. Le sobra algo de insistencia en el estilo y le faltan historias que encarnen la tesis. La frase que lo resume está en su cierre: la vida «no empieza en el pecado, ni en la culpa, ni en la deuda: empieza en el don».

Ficha
- Título: Libre de Culpa. Una vida que no empieza en el pecado
- Autor: Alfredo Yánez Mondragón
- Estructura: nota al lector, introducción y 24 capítulos en tres partes (La anatomía del miedo, El desplazamiento y La vida desde otro lugar)
- Edición: primera edición, 2026, publicada a través de Amazon KDP
- Formato: Kindle
- Dónde comprarlo: Amazon
Fuentes principales: Libre de Culpa. Una vida que no empieza en el pecado, Alfredo Yánez Mondragón, primera edición, 2026.
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Cuaresma, tiempo de conversión cambia el sacrificio por el regreso
Cuarenta y siete días para volver, sin listas de sacrificios ni contabilidad de penitencias.
LIBROS · RESEÑA
Cuarenta y siete días para volver, sin listas de sacrificios ni contabilidad de penitencias.
Las 6W · INCÍSOS
| Qué | Cuaresma, tiempo de conversión. Un camino diario del desierto a la Pascua, un libro de 47 reflexiones breves, una por cada día que va del Miércoles de Ceniza al Domingo de Resurrección, con introducción, guía de lectura y epílogo. |
|---|---|
| Quién | Alfredo Yánez Mondragón, periodista y editor de INCÍSOS, que aplica aquí el método de su devocionario de Adviento, Belén día a día. Escribe desde la fe católica y en diálogo con la liturgia. |
| Cuándo | Pensado para la Cuaresma 2027, que empieza el miércoles 10 de febrero y culmina el domingo 28 de marzo. Como se ordena por días litúrgicos y no por fechas, sirve para cualquier año. |
| Dónde | En Amazon, en edición Kindle. Se lee en casa, en pocos minutos al día, y el autor sugiere acompañar la lectura con un signo pequeño: una vela, una cruz a la vista o la Biblia abierta. |
| Por qué | Porque la Cuaresma «se ha vuelto pequeña», según el diagnóstico del libro: se reduce a la ceniza, el pescado de los viernes y algún sacrificio simbólico, y se cumple por fuera. El libro propone vivirla como un proceso interior. |
| Cómo | Un texto por día, de dos a cuatro minutos de lectura, en tres partes que siguen el ritmo litúrgico: El desierto, El camino y La Pascua. Casi cada entrada cierra con una propuesta concreta para ese día. |
Nota de transparencia: el autor de este libro es el editor de INCÍSOS. Esta reseña lo evalúa con el mismo criterio que a cualquier otro título, incluidos sus límites.
La frase que abre el libro es también su tesis: «La Cuaresma se ha vuelto pequeña». Yánez Mondragón no lo dice como reproche, sino como constatación. La reducimos a la ceniza del primer día, a la abstinencia de los viernes, a dejar el azúcar o las redes sociales y, si hay ánimo, al vía crucis. Cumplimos, pero por fuera. Y lo que la Iglesia pensó como un tiempo de transformación se queda, escribe el autor, «como una temporada incómoda que hay que pasar antes de llegar a la Pascua».
El diagnóstico describe bien una práctica muy extendida en el catolicismo hispano. En muchas familias, la Cuaresma se mide en renuncias: lo que se dejó de comer, lo que se dejó de hacer, cuánto se aguantó. Es una forma de vivirla que tiene su valor y su historia, pero que puede quedarse en la superficie. Se puede cumplir cada viernes sin que nada cambie por dentro.
La respuesta del libro no consiste en exigir más. Consiste en cambiar el punto de partida. «la conversión, bien entendida, no es un castigo. Es un alivio», sostiene la introducción. Por eso advierte que no hay aquí «listas de sacrificios ni programas de mortificación». Hay 47 textos breves que piden, sobre todo, honestidad y silencio. Es una apuesta arriesgada en un género donde abundan los manuales de penitencia, y es lo más interesante que el libro propone.
Cómo está armado
El recorrido sigue el calendario litúrgico, no el civil. Cada entrada lleva el nombre de su día (Miércoles de Ceniza, Lunes I de Cuaresma, Jueves Santo), y por eso funciona cualquier año, caiga la Pascua cuando caiga. Las 47 entradas corresponden exactamente a los días que hay entre la ceniza y la Resurrección.
La primera parte, El desierto, cubre los primeros dieciocho días. Es el tramo austero: la ceniza, el sentido de los cuarenta días, los tres ayunos, el silencio, el examen del corazón, las obras de misericordia, las máscaras. La segunda, El camino, ocupa el centro de la Cuaresma y se construye sobre los encuentros del Evangelio: la samaritana, el fariseo y el publicano, Marta y María, el ciego de nacimiento, Zaqueo, la mujer sorprendida en adulterio, Lázaro. La tercera, La Pascua, acompaña la Semana Santa desde el Domingo de Ramos hasta la Vigilia y el Domingo de Resurrección.
El epílogo recuerda algo que casi nadie tiene presente: la Pascua no termina ese domingo, sino que dura cincuenta días, hasta Pentecostés. Y propone una imagen que da sentido al conjunto: si al próximo Miércoles de Ceniza volvemos a encontrarnos con el polvo en la frente, quizá llevemos un año más de camino andado.
Las instrucciones de uso son las mismas de Belén día a día: un día, un texto. Con una regla que dice mucho del tono del libro: si se pierde un día, no se recupera leyendo dos al siguiente. «La conversión no se mide en lecturas completadas, se mide en la disposición del corazón».
Una ceniza que no amenaza
La primera entrada marca el tono y es probablemente la mejor del libro. La lectura habitual del Miércoles de Ceniza es sombría: «Polvo eres, y al polvo volverás» suena a recordatorio de muerte. Yánez Mondragón la da vuelta. Reconocerse polvo, escribe, es un alivio, porque nos baja de un lugar donde no podemos sostenernos: el de creernos imprescindibles, el de controlarlo todo, el de medir nuestro valor por lo que producimos. «la ceniza, bien mirada, no es una amenaza: es un alivio».
La observación más fina de esa entrada es sobre el lugar donde se impone la ceniza. La frente, dice el autor, es la sede de las certezas, de los planes, de las ilusiones. Y la ceniza viene a decirle que no tiene que tenerlo todo claro. De ahí sale la consecuencia más práctica del libro, que vale para la convivencia y no solo para la oración: «cuando uno acepta su propia ceniza, deja de exigirle a los otros que no tengan la suya».
Tres ayunos y un silencio
La entrada sobre el ayuno es la que mejor muestra el método del libro. Parte de la práctica que todos conocen, la abstinencia del viernes, y la desdobla en tres capas. La primera es el ayuno del cuerpo: comer menos, comer más simple. La segunda, más difícil, es el ayuno del consumo: pantallas, redes, noticias, compras, ruido. «el cuerpo se acostumbra al hambre en un día, pero la atención no se acostumbra al silencio en menos de una semana». La tercera, la más exigente, es el ayuno del juicio: dejar de criticar, de quejarse, de tener razón, de comparar.
Es la propuesta más actual del libro y la más fácil de llevar a la vida diaria. Un lector que no cambie nada de su dieta pero apague el teléfono durante la cena y se ahorre una crítica al día habrá entendido mejor la Cuaresma que quien cumple la abstinencia sin pensarlo. La entrada siguiente, sobre el silencio, completa la idea con sugerencias tan concretas como apagar la radio del carro o caminar un rato sin auriculares. «El ruido entretiene, el silencio revela».
Los encuentros del camino
La segunda parte es la más sólida del libro. Los pasajes del Evangelio se cuentan sin solemnidad y con atención al detalle, que es donde el autor se siente más cómodo. La samaritana deja el cántaro junto al pozo, «detalle precioso, porque eso significa que pensaba volver». De ahí sale la entrada siguiente, sobre el primer paso: la conversión no empieza con una gran resolución, sino con un paso pequeño, concreto y posible hoy.
El hijo pródigo, que el libro llama «probablemente la mejor síntesis del corazón de Dios», recibe una lectura centrada en el padre y no en el hijo. El detalle que el autor subraya es que el padre lo vio cuando todavía estaba lejos, y eso significa que estaba mirando el camino todos los días. «Un Padre asomado, mirando hacia el camino, todos los días, por si volvemos». La imagen reaparece en el epílogo, donde la meta de la Cuaresma se resume en llegar «más cercanos al Padre que corre».
El libro tampoco esquiva los temas incómodos. La entrada sobre el perdón distingue con precisión lo que el perdón no es: no es olvidar, no es justificar al ofensor y no es minimizar el daño. Para lectores que vienen de un país donde se discute cómo se reconcilia una sociedad sin renunciar a la justicia, esa distinción tiene un peso que va más allá de la vida privada, aunque el libro no lo plantee en esos términos. La entrada sobre el silencio de Dios, por su parte, no intenta explicarlo. Recuerda que lo vivieron san Juan de la Cruz y santa Teresa de Calcuta, y sostiene que lo que distingue a los que perseveran no es la ausencia de dudas, sino lo que hacen con ellas.
Una Semana Santa para los que esperan
La tercera parte acompaña los días más intensos del año litúrgico, y tiene su punto más alto en el Sábado Santo, el día del que «casi no se habla». El autor lo presenta como el día de los que viven en el entretiempo: después de una muerte y antes de una resurrección que todavía no se ve. Y enumera a quienes lo habitan: el viudo reciente, la madre del hijo perdido en una adicción, el enfermo crónico, el que manda currículums sin respuesta y «el migrante que lleva años intentando reunir a su familia sin lograrlo». «Mucha gente vive en Sábado Santo buena parte de su vida».
Es la página donde el libro conecta con más fuerza con la experiencia de la diáspora, y una de las más honestas. No promete que la espera termine pronto. Propone vivirla sabiendo que el sepulcro no fue la última palabra. El Viernes Santo, en cambio, se apoya en una observación que libera al lector de cierta culpa religiosa: de los doce apóstoles, solo uno estuvo al pie de la cruz, y Jesús no reprochó a los que se escondieron. Pedro, el que lo negó, no fue degradado, sino puesto al frente de la Iglesia.
Lo que se le puede pedir
El libro alterna el tú y el usted. La introducción y las sugerencias de lectura tutean («Léelo en la mañana», «quédate en silencio»), mientras que muchas entradas tratan de usted al lector («propóngase», «Si usted puede ir, vaya»). Cualquiera de los dos registros funciona. La mezcla, leída día tras día, se nota y rompe por momentos la cercanía que el libro busca.
Como en Belén día a día, casi todas las entradas cierran con una propuesta para el día introducida con la misma fórmula: «Hoy…». En la lectura pausada que el libro pide, la fórmula sirve de ancla y convierte cada texto en un gesto concreto. Leída de corrido, se vuelve previsible.
Quien llegue desde Belén echará de menos, además, el acento venezolano que distinguía a aquel libro, con sus hallacas, sus aguinaldos y su charrasca. Aquí la experiencia migrante aparece en momentos puntuales, como el Sábado Santo, pero el tono general es más universal y más litúrgico. Es una decisión coherente con el tema, porque la Cuaresma tiene menos costumbres locales que la Navidad, pero el libro pierde algo de la cercanía que hacía único al primero.
Por último, algunas entradas de la Semana Santa explican más de lo que proponen. La de Getsemaní, por ejemplo, se detiene en la explicación médica del sudor de sangre, un dato que informa pero no añade mucho a la meditación. Son excepciones en un libro que, en general, prefiere la imagen a la explicación.
Para quién es
- Sí, si: quiere vivir la Cuaresma con algo más que gestos externos, busca una pausa diaria de pocos minutos o ya acompañó el Adviento con Belén día a día y quiere seguir con el mismo método.
- Quizá no, si: busca un manual de prácticas penitenciales, un estudio bíblico sistemático o una lectura sin marco religioso. Es un libro escrito desde la fe católica, con María presente a lo largo del recorrido.
- Como regalo: conviene entregarlo antes del miércoles 10 de febrero de 2027, para que se pueda empezar el primer día. Junto con Belén día a día, cubre los dos tiempos fuertes del año litúrgico.
Veredicto
Cuaresma, tiempo de conversión no ofrece nada que la Iglesia no enseñe, y no lo pretende: acompaña la liturgia sin sustituirla. Su aporte está en el énfasis. Devuelve la Cuaresma al lugar de un regreso y no de una prueba, y la baja a gestos posibles: apagar el teléfono, dar un primer paso, ahorrarse un juicio. Funciona mejor cuando cuenta el Evangelio con detalle y cuando acompaña a los que esperan, y peor cuando repite sus propias fórmulas. La idea que lo sostiene cabe en la última línea de la introducción: la Cuaresma no es para penitentes profesionales, «es para todos los que, una vez más, necesitan volver. Que somos todos».

Ficha
- Título: Cuaresma, tiempo de conversión. Un camino diario del desierto a la Pascua
- Autor: Alfredo Yánez Mondragón
- Estructura: 47 reflexiones en tres partes (El desierto, El camino y La Pascua), más introducción, guía de lectura y epílogo
- Calendario: del Miércoles de Ceniza al Domingo de Resurrección; en 2027, del 10 de febrero al 28 de marzo
- Formato: Kindle
- Dónde comprarlo: Amazon
Fuentes principales: Cuaresma, tiempo de conversión. Un camino diario del desierto a la Pascua, Alfredo Yánez Mondragón, 2026.
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Lula gana un cuarto mandato; Brasil conserva su propio peso regional
La victoria sobre Flávio Bolsonaro mantiene a Lula en la presidencia. Para Venezuela, el resultado abre preguntas diplomáticas; no anuncia por sí solo un cambio de política.
Luiz Inácio Lula da Silva ganó el domingo 25 de octubre la segunda vuelta presidencial brasileña frente a Flávio Bolsonaro. Con más del 96 % de los votos escrutados, NPR reportó resultados oficiales con más del 51 % para Lula y más del 48 % para Bolsonaro; The Guardian informó después un corte de 51,75 % frente a 48,25 % con casi 99 % contado. La victoria le permite alcanzar un cuarto mandato.
El resultado conserva al mismo presidente en una de las posiciones de mayor peso diplomático y económico de América Latina. Para la lectura venezolana, importa evitar una equivalencia apresurada: la continuidad de Lula no significa que Brasil haya adoptado una nueva decisión sobre Caracas. Esa decisión tendría que aparecer en declaraciones, gestiones o acuerdos verificables.
El ángulo regional está en la capacidad de Brasil para mantener una agenda propia frente a Washington y frente a sus vecinos. Su elección ocurre mientras la transición venezolana se desarrolla bajo una influencia estadounidense decisiva. La coexistencia de esos dos centros de poder forma parte del entorno en que deberán actuar los dirigentes venezolanos.
También conviene distinguir el triunfo electoral de las condiciones para gobernar. Ganar una segunda vuelta resuelve quién ocupará la presidencia; no elimina la polarización ni convierte a todos los votantes en partidarios del programa ganador. La forma en que Lula administre esa división pesará en sus prioridades internas y externas.
El alcance regional dependerá de las posiciones que adopten la presidencia brasileña y su cancillería, así como de las respuestas venezolanas al resultado. Una felicitación diplomática, una oferta de mediación y un compromiso concreto tienen alcances diferentes.
El resultado brasileño importa por su propia elección y no como una pieza subordinada al regreso de Machado. Ambos acontecimientos cambian el contexto del día, pero tienen consecuencias distintas.
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