Economía
La gasolina cara es el precio de la guerra
El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Murió el líder supremo. El Estrecho de Ormuz se cerró. Hay un ceasefire frágil. Y el galón promedio ya cuesta $4.12 —el más alto desde 2022. Todo está conectado.
El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Murió el líder supremo. El Estrecho de Ormuz se cerró. Hay un ceasefire frágil. Y el galón promedio ya cuesta $4.12 —el más alto desde 2022. Todo está conectado.
Empieza con un número: $4.12.
El galón promedio de gasolina subió de $2.81 en enero a $4.12 en abril. Un aumento de $1.31 en menos de cuatro meses. Para una familia que conduce un promedio anual, eso son cerca de $800 adicionales en combustible solo en lo que va del año. Dinero que estaba en otro lugar del presupuesto. Que ya no está.
Ese número no es un accidente del mercado. Es la consecuencia directa de una guerra que comenzó el 28 de febrero y que todavía no ha terminado.
Lo que pasó
Tres momentos. Tres puntos en una línea que pocos han trazado completa.
Junio de 2025. Estados Unidos e Israel lanzan la «Guerra de los 12 Días» contra instalaciones nucleares iraníes. Los strikes dañan significativamente el programa nuclear de Irán. Trump declara victoria.
Enero de 2026. El régimen masacra a miles de civiles durante las protestas más grandes en Irán desde 1979. La debilidad interna del gobierno de Teherán es visible por primera vez en décadas. Washington y Jerusalem ven una ventana.
28 de febrero de 2026. Estados Unidos e Israel lanzan ataques contra Irán, atacando sitios militares y gubernamentales, asesinando al Líder Supremo Jamenei y a otros funcionarios, e infligiendo bajas civiles. La operación se llama «Epic Fury» del lado americano. Los objetivos declarados: impedir que Irán adquiera un arma nuclear, destruir sitios de misiles, degradar sus redes de proxies, aniquilar su marina.
Irán responde con misiles. Y cierra el Estrecho de Ormuz.
Por qué el Estrecho de Ormuz está en tu tanque
El Estrecho de Ormuz es una franja de agua de 33 kilómetros en su punto más angosto, entre Irán y Omán. Por ahí transita aproximadamente el 20% del petróleo que consume el mundo. Cuando Irán lo cierra, los mercados energéticos globales entran en pánico.
El crudo superó los $100 por barril esta semana, impulsado por el conflicto y el cierre del Estrecho —primera vez desde 2022. Ese barril a $100 se convierte, a través de refinación y distribución, en el galón a $4.12 que pagaste esta semana.
El cierre del estrecho desencadenó la mayor disrupción del suministro de petróleo de la historia. Y aunque hay un ceasefire en este momento, Irán sigue controlando si los barcos pueden pasar —y a qué costo.
La gasolina es solo lo más visible. El diésel subió más del 50% respecto al año anterior. Eso encarece el transporte de mercancías. Que encarece los alimentos. Que encarece todo lo que compras. La guerra no se quedó en el Medio Oriente. Ya llegó a tu carrito de compras, a tu factura de electricidad, a los $300 que envías a tu familia —que allá también compran menos, porque los precios locales subieron arrastrados por la misma cadena energética.
Lo que el gobierno dice —y por qué tiene argumentos reales
Aquí es donde este análisis se complica. Y donde la mayoría de los medios toma uno de dos caminos fáciles: aplaudir la guerra o condenarla. El tercero es exponerla con honestidad.
La narrativa oficial existe. Y tiene peso.
El argumento central de Washington y Jerusalem es este: un Irán con arma nuclear no es una amenaza abstracta —es una amenaza existencial para Israel, para la estabilidad del Golfo, y potencialmente para intereses americanos en todo el mundo. Trump y Netanyahu advirtieron sobre la amenaza potencial de las armas nucleares en Irán y llamaron al pueblo iraní a derrocar a su gobierno. Durante décadas, los proxies iraníes —Hezbollah, Hamas, los Houthis— han costado vidas americanas e israelíes. Un régimen que financia terrorismo global y grita «muerte a América» no es, en esa lectura, un actor con quien la diplomacia funciona indefinidamente.
Hay además un argumento estratégico más frío: Washington está bien posicionado para salir adelante en casi cualquier resultado concebible —ha destruido gran parte de las capacidades misilísticas de Irán, dañado su marina, y eliminado a decenas de sus líderes. Si la operación funciona como sus arquitectos esperan, el resultado es una región más segura, un Irán sin capacidad nuclear operativa, y —en teoría— menos riesgo de un conflicto mayor en el futuro.
La seguridad, dice esa narrativa, tiene un precio. Y pagar $4.12 por el galón es infinitamente mejor que vivir bajo la amenaza de un ataque nuclear iraní.
Ese argumento merece ser escuchado. También merece ser interrogado.
Las preguntas que la narrativa no responde
La primera es técnica: aunque los strikes pueden destruir instalaciones nucleares, no pueden eliminar el conocimiento. Al final del conflicto, Irán retendrá la experiencia y probablemente los materiales clave para construir una bomba. Un programa nuclear vive en las personas que lo desarrollan, no solo en los edificios donde trabajan.
La segunda es estratégica: los adversarios de Estados Unidos aprenderán que desarrollar primero un arma nuclear es más seguro que no tenerla —porque los protege de un derrocamiento liderado por EE.UU. Lo que Corea del Norte entendió hace décadas, otros estados lo están observando ahora en tiempo real. La guerra contra Irán podría acelerar la proliferación nuclear global, no frenarla.
La tercera es diplomática: la administración inició negociaciones con Irán sobre límites a su programa nuclear antes de lanzar los ataques. Luego rechazó la diplomacia en favor de los bombardeos. Esa secuencia tiene consecuencias: ningún régimen que observe ese patrón negociará de buena fe con Washington en el futuro.
Y la cuarta —la más relevante para quien lee esto— es distributiva: ¿quién paga el costo de esta seguridad? No en abstracto. En concreto. La One Big Beautiful Bill autorizó $170.7 mil millones adicionales para enforcement migratorio, incluyendo un aumento del 308% en el presupuesto anual de detención del ICE. Agrega el costo de la guerra. Agrega la deuda que financia todo eso. Ese dinero sale de algún lado. Y en el camino compite con salud, educación, infraestructura —servicios que la comunidad hispana usa y necesita.
La seguridad tiene precio. La pregunta es quién lo paga —y si alguien les preguntó.
Tres escenarios posibles
Victoria declarada. Trump declara que los objetivos se cumplieron, retira la presión militar, negocia la reapertura del Estrecho. Los precios de la gasolina bajan. La tensión se enfría sin desaparecer. Es el escenario que más le conviene políticamente a Washington —y no es improbable.
Guerra de desgaste. Irán percibe el conflicto como existencial y calcula que su país está más dispuesto a absorber dolor que Estados Unidos o los países del Golfo. El conflicto se prolonga. Los precios permanecen elevados. La economía americana siente la presión. Las familias hispanas también.
Escalada. La menos probable pero la más importante de entender. Un funcionario iraní amenazó con atacar el complejo de Dimona en Israel, donde el país produce material fisible para sus armas nucleares no reconocidas. Una escalada en esa dirección no tiene precedentes en la era moderna. No es el escenario probable. Pero su existencia como posibilidad cambia el cálculo de todos los actores —y explica por qué los mercados energéticos reaccionan con tanta sensibilidad a cada titular.
La narrativa oficial dice que la seguridad es un bien mayor. Que el precio temporal del galón es infinitamente menor que el costo de una región nuclear inestable. Que hay guerras que se pagan con dinero para no pagarlas con vidas.
Puede ser cierto.
Lo que también es cierto es esto: el costo no se distribuye igual. No lo paga quien diseñó la operación. No lo paga quien la aprobó. Lo paga quien llena el tanque. Quien compra la despensa. Quien manda remesas.
Eso no es un argumento contra la guerra ni a favor. Es un mapa. Y tener el mapa cambia la conversación.
19 de abril de 2026
Alfredo Yánez
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El impuesto a las remesas cumple seis meses golpeando a los de abajo
Vigente desde enero, el impuesto del 1% a las remesas pesa sobre los más vulnerables. Los envíos a México ya venían en su primera caída en once años.
El gravamen del 1% a las remesas en efectivo cumple su primer semestre. No lo pagan todos por igual: golpea con más fuerza a quien envía dinero por ventanilla porque no tiene otra opción.
El impuesto del 1% a las remesas enviadas en efectivo desde Estados Unidos cumple su primer semestre de vigencia, y su efecto ya no es una proyección: es una carga concreta sobre los hogares que menos margen tienen.
Quién paga de verdad
El gravamen, vigente desde el 1 de enero, se aplica sobre las transferencias hechas en efectivo, giro postal o cheque de caja. La distinción es clave. Quien tiene cuenta bancaria y envía por medios digitales suele esquivar el impuesto; quien no la tiene —por falta de documentos o de acceso al sistema financiero— paga por ventanilla y carga con el costo. El tributo, en la práctica, recae sobre el sector más vulnerable de la migración.
El responsable del pago es quien envía, y los proveedores están obligados a cobrarlo y reportarlo al IRS de forma trimestral. Sobre un envío típico, el porcentaje parece pequeño, pero acumulado a lo largo del año y de millones de transacciones, el monto es considerable.
Una caída que ya venía

Economía
El crudo venezolano vuelve a las refinerías de Estados Unidos
Cinco meses después de la captura de Maduro, el crudo venezolano fluye de nuevo hacia EE.UU. La industria muestra señales de recuperación, pero el futuro sigue incierto.
La producción petrolera venezolana repunta y más barriles llegan a las refinerías estadounidenses. Son los primeros indicios de recuperación de una industria que apenas empieza a levantarse.
El crudo venezolano vuelve a fluir hacia Estados Unidos. Cinco meses después de la captura de Nicolás Maduro y de la apertura del sector energético, la producción petrolera del país muestra señales de repunte y un número creciente de barriles llega a las refinerías estadounidenses.
Señales de un sector que despierta
La industria venezolana, golpeada por años de subinversión, exhibe los primeros indicios de recuperación. La relajación de sanciones tras el cambio político y la emisión de licencias permitieron reactivar operaciones que habían quedado congeladas. En los primeros meses del nuevo escenario, las ventas de petróleo entre ambos países alcanzaron cifras que no se veían desde hacía años.
El punto de partida, sin embargo, es bajo. La producción actual ronda entre 1 y 1,1 millones de barriles diarios, lejos de los niveles históricos del país. La recuperación es real, pero parte de un piso muy hundido.
Las incógnitas que persisten
Los analistas del sector coinciden en que, junto a las señales positivas, persisten dudas de fondo sobre el futuro político y económico del país. La rehabilitación de campos exige inversión sostenida, y esa inversión depende de un marco que garantice el cobro y el cumplimiento de los contratos, algo que todavía no está plenamente resuelto.
A eso se suma una variable externa: el ritmo de la relación con Estados Unidos. La reactivación del comercio petrolero se apoya en un esquema de tutela política que podría modificarse según evolucione el escenario en Washington.
Por qué importa para el lector hispano
El petróleo venezolano que llega a las refinerías estadounidenses no es un dato abstracto: forma parte de la cadena que mueve los precios de los combustibles que paga cada familia. Para la diáspora venezolana, además, es la cara económica de una transición cuyo éxito se mide tanto en barriles como en certezas. El crudo vuelve a moverse, pero el país que lo produce aún no termina de definir su rumbo.
Esta nota tiene carácter informativo y no constituye asesoría financiera ni de inversión.
Fuentes: INCÍSOS elaboró esta nota con información de fuentes públicas y medios de referencia.
Economía
La revisión del T-MEC pone a prueba el bolsillo hispano transfronterizo
La revisión del tratado comercial entre México, EE.UU. y Canadá avanza. Sheinbaum apunta a los aranceles de Trump; el resultado toca precios y empleo hispano.
La revisión del tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá avanza con los aranceles en el centro. Lo que se decida no es asunto solo de gobiernos: llega a los precios y al empleo de comunidades hispanas a ambos lados.
La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el T-MEC, avanza con los aranceles como tema central. Para la mayoría de los hispanos en Estados Unidos puede sonar a tecnicismo de cancillería, pero lo que se decida en esa mesa termina en cosas muy concretas: el precio de un auto, la estabilidad de un empleo en una planta, el costo de un producto en el supermercado.
Qué pone México sobre la mesa
El gobierno de Claudia Sheinbaum busca en la revisión la eliminación o reducción de los aranceles que la administración Trump impuso al acero, el aluminio y los vehículos. La posición mexicana apunta a que los productos que cumplen las reglas de origen del tratado queden libres de esos gravámenes, y a evitar que los autos enfrenten cargas mayores.
México llega a la negociación con una carta a favor: dentro del esquema arancelario estadounidense, es uno de los socios con menor carga, gracias precisamente al tratado. Esa ventaja relativa es la que el gobierno mexicano quiere preservar y ampliar.
Por qué toca a la comunidad hispana
El comercio entre México y Estados Unidos supera los 800.000 millones de dólares anuales y sostiene cadenas productivas que emplean a trabajadores hispanos en ambos países. Un cambio en los aranceles de autos o acero no se queda en las hojas de cálculo: se traslada a las plantas de Texas, a los proveedores del Medio Oeste y a los consumidores de todo el país.
Para las comunidades transfronterizas, la revisión es además un asunto cotidiano. Familias enteras dependen de industrias atadas a este tratado, y la incertidumbre sobre sus reglas se traduce en incertidumbre sobre su sustento.
Una negociación con calendario propio
El proceso de revisión se desarrolla por etapas a lo largo del año, con tramos técnicos decisivos. La relación entre Sheinbaum y Trump, marcada por la negociación constante sobre comercio, migración y seguridad, será el marco en que se resuelva. El desenlace fijará, para los próximos años, las reglas de uno de los flujos comerciales más importantes del mundo, y con ellas, parte del piso económico de la comunidad hispana.
Esta nota tiene carácter informativo y no constituye asesoría financiera ni comercial.
Fuentes: INCÍSOS elaboró esta nota con información de fuentes públicas y medios de referencia.
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